lunes, 18 de enero de 2016

Un cartel que levanta pasiones

(Artículo publicado el 19 de enero de 2016 en el diario La Opinión de Murcia)


El cartel que dará imagen a la Semana Santa de la ciudad de Murcia fue presentado hace unos días. Es una imagen de la cabeza de Cristo pintada por Willy Ramos y su particular visión, más allá del gusto particular de cada cual, ha generado un amplio debate en las redes sociales entre los partidarios de las imágenes más clásicas, más representativas, dicen, de la Semana Santa tradicional, y aquellos que prefieren nuevas formas de expresión, incluso formas rompedoras y hasta cierto punto provocadoras. En medio de esos dos extremos se encuentran quienes expresan únicamente su gusto o su disgusto por la imagen escogida.

Tengo para mí que si la expresión creativa del arte se ajustara siempre a los cánones preestablecidos aún estaríamos pintando bisontes y demás petroglifos en las cavernas. El arte es como el pensamiento, que cantaba Luis Eduardo Aute, es estar siempre de paso. O, dicho de otra manera, siempre libre, que es la única condición vital del arte y del pensamiento. Cuando crea, el artista y el pensador son únicamente prisioneros de sus propias cadenas, culturales, afectivas o convencionales, pero nunca de las cadenas impuestas por otros. Sin embargo, en las obras de arte ejecutadas por encargo de otro se supone la existencia de ciertas limitaciones relativas al motivo, al formato e, incluso a la técnica empleada, impuestas por quien encarga la obra y que, en todo caso, el artista es libre de aceptar o rechazar tanto como el propio encargo. En cualquier caso, nada de esto afecta a la percepción personal de quien contempla la obra de arte, que se expresa, libremente también, en términos de agrado o rechazo.

Desde hace años, los eventos más significados son representados en cada edición por un cartel que quienes los organizan encargan a quien, a su juicio, resulta idóneo para expresar la naturaleza, la belleza y la trascendencia del hecho. Es lo que ocurre con la Semana Santa de la ciudad de Murcia, cuyos carteles han recogidos pinturas y fotografías de grandes artistas y en los que el motivo recurrente ha sido la imaginería que pasea por las calles de Murcia a hombros de los nazarenos. Este año el artista elegido por el Cabildo Superior de Cofradías ha sido el pintor de origen colombiano Willy Ramos.

Willy Ramos es un pintor descomunal y no solo porque lo diga yo, que me honro con su amistad desde hace muchos años, sino porque lo acredita su amplia y prestigiosa trayectoria. Lejos queda aquel joven que llegó de Colombia a España de la mano de quien vio en él la creatividad artística más pura y primigenia. Lejos y cerca, porque en la pintura de Willy siguen aflorando los colores brillantes de su infancia, los trazos que más bien parecen cicatrices en el cuadro, la pincelada que es pura vitalidad y rebeldía. Doctor cum laude en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, es profesor titular en la misma y su obra ha sido expuesta en muchas ciudades y museos del mundo.

Willy, tremendamente bondadoso, enormemente respetuoso con el credo de las gentes, ha estado al otro lado de la frontera. Él ha visto el auténtico rostro de Cristo, el rostro lacerado y atormentado de quien lo dio todo por nosotros, el rostro escarnecido que revela la inmensa trascendencia de la Pasión. Nos hemos acostumbrado a ver a un Jesús bellamente labrado, delicadamente peinado, lujosamente coloreado y elegantemente trabajado, pero el verdadero rostro de Jesús es el de la pobreza, la enfermedad, la miseria y el sufrimiento, precisamente el rostro de todo aquello que venció con su muerte. Y Willy ha visto todo eso y lo ha plasmado en su obra. El Jesús que nos mira desde el cartel no es el bello Jesús del barroco español, sino el mucho más bello Jesús que dio su vida por todos los hombres, que compartió con nosotros nuestro dolor y nuestra muerte y los venció para siempre.

Podrá gustar o no, en eso no hay reglas, pero si el auténtico sentido de la Semana Santa, más allá del folclore y el tradicionalismo, es la exaltación de la Pasión y Muerte de Jesús y, finalmente, su Resurrección, el hecho más importante de la fe que compartimos, no les quepa la menor duda de que el cartel de Willy Ramos representa fiel y respetuosamente, y hasta magistralmente, a quien muriendo ensangrentado y sucio de polvo derrotó a la propia muerte.

Nos lo ha dicho muchas veces Francisco, el Papa de los pobres y de la misericordia, que ese rostro quebrado por el sufrimiento y el dolor es el verdadero rostro de Dios.

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lunes, 4 de enero de 2016

La Conjura de los Necios continúa

(Artículo publicado el 5 de enero de 2016 en el diario La Opinión de Murcia)

Pues sí. En los momentos difíciles de la vida, en que te ronda el fantasma del decaimiento y la depresión, lo mejor es abrir un libro de humor y comenzar a leer despacito hasta que notes que los músculos de la sonrisa se ponen en movimiento. Por fortuna, en mi biblioteca, que se extiende como una mancha de aceite por las paredes de mi casa, por encima de los muebles y por debajo de las camas, albergo muchos de ellos, clásicos, recientes y menos recientes. Entre estos últimos destaca La Conjura de los Necios (A Confederacy of Dunces), de John Kennedy Toole, del que guardo varios ejemplares, todos ellos abundantemente subrayados y anotados, excepto uno. Se trata de una primera edición publicada en 1980 por la Louisiana State University poco antes de que fuera galardonada con el Premio Pulitzer en 1981, que mi hija María me trajo de Estados Unidos. Con Ignatius Reilly, su gordo, entrañable y estrafalario protagonista, he compartido algunos de los momentos más divertidos de mi vida, créanme, hasta el punto que durante años fue en muchos de mis artículos la excusa para decir algo disparatado: Ignatius hablaba mientras yo callaba.

Les confieso, no obstante, que muchos de los disparates y disloques que escribí no eran del todo míos, pues existe en verdad un Ignatius Reilly de carne y hueso que suele ser mi fuente de inspiración y cuyo nombre omitiré por recato y para no faltar a las ignacianas reglas de la Decencia y el Buen Gusto. Ayer por la mañana, sin ir más lejos, al leer una noticia relativa a que una buena señora, perteneciente sin duda a alguna organización políticamente correcta, instaba a las Administraciones a habilitar más carriles-bici para poder montar en bicicleta, Ignatius redivivo levantó la vista del periódico y, enarcando las cejas, formuló la pregunta que sólo a él podía ocurrírsele: ¿Con sillín o sin sillín?

Junto a Toole, descansan el sueño de los justos muchos otros autores, que han hecho de la risa una bendición para sus lectores. Sin que ello suponga un desdoro para los demás, siento una especial debilidad por los autores británicos, desde P.G. Wodehouse a Tom Sharpe, para quienes la tópica flema británica suele ser una protagonista muy singular. Sobre esto escribía yo hace unos años una historieta que no me resisto a reproducir: 

“Sin duda, muchos de ustedes conocerán aquella vieja historia sobre la flema británica –si no la escribió P.G. Wodehouse, bien pudo hacerlo-, que transcurre en una de esas magníficas residencias campestres situadas a orillas del río Támesis, que podría ser conocida como Blandings en recuerdo de Wodehouse. Un estirado mayordomo ―al que llamaremos Beach también en recuerdo del humorista inglés―, entró en la biblioteca de la casa donde su señor ―que a esta alturas y por la misma razón no podría ser otro que el mismísimo lord Emsworth, noveno conde de Emsworth― trataba de ejecutar sentado en su sillón preferido la complicada maniobra de desplegar el Times para leerlo sin cortar las hojas. Con la voz levemente engolada, Beach avisó al conde que se esperaba el desbordamiento inminente del río Támesis. El conde, sin levantar la vista del periódico, se limitó a despedir al mayordomo con un escueto “Gracias, Beach”. A los pocos minutos, el impertérrito mayordomo volvió a entrar en la biblioteca e informó al conde de que el Támesis se había desbordado finalmente. Lord Emsworth, sin mover un solo cabello, le respondió de nuevo con otro “Gracias, Beach”. Al poco, se abrió la puerta de la biblioteca por tercera vez y Beach, apartándose a un lado y con el agua por los tobillos, anunció imperturbable: “Milord, el Támesis”.

Aunque equivocadamente atribuido a Aristóteles, más bien procede de los comentarios de Murmelio a la obra de Boecio, el proverbio latino “Omne animal post coitum triste” no puede ser más cierto. Tras las estruendosas fiestas del solsticio de invierno, para mi decepción en eso se han convertido finalmente las Navidades, llega la calma y con ella la tristeza post-coitum. Para combatirla, nada mejor que una dosis de humor del bueno.

Háganme caso y cojan un libro. Aunque sea de humor.
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lunes, 28 de diciembre de 2015

Los santos inocentes

(Artículo publicado el 29 de diciembre de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)


Proclama el artículo 24.2 de la Constitución Española que todas las personas tienen derecho a la presunción de inocencia. Pero como ocurre con tantos otros postulados constitucionales, una cosa es lo que diga el precepto y otra bien distinta es lo que ocurre en la calle. España es lamentablemente un país lleno de prejuicios, o sea, que prejuzga con enorme ligereza lo que las leyes y la moral obligan a considerar con mucha cautela y con una gran dosis de caridad, entendida ésta última como un ejercicio de amor y respeto al prójimo. En estas fechas en que se nos llena la boca de buenas palabras y de mejores deseos para todos, no deja de sorprenderme que sigamos condenando al inocente con absoluta frialdad, cuando no con auténtico encono.

Y es que también en Navidad celebramos el recuerdo de aquella matanza de inocentes ordenada por Herodes con la única finalidad de eliminar a un supuesto competidor al trono de Israel que, según le habían dicho, acabada de nacer en tierras de Judea. Para ello, no tuvo empacho alguno en pasar a cuchillo a todos los niños judíos cuya única culpa era la de haber nacido en las mismas fechas en que lo hizo Jesús en su modesto pesebre. Herodes no ha pasado a la historia como el buen rey que pudo ser, sino como el hombre cobarde y sin entrañas que derramó la sangre inocente de los recién nacidos por miedo al hijo de un carpintero. En el Belén de Salzillo, que hace muchos años se instalaba en la Plaza de la Cruz, había un pequeño grupo compuesto por un par de figuras que en mi mente de niño provocaba una especial desazón y que aún hoy me la produce: se trata de ese soldado de la guardia de Herodes que, brazo en alto, sujeta por una pierna a un niño recién nacido, mientras se dispone a darle el tajo mortal con la espada. Arrodillada frente a él, la madre del niño tiende suplicante sus manos al soldado. Siempre supe que sus ruegos no tuvieron efecto.

¿Se han preguntado alguna vez a cuántas personas inocentes condenamos al día sin haber considerado siquiera una palabra en su descargo? No me refiero ya al linchamiento que sufren todos aquellos que, inocentes mientras no se demuestre lo contrario, se ven atrapados (¿imputados?, ¿investigados?, ¿implicados?, ¿qué más da el término que se emplee?) en las ruedas de la justicia o en el escándalo mediático, que también me refiero a ellos, sino a muchos otros a quienes excluimos de nuestro mundo perfecto y equilibrado porque nos estorban o porque no encajan el él: a quienes se nos acercan a pedir una ayuda y que condenamos de forma inmediata como reos del peor de los delitos sociales, la pobreza y la marginalidad; a quienes por sus trazas, su tez oscura y sus barbas identificamos al instante como pertenecientes a la Yihad más peligrosa, sin detenernos a pensar que no lo son en modo alguno; a quienes, porque son jóvenes y alborotan, que es lo que han hecho todos los jóvenes de todas las especies animales desde que el mundo es mundo, condenamos con mirada desaprobadora al silencio y a la quietud de la vejez prematura; a los propios ancianos, que con su lentitud entorpecen nuestro camino vertiginoso y ocupado, a quienes sentenciamos sin apelación posible a la mesa camilla y al rincón más alejado; al más afortunado que nosotros, de quien alimentamos gratuitamente el rumor del origen dudoso de su fortuna; al vecino, porque no tenemos otra cosa mejor que hacer.

Ahora que acaba el año, ¿se han parado ustedes a pensar a cuántos inocentes hemos acuchillado, cuántas famas hemos manchado de manera injusta e irreparable, cuánto sufrimiento innecesario hemos derramado a nuestro alrededor a causa de nuestros prejuicios?

La sangre que derramó Herodes es la sangre que seguimos derramando cada día, tanto más inocente cuanto más inútil es derramarla. La desconcertante realidad, viejo Herodes, de cuya constatación aún no te habrás repuesto, es que Jesús no había venido al mundo a ocupar tu trono, sino el suyo, el que le estaba destinado desde el principio de los tiempos, el trono de un Reino que no era de este mundo ¡Y para eso cargaste con la sangre inocente por toda la eternidad!

Pobre Herodes.
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martes, 22 de diciembre de 2015

El pesebre en el palacio

Nacimiento obra de Jesús Griñán instalado en el Salón de Baile del Real Casino de Murcia


            Hace algo más de dos mil años nació un niño en un mísero establo del pueblecito judío de Belén. El hecho no habría tenido más trascendencia si no fuera porque el nacido en lugar tan humilde iba a protagonizar la revolución más grande que vieran los siglos. Para muchas personas de su tiempo Jesús de Nazareth encarnaba una promesa cumplida, la llegada del Mesías, el Esperado, al que se referían tanto las profecías de los textos bíblicos como muchas profecías y augurios de los gentiles. Sócrates, Platón y Aristóteles hablaban de un Hombre de Dios que bajará a redimir las ciudades. Hasta Cicerón, muerto cuarenta y tres años antes del nacimiento de Cristo, le escribe a Ático acerca de “la venida la Mundo de un ser divino, el Ser Sumo, que se haría carne mortal”. Incluso le contó de un sueño en el que veía un gran edificio en las colinas de Roma, con hombres vestidos de blanco, que mostraba en todas sus cúpulas las señal infame de los ajusticiados, la cruz. También Virgilio, muerto diecinueve años antes de que Jesús naciera, escribe en su cuarta égloga que nacerá un ser que salvará a la Humanidad de su condena y que “recibirá ese niño la vida de los dioses […] y a él mismo lo verán entre ellos y regirá el mundo apaciguado por los dones de su padre”.
            Cuento todo esto porque el hecho corriente del nacimiento de un niño, tanto más corriente cuanto que nació en una cuna tan humilde como un pesebre, se convirtió en un acontecimiento de trascendencia universal por la sencilla razón de que con su nacimiento y con su vida, con su palabra y con su testimonio, con su muerte y, muy especialmente para quienes profesamos la fe cristiana, con su resurrección, cambió el mundo para siempre.
            En Navidad se conmemora ese nacimiento y lo que ese nacimiento significa. No importa que haya quienes quieran celebrar otra cosa, la fiesta del pavo y del turrón, el solsticio de invierno, la fiesta del árbol, o una edición sardinera y congelada de moros y cristianos. No importa que haya quienes sólo vean en la Navidad una orgía de consumismo, o una excusa para desempolvar los esquíes o para tostarse en una de esas playas del hemisferio sur que se encuentran a menos de doscientos euros de distancia. Nada de eso importa, porque nada de ello puede alterar el mensaje de la Navidad cristiana, tan sencillo de entender y tan difícil de materializar. La Virgen, el Niño y San José, en su humilde pesebre representan la promesa de la Reconciliación del hombre con Dios y del hombre con el hombre. Como cada año, el saludo del ángel a los pastores resonará de nuevo en las alturas: Gloria a Dios en el cielo y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Y, como cada año también, muchos permanecerán sordos a él.
           Verán ustedes, hay quienes pensamos que montar el belén o colocar un nacimiento no es sólo una forma de cumplir con una tradición muy española. Es por encima de todo una manera de proclamar el mensaje de Paz de la Navidad, el más universal de los mensajes. Escribía Chesterton que es frecuente que un niño se convierta en Rey, pero sólo una vez en la historia ocurrió que un Rey se convirtiera en Niño. En el Real Casino de Murcia hemos instalado un bellísimo nacimiento, obra de Jesús Griñán. Es un humilde pesebre dentro de un palacio. La paja dorada no es menos dorada que las sedas y oropeles del Salón del Baile. La pequeña cuna, vestida con el forraje de los animales, brilla aún más que las lámparas de cristal de roca que alumbran la escena, y la vara de San José ha florecido bajo los cielos pintados. Es un palacio que alberga un pesebre. Y, aun así, el mensaje sigue siendo el mismo que el que se oyera hace más de dos mil años: Paz a todos los hombres de buena voluntad.

Que así sea.
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martes, 15 de diciembre de 2015

Si hay nubarrones, coge un paraguas




El otro día me di de baja en Facebook. Bueno, realmente no me dí de baja, entre otras cosas porque no sé cómo hacerlo. Lo que hice fue anunciar que lo dejaba, desconectarme yo mismo y dejar que la red siguiera su curso. A los pocos días, la curiosidad que mató al gato me hizo abrir la página para echar un vistazo. Y lo que encontré me sorprendió. Muchas personas, muchas más de las que pensaba, me habían escrito su comentario lamentando “perderme de vista” a mí y a mis citas. Últimamente tenía por costumbre despedir el día con un cita de Tagore bajo el poético título de “Medianoche”, y saludarlo con otra que bauticé “Amanecer”. Por lo que supe al conectarme, mis citas de Tagore, así como mis comentarios irónicos de otros tiempos, tenían más amantes que detractores. Encontré a mucha gente que encontraba en las citas de Tagore un mensaje de paz o de estímulo, un bálsamo con el que aliviar sus temores o sus frustraciones. Exactamente lo que a mí me ocurría.

Y es que la palabra hecha belleza de Tagore, sus pensamientos dulcemente expresados, su sencilla filosofía  de la vida, su delectación en las cosas más simples, además de conmover sentimientos y afectos universales, causan como una especie de regresión al amor primero, al que siente el niño por un cachorrillo, por un objeto que brilla, por el juego constante del agua.

Hoy se nos previene de la adicción a las redes sociales. Y hay mucho de verdad en el peligro de quedar prendidos en ellas, pero también mucho de injusto. Las redes enganchan porque el hombre necesita relacionarse con el hombre, como antes lo hacía en la tertulia lánguida de un casino, o mediante cartas primorosamente escritas, o, habida cuenta de que las distancias eran en ocasiones casi insalvables, en encuentros personales muy de cuando en cuando. Hoy el mundo gira vertiginosamente y apenas hay tiempo para hablar y casi ninguno para sentarse a escribir una carta, de tal suerte que las redes han venido a rellenar ese hueco. La culpa no es de las redes, créanme, sino de la velocidad mareante con la que transitamos por la vida. Si fuéramos más despacio, si las tardes volvieran a  ser largas y cansinas, con horas y horas que rellenar de conversaciones y encuentros, si hubiera tiempo ganado al torbellino en que hemos convertido la vida, si encontráramos un momento para escribir una carta de amor o de amistad vieja, si esperáramos con impaciencia a que llegara el día de volver a ver al amigo para hablar de todo un poco, entonces las redes serían como aquellos telegramas que contenían un mensaje que no podía esperar al lento traqueteo del tren correo.

También sirven las redes para estar informado de multitud de cosas, si bien la mayoría de ellas resultan insustanciales e innecesarias, aunque divertidas. Pero si lo que uno quiere es estar formado, antes que informado, lo mejor es no acudir a las redes sino al viejo libro. El conocimiento requiere tiempo para asentarse y una cierta pausa para su asimilación. Es la verdad de los libros la que te hace libre, la que te proporciona ese pensamiento crítico e independiente que nos permite ser actores y no simples espectadores de la vida.

Si me permiten el consejo, disfruten de las redes en lo que valen, úsenlas y escojan lo que más les guste, relaciónense a través de ellas, y beban de sus fuentes. Pero, de vez en cuando, abran un libro y lean pausadamente y, si todavía recuerdan en qué consiste, escriban una carta, a mano si es posible, y hablen de lo suyo. Verán que, a diferencia de las redes, tienen tiempo para pensar en lo que dicen.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Tagore

Tagore con sus discípulos.
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Artículo publicado el 1 de diciembre de 2015 en La Opinión de Murcia)



           He contado alguna vez cómo fue mi primera relación con los libros. Tras los tebeos de mi infancia, resolví un día asaltar la biblioteca de mi padre y, confiado en que estaría lleno de relatos de gladiadores, de gestas guerreras a golpe de pilum y espada corta, de amoríos entre patricios y patricias romanas, desempolvé a mis tiernos once años la Historia de Roma en dos tomos, de Theodor Mommsem. Ni más ni menos. Busqué en ellos las batallas y las escenas del circo, los relatos de esclavos que, por su valor en combate, alcanzarían las glorias del generalato de los ejércitos e, incluso, los laureles del imperio, los escarceos amorosos y las intrigas palaciegas. Y todo eso lo encontré, si bien no en el formato de película de romanos que era el que buscaba, sino en otro muy diferente. En aquel libro hallé la auténtica historia de Roma, de sus instituciones, del equilibrio de poderes, de la República y del Imperio. Descubrí las nociones de auctoritas, potestas e imperium, que luego reconocería en mis estudios de Derecho y que tan ignoradas son hoy por quienes nos gobiernan. Descubrí la prosa elegantemente académica de quien fue premio Nobel allá por 1902. Y me gustó. Me gustaron los libros de adulto de la biblioteca de mi padre y seguí buscando en ellos. Entonces fue cuando descubrí a Tagore.

            Rabindranah Tagore fue un poeta bengalí que obtuvo también el premio Nobel de Literatura en 1913. Poeta, artista, novelista, dramaturgo y músico, Tagore nació en el seno de una familia culta y acomodada y recibió parte de su educación en Inglaterra. Viajó por todo el mundo y se relacionó con muchos intelectuales de su tiempo, entre otros con Albert Einstein, Thomas Mann, George Bernard Shaw, H.G. Wells o Victoria Ocampo. Gran parte de su obra fue traducida al español por Zenobia Camprubí y por Juan Ramón Jiménez, esposo de la anterior, que aportó a la traducción lo que él mismo denominó “un colchón lírico”.

         Todos hemos leído a Tagore, si no algún texto completo, sí muchas de sus frases, que pueblan el universo literario. Leer a Tagore constituyó para mí una experiencia tan conmovedora, tan íntima, que, aún hoy, permanezco atado a aquel viejo libro de mi padre. Sin duda, fue Pájaros Perdidos, su libro de aforismos, el que me enamoró de Tagore. Nunca he dejado de leerlo, de consolarme con la belleza de sus pensamientos en los momentos difíciles y de deleitarme con ellos en las ocasiones en que la vida me sonríe. Pero también con Gitánjali, con El Jardinero, con La Luna Nueva o con La Fujitiva (escrita así, con jota, por el propio Juan Ramón Jiménez, que gustaba de escribir de esa forma las ges guturales).

           Y como con todos los libros que quiero, porque me niego a que la belleza permanezca oculta, Pájaros Perdidos lo he regalado en ocasiones muy singulares con la recomendación de una lectura reposada. Pero ahora añado algo que antes no dije. Tagore no es realmente para leerlo, Tagore es para respirarlo, para saborear cada palabra, para retener en el pensamiento la imagen simple que, desprovista de formas, se revela en cada aforismo, en cada párrafo de su prosa, en cada verso: un nido de pájaros, una brizna de hierba, el soplo del viento, una nube, la luz de una vela. Tagore es para que envejezca contigo, como lo hizo conmigo, para que te acompañe en silencio, para que susurre a tu oído palabras dulces, para que te haga soñar. Tagore dormirá a tu lado, penetrará en tus sueños y te llevará más allá, mucho más allá del momento.

Tagore es la belleza de la palabra, pues nadie como él ha escrito con tanta belleza de las cosas más simples de la vida. Y, como ejemplo, les dejo dos o tres aforismos de Pájaros Perdidos:

Apaga, si quieres, tu lámpara; yo conoceré tu oscuridad, y la amaré.

El silencio lleva en sí tu voz, como el nido la música de sus pájaros dormidos.

¡Cómo aletea alrededor del otoño la música del verano que se fue, buscando su nido viejo!

Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan, y se van volando.
Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar, aletean y caen en ella, en un suspiro.

-Mar, ¿qué está hablando?
-Una pregunta eterna.
-Tú, cielo, ¿qué respondes?
-El eterno silencio.
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lunes, 23 de noviembre de 2015

La frontera en silencio

(Artículo publicado el 24 de noviembre de 2015 en La Opinión de Murcia)


Escribía hace unos días al hilo de los atentados de París que, frente a las ofensas criminales del yihadismo, el hombre, considerado en su dimensión individual, tiene la posibilidad y, aún, el deber de perdonar, pero que la Humanidad carece de ese derecho. No podemos ofrecer la otra mejilla de nuestro hermano, sino la nuestra propia. Pocos días después conocí a un franciscano, Fr. Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger, con quien tuve una larga y amable conversación y a quien, esa tarde, en el acto inaugural de la Comisión Diocesana de Justicia y Paz a la que pertenezco, escuché una conferencia sobre las Fronteras y la Fe que, les confieso, me conmocionó profundamente. Sobre el perdón me dijo que, además del personal, el que uno puede ofrecer a quien le ofende, existe otro tipo de perdón: el que Jesús crucificado pidió a su Padre para aquellos que lo mataban, para aquellos que no le habían pedido perdón, para aquellos que no lo oían. Jesús no perdonó, no podía, no se lo habrían aceptado, sino que pidió a Aquél que todo lo puede que perdonara: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Monseñor Agrelo nos hizo pensar. Su conferencia sobre las fronteras nos reveló la realidad que se oculta detrás de ellas: “Las fronteras que nos protegen, matan”. Eso que nosotros vemos como un elemento de protección de nuestro suelo soberano, de nuestro modo de vida, de nuestros privilegios y comodidades, es una barrera que mata, que humilla y que hiere a quienes vienen huyendo de la guerra, del hambre y de la pobreza. Los llamamos impersonalmente “ilegales” o “irregulares” para desproveerlos de su condición de hombres, mujeres y niños, de su dignidad humana. Decimos que nos traen enfermedades que ya no tenemos, que entre ellos hay delincuentes y terroristas, que desestabilizan el mercado de trabajo, que perjudican nuestro delicado equilibrio económico, que asaltan nuestro suelo, cuando solo vienen en busca de un trozo de pan. “Yo he bautizado a niños que hoy descansan de su sufrimiento en el fondo del Estrecho de Gibraltar”, dijo en medio del silencio.

En su libro “Emigrante: el color de la esperanza” escribe lo siguiente:

“Hablamos de emigrantes, de hombres mujeres y niños erradicados de su tierra, echados de sus hogares, apartados de su cultura, desplazados de su mundo, señalados como una amenaza. Participios y más participios de exclusión, verbos de sufrimiento para los excluidos y de crueldad para quienes los excluyen: participios pasivos de verbos cuyo sujeto agente no es Dios, sino los endiosados (…) Quienes inventamos alambradas con cuchillas para cárceles y campos de concentración hemos trasladado esas alambradas a nuestras fronteras. Las queremos impermeables para los problemas, para las enfermedades, para el miedo y pretendemos que lo sean para los pobres, para los emigrantes. Las queremos cerradas alrededor de nuestros privilegios, y las dotamos de vallas, de fosos, de detectores de movimiento, de calor, de vida, para que no nos inquiete el clamor de los que viven con casi nada.”

Acerca de las fronteras, el escritor triestino y, por ello, fronterizo, Claudio Magris escribía en Utopía y Desencanto: “Las líneas de frontera son también líneas que atraviesan y cortan un cuerpo, lo marcan como cicatrices o como arrugas, separan a alguien no sólo de su vecino sino también de sí mismo.”

Monseñor Agrelo vive cada día entre ellos, sufre con ellos y espera con ellos. Ve la frontera desde el otro lado, ése que nosotros nunca vemos, y alza su voz de denuncia, clara y rotunda, en medio del silencio: “Europa paga a Marruecos para que Marruecos funcione como frontera exterior del continente rico, le paga para que le haga trabajo de policía de frontera. Y Marruecos tiene que justificar eficacia en la tarea que le han encomendado. La práctica es: redada, aislamiento, deportación. Europa conoce la práctica y finge que no ve. Sabe que se violan derechos fundamentales, y paga. Supongo que no paga para que se violen derechos fundamentales, pero paga sabiendo que se violan. Con lo cual, a la frialdad inicua de las leyes de extranjería y de las barreras fronterizas, Europa añade el sarcasmo de la hipocresía.” De ellos, de las víctimas que acuden a su iglesia en busca de consuelo, afirma en otro pasaje de su libro que “hoy están detenidos. Aislados. Sin comida. Angustiados. Hombre, mujeres y niños, gente peligrosa que asalta el cielo con oraciones y pone en peligro los sueños de Europa. Mañana los habrán deportado. No volverán a sus casas. Serán entregados al desierto, chivos expiatorios de nuestra salud económica, animales que abandonamos porque nos molesta su presencia.”

Nos contó que, frente al sufrimiento de los desposeídos, no tiene soluciones sino únicamente un mandato: que nos amemos los unos a los otros. Y precisamente en ese mandato es donde anida la solución: “Ninguno de nosotros puede reducir a cero el número de pobres de la faz de la tierra, aunque todos tenemos la capacidad de hacerlo decrecer. Entonces lo importante empieza a ser, no el horizonte inalcanzable, no el sueño imposible y frustrante, sino el hermano que tienes a tu lado, a tu alcance, al alcance de tu tiempo, de tu pensamiento, de tus afectos, de tu libertad.”

Una última cita del libro de Monseñor Agrelo: “Ese mundo nuevo no pasa por los proyectos de los grandes de la tierra, sino por el corazón de los pequeños. El futuro es cuestión de amor y pobres. De la mano de los pobres, sólo así caminaremos hacia el mundo de Jesús de Nazaret.”

Exactamente lo que ha dicho Francisco.
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lunes, 16 de noviembre de 2015

Y, de pronto, el mundo se tiñó de azul, blanco y rojo

(Artículo publicado el 17 de noviembre de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)

           Hace unos días tuvo lugar la puesta de largo del Club de Debate Universitario de la UCAM con la celebración de un intenso debate de exhibición en el que participaron ocho de los mejores oradores universitarios del mundo hispano hablante. El cuestión propuesta fue si se había de combatir el yihadismo mediante la intervención armada. Durante cincuenta minutos cuatro oradores defendieron la intervención armada, mientras que los otros cuatro argumentaron en contra de la misma, sea cual fuere la convicción personal que cada uno tenía ante la cuestión planteada. En este tipo de debates el orador debe fundamentar sólidamente sus argumentos y exponerlos de manera persuasiva durante un tiempo limitado, tratando a la vez de refutar los argumentos contrarios. Poco sospechábamos entonces que la cuestión planteada de manera teórica se convertiría pocos días después, merced a los atentados de París, en el eje central del debate político internacional.

            No es la primera vez que el terrorismo yihadista golpea con crueldad a Occidente. Antes de París, fueron Nueva York, Madrid y Londres las ciudades que sufrieron ataques terroristas de enorme magnitud. Tampoco Occidente es la única víctima del islamismo terrorista. En Siria, en Nigeria, en Líbano o en Turquía, y en muchos otros países, los cristianos y quienes no siendo cristianos se resisten a aceptar las reglas de vida extremas que propugnan los integristas islámicos son masacrados casi a diario. Hemos visto degollar en directo a periodistas occidentales, a ingenieros civiles secuestrados, a cooperantes internacionales y a sacerdotes cristianos que se encontraban en las zonas de conflicto para prestar ayuda a quienes lo necesitaran, todos ellos asesinados por la simple razón de no ser como sus asesinos. Hemos visto a cientos de personas quemadas vivas por el simple hecho de ser jóvenes estudiantes en una modesta universidad de centroáfrica. Hemos sabido de cientos de niñas que fueron raptadas para ser prostituidas y, luego, ya no hemos sabido nunca más de ellas, posiblemente abandonadas en mitad del Sahara para sufrir una muerte atroz. Hemos contemplado horrorizados los cuerpos rotos de sus víctimas en atentados cometidos en casi cualquier parte del mundo. Hemos visto una y otra vez la cara del horror, aquel horror ciego y obsesivo, irracional, que susurraba el coronel Kurtz en Apocalypse Now y, antes, en El Corazón De Las Tinieblas, de Joseph Conrad.

            Quiero recordar que la brillante actuación de los debatientes en favor y en contra de la intervención armada contra el yihadismo se saldó con un merecido empate, pues tan sólidos y convincentes fueron los argumentos empleados por unos y otros. Sin embargo, hace tiempo que no estamos frente a un debate racional y educado, ni siquiera ante un episodio de buenos y malos de esos que pueblan la historia, en el que los malos también tienen sus razones y su corazoncito. No hay buenos y malos, sino verdugos y víctimas. Creo sinceramente que, como cristiano, debo perdonar a quien me ofende, a quien me hiere y aún a quien me mata, pero ¿debo ofrecer mi mejilla a quien mata a mi hermano? Dicho de otra manera, yo como individuo debo ser capaz de perdonar, pero la Humanidad no tiene el derecho a hacerlo.

Lo ha dicho Francia y tiene razón: estamos en guerra, y no porque el razonable Occidente la haya declarado sino porque la sinrazón yihadista nos la ha declarado a nosotros.

No queda más camino que el de hacer la guerra contra quien nos la hace, pero si queremos ganarla hemos de saber a ciencia cierta qué es lo que vamos a defender. Para eso no estaría de más que , como ha dicho Angela Merkel, los europeos volviéramos la vista a Dios.

Y ahora, querido lector Malasombra, apedréeme si quiere.
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