martes, 2 de febrero de 2010

El Patio de Monipodio

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(Artículo publicado el 2 de febrero de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Los que estudiamos Lengua y Literatura en el políticamente inorrecto bachiller de entonces recordaremos sin duda la cervantina Rinconete y Cortadillo, una de las Novelas Ejemplares asimiladas al género picaresco, del que constituyen sus más altas representaciones la anónima El Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán y El Buscón de Francisco de Quevedo. Huelga decir que hay más ejemplos y más recientes de la picaresca española, muchos de los cuales habitan entre nosotros, mientras que otros se publican a diario en los diferentes Boletines Oficiales del Reino de Taifas, en una especie de cinta sin fin de Las aventuras del Bachiller Trapaza, de Alonso de Castillo Solórzano.


Cervantes situó la acción de Rinconete y Cortadillo en un espacio singular de la ciudad de Sevilla, el Patio de Monipodio, “…un pequeño patio ladrillado, y de puro limpio y aljimifrado parecía que vertía carmín de lo más fino. A un lado estaba un banco de tres pies, y al otro un cántaro desbocado con un jarrillo encima, no menos falto que el cántaro; a otra parte estaba una estera de enea, y en el medio un tiesto, que en Sevilla llaman maceta, de albahaca”. Pero lo más curioso del Patio no era su aspecto, sino los variopintos personajes que lo poblaban: “dos mozos de hasta veinte años cada uno, vestidos de estudiantes; y de allí a poco, dos de la esportilla y un ciego; y, sin hablar palabra ninguno, se comenzaron a pasear por el patio. No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta, con antojos que los hacían graves y dignos de ser respectados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos. Tras ellos entró una vieja halduda (…) En resolución, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce personas de diferentes trajes y oficios”. Era el Patio de Monipodio, así llamado en honor de su dueño, la sede de la cofradía de ladrones y tunantes de Sevilla, y a él llegaron Rinconete y Cortadillo de la mano de uno de ellos, al que le preguntaron:


-¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?


-Sí -respondió él-, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año del noviciado.


A lo cual respondió Cortado:


-Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.


A lo cual respondió el mozo:


-Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.


-Sin duda -dijo Rincón-, debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.


-Es tan santa y buena -replicó el mozo-, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte.


Cuando Cortadillo, interrogado luego acerca de si conocía más formas de robar que “la treta que dicen mete dos y saca cinco”, respondía que “No, por mis grandes pecados”, Monipodio le replicó “No os aflijáis, hijo, que a puerto y escuela habéis llegado donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir muy bien aprovechado en todo aquello que más os conviniere”.


Interrumpo esta disquisición porque mi entrañable lector malasombra lleva un rato preguntándose a qué viene tanta hoy tanta enjundia literaria. Pues viene a cuenta, querido lector, de la decisión de la Universidad de Sevilla que pretendía consagrar el derecho del estudiante a copiar en los exámenes. La normativa hispalense garantizaba a todos los alumnos su derecho a terminar la prueba pese a que, durante su realización, sea pillado copiando por un profesor”. Si, además, el procedimiento de copia era, como si dijéramos, de alta teconología (por ejemplo, un móvil o una PDF) el profesor tenía prohibido, a diferencia de las chuletas e instrumentos similares, requisar el aparato”, ya que esos dispositivos contienen datos personales y su decomiso atentaba, supongo, contra el derecho a la intimidad del estudiante o estudianta. Posteriormente, una llamada Comisión de Docencia, de composición paritaria entre alumnos y profesores, decidiría si el alumno aprueba o no. Debido capitalmente al jolgorio nacional que dicha normativa había desatado, la Universidad Hispalense ha dado marcha atrás, momento políticamente seguro que han aprovechado otros templos del saber para afirmar que ellos nunca lo harían.


Y es que el viejo y sevillano Patio de Monipodio, la alegre y pícara cofradía cervantina, por aquello del progreso y la modernidad se había convertido por unos momentos en la mismísima Universidad de Monipodio.


Soplan vientos de ZP.



2 comentarios:

Pedro Moya dijo...

Magnífico artículo, Juan Antonio. Las referencias literarias no han podido ser más atinadas y mejor traídas al asunto que tratas.

Anónimo dijo...

Tiene razón el Sr. Moya, es una pena que no se prodigue usted más, Sr. Megías.