lunes, 15 de junio de 2015

Hoy va de gente buena

Juan Miguel Varea y su hijo, junto a la nevera

                Mi muy querido y admirado Juan Fernández Marín, con quien comparto las páginas de opinión de este diario, él los domingos y yo los martes, es además de un excelente articulista, un hombre bueno. Sacerdote secular, durante muchos años ha acompañado en el Hospital Reina Sofía a quienes estaban a punto de iniciar su último viaje. Cuánto consuelo, cuánta paz habrá derramado Juan en los corazones afligidos por la enfermedad y atemorizados ante la muerte. Antes fue misionero en Sudamérica y de allí se trajo una anécdota que nos regaló en la homilía del domingo pasado. Narraba el Evangelio de San Marcos la parábola del “hombre que echa simiente en tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”. Nos contaba Juan que, habiendo ido a visitar a otro misionero en la selva de Ecuador, se interesó por el escaso fruto que en apariencia rendía el esfuerzo del misionero, hecho en condiciones muy penosas. “Yo me dedico a sembrar y dejo a Dios la cosecha”, le contestó.

                Cada día me encuentro con más gente que quiere cambiar el mundo, cambiar lo que no gusta y eliminar lo que estorba, y sin embargo muchas de estas personas nos enredamos en las grandes cuestiones y en las grandes cifras, en los grandes objetivos y en los grandes proyectos. Queremos cambiar, no ya el mundo, sino el universo, y la decepción por no lograrlo nos oculta aquellas pequeñas cosas que sí están a nuestro alcance. Decía Juan que no vale echar las culpas a los demás de nuestros propios fracasos,  pues todos compartimos algo de culpa en que el mundo no vaya bien (lo decía además en su artículo del domingo pasado), que no vale dejar a Dios la cosecha si nosotros no hemos sembrado antes. Y la mejor siembra es aquella que se ofrece a quienes menos tienen. Ese es el camino hacia un mundo mejor.

                Pues bien, hace un par de semanas escribía yo acerca de un hermoso poema escrito por una joven gaditana, Patricia Vitorique, que sueña con cambiar el mundo, y les decía que sí, que la palabra mueve montañas y que la palabra joven las mueve todavía más. Hoy les hablo de una iniciativa que están llevando a cabo en Murcia un padre y su hijo que, como todas las ideas sencillas y pequeñas, encierra el germen de la genialidad. El proyecto, apenas iniciado, se llama “Nevera solidaria” y consiste en… pero tal vez sea mejor que lo explique el mismo Juan Miguel Varea con sus propias palabras, publicadas en Facebook:

“Ayer paseaba con mi hija Paula por Murcia y un hombre nos pidió que le compráramos una barra de mortadela para dar de cenar a sus hijos... Ya habíamos visto demasiadas veces a personas buscando comida en los contenedores, pero ayer nos acordamos de una noticia de un colectivo de Galdakano en Vizcaya que había instalado un frigorífico en la calle donde las personas podían compartir los alimentos perecederos y así evitar que cientos de kilos de comida que precisa frío acaben en el contenedor.
A mi hija Paula le pareció muy buena idea y hemos decidido poner en marcha el proyecto en Murcia.
Estará ubicado en la puerta de mi peluquería canina, en la calle de la Gloria, y esperamos que sea una experiencia tan positiva como relatan los que la han llevado a cabo en Galdakano...
En Murcia no nos faltan los ingredientes para el éxito, hay personas generosas, personas necesitadas y calor de sobra para estropear muuucha comida.
Os invito a compartirlo.”

Así de sencillo: una nevera eléctrica, alguien que deja un paquete de jamón york, o un par de yogures, o esas tapas del bar que al finalizar el día irán a la basura, o un simple plato de comida que has hecho de más en la cocina de tu casa… y alguien que coge de la nevera lo que necesita. No es únicamente solidaridad, que lo es, es también un remedio ante tanto desperdicio de alimentos perecederos que acaban en los contenedores.

La “Nevera solidaria” establecerá sus reglas, el etiquetado con la fecha del alimento o cualquier otra que facilite el uso y lo haga más fiable que buscar la cena en un contenedor.

Cambiar el mundo con pequeñas cosas. A eso se refería el cura Juan.
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(Artículo publicado el 16 de junio de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)

lunes, 1 de junio de 2015

Por un mundo mejor

(Artículo publicado el 2 de junio de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)


          Hoy, por ayer, me he levantado sin ganas de escribir sobre política, tal es el hartazgo que tengo de partidos políticos, elecciones, pactos y mayorías. Que salga el sol por Antequera.

           Tampoco pienso dedicar más de dos o tres líneas al tema de la pitada en el Camp Nou, pues ya está casi todo dicho. Tan solo apuntar que injuriar, vejar y humillar los símbolos comunes del Estado es una cuestión que va más allá de lo deportivo e, incluso, de lo político. Es como decía mi joven, ilustrado y buen amigo, el doctor Frey, una cuestión más básica y, por ello, mucho más importante: es una cuestión de educación.

  Hoy quiero escribir acerca de la juventud, de esa juventud pletórica de ideales capaz de cambiar el mundo, de esa juventud que, militante en un partido o en otro o, tal vez, en ninguno, apuesta por la justicia, por la solidaridad, por el hombre y por sus valores. Es esa juventud que está llamada a resolver los problemas que hemos creado nosotros, los viejos, que no entiende de pragmatismos ni de conveniencias, que se indigna y se rebela con todas sus fuerzas contra la iniquidad. Hoy quiero escribir acerca de un poema escrito por una joven gaditana llamada Patricia Vitorique que, de alguna manera, encarna todo cuanto digo y que está incendiando las redes sociales. En apenas unos días desde que lo colgó en su muro de Facebook, el poema de Patricia ha sido compartido más de siete mil veces (*). No entiendo mucho de poesía y no sé si se trata de un poema técnicamente perfecto, ni ello me importa un comino pues sus versos tienen la fuerza cristalina del idealismo en su estado más puro.

El poema va acompañado de una foto que es la que ilustra este artículo. Se trata del cuerpo sin vida de un inmigrante varado en las arenas de una playa de la costa italiana, piadosamente semioculto por una manta. Solo asoman sus piernas, enfundadas en unos vaqueros mojados y arrugados, y los pies, calzados con unas deportivas sin marca. Todo un sueño destrozado de quien quiso buscar una vida mejor, lejos del hambre, de la enfermedad, de la guerra o de la esclavitud. Patricia escribe la carta que el inmigrante africano nunca escribió, y lo hace así:

No lo conseguí, mamá,
Pero no se lo digas a los hermanos,
Ni a papá.
Diles que llegué a ese lugar
del que tanto nos hablaba el abuelo
donde los tanques echan agua
y las balas son de caramelo
que aquí no falta el pan
ni el dinero para pagar.
Que sigan luchando
Por un mundo mejor.
Diles que vivo en Italia
Y que mi barco no se hundió.

 El corazón de Patricia es joven, muy joven, y no entiende, no quiere entender, de cuotas migratorias, de política de fronteras, de equilibrio económico o de estabilidad social, y de tantas otras cosas a las que recurrimos los viejos para cerrar los ojos ante la realidad de un sueño roto.

Muchos jóvenes como ella, y tal vez ella misma, trabajan con entrega generosa para hacer llegar un trozo de pan, una prenda de abrigo o una sonrisa a quienes llegan a nosotros tras haberlo perdido todo y lo hacen en el seno de organizaciones, religiosas o civiles, que canalizan la fuerza de sus ideales. Pero algunos, como Patricia, transforman además su ideal en poesía y, no les quepa duda, es la fuerza de la palabra, de la palabra siempre joven, la que nos traerá un mundo mejor.

Gracias por tu poesía, Patricia.


(*) Hoy, 2 de junio de 2015, a las 7:30 de la mañana, lo han compartido 11.533 personas.
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lunes, 25 de mayo de 2015

Plomo en las alas

(Artículo publicado el 26 de mayo de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)



          Las urnas han confirmado lo que todo el mundo sospechaba, que la España de hoy se parecería muy poco a la España de ayer. La hegemonía del PP ha quebrado con la pérdida de todas las mayorías absolutas del mapa autonómico. Ciudadanos se ha apoderado del centro sociológico alarmantemente reducido, sin embargo, frente a la radicalidad de los mensajes de la izquierda. Y la izquierda se ha reconstruido como la nueva mayoría social de España que ayer se levantó de la cama vestida de rojo. Finalmente, la indignación más radical, ante la calcificación de IU y la arterioesclerosis del PSOE, ha encontrado su válvula de escape en Podemos, el populismo más bolivariano, cuyo siguiente objetivo, no lo duden, será el propio PSOE.

         De muy poco le ha valido al PP el mensaje de la recuperación económica, todavía sin materializar en los vacíos bolsillos de los españoles. De nada ha servido su apelación al caos, a la peligrosa conversión de España en el hotel de los líos, a la necesaria estabilidad de los gobiernos que el ciudadano medio ha entendido como estabilidad de los gobernantes. He de afirmar sin empachos que el PP ha suspendido las dos asignaturas de las que escribía el otro día y que han constituido los ejes del debate político : la renovación y la regeneración. Los cabezas de cartel de las grandes ciudades, Madrid, Valencia o Sevilla y la mayoría de los candidatos a presidir las Comunidades Autónomas han sido en general los mismos de siempre, eso que Podemos convino exitosamente en bautizar como “la casta”. Esperanza, Rita, Fabra o Cospedal han perdido la confianza de sus electores a manos de candidatos que, en muchos casos, son unos perfectos desconocidos, y ha ocurrido esto porque precisamente ellos eran sobradamente conocidos. Y qué decir de la regeneración, ésa que afecta a la vida interna de los partidos, a su democracia, a los modos de gobernar, a la sustitución de la prepotencia por el diálogo, a la supresión de privilegios y a la erradicación de las conductas vergonzantes que no siempre son coincidentes con la corrupción o con lo ilícito.

Murcia no ha sido la excepción y, sin embargo y al propio tiempo, Murcia es la excepción. En general, el PP murciano ha seguido la línea de una profunda renovación en la mayoría de las candidaturas locales, con algunas acertadas excepciones como Lorca o San Pedro del Pinatar, y alguna que otra desatinada como la de Cartagena, que el electorado se ha encargado de castigar muy duramente y que ha supuesto un lastre insalvable para la obtención de la mayoría absoluta en la Asamblea Regional. La propia candidatura autonómica ha sido igualmente renovada. En términos generales, se puede afirmar que la renovación de las candidaturas ha propiciado que la caída del PP en la Región de Murcia haya sido más leve que en el resto de España. Sin embargo, el paupérrimo balance del PP en materia de regeneración política, apenas atisbada en decisiones tales como la limitación de mandatos o en algunas muestras de transparencia, ha sido y va a seguir siendo una auténtica perdigonada en las alas de la gaviota. El sorprendente proceso seguido en el último año y medio para la selección del candidato autonómico, proceso plagado de dudas, equívocos, desplantes y retrasos, ha perjudicado muy gravemente a quien, de otro modo, habría sido una sólida y renovada apuesta. Lo mismo se podría decir de la candidatura a la alcaldía de Murcia, lastrada por las maniobras escasamente ejemplares de la cúpula del partido.

Ante Pedro Antonio Sánchez, de quien no albergo dudas de que será investido Presidente  con la abstención de Ciudadanos, excepto que el joven partido resuelva optar por su suicidio político, se dibuja un panorama complicado. La fiesta de los pactos está servida, pero lo más difícil que tiene por delante y lo que condicionará su futuro político más inmediato y el de su partido es acometer con decisión y coraje la necesaria regeneración de la acción de gobierno y de la vida política, lo que incluye necesariamente al propio Partido Popular.

        Dentro de pocas semanas Pedro Antonio levantará el vuelo con las alas cargadas de plomo. De la regeneración depende su futuro.
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martes, 19 de mayo de 2015

La contraria (u otra razón más para votar a Pedro Antonio)

Pedro Antonio Sánchez, candidato del PP a la presidencia de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia


     De mi recalcitrante Lector Malasombra les diré que nunca he sabido si es de derechas o de izquierdas, si votante el PP o del PSOE, o si se cuenta entre los devotos de Ciudadanos o de Podemos. Tal vez sea partidario de Izquierda Unida pero, si lo es, se lo calla el muy bribón. De lo que sí estoy seguro es de que disfruta en este pícaro mundo llevando la contraria a todo aquél con quien se cruza. Por eso estoy seguro de que en esta ocasión va a votar al PP, ahora que la opinión publicada se solaza en proclamar las miserias del partido de la gaviota.

    Al contrario de lo que debiera ser en este tipo de procesos electorales, los mensajes y las propuestas de alcance nacional e, incluso, las reflexiones de tipo místico como la impudicia del bipartidismo o la inconveniencia de la senectud, han sustituido a los mensajes y propuestas locales, que debieran ser por definición más cercanos a Sancho Panza que a Don Quijote. Se habla de vientos de cambio sin pararse a pensar que del viento a la ventolera no hay más que un paso. Para salir de la charca en la que, dicen, estamos inmersos se lanzan a la piscina del regeneracionismo sin percatarse de que se halla vacía. Y es que el regeneracionismo no consiste en promesas vanas, que se habrá de llevar la ventolera, ni en pactos oportunistas, de los que, por incumplidos, tenemos la memoria llena, sino en actitudes personales y en hechos, en esas actitudes que se poseen o no se poseen y en esos hechos que vendrán el día después. La gran incógnita, no es que ocurrirá el Día D, que ocurrirá cualquier cosa, sino que sucederá el día después, el día en que quedará abierto el tiempo de la regeneración. Y qué quieren que les diga, para el día después yo veo más preparados a unos que otros.

     Escribía el otro día que las dos grandes cuestiones que se plantean en estas elecciones, no son las soluciones a los problemas concretos de la ciudad o de la región en que vivimos, sino la renovación de los gobernantes y la regeneración de partidos políticos e instituciones. Ninguna de ellas son de ámbito estrictamente local o regional y, sin embargo, ambas están en la mano de quienes concurren a las urnas. La renovación de los partidos llamados emergentes no cuenta demasiado pues, por definición, todos sus candidatos son nuevos, al menos en las listas por las que se presentan. Lo de renovarse o morir, por el contrario, ha sido más complicado para los partidos institucionalizados pero casi todas las candidaturas regionales, con algunas excepciones notables, previsibles y tal vez lamentables, han procurado nutrirse de caras nuevas. Sólo uno, el PP, ha renovado a su cabeza de cartel para las autonómicas que, además, es uno de los más jóvenes si no el más joven de todos ellos: Pedro Antonio Sánchez. Conozco a Pedro muchos años y tengo la mejor de las opiniones sobre él, sobre su capacidad de trabajo y su eficacia, pero si algo les puedo decir con absoluta certeza es que, a pesar de su juventud, lleva muchos años preparándose para este momento. Y un apunte de Pedro Antonio sobre la regeneración: “Plantearé el debate sobre listas abiertas y elección directa”. Ahí queda.

    Mi lector Malasombra me recuerda día sí y día también que Pedro Antonio arranca lastrado por un mal padrino, pero también me confiesa que la única manera que concibe de llevarle la contraria al padrino es, precisamente, que después del padrino no llegue el caos. Eso me recuerda lo que me contaba hace años un amigo lorquino, ya fallecido y militante del PP, que había salido de su casa dispuesto a no votar al candidato de su partido que no era santo de su devoción. Y así iba refunfuñando camino del colegio electoral cuando se encontró al candidato del PSOE que también era amigo. “Buenos días” le dijo el político socialista, “Buenos días”, contestó mi amigo. Unos metros más allá se paró y con esa cosa tan lorquina de que quien no es blanco es azul se dijo para los adentros: “¿Buenos días? A tomar por el…, ahora sí que voto al PP”.

      Desconozco si mi Lector Malasombra es lorquino, pero ésta bien podría ser la razón de su voto a los Populares. Yo, por si las moscas, no le desvelaré cuál va a ser el sentido del mío, no sea que cambie el suyo aunque sólo sea para llevarme la contraria.
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(Artículo publicado el 19 de mayo de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)


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lunes, 11 de mayo de 2015

Conejos y liebres, galgos y podencos


Las casas de Hogwarts


           Por primera vez en muchos años, el debate electoral no pivota tanto sobre objetivos materiales como la creación de empleo, el reparto de la riqueza o la mejora de las infraestructuras, cuanto sobre cuestiones cardinales del propio sistema democrático. Apenas se habla de las soluciones prácticas a las necesidades ciudadanas que proponen los partidos políticos, sino que la controversia se sitúa en torno a las respuestas que estos mismos partidos ofrecen a sus propias carencias y a las del sistema del que forman parte. El mapa político de España, circunscrito a los dos grandes partidos PP y PSOE,  ha respondido al cliché clásico del bipartidismo de conservadores y progresistas, con las excepciones hechas de las comunidades  autónomas de Cataluña y el País Pasco, en las que los partidos nacionalistas han gobernado en solitario o con el apoyo ocasional del PSOE, pero en ningún caso los discursos políticos se han salido del guion  preestablecido consistente en que el aspirante haría lo contrario, o casi, a lo que haría el gobernante: si tú te propones hacer un Plan Hidrológico, yo me propongo derogarlo si llego al gobierno, y si tú pones en marcha la Alianza de Civilizaciones, yo me la cargo.

          Y en estas estábamos hasta llegaron los indignados, porque de indignados se trata. Mientras que el PP y el PSOE discutían sobre si son galgos o podencos, la jauría de los indignados, galgos y podemos, digo podencos, para los que resultaba indiferente que se tratara de liebres o conejos, se echaron encima de los dos entretenidos roedores.  Y cambió el discurso. Ya no se habló de si había que hacer o no un aeropuerto, sino de la existencia de aeropuertos sin aviones como Ciudad Real, Murcia o Castellón. Tampoco se habló de carreteras y autopistas, ni de la alta velocidad o el reparto del agua, sino de las pingües comisiones que dichas obras públicas habían deparado a todo tipo de conejos y liebres. Y de ese modo se empezó a debatir sobre el sistema y, más concretamente, sobre la necesidad de cambiar el sistema, empezando por el bipartidismo.

        El debate que han puesto hoy sobre la mesa galgos y podencos se centra en cuatro o cinco puntos que afectan a la médula del sistema: la renovación, la regeneración, el bipartidismo y la estabilidad. Veamos lo que han hecho al respecto galgos, podencos, liebres y conejos.

        Frente a los políticos de la casta, es decir, frente a aquéllos que llevan muchos quinquenios calentando los sillones, sea en el gobierno o en la oposición, y que son los culpables de la muerte de Manolete, hacía falta caras nuevas, líderes nuevos, gente más joven y menos comprometida, que es justamente la que nutre a los partidos llamados emergentes. Eso es la renovación y no otra cosa. En la Región de Murcia, qué quieren que les diga, el único de los grandes partidos que ha renovado en buena parte su oferta de conejos ha sido el PP, con Pedro Antonio Sánchez a la cabeza. El PSOE pareció que iba a hacerlo pero no lo hizo, y ahí tenemos a Rafael González Tovar y sus viejas liebres. Un punto para Gryffindor y otro para galgos y podencos.

      Frente a las viejas formas de hacer política, los ciudadanos exigen nuevas maneras, más democráticas y transparentes, más participativas y menos viciadas. En eso consiste la regeneración. A galgos y podencos les resulta fácil prometer medidas regeneracionistas pues llegan huérfanos de experiencia de gobierno. Sin embargo, muchas de estas promesas se han visto empañadas por la tozudez de sus propios actos. El fomento del transfuguismo fruto de estrategias políticas de medio plazo de unos o las extrañas y trasatlánticas fuentes de financiación de otros nos hacen sospechar a los ciudadanos que no todo el monte es orégano. Los conejos y liebres lo tienen un poco más difícil, pues les resulta complicado predicar cuando antes no dieron trigo. Y es que la regeneración no consiste en promesas ni pactos, sino en actuaciones firmes y concretas. Veremos a ver, pero de momento no hay reparto de puntos.

        Los partidos emergentes critican el bipartidismo como si éste fuera la causa de todos los males, el cáncer de la democracia. Yerran. Tres de los sistemas democráticos más antiguos y que mejor funcionan, el norteamericano, el británico y el francés, se basan en un bipartidismo casi puro. En el alemán, otro sistema democrático casi ejemplar, el bipartidismo está moderado por dos partidos bisagra, los liberales y los verdes, que apoyan o comparten tareas de gobierno con los socialdemócratas y los democristianos según se tercie. Sin embargo, Italia, multipartidista por excelencia, ha dado como fruto algunos de los gobiernos más corruptos e ineficaces de Europa. Un punto para Gryffindor, y otro para Slytherin.

         Por otra parte, tampoco gobernar sin mayoría absoluta es el acabose. Bueno, tal vez lo sea para el rodillo parlamentario y el ninguneo de la oposición, pero no lo es en absoluto para lo que llaman algunos conejos la necesaria estabilidad de los gobiernos. Desde el punto de vista del ciudadano de a pie, o sea, desde mi punto de vista, la estabilidad no consiste en garantizar la inamobilidad en el sillón durante cuatro años, sino en definir el marco jurídico estable en el que el gobierno, sea cual sea y dure lo que dure, pueda dar respuesta a las necesidades sociales comunes al tiempo que promueve y facilita el desarrollo individual de las personas. Ésa y no otra es la estabilidad que necesita un país, una región o un municipio. Y en esto, discúlpenme galgos y podencos, me fío un poco más de quienes tienen más oficio y no parecen dispuestos a hacer experimentos con champán. De manera que un punto más para Gryffindor y otro para Slytherin.

         Pues ya sabe usted, querido Lector Malasombra, quién es el campeón de la Copa de Quidditch: Gryffindor, a los puntos.

(Artículo publicado el 12 de mayo de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)

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lunes, 4 de mayo de 2015

En el mes de mayo

Paseando por los bosques de Wellenstein con mi hija Pepa

           A pocos kilómetros de Schengen, siguiendo el curso del Mosela, hay un pueblecito  rodeado de viñas llamado Wellenstein en el que pasé un verano hace unos años. Está en la orilla luxemburguesa del río y cuenta apenas con trescientos habitantes, un bar que abre unas horas por la tarde, una iglesia solitaria casi engullida por la yedra, una fuente de agua helada y transparente como el cristal y, en una curva del camino, una pequeña hornacina, de esas que tan frecuentes son en la vieja Europa católica, que alberga una imagen de la Virgen María. En las varias semanas que estuve allí nunca ví que le faltaran flores frescas, ni tampoco ví a quien las ponía.

En el pequeño pueblecito no había establecimiento comercial alguno, con dos únicas excepciones: una era la tienda de las Caves Cooperatives des Vignerons du Wellenstein, en la que podías adquirir unas cuantas botellas de Riesling, ese delicado vino dorado del Mosela que me recuerda tanto al Albariño, y algunas copas de pie blanco y vaso verde en las que tradicionalmente se bebe el vino; la otra era, sorprendentemente, un restaurante chino de excelente calidad que sin duda se nutriría de clientes de toda la comarca, del que Isabel, mi mujer, siempre pletórica de sentido común y tan poco amiga como yo de los restaurantes chinos, dijo que debía ser muy bueno si los vecinos, tan europeos ellos, habían consentido que permaneciera abierto. Siempre he sospechado de los restaurantes chinos por un par de hechos ciertos: que apenas generan basura y que, además, no suele haber gatos en sus inmediaciones, hecho éste, que siendo bien pensado, no es más que una consecuencia del primero. La comida china y en general toda la cocina oriental aprovecha todo lo comestible que, como nuestras abuelas también sabían, es casi todo. Uno de mis primeros descubrimientos, hace ya algunos años y gracias a Iwao Komiyama, fue lo sabrosa que resulta la parte verde de la cebolleta, ésa que antes tirábamos sin piedad a la basura. Con ellos, con los cocineros chinos y japoneses, aprendimos a picar las partes menos nobles de las verduras que antes desechábamos. Ellos han sido sin duda los maestros de esa ciencia tan de moda hoy y tanto tiempo olvidada que es el reciclaje de alimentos. Por eso, los restaurantes chinos apenas generan basura y eso explica, además, que no haya gatos cerca.

También tiene Wellenstein su pequeño cementerio, cercado con un murete bajo de piedra y con una cancela herrumbrosa que carece de llave. A diferencia de los de aquí, que se ven obligados a defender a los muertos frente a los vivos, los cementerios de la vieja Europa están siempre abiertos. Muchos se sitúan en las inmediaciones de la iglesia, en el prado que la rodea, pero el de Wellenstein está un poco más alejado. Como es un pueblo pequeño hay apenas unas pocas docenas de tumbas, pero las fechas de los enterramientos abarcan muchos años. Hay tumbas de muertos de casi todas las guerras que han asolado el centro de Europa, muy especialmente de la Gran Guerra, aquella que se libró en las trincheras cuyas cicatrices aún pueden apreciarse en esa tierra fronteriza, en parte francesa y en parte alemana. Ya he escrito alguna vez sobre ese río, el Mosela, afluente del Rhin al que se une en Coblenza, que significa precisamente confluencia, un río que una vez fue frontera y que hoy es uno de los símbolos de la unión de Europa.

Pues bien, en aquellas tierras verdes, en aquellas laderas pobladas de viñedos, en aquellos bosques que esconden pueblecitos como Wellenstein y que he recorrido en numerosas ocasiones, una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la devoción a la Virgen María expresada en esas humildes hornacinas que jalonan los caminos. La imagen de la Virgen, respetada, libre de vandalismos y siempre rodeada de flores frescas, aborda al viajero y le invita dulcemente a detener su marcha un par de minutos para dar gracias a Dios.

Estamos en el mes de mayo, mes que el mundo católico dedica tradicionalmente a la Virgen María, y tal vez por ello me ha venido a la cabeza el recuerdo de aquella imagen de la Virgen en Wellenstein, cobijada en su hornacina al pie del camino, de la fe sencilla que revelaba.


Algo más que un recuerdo.

(Artículo publicado el 5 de mayo de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)
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lunes, 20 de abril de 2015

Lampedusa




Me siento a escribir sobre otro asunto pero una palabra, ya conocida, me vuelve a rondar la cabeza. A Lampedusa le está ocurriendo lo ya pasó con Auschwitz y con tantas otras paslabras que dejaron de ser lo que eran, en estos dos casos toponímicos, para ser otra cosa. Auschwitz no es ya el nombre germanizado de un pueblo polaco, ni siquiera la denominación topográfica del mayor campo de exterminio nazi. Auschwitz es el exterminio mismo, el horror. Han pasado varias generaciones desde aquello y, sin embargo, su sola mención sigue produciendo el intenso desasosiego que genera el mal absoluto. Hasta hace unos pocos meses, la palabra Lampedusa únicamente me sugería al autor de El Gatopardo, el siciliano Giuseppe Tomasi, Príncipe de Lampedusa. Hoy, la sugerencia es otra.
Lampedusa es una pequeña isla italiana de apenas veinte kilómetros cuadrados situada al sur de Sicilia, a poco más de cien kilómetros de la costa de Túnez. Aunque políticamente es suelo europeo, lo cierto es que geológicamente la isla forma parte de la plataforma continental de África. Lampedusa representa la puerta de entrada a un mundo mejor para muchas personas, hombres, mujeres y niños, que huyen de la pobreza y del hambre, de la guerra, las persecuciones y el exterminio. Lampedusa es su última esperanza. Sin embargo, el viaje a Lampedusa se ha convertido para mucho de ellos en el viaje a ninguna parte. Engañados y explotados por las mafias de la inmigración ilegal, hacinados en embarcaciones que se deshacen a las pocas millas de navegación, sin agua ni comida, sin medida alguna de seguridad, higiene o atención médica, en las condiciones más penosas, se hacen a la mar con la mirada puesta en Lampedusa, en el Edén al que nunca llegarán.
La idea de la trasmutación conceptual de Lampedusa no es nueva. Hace unos meses, mi buen amigo Miguel López Bachero escribía que “Lampedusa se ha convertido ya en  una metáfora, en un símbolo de nuestra conciencia moral y de nuestra escala de valores como europeos”. Un tiempo antes, hace casi dos años, yo mismo escribí un artículo titulado precisamente El báculo de Lampedusa acerca del viaje que hizo a la isla el recién elegido Papa Francisco, el primero de su papado. Sé que la autocita es casi siempre imperdonable, pero en esta ocasión no es tanto una reiteración de mis palabras cuanto un recordatorio de las que entonces pronunció Francisco ante la tragedia que, hoy, se ha vuelto a repetir. Permítanme.
“En Lampedusa, ante los sin papeles africanos, sobrevivientes de las pateras que se refugian en los centros de acogida de la isla, Francisco ha clamado contra la globalización de la indiferencia frente a los que sufren, de la que dice que nos ha quitado la capacidad de llorar: «¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban en la barca? ¿Por las jóvenes mamás que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para sostener a sus propias familias? »
Con su lenguaje sencillo, el Papa nos habla de «la cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los demás, es más lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un asunto nuestro!».
Y es que Lampedusa no solo nos sugiere la tragedia de la inmigración, sino que vuelve a encarnar la fría indiferencia del mundo, de nuestro mundo, ante la tragedia. Claudio Magris sentenciaba en su editorial del Corriere Della Sera, Dove cessa l’umanità (Donde cesa la humanidad), que “Queste infami tragedie sono la prova di un’alta triste realtà: l’inesistenza dell’Europa” (Esta infame tragedia es la prueba de otra realidad: la inexistencia de Europa). En efecto, Europa no existe. 
Hoy, como entonces, deberíamos hacernos la pregunta que Francisco se hacía: “¿Quién ha llorado hoy en el mundo? “.
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martes, 14 de abril de 2015

Misericordia

(María Fernanda D'Ocón y José Bódalo en los papeles de Benina y "Almudena". 1972)


      Misericordia es el título de una novela de Benito Pérez Galdós, cuya versión teatralizada fue estrenada en 1972. Posteriormente fue llevada a la televisión en aquella excepcional serie de TVE titulada “Estudio 1”, que los más viejos del lugar recordarán con añoranza. La novela, cuyos hechos transcurren en el entorno del Hospital de la Misericordia del Madrid galdosiano de finales del XIX, hace referencia al atributo divino de la misericordia que encarnan los dos principales personajes, la criada Benina y el mendigo ciego de origen judío apodado “Almudena”, interpretados magistralmente por Maria Fernanda D’Ocón y un inolvidable José Bódalo. En el prólogo a la edición de 1913, el propio Galdós revelaba cuál había sido el planteamiento de su novela:

“En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal... Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid. Acompañado de policías escudriñé las "casas de dormir" de las calles de Mediodía Grande y del Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más rebajados prosélitos de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene municipal. No me bastaba esto para observar los espectáculos más tristes de la degradación humana, y solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamamos "de corredor", donde hacinadas viven las familias del proletariado ínfimo, pude ver de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor y la abnegación en las capitales populosas…”

De Misericordia apunta Francisco Gaudet que “el escritor va rescatando con cariño —casi página a página— una interminable lista de supervivientes: burgueses miserables como doña Paca y sus hijos (Obdulia y Antoñito) salvados de la indigencia más penosa por una herencia casi surreal, y frente a ellos, en un halo de gloria, miserables mendigos, ciegos que saben ver y criadas cercanas a la santidad”.

No tengo la menor duda de que Galdós entendía muy bien en qué consiste verdaderamente la misericordia de la que habla el Evangelio.

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Con esta frase comienza la Carta Apostólica Misericordia Vultus en la que el Papa Francisco anuncia el Jubileo Extraordinario de la Misericordia que comenzará el 8 de diciembre de 2015 y se cerrará el 20 de noviembre de 2016. Un Año Santo durante el que permanecerán abiertas miles de puertas santas en todas las basílicas, catedrales y santuarios del mundo, comenzando por la Puerta Santa de la Catedral de Roma, San Juan de Letrán, como símbolo del compromiso de la Iglesia para vivir el Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual.

La misericordia es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas y, según afirma la teología, constituye el principal atributo divino. Recuerda la Carta Apostólica las palabras de Santo Tomás de Aquino: “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia”. En Jesús, la justicia es siempre una justicia misericordiosa, como lo es el perdón. También recuerda Francisco las palabras de San Juan: “Dios es amor”, y señala que  “este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”. “La misericordia es la viga maestra de la Iglesia”, afirma Francisco, para sentenciar, más adelante, que “la tentación de pretender siempre y solamente justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable.”

Tal vez sea esta aparente confrontación entre misericordia y justicia uno de los elementos más relevantes de la Carta Apostólica. Sin embargo, Francisco niega la contradicción:  “La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer”. “Si Dios se detuviera en la justicia”, afirma más adelante, “dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que éste no es el fin, sino el inicio de la conversión…”

En la obra de Galdós, Benina no era solamente justa. Era misericordiosa.
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(Artículo publicado el 14 de abril de 2015 en La Opinión de Murcia)