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lunes, 25 de abril de 2016

La sardinificación de El Quijote

Ignatius Reilly, protagonista de La Conjura de los Necios, de John Kennedy Toole
(Artículo publicado en La Opinión de Murcia, el 26 de abril de de 2016)


Ignatius ha vuelto. Tras un largo paréntesis debido a su marcha a Nueva Orleans, acuciado por la perentoria necesidad de martirizar a su madre con sus ocurrencias disparatadas antes de que el buen Dios la libere de este mundo pecador, y habiendo aprovechado además el tiempo para obsequiar a sus vecinos con tempraneros ensayos de trompeta que le han granjeado cientos de enfurecidos admiradores, Ignatius Reilly ha regresado a mi casa con un cargamento de cuadernos Gran Jefe en los que ha ido recogiendo las ideas más peregrinas y los planes más descabellados, que son todas y todos, y que se le han ido ocurriendo a orillas del Mississippi, ese río en el que caben un millón o dos de ríos Seguras. Una de esas ideas es justamente transformar el Mississippi en un afluente del Segura con el fin de resolver de una vez por todas nuestra sempiterna falta de agua. El secreto de cómo pretende hacer esa barbaridad es uno de los arcanos que contienen sus cuadernos Gran Jefe, celosamente guardados entre los numerosos pliegues de su gabardina y en los abismales bolsillos de sus gigantescos pantalones, donde comparten habitación con cientos de pequeños objetos que sobrenadan en esas bolsas de aire rancio que, en opinión de Ignatius, hacen la vida más confortable.

Ignatius ha engordado un poco más, hazaña que parecía casi imposible, y cuenta que ello fue debido al fracaso de una iniciativa empresarial que puso en marcha en Nueva Orleans, la franquicia alimentaria Greasy Food, cuyo primer establecimiento se encargó de dirigir el propio Ignatius. Gran enamorado de nuestros pasteles de carne, quiso convertirlos en la comida nacional de Estados Unidos, desbancando pizzas, hamburguesas y hot dogs, si bien añadiéndole un toque cajún. A la receta tradicional del pastel de carne añadió doble ración de manteca de cerdo, mantequilla de maní para darle cierta textura gominosa, carne de zarigüeya macerada en julepe de menta, y una mezcolanza infame de jambalaya, gumbo y andouille, todo ello salpimentado generosamente con toneladas de pimienta de cayena. Una ramita de apio crudo que coronaba el hojaldre, aportaba a la obra culinaria un cierto aire de inocencia vegetariana. Finalmente, bautizó el emplasto con el sospechoso nombre de Zarigüeya Pie y, hecho esto, se lanzó a la producción masiva del engendro.  Los resultados no se hicieron de esperar. Tras las primeras intoxicaciones y el cierre del establecimiento decretado por las autoridades sanitarias, Ignatius decidió comerse los casi diez mil pasteles de zarigüeya que había producido con el fin de eliminar drástica y definitivamente las pruebas del delito, si es que el pastel de zarigüeya fuera delito y no lo sea aún más grave el tratar de elaborar un pastel de carne light.

     Cargado, pues, de energía positiva, y pletórico de deseos de vengar el atentado contra el Buen Gusto, la Prosodia y la Decencia que, según él, constituye la incomprensible actitud de las autoridades sanitarias norteamericanas hacia el Zarigüeya Pie, Ignatius ha vuelto al que considera el único país serio en la faz de la tierra: España. Y fiel a su condición de inalienable asesor mío en asuntos trascendentes, me ha obsequiado nada más llegar a casa con un concierto de trompeta que ha hecho las delicias de mis vecinos, y con un consejo que hará las de ustedes, mis fieles y pacientes lectores.

-España –exclamó Ignatius- es un país del que os podéis sentir muy orgullosos. Siempre a la vanguardia creativa, ha dado el primer ejemplo al mundo de lo que puede ser la solución universal al envejecimiento de las democracias: la sardinificación institucional.

-¿Sardinificación, Ignatius? –le pregunté.

-Sí, sardinificación he dicho. Habrás observado, querido y dubitativo amigo, que la enorme y revolucionaria potencia de vuestro Entierro de la Sardina ha ido contagiando a todas las celebraciones populares que se suceden día tras día en la bendita Región de Murcia y aún fuera de ella. La Cabalgata de los Reyes Magos se ha convertido en un Entierro de la Sardina epifánico, pero no solo en Murcia, que era de esperar, sino que ese efecto sardinificador ha alcanzado este año a las cabalgatas de Madrid y Valencia. Otro tanto va a ocurrir, si es que no ocurre ya, con la Semana Santa, con la Feria de Abril, con el Rocío y con las muchas romerías que pueblan el suelo patrio. Llegará el día en que la Oktober Fest se celebre al son de charangas, batucadas y ritmos exóticos. Desde sus carrozas debidamente engalanadas, los festeros bávaros arrojarán al público enfervorecido cientos, qué digo cientos, miles de toneladas de salchichas, ríos de mostaza y fuentes inagotables de cerveza…

-Bueno –le interrumpí-, pero ¿qué tiene que ver todo eso con la sardinificación institucional de que hablas?

-Pues que el Congreso de los Diputados –me contestó- ha conseguido ni más ni menos que sardinificar al propio Quijote, la obra magna de Cervantes y cumbre de la literatura universal desde que la santa Monja Rosvita nos legara sus sabias reflexiones, y lo ha hecho con la inigualable celebración del cuarto centenario de la muerte del Manco de Lepanto. La representación escenificada en el Congreso ha sido un esfuerzo sin parangón e impensable para los británicos, que jamás serán capaces de hacer algo así con el otro genio de las letras fallecido el mismo día y año que Cervantes, William Shakespeare, quienes, además, tuvieron el acierto de hacerlo precisamente en el Día Universal del Libro.

-Pero todo es mejorable y para eso estoy yo –prosiguió Ignatius, desbocado-. Y es que, para hacer estas cosas bien, nada mejor que los auténticos profesionales de la sardinada. Quiero proponer y propongo que, habida cuenta de su inoperancia para que se constituya finalmente un gobierno en España, los actuales diputados sean sustituidos para siempre por sardineros murcianos, ataviados con sus ricos ropajes de raso, pertrechados de pitos y pelotas, arropados por las mágicas charangas, incendiando la vieja democracia con el fuego purificador de sus hachones e iluminando el camino de España con la luz cegadora de las bengalas.  Qué gloria para el vetusto edificio de la carrera de San Jerónimo, qué placer escuchar “Paquito el chocolatero” en vez de los sosos discursos que entristecen el Diario de Sesiones, qué envidia para el mundo…

Fue entonces cuando corrí al ordenador a sacarle un billete de vuelta para Nueva Orleans antes de que fuera demasiado tarde.
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martes, 16 de febrero de 2016

Preguntas sin respuesta

(Artículo publicado el 16 de febrero de 2016 en el diario La Opinión de Murcia)


Este mes de febrero se cumplen catorce años desde que publiqué en estas mismas páginas el primero de mis artículos semanales, que escribía unas veces acompañado de mi orondo asesor Ignatius Reilly, casi siempre bajo la aguda lupa de mi Lector Malasombra y en muchas ocasiones pertrechado del sentido común de Chesterton o de la lírica de Tagore, mis autores y poetas de cabecera. Aunque a veces me he visto obligado a comentar sucesos tristes que están en la memoria de todos, sea el 11-M o el accidente ferroviario de Chinchilla, en mis artículos siempre he buscado la sonrisa cómplice del lector tratando de descubrir ese aspecto apacible de la vida que nos permite a unos y a otros abordar la cuestión con cierto buen humor.

He escrito poco de política nacional y, menos aún, de política regional o local, debido entre otras cosas a mi afán por poner distancia con la actividad que me ocupó los años anteriores a mi vida de libertad recobrada, pues, como tengo escrito, entre la política y yo hubo una especie de divorcio de mutuo acuerdo que a ambos nos benefició. Y nunca, pese a estar tentado a ello, he escrito acerca de mis cuitas personales, aunque en cada artículo hable un poco de mí mismo, como sin duda saben mis lectores.

Como también saben que, con ocasión de la rehabilitación del Real Casino de Murcia, y precisamente por mi condición de presidente del mismo, me encuentro en una situación que, por respeto a los menores que también me leen, calificaré escuetamente de jodida y de la que, haciendo una excepción que ruego me disculpen, les voy a hablar.

Me han aconsejado que escriba acerca de cómo el Casino se ha transformado en un pulmón social y cultural del centro de Murcia; de cómo acoge más de doscientos actos culturales el año, abiertos a todos los que quieran asistir; de cómo lo visitan cada año decenas de miles de turistas que, con su imagen, se llevan una de las mejores tarjetas de visita de la ciudad; de cómo en esta institución conviven en armonía jóvenes, menos jóvenes y mayores, gentes de un pensamiento y de otro, personas con una enorme variedad de gustos y aficiones; de cómo todo eso ocurre sin que la institución reciba un euro de subvención, pues atiende todos los gastos con sus propios recursos, incluidos los de mantenimiento del edificio al que se destinan más de ciento cincuenta mil euros anuales; de cómo ningún miembro de la Junta Directiva, incluido su presidente, o sea yo, percibe euro alguno por cualquier concepto. Pero no lo haré, pues todos ustedes ya lo saben.

Me han recomendado que les explique que las obras de rehabilitación del Real Casino de Murcia tal vez hayan sido las únicas de cierta envergadura cuyo coste fue finalmente menor que el presupuestado, aspecto éste realmente singular, acostumbrados como estamos a que los presupuestos iniciales sean objeto de modificaciones que desvían el coste de las obras un cincuenta, un cien o un doscientos por ciento. Pero tampoco lo haré, porque hacer las cosas como Dios manda no debiera ser sorprendente.

También me han tentado para que les aclare que el contrato por el que se me inculpa, el que legítimamente buscaba encontrar financiación para la rehabilitación del inmueble que en muchas ocasiones nos había sido negada, no podía obligar a terceros y, por tanto, comprometer la voluntad de nadie, Ayuntamiento o no, que no fueran los firmantes. Pero tampoco lo haré porque casi todos ustedes saben que los contratos solo obligan a las partes que los otorgan, regla integrante de ese catón jurídico que es el Código Civil y que debió ser explicada en la facultad de Derecho el día en que algunos decidieron fumarse las clases.

O que les comente que nadie que no sea funcionario o autoridad pública en ejercicio de sus funciones, o depositario de fondos públicos, o administrador de los mismos, puede cometer ni material ni formalmente delito de malversación de caudales públicos. Pero tampoco es necesario hablar de ello porque yo no he sido nada de eso y, como dijo el torero, lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible.

O que insista en mi artículo que la vicepresidencia de la entidad de gestión del plan urbanístico del que procedieron los fondos privados para las obras de rehabilitación, que había sido ofrecida al Casino, que no a mí, tenía “funciones meramente consultivas” o, dicho de otra manera, que no tenía función alguna de dirección, gestión, disposición o fiscalización. Pero tampoco lo haré, pues ya lo he hecho.

Lo que sí voy a hacer es reiterar unas preguntas al Alcalde Murcia que ya hice de un modo u otro en mi comunicado de prensa de la semana pasada, toda vez que me ha otorgado graciosamente el derecho a decir lo que estime oportuno en mi defensa, influido tal vez por la lectura sosegada de la Constitución. Y son éstas:

¿A qué se debe el giro copernicano en la postura del Ayuntamiento, que pocas semanas antes solicitaba el archivo de la causa y que ahora acusa con tanta ligereza?

¿Ha comprobado si los estatutos sociales de la entidad de gestión urbanística señalan efectivamente que la vicepresidencia ofrecida al Casino de Murcia tenía únicamente “funciones meramente consultivas”?

¿Ha comprobado si dichos estatutos fueron aprobados por la Junta de Gobierno del Ayuntamiento de Murcia en sesión celebrada el día 1 de febrero de 2006, y si el acuerdo aprobatorio fue publicado en el BORM número 54, de 6 de marzo de 2006?

¿Ha comprobado si en dicho acuerdo fue nombrado un representante del Ayuntamiento de Murcia “en los órganos de gobierno y gestión de la Entidad” urbanística, por lo que debía estar plenamente informado de cuanto ocurría y se decidía en la misma?

¿Ha comprobado si dichos estatutos fueron previamente informados por los mismos servicios jurídicos del Ayuntamiento de Murcia que fundamentan mi acusación en justamente lo contrario a lo que dicen los citados estatutos?

Y si todo ello hubiere sido comprobado y fuera cierto, ¿se ha procedido a depurar las responsabilidades a que hubiere lugar y a rectificar la acusación que me ha sido dirigida?

Al día de hoy mis preguntas siguen sin contestación, aunque realmente yo no la necesito pues Ignatius, Chesterton, Tagore y yo mismo conocemos de sobra las respuestas.
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lunes, 4 de enero de 2016

La Conjura de los Necios continúa

(Artículo publicado el 5 de enero de 2016 en el diario La Opinión de Murcia)

Pues sí. En los momentos difíciles de la vida, en que te ronda el fantasma del decaimiento y la depresión, lo mejor es abrir un libro de humor y comenzar a leer despacito hasta que notes que los músculos de la sonrisa se ponen en movimiento. Por fortuna, en mi biblioteca, que se extiende como una mancha de aceite por las paredes de mi casa, por encima de los muebles y por debajo de las camas, albergo muchos de ellos, clásicos, recientes y menos recientes. Entre estos últimos destaca La Conjura de los Necios (A Confederacy of Dunces), de John Kennedy Toole, del que guardo varios ejemplares, todos ellos abundantemente subrayados y anotados, excepto uno. Se trata de una primera edición publicada en 1980 por la Louisiana State University poco antes de que fuera galardonada con el Premio Pulitzer en 1981, que mi hija María me trajo de Estados Unidos. Con Ignatius Reilly, su gordo, entrañable y estrafalario protagonista, he compartido algunos de los momentos más divertidos de mi vida, créanme, hasta el punto que durante años fue en muchos de mis artículos la excusa para decir algo disparatado: Ignatius hablaba mientras yo callaba.

Les confieso, no obstante, que muchos de los disparates y disloques que escribí no eran del todo míos, pues existe en verdad un Ignatius Reilly de carne y hueso que suele ser mi fuente de inspiración y cuyo nombre omitiré por recato y para no faltar a las ignacianas reglas de la Decencia y el Buen Gusto. Ayer por la mañana, sin ir más lejos, al leer una noticia relativa a que una buena señora, perteneciente sin duda a alguna organización políticamente correcta, instaba a las Administraciones a habilitar más carriles-bici para poder montar en bicicleta, Ignatius redivivo levantó la vista del periódico y, enarcando las cejas, formuló la pregunta que sólo a él podía ocurrírsele: ¿Con sillín o sin sillín?

Junto a Toole, descansan el sueño de los justos muchos otros autores, que han hecho de la risa una bendición para sus lectores. Sin que ello suponga un desdoro para los demás, siento una especial debilidad por los autores británicos, desde P.G. Wodehouse a Tom Sharpe, para quienes la tópica flema británica suele ser una protagonista muy singular. Sobre esto escribía yo hace unos años una historieta que no me resisto a reproducir: 

“Sin duda, muchos de ustedes conocerán aquella vieja historia sobre la flema británica –si no la escribió P.G. Wodehouse, bien pudo hacerlo-, que transcurre en una de esas magníficas residencias campestres situadas a orillas del río Támesis, que podría ser conocida como Blandings en recuerdo de Wodehouse. Un estirado mayordomo ―al que llamaremos Beach también en recuerdo del humorista inglés―, entró en la biblioteca de la casa donde su señor ―que a esta alturas y por la misma razón no podría ser otro que el mismísimo lord Emsworth, noveno conde de Emsworth― trataba de ejecutar sentado en su sillón preferido la complicada maniobra de desplegar el Times para leerlo sin cortar las hojas. Con la voz levemente engolada, Beach avisó al conde que se esperaba el desbordamiento inminente del río Támesis. El conde, sin levantar la vista del periódico, se limitó a despedir al mayordomo con un escueto “Gracias, Beach”. A los pocos minutos, el impertérrito mayordomo volvió a entrar en la biblioteca e informó al conde de que el Támesis se había desbordado finalmente. Lord Emsworth, sin mover un solo cabello, le respondió de nuevo con otro “Gracias, Beach”. Al poco, se abrió la puerta de la biblioteca por tercera vez y Beach, apartándose a un lado y con el agua por los tobillos, anunció imperturbable: “Milord, el Támesis”.

Aunque equivocadamente atribuido a Aristóteles, más bien procede de los comentarios de Murmelio a la obra de Boecio, el proverbio latino “Omne animal post coitum triste” no puede ser más cierto. Tras las estruendosas fiestas del solsticio de invierno, para mi decepción en eso se han convertido finalmente las Navidades, llega la calma y con ella la tristeza post-coitum. Para combatirla, nada mejor que una dosis de humor del bueno.

Háganme caso y cojan un libro. Aunque sea de humor.
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martes, 24 de marzo de 2015

Ya están aquí...


(Artículo publicado el 24 de marzo de 2015 en La Opinión de Murcia)


        Ocurrió lo predecible, que el Barcelona ganó en su campo y que el PSOE andaluz hizo lo propio en el suyo. Cuando Susana Díaz, recién designada sucesora de José Antonio Griñán a título de presidenta de la Junta de Andalucía, se levantó de su silla y casi toda vestida de rojo y con una rosa en su pecho generoso alzó los brazos y desmayó las manos al estilo del más puro de los flamencos, lo tuve claro, “Ésta se los lleva de calle”, pensé. Ni ERES, ni Podemos, ni flores, ni gaitas. Son las emociones, imbécil, que me decía ayer, cariñosa y parafraseadamente, una de las cabezas más claras que conozco. Si fuera otra cosa que las emociones, las elecciones serían pura matemática y, ganarlas, un juego de niños. Pero no, Andalucía, cuando vota, vota emocionada, con el corazón contraído y el alma en vilo, conteniendo la respiración y alejado de su mente todo signo de sensatez. No digo yo que el votante andaluz  sea un insensato, no, sino que cuando vota lo hace con el sentimiento a flor de piel. “Viva er Beti, manque pierda”. Es como cuando iba a la Maestranza a ver torear a Curro Romero, armada de una rama de olivo. Aunque el Faraón de Camas se echara a correr delante del toro porque lo había mirado mal, el currismo caía rendido a sus pies y lo disculpaba acaloradamente a cambio de aquel único pase mágico que había dado una vez.

         Lo que ocurre en Andalucía sólo pasa en Andalucía, y es que el PSOE administra muy bien las emociones. En ninguna otra región lleva gobernando partido alguno los treinta y tres años que lo viene haciendo el PSOE andaluz en Andalucía, la edad de Cristo, miren por dónde, otra emoción semanasantera. En el resto de España ha existido alternancia en el poder, en Andalucía, no. Por eso, lo ocurrido este fin de semana no es extrapolable a las demás regiones y, por eso también, en todas ellas puede pasar cualquier cosa. Sin embargo, la regla de las emociones funciona igualmente en todas partes: ganará aquél que emocione al electorado, más allá de promesas concretas y de compromisos espirituales, si bien no está escrito que una promesa o un compromiso no sean capaces de generar una emoción incontenible e inderrotable. Pero no me parece a mí que las cosas vayan por ahí. PP, PSOE e IU emocionan, sí, pero sólo a los más allegados y, a éstos aún, tibiamente. Es cierto que, en el caso de Murcia, los más allegados del PP son muchos más que los allegados a las otras dos formaciones, pero sin duda no son suficientes. Ya veremos.

     Lo más destacado de las elecciones andaluzas ha sido, sin género de dudas, la irrupción en el arco parlamentario autonómico más allá de Cataluña de Podemos y Ciudadanos, dos formaciones que aspiran a integrarse en la “casta” gobernante, por la vía de combatirla. No es más que la vieja letra reformista, pero con música nueva. Son jóvenes y osados: los unos, –mi Lector Malasombra, si quiere, puede escribir el pronombre con “h”–, se quieren cargar la banca privada, lo que más o menos consiste en recuperar las viejas Cajas de Ahorros; los otros, se quieren cargar el AVE para financiar con su gigantesca dotación económica lo que llaman “la política de innovación”, cuyo programa presentan mañana, tal vez el viejo INI. No sé si son propuestas posibles y plausibles, pero lo que sí sé es que ambas van dirigidas al ámbito emocional del votante, que buscan atraer sus emociones sabiendo que la emoción es el juego.

         Mientras tanto, mi viejo amigo Ignatius, añorado por muchos y detestado por unos cuantos, anda inquieto y desasosegado con una cuestión hereditaria entre civilista y política. Se pregunta mi emocionado asesor matutino y cafetero que, si es investida Susana Díaz presidente de la Junta de Andalucía estando como está embarazada de un retoño, si el nasciturus quedará también investido de dicha presidencia, ya que con arreglo al Código Civil, hasta que el ansiado vástago no nazca con apariencia humana y viva veinticuatro horas totalmente desprendido del claustro materno, seguirá formando parte del cuerpo de la madre y, por tanto, jurará el cargo con ella. Piensa Ignatius que si los intérpretes de la Ley así lo deciden, y los intérpretes de la Ley andan últimamente decidiendo cosas muy raras, Andalucía podría tener a partir de junio dos presidentes, madre e hijo, que es lo más parecido a una monarquía hereditaria. Culmina Ignatius su razonamiento afirmando que los treinta y tres años de gobierno ininterrumpido del PSOE andaluz así lo avalan.

          A mí, créanme, me ha emocionado, y se me ha atragantado el café.
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lunes, 8 de septiembre de 2014

Listos y listas

(Artículo publicado el 9 de septiembre de 2014 en el diario La Opinión de Murcia)




Llevo años demandando una reforma profunda del sistema electoral español que evite, por un lado, la depreciación sufrida por el voto individual −lo que sin duda se conseguiría poniendo en marcha mecanismos de elección directa de alcaldes y presidentes−, y, por otro, el mercadilleo chantajista al que se ven sometidos, por ejemplo, los partidos nacionales a manos de las minorías nacionalistas, así como la excesiva atomización de parlamentos regionales y ayuntamientos, lo que se resolvería exigiendo un porcentaje mínimo de representación en todas y cada una de las circunscripciones en que se divide el cuerpo electoral, tanto en las elecciones generales como en las autonómicas y locales. Por supuesto que la necesaria reforma democratizadora incluye a los propios partidos políticos, cuyos sistemas electorales internos dejan mucho que desear.
Consecuentemente, debería dedicar un aplauso entusiasta a las reformas electorales que pretende el Partido Popular, y lo haría si no fuera porque ni procede hacerlas ahora a pocos meses vista de las elecciones autonómicas y locales, ni responden a un deseo sincero de incrementar la calidad democrática del sistema electoral, ni se ha consultado a nadie para llevarlas a cabo, ni a expertos ni a legos, ni a propios ni a extraños. Y, además, tampoco me gustan las propuestas, especialmente la que consiste en convertir una minoría, aunque sea mayoritaria, en mayoría absoluta.  Les pondré un ejemplo para entendernos  
Supongamos que se reúnen siete colegas a beber cerveza. Tres de ellos quieren Duff,  la cerveza favorita de Homer Simpson, otros dos prefieren Estrella de Levante y los dos restantes quieren una marca diferente de cerveza cada uno, Mahou y Cruzcampo. Lo normal sería que cada uno bebiera su marca preferida, pero imaginemos que el bolsillo de estos coleguillas sólo les alcanza para pedir las siete botellas de una sola marca, sea cual sea, que es más barato que si las piden diferentes, por lo que deciden celebrar una votación con el resultado que ya conocemos. Ante esta situación existen varias posibilidades:
1.- Todos se ponen de acuerdo en una marca, es decir, se adopta una solución unánime y plenamente democrática.
2.- Acuerdan celebrar una segunda votación para elegir una de las dos marcas de cerveza más votadas en la primera ronda, lo que también es plenamente democrático. Todos los lectores murcianos confiamos en que sea elegida la Estrella de Levante, pero si es otra aceptaremos democráticamente el resultado.
3.- Alguien con poder para ello, por ejemplo el que lleva los cuartos, impone que la marca de cerveza más votada en la primera votación sea considerada la marca mayoritaria, cuando en realidad sólo la han votado tres de siete o, dicho de otra manera, ha sido rechazada por la auténtica mayoría, esto es cuatro de siete. Esta fórmula, que es la de la propuesta  del  PP, provocará que sin posibilidad de discutir otras opciones la mayoría de coleguillas tengan que beber una cerveza que no han votado. Esto pudiera ser democrático, pero tengo mis dudas.
Claro que según Ignatius, mi entrañable asesor festivo en materia de lúpulos y cervezas, las cosas en España nunca ocurren de manera tan sencilla.
“Supongamos −dice mi querido Ignatius−, que, sin venir a cuento, esto es, muy a la española, los coleguillas deciden ampliar la consulta sobre las marcas de cerveza a los novios y las novias correspondientes, con el previsible resultado de incorporar al plantel de bebidas tres nuevas marcas de cerveza, Alhambra, San Miguel  y Estrella de Galicia, además de Coca-Cola, Trinaranjus y Vichy Catalán con una rodajita de limón, porque eso es lo que les gusta a los anticerveceros. Supongamos además que alguien con gran espíritu democrático y participativo propone dar audiencia a las marcas no representadas, a resultas de lo cual Levadura de Cerveza SAU, Gaseosa La Cansera SA y la Asociación Levantina de Fabricantes de Agua de Cebada presentan alegaciones para que se les reconozca su legítima condición, ya que, si bien técnicamente no son cervezas, son bastante parecidas y, en cualquier caso, son más cerveza o tienen más burbujas que el Trinaranjus. Por su parte, Horchata de Chufas Chufi, que pasaba por allí, señala que si se ha admitido Vichy Catalán con rodajita de limón se les debe admitir a ellos y dos huevos duros más, pues Valencia no va a ser menos que Cataluña, collons.”
“Una vez abierta la Caja de Pandora −prosigue Ignatius, imparable−, la Comisión Europea presenta una demanda ante el Tribunal de la UE en Luxemburgo para exigir que se respete el espacio común de mercado y se incluya a todas las marcas de cerveza residenciadas en la Europa comunitaria. Alemania se opone a que Budweiser sea considerada cerveza europea. Las cervezas británicas se oponen a ser incluidas como marcas europeas. La italiana Nastro Azzurro compra varias marcas de una cerveza caliente tibetana llamada tongba y, tras rebautizarlas como Nastro Azzurro Calda y Azzurra Calda Superiore, las domicilia en Milán y Roma para hacerlas pasar como marcas comunitarias. La Iglesia Católica reclama la paternidad monacal de la cerveza. La marca de cerveza Taedonggang, de Corea del Norte, amenaza con desatar una guerra nuclear contra Estados Unidos si no es incluida en la segunda ronda de votaciones. La Asociación Nacional de Excombatientes exige que sean recuperadas las marcas nacionales de cerveza El Águila y El Azor por razones obvias. Los productores de lúpulo se declaran en huelga. La Fiscalía abre diligencias por competencia desleal, fraude y corrupción de menores al descubrir que casi todas las marcas de cerveza nombradas anteriormente pertenecen, bien al grupo Heineken, bien al grupo San Miguel- Mahou, bien a Jordi Pujol. Finalmente, un golpe de Estado incruento impone el vino para todos.”
Indudablemente, a Ignatius se le ha subido la cerveza a la cabeza.
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martes, 24 de septiembre de 2013

La tortilla nacional (I). El engendro



(Artículo publicado el 24 de septiembre de 2013 en el diario La Opinión de Murcia)



Ya sé que a los lectores habituales de esta columna les agrada las más de las veces el tono distendido e informal con el que suelo escribir mis artículos, así como la presencia, últimamente algo espaciada, de Ignatius Reilly, mi querido, orondo y refrescante amigo. Pero esa tendencia mía a invocar la sonrisa del lector ha provocado que se me hayan quedado en el tintero algunas cuestiones sobre las que, precisamente por mi experiencia en la política activa y en la docencia universitaria, hubiera debido opinar. Es el caso de ese engendro llamado Estado de las Autonomías.

                A más de uno le extrañará que, habiendo sido Consejero en un Gobierno Autonómico y diputado en un Parlamento Regional, ambos de Murcia, califique de engendro al Estado de las Autonomías. Verán ustedes, según el Diccionario de la Lengua Española un engendro es una criatura informe que nace sin la proporción debida. Pues eso es precisamente lo que me propongo demostrar en éste y en los próximos artículos de la serie que llevará por título “La tortilla nacional”, que el muy español Estado de las Autonomías nació sin la proporción debida y es hoy una criatura informe.

Si hemos de creer lo que recogen los medios de comunicación, es un hecho cierto que, treinta y cinco años después de su puesta en marcha, el Estado de las Autonomías adolece de graves problemas que, además, se han ido agudizando con la actual situación de crisis económica y social. También es cierto que, aunque inspirado en la Constitución Republicana de 1931 y en el Estado Regional Italiano de 1947 y, en menor medida, en el sistema federal alemán, el Estado Autonómico fue un modelo político creado ex novo (engendrado, por tanto) por la Constitución Española, que pretendía satisfacer a un tiempo las demandas nacionalistas y las exigencias de la España nacional. No es menos cierto que, precisamente por ello, el modelo constitucional fue apenas un esbozo en el que quedaron abiertas muchas incógnitas que hubieran debido ser despejadas en los tiempos posteriores. Finalmente, es igualmente cierto que, en algunos aspectos, el Estado de las Autonomías ha funcionado razonablemente bien en estos años de vida y que la alternativa ideal al estado autonómico, hoy por hoy, no es más que un esfuerzo de imaginación sustentado en análisis y razonamientos en demasiadas ocasiones muy poco rigurosos, cuando no en razones espurias y torticeras. Hoy se habla abiertamente de crisis del Estado de las Autonomías en tanto que España se debate entre las tendencias reduccionistas del autogobierno, auspiciadas y magnificadas por los efectos de la crisis económica, y las tendencias soberanistas y federalistas expresadas en voz alta por el PSOE y por los partidos nacionalistas, así como por los gobiernos de Cataluña y del País Vasco.

Tal vez el problema que Salvador de Madariaga definía ya en 1967 como el más grave de cuantos asedian España, el de su pluralidad frente a su unidad, haya estado en el origen del Estado de la Autonomías, pero sin duda es también una de las causas de su crisis y, en último término, de la fractura de España. El propio Madariaga, al referirse al nacionalismo-separatismo en España, señalaba en su ensayo titulado De la angustia a la libertad que, en cierto modo, tanto el separatismo vasco como el catalán derivan del separatismo que es innato a todos los españoles: “Todos los españoles”, decía, “tienden a resquebrajarse unos de otros bajo el calor de la pasión, como la tierra seca de la Península tiende a agrietarse bajo el calor del sol”.

Frente al nacionalismo-separatismo, por un lado, y frente al centralismo unitarista surgido como reacción violenta y negadora de la pluralidad natural de España, por otro, Madariaga apuntaba ya en aquellos años la necesidad de organizar el país en forma federal, así como la conveniencia, y aún la necesidad, de autonomías no sólo culturales sino políticas.

Este es el debate de ayer y el de hoy.

Precisamente por ello, se hace necesario diagnosticar algunas de las claves de esta crisis antes de perfilar las soluciones, lo que debería hacerse con sincera autocrítica y con la necesaria reflexión y prudencia, circunstancias todas ellas que no son fáciles de hallar en tiempos revueltos.

Eso es precisamente lo que me dispongo en los siguientes artículos, de los que por suerte o por desgracia no excluyo la intervención de Ignatius, mi asesor federal y autonómico.

Les aviso.
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martes, 2 de julio de 2013

La Roja



(Artículo publicado el 2 de julio de 2013 en el diario La Opinión de Murcia)



Definitivamente ―me decía ayer Ignatius, mi asesor en materia de educación y deportes― no me gusta eso de que le hayan puesto el mote fácilongo e interesado de “La Roja” a la vieja y esforzada Selección Española de Fútbol, cuyo nombre llevaba impresa a fuego la marca de siglos de sangre, sudor y  lágrimas futboleras. Y no me gusta entre otras cosas porque tiene muy poco de roja. No es rojo su atuendo, que de ser algo, mi querido amigo, sería más bien azulgrana o rojigualda, pues aunque la camiseta es roja lleva ribetes, cuello y costuras amarillas, además de combinar con pantalones azules y medias negras. Tampoco es roja la afición por más que le pese al Chico de la Ceja o a su Gran Visir, el inconmensurable Iznogud, presunto inspirador del sobrenombre. No son rojos, no, los saldos bancarios de jugadores, seleccionador y directivos federativos, ni es precisamente rojo el marquesado con el que, de manera algo populachera aunque no por ello menos aplaudida, permítaseme la cosa, Majestad, fue ennoblecido Vicente del Bosque, el gran Vicente, que además tiene el alma blanca. Aquí no ocurre nada por casualidad y lo de La Roja no iba a ser una excepción.
Mira, ―afirmaba Ignatius― en esto de los motes y los apodos hay hilar muy fino, pues un mote puesto con acierto, es decir, un mote que perdura en el tiempo y que se extiende como una mancha de aceite, es un seudónimo que te encumbra si es bondadoso, o que te hunde en la miseria si es malicioso. Lo que hace básicamente el mote puesto con acierto es reducir el tamaño del apodado al significado estricto del apodo: el Chincheta, dicho de alguien bajito, independientemente de que además fuera rubio, rico, listo o notario, seguirá siendo el Chincheta para todos los siempres. El mote también acorta la distancia que nos separa del apodado, lo acerca, lo hace como de la familia, de la casa. Dicho de otra forma, lo que provoca el mote es que se le pierda el miedo e incluso el respeto. En la escuela al igual que en el instituto, en el colegio o en la Universidad, todos, profesores y alumnos, teníamos un mote. La razón no era más que poner al moteado al alcance de tu mano. El Turuta o El Pisahuevos eran mucho menos temibles que Don Romualdo, el profesor de latín, o que Don Pantuflo, el catedrático de Colombofilia. Daba igual que el Mofeta, al que le cayó encima el mote por escapársele un pedo en clase, un solo pedo, jurara en arameo que se bañaba en colonia todos los días: al verlo aparecer en el horizonte, todos fruncíamos las narices.
Con La Roja ―señalaba Ignatius―, ha pasado algo parecido. La Selección así sobrenombrada se ha hecho más cercana y asequible, más del pueblo, diría yo, e incluso prolífica, pues ahora existe también La Rojilla. Pero como por estos pagos nada ocurre por casualidad, te decía, podemos albergar la sospecha de que haya habido algo más que el otorgamiento de un simple remoquete a un equipo de fútbol. El motivo de bautizar a la Selección Española de Fútbol como La Roja no es más que el primer paso, mi inocente amigo, de un proyecto mucho más ambicioso que consiste en sustituir el nombre de la propia España por el de La Roja.
            ―¡Qué disparate, Ignatius! ―le dije.
―¿Disparate? ―me contestó―. Han pretendido que el subconsciente colectivo relacione el tan deseado triunfo deportivo con el nombre de La Roja, alejando el éxito del nombre de España. Ya no es España o La Española la España triunfal, sino La Roja. Y si alguna duda albergaba, el domingo tuve por fin a la vista la prueba del algodón. Fíjate, querido amigo, en no fue La Roja la que perdió ominosamente el domingo pasado ante Brasil, sino que quien sufrió el “maracanazo” fue de nuevo la Selección  Española de Fútbol y nada más que la Selección Española de Fútbol, al decir de los comentaristas de Telecinco. A partir del segundo gol ya no jugaba La Roja sino que lo hacía la Selección Española de Fútbol, como en los viejos tiempos.
―Es que jugaron como en los viejos tiempos, Ignatius.
―Más a mi favor ―me contestó Ignatius― No me extrañaría que los jugadores formaran parte de la Conjura de La Roja Antes Llamada España. Incluso puede que les hayan ofrecido formar el futuro gobierno de La Roja, con Vicente de Presidente y Sergio Ramos de…
Me fui corriendo.
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martes, 4 de junio de 2013

Ignatius en bicicleta



(Artículo publicado el 4 de junio de 2013 en el diario La Opinión de Murcia)



Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Algo así ha debido pensar Ignatius, ya saben, mi inabarcable asesor en materia de movilidad ciudadana, en relación con la renovada moda de ir en bicicleta. El uso de la bicicleta que, junto con el motocarro, fue durante mucho tiempo un símbolo de la España subdesarrollada de la posguerra, con los Planes de Desarrollo de los años sesenta se redujo paulatinamente a las carreras ciclistas y a los veranos azules, de manera que las calles y carreteras quedaron reservadas casi en exclusiva a coches y motocicletas. La crisis económica, unida a una peculiar forma, muy española por cierto, de entender Europa, ha devuelto actualidad a la bicicleta como medio de transporte económico, sano y que no contamina, lo que es bien cierto y muy provechoso para la población si no fuera porque, como siempre, nos hemos traído de Europa sólo lo que nos interesa. Hoy las bicicletas están a punto de convertirse en una plaga urbana del mismo modo en que, si bien un solo ratón responde al simpático nombre de Pérez y nos trae monedas a cambio de dientes, un millón de ratones fueron suficientes ratones para que el pueblo de Hamelín buscara un flautista que lo librara de ellos.
A lo largo de los últimos meses, Ignatius ha mantenido un fiero duelo personal con los ciclistas urbanos que pueblan las vías peatonales de la ciudad.
―Cómo es posible, decía Ignatius hasta hace muy poco, que las calles céntricas de la ciudad como la Trapería, que fueron peatonalizadas para que los viandantes pudiéramos deambular por ellas con cómoda seguridad, se hayan convertido en velódromos en los que cada día resulta más difícil esquivar las bicicletas, que se entretienen sorteando peatones a toda velocidad, en lo que constituye un salvaje atentado contra las reglas del Buen Gusto y la Prosodia que, ni en sueños, hubiera imaginado la Santa Monja Rosvita, aquella mujer cuya preclara visión iluminó las sombras del Medioevo.
La cosa había llegado a tal extremo que hube de prohibir a Ignatius salir a la calle pertrechado con su armadura plateada de Sir Galahad, la espada en una mano y la trompeta en otra, la una para defenderse de las bicicletas a mandoble limpio, decía, la otra para avisar a la población de la amenazante presencia de bicicletas en el horizonte de Santo Domingo. Aunque, todo hay que decirlo, la prohibición no fue realmente sino un ejercicio oportunista de autoridad, pues no hacía falta prohibición alguna ya que con el peso de la armadura completamente oxidada apenas podía dar un paso.
Pero como les decía al principio, hace tan sólo unos días que Ignatius cambió de opinión y decidió convertirse en ciclista él mismo. Como en la conversión pauliana, la fe de Ignatius en las bondades de la bicicleta ha superado con mucho sus fobias anteriores. Según mi orondísimo e iluminado asesor, la bicicleta es el vehículo del futuro. Afirma que no contamina porque no gasta combustibles fósiles sino orgánicos, lo cual me atemoriza mucho porque me imagino cuál ha de ser el tubo de escape de semejante engendro montado en bicicleta. Afirma también que, gracias al noble ejercicio del pedaleo, su corazón se fortalecerá y hasta es posible que no se le vuelva a cerrar la válvula pilórica, lo que desde luego no se puede decir del corazón de los peatones que tengan la sobresaltada desdicha de cruzarse con Ignatius. Lleno de fervor ciclista ha rescatado del desván su vieja bicicleta, la ha aseado un poco, ha cambiado las cámaras y los neumáticos y la ha engrasado un mucho, todo ello sobre la alfombra que hay en medio del salón, que ahora es de otro color. Luego ha reparado el timbre antediluviano que aún llevaba instalado en el manillar. No es un timbre cualquiera, no. Para que se hagan una idea, cuando Ignatius tocó por primera vez el dichoso timbre, el atronador ding-dong hizo que todos los vecinos del edificio salieron a abrir las puertas de sus casas y que todos los perros del barrio aullaran lastimeramente. Finalmente, se ha subido a la bicicleta y ha intentado pedalear unos metros en el pasillo de casa, con el letal resultado de un gato muerto, dos jarrones hechos añicos y su albornoz de rayas verdes y blancas desgarrado al engancharse con el picaporte de una puerta.
Mañana ha prometido hacer su primera incursión por las calles peatonales de la ciudad. Yo, por si acaso, no me levantaré de la cama. Ustedes verán lo que hacen.
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martes, 16 de octubre de 2012

Batracomiomaquia




(Artículo publicado el 16 de octubre de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


Esta palabrota, absolutamente desconocida para las víctimas de la LOGSE, significa Guerra entre Ranas y Ratones y es el título de una parodia sobre La Ilíada que bien pudo escribir el propio Homero. El Rey Rana había invitado a un ratón a su casa pero al cruzar el lago nadando con él a sus espaldas se vio atacado por una serpiente acuática y, olvidándose del ratón, se sumergió en las aguas y el roedor se ahogó. Por este motivo los ratones se enzarzaron en una guerra con las ranas que acabó, tras la intervención de Zeus, como el rosario de la aurora. La palabra “batracomiomaquia” (en alemán, en un más difícil todavía,  se dice froschmäusekrieg) también se emplea para definir una disputa absurda y sin sentido.
            Hoy, dos mil ochocientos años después, que se dice pronto, las cosas están como estaban al borde del estanque homérico. Ranas y ratones, ratones y ranas, indispuestos y descompuestos, enredados unos contra otros. No había más que ver el triste desfile del día de la Fiesta Nacional o, como se dice por aquí, Fiesta de qué, Nacional de acuálo: Independencia sí, independencia no, república federal sí, república federal no, Infanta sí, Infanta no, españolizar sí, españolizar no, pitos sí, pitos no. Y mientras tanto, la casa sin barrer.
            A mí, esto me entristece un poco. En cambio, a Ignatius, mi asesor en sapos, ranas y culebras, le divierte enormemente.
            ―Esto de la batracomiomaquia es muy español ―me decía Ignatius―, tanto como las discusiones sobre galgos y podencos, los diálogos entre sordos y los brindis al sol, también llamados brindis a Cartagena. Justo ahora, en mitad de la crisis, cuando otros países están en la tarea de remontarla con el esfuerzo conjunto de todos sus paisanos, es cuando los españoles os ponéis a discutir sobre la soberanía catalana y la vasca, la necesidad de españolizar a los alumnos catalanes o el desplazamiento de las Infantas de la Tribunal Real, una al ostracismo y la otra, aún peor, a ver el desfile junto a Rubalcaba, como si todo ello fuera a resolver la crisis. Pensáis que un sacrificio es tanto más heroico, cuanto más inútil y prescindible.
            ―Pero Ignatius ―le repliqué― es que esos problemas de los que hablas son reales. En Cataluña existe una fuerte corriente soberanista, como ocurre en Escocia, en Flandes o en la Padania…
            ―¡Alto ahí! Ni se te ocurra comparar Escocia con Cataluña, ni el whisky con el cava. En Escocia no hay sentimientos antibritánicos, sino anglófobos, que es distinto, pues la rivalidad de Escocia no es con el Reino Unido sino con Inglaterra. Por eso la bandera del Reino Unido, la célebre Union Jack, ondea en todos los edificios públicos de Edimburgo, cosa que no ocurre aquí con la bandera española. Si San Jorge, San Andrés y San Patricio levantaran la cabeza…
            ―Bueno, pero no me negarás que en el caso de Flandes…
            ―Quien debiera preocuparse por Flandes no eres tú ―me interrumpió― , sino Andalucía y España misma, pues has de saber que en Flandes no es que se cante sino que se habla el flamenco y de ahí a prohijar al Camarón de la Isla, a Diego El Cigala, a Juan Mojama o a Capullo de Jerez y hacerlos belgas solo hay un paso…
            ―No digas disparates, Ignatius, el flamenco que hablan en Flandes y el flamenco que se canta en toda España son dos cosas diferentes…
             ―¡Calla! Ya estoy viendo anunciado con letras de neón en el Koninklijke Muntschouwburg (Teatro Real de la Moneda de Bruselas) “Hoy canta Perlita Van Huelva” o “Recital flamenco de Porrina de Antwerpen”. Los nacionalistas son insaciables. Lo tendrán difícil para traducir al neerlandés, que es como también llaman al flamenco, los nombres de Juan Martín El Cabogatero, La Paquera de Jerez o La Repompa de Málaga, pero dentro de poco compartirán cartel con Van Dyck El Mastriqueño, El Maneken-Pis de la Puebla, los famosos Brueghel el Viejo y Brueghel el Joven, y Stefaan De Clerck El Niño de Kortrijk
            Dejé a Ignatius cantado por tientos y me fui otra vez a merendar.
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martes, 9 de octubre de 2012

El Cuestionario Proust




(Artículo publicado el 9 de octubre de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


Con el fin de protegerme del efecto combinado del fútbol y la política, y perdonen ustedes la redundancia, he pedido a Ignatius, ya saben, mi asesor en materia de repúblicas federales, que rellene el Cuestionario Proust. Pero antes les diré algo sobre el autor de À la recherche du temps perdu y su famoso cuestionario, del que a pesar de llevar su nombre no fue el autor sino tan solo el primer personaje famoso que lo contestó. Marcel Proust tampoco inventó la magdalena, y, sin embargo, la más famosa de todas ellas salió de su pluma cuando Charles Swann, el protagonista de su obra, revive los tiempos perdidos de la infancia mientras moja una magdalena en su taza de té. El cuestionario lo encontró Proust entre los papeles de una amiga suya y lo contestó en varias ocasiones a lo largo de su vida. Varios periodistas lo han usado para entrevistar a sus invitados, entre ellos James Lipton en su famoso programa de televisión Inside the Actor´s Studio quien equivocadamente atribuyó su autoría al escritor francés. También la revista Vanity Fair lo usó en numerosas ocasiones para entrevistar a celebridades.
            Bien, pues allá va el cuestionario y, lo que es peor, las respuestas de Ignatius:
            1. ¿Cuáles son los principales rasgos de su carácter? Extremadamente inteligente, muy comedido y ejemplarmente humilde.
            2. ¿Qué cualidad aprecia más en un hombre? Que se tire pedos y que masque chicle al mismo tiempo, algo que no podía hacer Richard Nixon, creo recordar.
            3. ¿Qué cualidad aprecia más en una mujer? Que juegue al dominó sin hacer señas ni trampas.
            4. ¿Qué es lo que más aprecia de sus amigos? Su frigorífico
            5. ¿Cuál es su principal defecto? No tengo. Bueno, tal vez que no vuelo.
            6. ¿Cuál es su ocupación favorita? Como saben muy bien mis vecinos, tocar la trompeta durante horas.
            7. ¿Cuál es su ideal de la felicidad? Darme un chapuzón en el estanque de chocolate de Willy Wonka en compañía de los Oompa-Loompas.
            8. ¿Cuál sería para usted la mayor desgracia? Que el estanque de chocolate estuviera vacío.
            9. ¿Qué le gustaría ser? Hablando con toda la humildad, si no fuera Ignatius me gustaría ser Ignatius, y si ya lo fuera, como me ocurre, me gustaría ser un elefante. Viviría pegado a una trompeta y la estaría tocando a todas horas.
            10. ¿Dónde le gustaría vivir? ¿Si fuera elefante, dices? Lejos de Don Juan Carlos. Y si fuera Ignatius, donde vivo, en tu casa y en tu sillón favorito.
            11. ¿Cuál es su color favorito? El verde, es el más comestible de los colores.
            12. Cuál es la flor que más le gusta? La coliflor y la alcachofa, por lo mismo que el color verde.
            13. ¿Cuál es el pájaro que más le gusta? No me gusta lo que insinúas.
            14. ¿Quién es su autor favorito en prosa? Sin duda, Graham Bell. Escribió Guía Telefónica de Nueva Orleans, una novela algo pesada con una enorme variedad de personajes.
            15. ¿Y en poesía? ¡Ah, en poesía…! Artur More es uno de mis favoritos ¿Has leído el poema “Artur President amb Catalunya Independent”, de Cuadernos para un Suicidio? Te lo recomiendo.
            16. ¿Cuál es su héroe de ficción favorito? Sin dudarlo, Mariano Mariánez, ese funcionario que, tras muchas aventuras, logra llegar siempre a final de mes.
            17. ¿Y su heroína? Son dos: la Santa Monja Rosvita, aquella mujer excepcional que iluminó las horas oscuras del medioevo, y la santa esposa de Mariano Mariánez, el Superfuncionario Cósmico.
            18. ¿Cuál es su compositor musical favorito? Yo mismo, te lo digo humildemente. Déjame que coja mi trompeta…
            19. ¿ Y el pintor? Doña Cecilia Giménez, la del Ecce Homo de Borja… Es como la santa Monja Rosvita pero con paleta y pinceles.
            20. ¿Cuál es su héroe de la vida real? Hay muchos, es muy difícil escoger entre Paul Hunn, autor del eructo más ruidoso del mundo, o Kevin Shelley, quien fue capaz de romper con la cabeza cuarenta y seis retretes en un minuto, o el incomparable Donald Gorske, que es el hombre que más hamburguesas ha consumido, o Ashrita Furman, que fue capaz de recorrer 1.668 metros con un taco de billar en equilibrio sobre la barbilla, o Monsieur Mangetout, que consiguió comerse dieciocho bicicletas y una avioneta, o José Luis Rodríguez Zapatero, que consiguió…
            21. ¿Cuál es su nombre favorito? El de un niño mejicano a quien por empeño de su abuelo bautizaron como Brhadaranyakopanishadvivekachudamani Erreh Muñoz, de los Muñoces de toda la vida.
            22. ¿Cuál es el hábito ajeno que menos soporta? El trabajo.
            23. ¿Qué es lo que más odia? Al parecer, lo que Más odia es España,.
            24. ¿Cuál es el personaje histórico que menos le gusta? Sin lugar a dudas Henry Ford, que intentó cargarse la siesta española, aunque afortunadamente sólo lo consiguió en los países más desarrollados.
            25. ¿Un hecho de armas que admire? La Guerra de las Galaxias, creo recordar.
            26. ¿Qué don de la naturaleza le gustaría poseer? La capacidad felina de dormir todo el día.
            27. ¿Cómo le gustaría morir? Antecedido por todos.
            28. ¿Cuál es su estado habitual de ánimo? Animoso y alegre, aunque desfallecido de hambre.
            29. ¿Qué defectos les inspiran más indulgencia? La aerofagia y la calvicie.
            30. ¿Cuál es su lema? Dios es amor, el amor es ciego, Ray Charles era ciego, luego Ray Charles era Dios.

            Lo que les dije.
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martes, 2 de octubre de 2012

Es el dólar, imbécil



(Artículo publicado el 2 de octubre de 2012 en el diario La Opinión de murcia)


Habrá quienes digan que fútbol y política son la misma cosa, que son dos partes de un todo, que todo es política y que, por tanto, el fútbol también lo es, que hay política en el fútbol y fútbol en la política, que en España ser presidente del Real Madrid es más que ser ministro y que nada hay más parecido a veintidós pares de botas dando patadas a un balón que un gobierno al completo dando patadas al contribuyente. Y seguramente tendrían razón todos ellos si no fuera porque en un principio el fútbol fue concebido precisamente para entretenerse y pasar el rato de manera divertida, lejos de los serios asuntos de la polis, por cuya razón el fútbol debiera ser una de las actividades más lejanas y distantes de la política. Pero ocurre que, con el paso del tiempo, el fútbol se transformó en un espectáculo de masas que mueve gigantescas cantidades de dinero, y, claro, si en el entretenimiento intervienen las pelas, el ocio se convierte en negocio y el fútbol en política.
            Digo esto porque, después de todo lo que hemos visto y oído estos días sobre el soberanismo catalán, el referéndum ilegal pero despenalizado por el ímpetu suicida del Irrepetible Contador de Nubes, la solución federalista y oportunista de Rubalcaba y el Santiago y cierra España de Mariano Rajoy, después de todo esto o en mitad de todo ello no debiera sorprendernos que Sandro Rosell, presidente del F.C. Barcelona-que-es-más-que-un-club, haya proclamado un día que él es catalán (como su nombre indica, por cierto) y catalanista como el Barsa, y que siempre defenderá el derecho de los pueblos a decidir su futuro (sic), para matizar al día siguiente que pase lo que pase políticamente en Cataluña, el Barcelona seguirá jugando en la Liga del Estado Español.
            A Ignatius, mi asesor en cuestiones de estupidez soberana, le encanta todo esto. Como todos ustedes saben, pues les supongo lectores consumados de La Conjura de los necios, la épica novela de John Kennedy Toole (nada que ver con aquel Kennedy asesinado en Dallas, querido lector Malasombra), Ignatius es norteamericano de USA, o lo que es igual procede de un país que es una gran paradoja: es una república federal, tal vez la más federal de todas las repúblicas, y al mismo tiempo es el país más unido del mundo, también como su propio nombre indica. Lo que les vengo a decir es que, de todo esto, Ignatius sabe un huevo.
            ― ¡Pues claro que Estados Unidos es un país unido! Para que se pueda decir que algo está unido hay que empezar por aceptar que ese algo esté formado de partes diferentes. Del mar o del aire en su conjunto no se puede decir que estén unidos, pues cada uno de ellos forman un todo. En cambio, sí se puede decir que están unidos los ingredientes que forman una paella o un arroz y habichuelas, para que me entiendas. Dicho de otra manera, para que un conjunto esté unido es preciso que sus partes sean separables, el arroz de las habichuelas, y que, pese a ello, permanezcan juntas por obra y arte de un ligamento. Vosotros, los españoles, lleváis siglos creyendo que España es una, grande, libre e indivisible, algo así como el mar, el espacio sideral o El Otoño del Patriarca de García Márquez, pero no es así. España es, como todo los países de este mundo, la suma de sus partes. Vuestro problema es que os falla la ligazón.
            ―Pero Ignatius ―le dije―, yo creo que, en cuestión de elementos comunes, España tiene muchísimas más razones para permanecer unida que tu país, Estados Unidos. Por ejemplo, tenemos una historia común de más de cinco siglos de antigüedad, un idioma común, un territorio común, una religión común, un perfil étnico común…
            ―¡Bobadas! Todo eso no sirve para nada y además tampoco es cierto ―me interrumpió Ignatius―. La historia sólo es común si el común de los mortales al que se refiere la percibe así, como ocurre en Estados Unidos. En vuestra España cada Región, cada ciudad, cada pueblo y cada barrio presume de su propia historia para nada común con la de los demás. Sólo tienes que comparar los libros de texto que estudian vuestros escolares. ¿A qué idioma común te refieres? ¿Al castellano? ¿Al catalán? ¿Al euskera? ¿Al bable? ¿Al árabe? ¿Al guachinglis que hablan los jóvenes a través de la redes sociales? Y qué decir del territorio común o de la religión… En mi país, que es casi un continente, hay enormes diferencias sociopolíticas entre el norte y el sur, existen cincuenta estados diferentes, tenemos seis husos horarios distintos, se hablan todos los idiomas del mundo y conviven en él todas las religiones y, sin embargo, todos los norteamericanos se ponen en pie ante la bandera de barras y estrellas, en todas las competiciones deportivas importantes se canta el himno nacional que todos escuchan de pie y en silencio, y el Presidente, sea republicano o demócrata, blanco o negro, lo es de todos los norteamericanos. Y todo ello ocurre con mucha mayor diversidad de la que nunca tendréis en España. ¿Y sabes cuál es el secreto? ¿No caes? Si hubieras leído con atención lo que ha dicho Rosell, sin duda lo sabrías…
            ―¿Sandro Rossell? Pero si hablaba de fútbol…
            ―No exactamente ―me replicó Ignatius―, de lo que hablaba el presidente del Barcelona es de dinero, de euros, de dólares… Podrá apoyar la autodeterminación de los pueblos por todo eso que tú decías, en este caso por la historia común catalana, por el idioma catalán común, por la religión nacionalista común y demás zarandajas, pero el Barsa seguirá jugando en la liga española. ¿Lo entiendes ahora? Es el dólar, imbécil (y no te ofendas por el parafraseado), lo que une a Estados Unidos y a más de trescientos millones de norteamericanos, y será el euro el que mantenga unida a España y a Europa, o no será.
            Entonces fue cuando cerré la Teoría General del Estado de Jellineck y me fui a merendar
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