martes, 2 de junio de 2009

Los cuentos de ZP: La ostra y los litigantes


Artículo publicado del 2 de junio de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Otra fábula de La Fontaine, posiblemente inspirada en una sátira de Nicolás Boileau. ¿Que quién era Nicolás Boileau? ¿Y qué más da, querido lector? Lo que cuenta no es quien la escribiera, sino lo que escribió quienquiera que lo hiciese. Es decir, lo que importa es la ostra.

VERSIÓN CLÁSICA: Un día, dos peregrinos encontraron en la arena de la playa una ostra que acababan de traer las olas. Ambos con los ojos la devoraban, al tiempo que los índices de sus diestras se extendían hacia el apetecido molusco. Uno de ellos ya se disponía a atraparlo pero el otro le detuvo alegando que aquella propiedad había que ponerla en claro. Y añadió:
−Corresponde degustarla a quien la ha visto primero.
−En tal caso y si se aplica ese criterio −repuso el otro comensal− quiero que sepas que tengo ojos de lince.
−Pues si tú la has visto −terció su interlocutor− ¡yo la he oído!.
Estaban en estos dimes y diretes cuando apareció por el lugar Don Picapleitos, al que de inmediato nombraron juez del litigio. El tal Picapleitos, con semblante grave, abrió la ostra y, a través de su garganta, la introdujo tranquilamente en el estómago ante el asombro y desconcierto de los peregrinos. Después de haberla saboreado sentenció con tono doctoral:
−La Corte falla y os adjudica a cada uno de vosotros una de las conchas. Tomad y marchad en paz. El caso está cerrado.
Y diciendo esto, dióse la vuelta y marchó por donde había venido. Pensad, escribieron La Fontaine o Boileau, que “un mauvais accommodement vaut mieux qu'un bon procés”. Dicho en cristiano, que vale más un mal arreglo que un buen pleito.

VERSIÓN ADAPTADA: Como suele ser habitual, andaban a la gresca dos grandes líderes políticos acerca de la mejor solución de los graves problemas económicos y sociales que asolaban a su país. El uno, que había sido zapatero antes que fraile, decía que la solución era socialista o no era, y que cállate tú que ahora hablo yo. El otro, que era más fraile que zapatero, decía lo contrario: que la solución era liberal y que consistía básicamente en el quítate tú que me pongo yo. En esas estaban cuando acertó a pasar por allí un cierto personaje de grave y opulento aspecto. Los dos contendientes, al ver la riqueza de sus ropajes y atavíos, pensaron que el tal personaje debía conocer la solución de la crisis y, pensado y hecho, resolvieron nombrar árbitro de la controversia al recién llegado.
−Decidnos, buen hombre −dijeron los contendientes al unísono− ¿Cuál es la mejor solución para nuestras cuitas, la socialista o la liberal?
−Dadme primero vuestras bolsas −dijo el juez.
Así lo hicieron y el juez, vaciando el contenido en la suya propia, les devolvió las bolsas vacías y les dijo lo siguiente:
−La Corte falla y os adjudica a cada uno de vosotros vuestra bolsa vacía. Aquel que primero la llene de nuevo será el ganador y su solución, la correcta. Marchad en paz, pues el caso está cerrado.
Y diciendo esto, dióse la vuelta y marchóse por do había venido, con su misma gravedad, sus lujosos ropajes y la bolsa rebosante. De los líderes políticos, el uno volvió a sus zapatos y el otro al convento. El pueblo llano, sorprendentemente, salió por sí solo de la crisis económica que lo aquejaba.

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