martes, 27 de enero de 2015

Otra vez Auschwitz

Entrada al campo de exterminio de  Auschwitz-Birkenau


Hace diez años escribí un artículo dedicado al sesenta aniversario de la liberación de Auschwitz. Hoy, que se cumplen setenta años de aquella liberación, vuelvo a escribir o más bien a reescribir aquel artículo.

En la mañana del 27 de enero de 1945, las tropas rusas entraron en el complejo de campos de concentración y de exterminio de Auschwitz, situados en la localidad polaca de Oswiecim, a escasos cuarenta kilómetros de Varsovia. En el principal de ellos, Auschwitz-Birkenau, apenas encontraron unos pocos miles de supervivientes entre montañas de cadáveres a medio desenterrar. El recuerdo que quedó más firmemente asentado en la memoria de aquellos soldados rusos que llevaban meses haciendo la guerra sin descanso y que, por tanto, no debían oler precisamente a ámbar, fue el del hedor que emanaba del campo: la pestilencia de la muerte. Hoy, Auschwitz-Birkenau es un Museo dedicado a la memoria de uno de los horrores más grandes creados por el hombre. De quienes visitan Auschwitz se puede decir casi lo mismo que la escritora francesa Charlotte Delbo, liberada en Auschwitz, escribió acerca de quienes estuvieron presos entre sus alambradas: ellos esperaban lo peor, pero nunca esperaron lo inconcebible.

Siempre me ha inquietado la palabra Auschwitz porque me lleva indefectiblemente al desconcierto. Me pregunto cómo los hombres pudieron hacer todo aquello a otros hombres; y cómo pudieron hacerlo habiendo nacido donde también lo habían hecho quiénes fueron capaces en otro tiempo e incluso en aquellos mismos instantes de crear la música más armoniosa y delicada (Mozart, Bethoven o Strauss), de concebir los pensamientos más profundos (Kant, Nietzsche o Heidegger), de escribir la poesía más bella (Schiller, Heine o Rilke) y de contar las historias más hermosas y sugestivas (Goethe, Zweig o Hesse). Alguien decía, simplificando en exceso, que sólo la morralla más inculta de aquella sociedad pudo ser capaz de exterminar a hombres, mujeres y niños, a familias enteras, a toda una raza, en los campos de Auswchwitz, Treblinka, Sobibor, Chelmno o Mauthausen. Pero éso es, en efecto, simplificar demasiado. Mauthausen se encuentra a unas pocas decenas de kilómetros de Viena, la ciudad más hermosa del mundo y el paradigma de la cultura y de la sensibilidad del hombre hacia las artes y la belleza. La mayoría de los asistentes a la Conferencia de Wannsee celebrada en Berlín en enero de 1942, en la que se decidió la Solución Final a la cuestión judía (Endlösung), o sea la aniquilación de la raza, eran titulados por las más prestigiosas universidades de Europa, juristas, médicos, ingenieros.

Si aquella barbarie hubiera sido el fruto de unas cuantas mentes desequilibradas, de un puñado de locos o de unos miles de maníacos homicidas, podríamos dormir casi tranquilos. Pero no fue así. Todos los ingredientes que se dieron en aquel momento y en aquellas circunstancias pueden darse de nuevo en cualquier lugar y circunstancia, en cualquier tiempo. Y de hecho se dieron antes y después de Auschwitz. Por si no lo saben, a los españoles nos cabe el dudoso honor de haber puesto en marcha los primeros campos de concentración de la historia de la humanidad. Por unos meses tan sólo, es cierto, les ganamos la partida a los ingleses, que los copiaron en Sudáfrica durante la guerra anglo-bóer. Fue en Cuba, en 1898, y fueron creados con el fin de concentrar en ellos a la población rural y evitar así que prestaran apoyo a la insurgencia independentista. Ha habido campos de concentración en China, en Turquía, en la Unión Soviética, e incluso en Estados Unidos, en los que la población japonesa fue recluida durante la Segunda Guerra Mundial. Y ha habido campos de exterminio en Rwanda, en Camboya y en Kosovo. Y los está habiendo, con ligeras variaciones de formato, en muchos países infectados por el fundamentalismo islámico.

Lo más horrible de Auschwitz es que los hombres que lo idearon y lo hicieron funcionar eran como usted y como yo, querido lector, y como aquél que cruza en este momento frente a su puerta. A lo sumo, a diferencia de usted y yo, fueron hombres y mujeres plenamente convencidos de que su idea del mundo era mejor que la de los demás, de que su nación era superior a las demás naciones, de que su proyecto nacional incluía las tierras de otros y de que esos otros, los que no fueran como ellos, debían ser excluidos y finalmente exterminados. Pero también fueron necesarias para ello gentes que actuaran con la mentalidad burocrática de quienes sirven al poder de manera ciega y profesional, gente que “cumplía órdenes”, en lo que Hannah Arendt denominó “la banalidad del mal” en su libro Eichmann en Jerusalén.

Hoy, Auschwitz es el símbolo de la Shoah judía, del Holocausto, pero también de la maldad absoluta aunque limitada en apariencia a aquel lugar maldito y aquel tiempo atroz, pero no me engaño. Mi miedo es que siempre hubo y siempre habrá un Auschwitz.
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martes, 20 de enero de 2015

Qué bonita coliflor

"Qué bonita coliflor": Frase dicha en Murcia y aledaños para calificar un entuerto o una cursilada, según proceda


      Por ejemplo la que ha liado Podemos con las procesiones sevillanas de Semana Santa. Que decida la gente si quiere o no procesiones, dijo Begoña Gutiérrez, líder de Podemos en Sevilla, como si la gente no lo decidiera cada año vistiendo la túnica nazarena o llenando las calles de Sevilla de saetas y vivas a la Macarena. Debe ser que para Begoña esa gente no es gente, sino casta procesionaria, una especie de plaga catolicista que debe ser extirpada de raíz. Es el viejo tic anticlerical de la izquierda española, tan anticatólica como proislamista. Ni siquiera el viejo y descreído PSOE llegó a tanto, entre otras cosas porque cada socialista andaluz guarda celosamente en su armario junto al carnet de militante su túnica de nazareno y sus botos rocieros. Será por eso que el PSOE andaluz se ha puesto tan contento con esas declaraciones, tanto que hasta Susana Díaz se ha quedado embarazada y se está pensando muy seriamente el convocar elecciones anticipadas en Andalucía. Ya puede desdecirse Begoña, ya, que la tiene hecha en Sevilla, y quien dice Sevilla dice toda Andalucía.

       Y sin embargo, Podemos sigue siendo el gran enemigo del PSOE en el resto del territorio nacional, Murcia incluida El año electoral que recién empieza, preñado de convocatorias, amenaza con ser el año en que el viejo y debilitado Goliath socialista fue derribado por una pedrada en el ojo lanzada por un joven pastor llamado Pablo Iglesias. El líder socialista Pedro Sánchez lo sabe y por eso descarga sus iras y destemplanzas contra el líder único de Podemos. La lucha es desigual y ambos lo saben. El discurso de Iglesias va cargado de sorna e ironía, mientras que el de Sánchez es un discurso ácido y enfadado. Iglesias nada a favor de la corriente, mientras que Sánchez intenta remontar un río embravecido y sembrado de peligrosos escollos y remolinos, la mayoría de ellos colocados ahí por sus propios compañeros de partido. Para colmo, en su primer viaje oficial a Estados Unidos llegó con retraso a una cita pública, y eso en un país en el que la impuntualidad está casi tan castigada como el quedarse sentado al paso de la bandera de las barras y estrellas. Es el viejo tic antiimperialista de la izquierda española, tan antiamericana como prosoviética y procubana. El problema de Sánchez, no se engañen, es el problema del PSOE.

       Izquierda Unida se ha ido a pique. El viejo y apolillado Partido Comunista de España, sí, sí, el viejo partido de Santiago Carrillo y de Dolores Ibarruri La Pasionaria, se disfrazó primero de Partido Comunista de los Pueblos de España, luego de Izquierda Unida, que estuvo un tiempo cogida del brazo de Los Verdes, para finalmente travestirse en un Podemos trabalenguado denominado Ganemos. Pues nada, que perdemos. Más allá de algún triunfo personalista en las municipales, Izquierda Unida-Ganemos ha sido vorazmente deglutida por Podemos. Sus bases, siempre escasas y siempre atentas a todo aquello que interesa al pueblo, según proclamaban sus líderes, se deleitaban con meter el dedo cubano en el ojo de Estados Unidos o en condenar las imperialistas pruebas atómicas francesas en el Atolón de Mururoa. El problema es que estas inquietantes cuestiones que tanto preocupaban al pueblo llano eran debatidas una y otra vez en los parlamentos regionales y en los plenos municipales. Doy fe de ello, pues en las dos legislaturas en que fui diputado en la Asamblea Regional de Murcia debatimos sobre esta cuestión no menos de ocho veces, siempre a instancias de Izquierda Unida. El pueblo, como sabemos, nunca acudió en masa a su llamada, y sus bases, hartas ya de estar hartas, se han cansado y han emigrado en bloque a esa nueva gran esperanza blanca que se llama Podemos. Requiescat in Pace.

        Otra bonita coliflor es la que tiene depositada el PP en su regazo aunque, más que  bonita coliflor, parece un bonito manojo de grelos ya que a Mariano Rajoy se le ríen los huesos cuando habla de Pablo Iglesias dado que cada palabra de éste es un zarpazo en la saca electoral del PSOE. Podemos no inquieta de momento al PP, pero tampoco lo tranquiliza. Los últimos sondeos plantean la peor de las hipótesis para las elecciones generales del próximo mes de noviembre: un PP en mayoría minoritaria (132 diputados) mientras que Podemos (89 diputados) y PSOE (80 diputados) se reparten la mayoría absoluta. Piensa Mariano y piensan casi todos los dirigentes que para entonces el efecto de la recuperación económica se habrá hecho de notar y que la mayoría absoluta del PP quedará asegurada. Pero también hay quien dice que entre el hoy y el mañana se encuentran las elecciones autonómicas y locales, y ésta sí que es en verdad una bonita coliflor.

      De ésa y de otras bellas coliflores como el ascenso de Ciudadanos y el estancamiento de UPyD en España, el estado de muerte cerebral del PSRM, y el acartonamiento del Partido Popular en la Región de Murcia (“niño, deja ya de joder con la pelota”, que cantaba Serrat), hablaremos otro día.
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martes, 13 de enero de 2015

Liberté, Égalité, Fraternité



Artículo publicado el 13 de enero de 2014 en La Opinión de Murcia



     Los atentados yihadistas de París han movilizado al mundo en defensa de la libertad de expresión al considerar que era éste y no otro el derecho fundamental contra el que habían sido dirigidos. La frase “Je suis Charlie”, en referencia al semanario satírico francés Charlie Hebdo, cuyos principales responsables fueron salvajemente asesinados en el principal de los atentados terroristas, inundó las redes sociales. Si con ello se quiere decir que se condena sin paliativos el atentado, pues sí, todos somos Charlie Hedbo. Pero si lo que se quiere decir es que con el “Je suis Charlie” ya está todo dicho, pues no, no está todo dicho. Es lo que tienen los eslóganes, que su simpleza no admite matices, pero la vida, señores míos, está llena de matices, de grises y de claroscuros.

     Hay quienes han suscrito la frase “Je ne sui pas Charlie”, no porque no condenen el atentado, sino porque no se identifican con el modo de usar la libertad de expresión de los autores del semanario, caracterizado por sus viñetas escandalosamente ofensivas para los sentimientos religiosos en general y los musulmanes en particular. Yo no me he adherido a ninguna de ellas porque, al condenar firmemente los atentados y estar al mismo tiempo en desacuerdo con la vejación de los creencias religiosas, hubiere debido suscribir ambas con el penoso resultado que en psiquiatría se denomina transtorno de identidad disociativo. Lo que sí escribí en alguna red social es que no se trataba de un ataque contra la libertad de expresión únicamente, sino de un atentado contra la Libertad, escrita así, con mayúscula: contra la Libertad de escribir, de dibujar, de pensar, de ser cristiano o judío, de casarte con la persona a quien amas, de cambiar de pareja, de ser homosexual, de ser mujer, de no llevar burka, de conducir un coche siendo mujer, de llevar vaqueros, de beber vino, y de tantos otros usos que damos a la Libertad en Occidente. Es la Libertad, imbéciles, escribí, pero me quedé corto. No sólo era la libertad el objeto de los ataques terroristas, sino la vida misma tal y como la concebimos en Occidente.

     Hago un paréntesis para recordar que, si bien el atentado contra la revista Charlie Hebdo asumió todo el protagonismo, hubo más atentados en París y fueron asesinadas más personas que no eran periodistas. Una policía francesa resultó muerta a tiros esa misma mañana. Otro policía, éste de origen árabe y de religión musulmana, fue abatido y rematado a tiros en el suelo ante la sede del semanario francés. Al día siguiente, cuatro rehenes, probablemente judíos, fueron asesinados en un supermercado parisino de productos kosher, es decir, de alimentos adecuados a las normas de la religión hebraica.

     Esa misma semana, más de dos mil personas eran asesinadas en el norte de Nigeria a manos de la guerrilla yihadista denominada Boko Haram, que significa “la educación occidental es pecado” en idioma hausa, los mismos que hace tan sólo dos días usaron a tres niñas de diez años vestidas con chalecos cargados de explosivos para perpetrar los atentados que causaron una veintena más de víctimas en el mercado de Maiduguri y en el enclave cristiano de la ciudad nigeriana de Kano. Casi todos los días algún cristiano es asesinado por los integristas islámicos en algún lugar del mundo. Aún hoy, continúa esperando que la ejecuten en un carcel de Pakistán la cristiana Asia Bibi, condenada a muerte hace cuatro años por blasfemar contra el Islam.

     No, no sólo la libertad de expresión ha sido dañada por el terror islámico, ni siquiera la libertad misma. Además de la Liberté, también la Égalite y la Fraternité han sido víctimas del yihadismo. Y es que no ha habido igualdad en la condena de unos y de otros atentados, tal vez porque en unos los muertos eran europeos mientras que, en otros, eran africanos; o porque en uno eran periodistas y en otros eran simples polícias, o judíos, o cristianos. No, no ha habido Égalité en el recuerdo solidario de las víctimas. También la Fraternité, por seguir con el lema oficial de la República Francesa, ha sido violentada por los terroristas islámicos que únicamente se consideran hermanos de quienes comulgan con sus objetivos de muerte. Ni siquiera los propios musulmanes son sus hermanos, a no ser que acepten y practiquen la Sharía.

     Junto a “Je suis Charlie”, pues, hubieran sido necesarios media docena más de eslóganes gestados en las fecundas redes sociales, proclamados por los medios de comunicación y exhibidos en las pancartas oficiales de la manifestaciones, eslóganes como “Je suis Policier”, “Je suis Juif”, “Je suis Chrétien”, “Je suis Africain” o “Je suis Asia Bibi”, pero no los ha habido. Aunque tal vez no hubieran sido necesarios si, ante un ideario de muerte como el del terrorismo, se hubiera convenido en un lema que los comprende a todos: “Je suis la Vie”, pues es el valor supremo de la vida, de nuestra vida, con todos sus derechos y libertades, el objetivo último.

     Alguien enunció ese mismo lema hace dos mil años con palabras llenas de esperanza: “Je suis la Résurreccion et la Vie”.
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martes, 6 de enero de 2015

Mañana de Reyes

(Artículo publicado el 6 de enero de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)


       Me resulta sorprendente que la Mañana de Reyes (la pongo así, con mayúsculas, porque se trata de una mañana singular y única, que debiera ser declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad) no haya sucumbido aún a los envites de la Conjura del Relativismo, ésa que pretende que no haya verdad absoluta alguna, incluida la Verdad Absoluta que se escribe con mayúsculas. Para la Conjura todo es relativo, todo es mutable, todo es opinable y todo es circunstancial, y depende del momento, de la situación y, en último término, del propio individuo que, de este modo, se convierte en el auténtico ombligo del mundo. A mí me preocupa mucho ese descreimiento porque, como decía mi querido e inagotable Chesterton, “el problema de que el hombre haya dejado de creer en Dios, no es que ya no crea en nada, sino que está dispuesto a creer en cualquier cosa”. Y así, habiendo dejado de creer en el Dios del cielo, caídos en el error de que los conceptos de Dios y de cielo son relativos, muchos de los conjurados creen firmemente en el primero que se les acerca ofreciéndole un paraíso socialista en la tierra, lo que no deja de ser una gran paradoja.

        Cierto que la Mañana de Reyes tienen a un gran aliado precisamente en quien no cree en otra cosa sino en la ley de pérdidas y ganancias. Me refiero al dios del Comercio, que manipula interesadamente los afectos y los sueños de la gente para vender más perfumes, más videojuegos y más corbatas y bufandas. La Mañana de Reyes, como el Día de la Madre y el del Padre, goza de la codiciosa protección del comercio y, sin embargo, nada tiene que ver con ellos. Mientras que los Días del Padre y de la Madre no dejan de ser inventos artificiosos que se apoyan en las figuras entrañables de la madre y del padre, la Mañana de Reyes tiene su asiento firmemente anclado en lo único que renueva al mundo cada año, cada mes y cada día: en los niños. La Mañana de Reyes se basa a un tiempo en una mentira absoluta y en una absoluta verdad. Todos sabemos que los Reyes Magos no existen del mismo modo en que todos confiamos en que realmente existan. Y en esta paradoja, sólo los niños, durante unos pocos años de su vida, conocen la respuesta correcta.

         En la Mañana de Reyes pueden ver esa respuesta en sus ojos, algo legañosos y faltos de sueño, que atisban impacientes por una rendija del salón en el que la noche anterior dejaron sus zapatos, limpios y lustrados, dispusieron agua y algunas verduras para los camellos y colocaron en una bandejita tres copas de anís y algunos dulces de navidad para los Tres Reyes. Da igual lo que les aguarde detrás de la puerta, si muchos o pocos regalos, si valiosos o sencillos, siempre son obsequios hechos con amor y recibidos con los ojos brillantes de la ilusión.

         Es posible que todo esto no sean más que cuentos chinos como afirma la Conjura del Relativismo, que engañar a los niños sea muy perjudicial para el desarrollo de su personalidad y para la auto afirmación del ego y que lo deseable es que todos los niños se hagan hombres hechos y derechos a los siete minutos de haber nacido, que conozcan la realidad de la vida pero, eso sí, que crean que las hamburguesas que comen casi a diario caen del cielo como el maná (en el que no deben creer, por supuesto) y no que proceden de animales sacrificados para comer su carne. Realidad sí, pero realidad políticamente correcta. Todo eso es posible, pero lo es aún más que cada año, en la Mañana de Reyes, se produzca, no ya un gran milagro, sino miles de millones de esos pequeños y sencillos milagros en que los niños acostumbran a creer. Para creer en esos milagros únicamente hace falta ablandar un poco el corazón.


       De alguna manera lo dejó escrito Cherterton, aquel niño grande, en Ortodoxia: “Todo el que no deja que se ablande su corazón, tendrá que sufrir que se le reblandezca el cerebro”.
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martes, 30 de diciembre de 2014

Mensaje al Rey por Navidad

(Publicado en La Opinión el 29 de diciembre de 2014)


         Querida Majestad:

     Desde hace unos años mi familia y yo pasamos la Nochebuena sin encender la televisión, lo que resulta muy saludable. Ya sé que es un comportamiento atípico e incluso insociable y políticamente incorrecto, que dirían algunos, pero ocurre que la Nochebuena es un momento especialmente señalado para vivirlo en familia, lo que necesariamente excluye a presentadores, cantantes, humoristas, anunciantes, políticos, actores y demás faranduleros que la caja tonta se empeña en introducir en nuestras vidas cada minuto del año sin que hayan sido invitados. Lamentablemente, Majestad, eso le incluye a usted y a su Mensaje de Navidad (no desde luego en la categoría de farandulero, sino en la de alguien ajeno a la familia que se sienta en torno a la mesa navideña), de manera que esa Noche no pude ver su imagen ni escuchar sus palabras. Sin embargo, nada me impidió hacerlo al día siguiente.

      Todos sabíamos que se trataba de un discurso muy importante al ser el primer Mensaje de Navidad del nuevo Rey. También concurría una circunstancia que le añadía un punto de interés: la situación de su hermana Doña Cristina. Tenía su Majestad muchos temas importantes encima de la mesa: la crisis económica, cuyas consecuencias son aún muy gravosas para muchos españoles, la desconfianza hacia sus instituciones, la corrupción y el descrédito de la clase política, la unidad de España amenazada por la aventura soberanista de Cataluña, la crisis de valores morales que sufre la sociedad española y, finalmente, el desánimo generalizado por la falta de un proyecto común convincente e ilusionante. Ya sé que eran muchas cosas, y muy graves por cierto, para una intervención que, por su duración, ha sido siempre tildada de mensaje y no de discurso, pero muchos españoles esperaban verse reconfortados por quien nos representa a todos.

        Pudo ser el discurso de su vida, pero no lo fue. Todo cuanto dijo estuvo bien, pero nada fue excepcional. Fue un discurso enmarcado en la corrección política, pero no hubo más que eso. Todo cuanto dijo era previsible que lo dijera. Dicho de otra manera, Majestad, arriesgó usted muy poco. Qué iba a decir el Rey de España sobre la unidad de su Reino sino que la unidad nos hace fuertes y cosas por el estilo. Qué iba a decir el Jefe del Estado de la crisis económica sino que estamos saliendo de ella aunque todavía afecta muy gravemente a millones de españoles. Qué iba a decir el primero de los españoles acerca de la corrupción sino que hay que combatirla y que ya hay quienes están respondiendo por ello. Qué iba a decir el Rey frente a la desconfianza sino que hay que regenerar y dar un impulso moral a la vida colectiva. Qué iba a decir Su Majestad frente al desánimo sino que somos una democracia consolidada y que tenemos capacidad y coraje para superar nuestros retos.

         Fue un discurso regeneracionista cuando pudo haber sido un discurso revolucionario, con la consecuencia de que si no lo hizo usted, mi muy querida Majestad, alguien lo hará por usted. Los españoles llevan muchos años escuchando palabras de ánimo, palabras que apelan a la unidad, al coraje, al esfuerzo, a la austeridad y al sacrificio, pero también llevan muchos años de decepción al ver que quienes pronuncian esas palabras son los mismos que las traicionan. No ha existido unidad de la clase política sobre tema trascendente alguno, ni siquiera frente al terrorismo o la propia unidad de España. Ningún coraje ha existido frente a los causantes de la crisis económica. El esfuerzo y el sacrificio han recaído como siempre sobre la gran clase media y sobre aquellos que menos tienen. La austeridad ha brillado por su ausencia en el comportamiento de políticos y dirigentes. No le amargaré la Navidad, Majestad, aludiendo a ejemplos que están en la mente de todos.

         No es la vida colectiva la que hemos de regenerar sino las conductas individuales las que han de cambiar, Majestad. En eso consisten las revoluciones, en cambiar el comportamiento de cada individuo. No se trata de hacer más leyes y más restrictivas, como las que limitan el importe de los regalos que puede recibir un personaje público o las que exigen la declaración pública de sus intereses, sino de respetar las reglas morales que regulan el comportamiento individual. No hay regeneración moral colectiva si no hay regeneración moral individual. Ése era el mensaje.

         He de terminar el mío, Majestad, pero antes de hacerlo debo referirme a la familia, tal vez la gran olvidada en su correcto y previsible discurso, la familia de siempre, la formada por padres, hijos y abuelos, gracias a la cual millones de españoles están sobreviviendo a la crisis, en la que aún quedan vestigios de aquellos valores morales que por desgracia hoy se encuentran ausentes en la sociedad. A pesar de que le aconsejaran que no lo hiciera, Majestad, debió usted referirse a su hermana Doña Cristina, y no para condenarla, que, aún sin juicio, ya lo ha hecho la sociedad antes de que lo hagan los tribunales, sino para decir que como hermano sufre con ella porque, aún presunta delincuente, sigue siendo su hermana. Y debió haber puesto más cerca de Su Majestad la foto de su padre, el Rey Don Juan Carlos, pues con sus muchos defectos y errores ha sido definitivamente el mejor Rey de España. Y aunque le aconsejaran lo contrario por aquello de la pluralidad, la laicidad y la multiculturalidad, debería haberse flanqueado con la bandera de España y con el Nacimiento de Jesús, que no son otra cosa que la imagen de España, una, y la imagen sagrada y humilde de la familia, el otro.


      Acabo, Majestad, aplaudiendo su Mensaje de Navidad a pesar de los olvidos y ausencias y le deseo lo mejor para usted, para su familia y para España.
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martes, 23 de diciembre de 2014

El alma blanca

Tiny Tim. A Christmas Carol.

(Publicado en La Opinión el 23 de diciembre de 2014)


Como saben mis lectores más veteranos, la Navidad es mi tiempo preferido. Decía de mí un buen amigo que yo había nacido con cara de “Felices Pascuas”, no sé si en un piropo a mi forma de ser, más proclive a la rendición que al enfrentamiento, o en una velada alusión a mi oronda figura, más navideña que nunca merced a la barba blanca que disfraza mi papada. Pero no se engañen, una barba blanca no es sinónimo de bonhomía, ni mucho menos, lo que cuenta es tener un alma blanca, como la de aquel negro de la vieja película dirigida por Benito Perojo y protagonizada por Doña Concha Piquer que se titulaba “El negro que tenía el alma blanca”. No sé si en estos tiempos en los que impera la Conjura de lo Políticamente Correcto resulta aceptable mentar a una persona por el color de su piel, pero en 1927 las cosas eran de otra manera y el título de la película es el que es.
            En cualquiera otra época del año tener el alma blanca significa ser del Real Madrid, pero en Navidad esa cualidad me lleva a pensar en las buenas personas, sean o no del equipo blanco. Y sí, querido Lector Malasombra, resulta que en el mundo de hoy también hay buenas personas, más de las que pensamos. He leído por algún sitio que la historia que cuenta el anuncio de la Lotería de Navidad de este año es una historia real ocurrida hace algún tiempo en un puebliño gallego. Tampoco es la primera vez que alguien que encuentra una cartera extraviada repleta de dinero, en lugar de quedarse con los cuartos y echar la cartera al fuego, la entrega a la policía para que la haga llegar a su dueño, como ha ocurrido con ese estudiante nigeriano de medicina afincado en Sevilla, en cuyas calles vende chucherías y pañuelos de papel para pagarse los estudios. Gente honrada, gente buena. Sé de muchos que regalan generosamente su tiempo y su trabajo a quienes más lo necesitan. Lo hacen de manera individual y espontánea, o integrados en el seno de organizaciones caritativas y solidarias. La mayoría lo hace de manera discreta, casi anónima; algunos, sin embargo, prefieren que su ejercicio de caridad sea público lo que, aunque parezca en principio menos meritorio, tiene un efecto de ejemplaridad nada despreciable. Son muchos los famosos, las estrellas del deporte y del espectáculo, que estos días dedican unas horas a visitar a los niños hospitalizados, a repartir alimentos entre quienes apenas tienen qué comer, incluso en Navidad. Hay grupos de jóvenes, muy jóvenes, créanme, como Andrea y sus amigas, que dedican su tiempo de vacaciones a estar con los niños que nada tienen, a darles un poco de cariño y de atención, a jugar  con ellos, a darles su propia sonrisa. Hay quien da mucho porque tiene mucho. Hay quien da un poco de lo poco que tiene. Pero todo cuanto se da, aunque sean unos céntimos, una sonrisa, o un deseo de felicidad por Navidad, es mucho para quien nada tiene.
En estos días, siguiendo la vieja tradición, contemplamos las imágenes del Nacimiento de Jesús en los belenes que se instalan en nuestras casas y en muchos lugares públicos. Suelen ser imágenes llenas de belleza, como las del Nacimiento obra de Jesús Griñán que se exhibe en el Salón de Baile del Casino: otra vez, un pesebre en un Palacio. O las de nuestro Salzillo, visitables en el museo que lleva su nombre. En los belenes barrocos, que son casi todos los belenes murcianos, la Virgen es siempre una mujer hermosa, vestida con túnica y manto en ocasiones ricamente ornamentados, San José un hombre maduro pero apuesto, el Niño es un precioso bebé, regordete y sonriente, y así debió ser, sin duda. Pero no hemos de olvidar lo que escribió el viejo Papa emérito Joseph Ratzinger: “El belén nos puede ayudar de hecho a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad misericordiosa de Cristo, que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8, 9). Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a quienes, como los pastores, acogen en Belén las palabras del ángel: «esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lucas 2, 12). Sigue siendo el signo también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad”. Dicho de otra manera, esta vez en palabras del entonces Cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, en una charla dirigida a los miembros de Cáritas de Argentina y que luego ha repetido desde el púlpito del Vaticano, es en el rostro de los pobres, de los afligidos, de los enfermos, de los cansados y agobiados, de los marginados y de los que nada tienen, donde podemos encontrar el verdadero rostro de Dios.
El alma blanca, estimados amigos, es aquella que se contagia del blanco espíritu de la Navidad compartida con quienes nada tienen.

Feliz Navidad a todos los que la hacen posible.
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martes, 16 de diciembre de 2014

Navidad




Niños contemplando el Nacimiento cedido por el maestro belenista Jesís Griñán, expuesto en el Salón de Baile del Real Casino de Murcia

Leí el otro día un interesante artículo de Higinio Marín titulado Lo miserable como opción preferencial en el que su autor sostenía que existe una tendencia creciente a destacar los aspectos más sórdidos y miserables de la actualidad junto con una notable mezquindad cuando se trata de hablar de los comportamientos nobles y altruistas. Sea porque, como se ha dicho siempre, las buenas noticias no son noticia o porque la sociedad gusta de lavar sus culpas con sangre ajena, lo cierto es que las noticias que hablan del lado luminoso del hombre apenas encuentran hueco entre tantas que se refieren a su lado oscuro. Frente a esto, Higinio afirmaba que “del reconocimiento de lo mejor y de su prestigio en una comunidad depende su calidad cívica y las expectativas que cabe poner en su futuro”, cuestión con la que no puedo estar más de acuerdo, pero me temo sus deseos y los míos distan mucho de hacerse realidad. Valga como ejemplo el tremendo eco que genera la denuncia de una supuesta conducta escandalosa de un sacerdote o de un religioso (muchos de los cuales acaban siendo exculpados) y la escasa repercusión que alcanza la entrega callada y generosa, que en ocasiones incluye la propia vida, de quienes en medio de la pobreza, de la enfermedad y de la muerte dan testimonio de su fe cristiana. No es bueno que haya tanto ruido para unas cosas y tanto silencio para otras.
           
A pesar de todo, se avecina un tiempo en el que esta tendencia social hacia lo miserable se frena y deja paso a la corriente de sentido contrario: es el tiempo de los hombres de buena voluntad, el tiempo de Navidad. Algo tendrá el vino cuando lo bendicen y algo tiene la Navidad cuando es capaz de cambiar, no solo los comportamientos del hombre, sino sus apetencias. En Navidad cambia hasta la publicidad, que es el termómetro de los deseos colectivos: Paz, Amor, Solidaridad, Reencuentro, Familia y Amigos conforman el universo sentimental de los mensajes publicitarios que, a pesar de que solo buscan vendernos cosas, lo hacen apelando a lo mejor de cada uno, a todo aquello que configura el espíritu de la Navidad. Y sin embargo, hay algunos a quienes la Navidad, no sólo no los cambia, sino que les agudiza su tendencia natural a quedarse con el lado mezquino de las cosas. Parece ser el caso de Pablo Iglesias, el líder de Podemos, quien ha escrito en twitter una dura crítica contra el consumismo navideño: “Indignante ver telediarios en Navidad; papa noel, dietas, vacaciones, regalos, idiotas en agua helada y consumo. Desvergüenza periodística”. Algo tiene de razón Pablo Iglesias en criticar los aspectos frívolos de la Navidad, aunque no estoy muy seguro de que fuera esa su intención. Me consuela, sin embargo, comprobar que Navidad lo ha escrito con mayúsculas. Aún hay esperanza.

He escrito alguna vez acerca de la magistral defensa que, de la Navidad auténtica frente a la frivolización de la Navidad, hizo mi admirado Chesterton en uno de sus artículos que hace más de ochenta años tituló Un nuevo ataque contra la Navidad. De manera que le cedo la palabra.

“La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad”, adelantaba Chesterton. “La frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse”, escribía el ilustre gordo para indicar que el principal peligro al que está siendo sometida la Navidad consiste en dejarla reducida a una mera fiesta desprovista de su significado cristiano. “Que se nos diga que nos alegremos un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para ser frívolo (…) El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo lo humano es que se exige demasiado de la naturaleza humana. Es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar; o por una que saben no es nada más que la mentira de algún periódico nacionalista o patriótico en exceso. Es pedirles que se vuelvan locos de gozo romántico porque dos personas de su agrado se están casando justo en el momento que se están divorciando (…) Nuestra tarea, hoy día, consiste por tanto en rescatar la festividad de la frivolidad. Esa es la única manera de que volverá de nuevo a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces celebran con exceso lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre”.

Y es que, queridos amigos, se nos sigue olvidando algo muy importante que, en realidad, ocurre cada Navidad y que seguirá pasando eternamente: que un año tras otro vuelve a nacer Jesús, el que de verdad cambió el mundo.
           
Y así son las cosas.

(Artículo publicado el 16 de diciembre de 2014 en el diario La Opinión de Murcia)

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martes, 25 de noviembre de 2014

Mis libros y yo




O schau, sie schweben wieder
Wie leise Melodien
Vergessener schöner Lieder
Am blauen Himmel hin!

¡Oh, mira! Vibran otra vez
Las suaves melodías
De viejas canciones olvidadas
Se elevan hacia el cielo

                                                                              Las estaciones. Hermann Hesse

                Ya he escrito en alguna ocasión que el primer libro de adultos que leí más allá de los libros juveniles de aventuras, muchos de los cuales me parecen igualmente libros de adultos, fue la Historia de Roma de Theodor Mommsen que mi padre guardaba en su biblioteca. Deslumbrado por lo que prometía ser una interminable secuencia de guerras y batallas libradas entre valientes centuriones de las legiones romanas y temibles bárbaros del Norte, de escaramuzas amorosas de tribunos con bellas patricias y de lances no tan amorosos en las sangrientas arenas del Coliseo, no caí en la cuenta de que entre aquellos libros y novelas de mi padre se incluían muchos textos jurídicos y de historia, entre ellos esta obra de quien fue Premio Nobel y catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Leipzig y autor también de un excelente Derecho constitucional romano. Mi padre, como buen civilista que era, consideraba que los fundamentos romanos del Derecho Civil (el padre de todos los Derechos) había que beberlos en las fuentes originarias del Digesto o del Corpus Iuris o, en su defecto, en los textos de quienes como Mommsen los  habían estudiado con devoción casi religiosa. Una vez que terminé heroicamente la Historia de Roma y ya puestos en heroicidades, el siguiente libro que cogí de la biblioteca fue el más gordo que había en ella, Guerra y paz, de Leon Tolstoi.
              Luego, todo fue mucho más fácil.
              En esa facilidad, no me resultó indigesta la lectura de aquellos libros de Hermann Hesse que fueron el alimento intelectual de muchos jóvenes de mi generación y de otras anteriores y posteriores, espero. El primero que cayó en mis manos fue una novela titulada Demian en la edición española, si bien la edición original en alemán llevaba por título Die Geschichte von Emil Sinclairs Jugend, esto es La Historia de la juventud de Emil Sinclair, mucho más explicativo del contenido del libro. Luego siguieron  Bajo las ruedas, Siddhartha y El lobo estepario, entre otros.
               En 1931, Hesse publicó en Zurich una selección de sus poemas ilustrada con algunas de sus acuarelas bajo el título de Las estaciones, una edición privada de quinientos ejemplares numerados dirigida a bibliófilos. Muchos años después de que Hesse falleciera, alguien se atrevió a publicar una nueva edición de Las estaciones que, además de los poemas y acuarelas iniciales de Hesse, incorporaba algunos textos en prosa extraídos de sus libros y escritos en los que el autor expresaba sus pensamientos y reflexiones sobre cada una de las estaciones y meses del año. Mientras escribo, tengo a la vista un ejemplar de la primera edición española de Las estaciones, en español y alemán, que integra con unos pocos libros más el muy honroso grupo de Mis Libros de Cabecera, esos que, como los libros sobre la silla de Hesse, cojo muy a menudo, los abro y me consuelo con ellos. Ya os hablaré otro día de ellos.
               Precisamente, los versos que encabezan este artículo son los primeros de un poema titulado Weisse Wolke, Nubes Blancas, que Hesse dedicó al mes de mayo en su libro. Al mes siguiente está dedicado este otro, titulado Reiselied, Canción de viaje:

Sonne leuchte mir ins Herz hinein
Wind verweh mir Sorgen und Beschwerden!
Tiefere Wonne weiss ich nicht auf Erden
Als in Weiten unterwegs zu sein.

¡Oh sol, ilumíname el corazón!
¡Viento, llévate mis lamentos y mis penas!
No conozco en la tierra mayor deleite
Que partir hacia un país remoto.
                              
             Mi ineludible lector Malasombra no ha esperado a terminar de leer el verso en alemán para preguntarse a sí mismo en voz alta y de malos modos el porqué de que me haya puesto a escribir sobre versos teutones en lugar de hacerlo sobre los enanos que crecen sin parar en el circo regional del PP.
             Pues por eso precisamente, mi querido amigo, por eso y porque en otoño me complace más escribir sobre libros y versos.
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