lunes, 4 de mayo de 2015

En el mes de mayo

Paseando por los bosques de Wellenstein con mi hija Pepa

           A pocos kilómetros de Schengen, siguiendo el curso del Mosela, hay un pueblecito  rodeado de viñas llamado Wellenstein en el que pasé un verano hace unos años. Está en la orilla luxemburguesa del río y cuenta apenas con trescientos habitantes, un bar que abre unas horas por la tarde, una iglesia solitaria casi engullida por la yedra, una fuente de agua helada y transparente como el cristal y, en una curva del camino, una pequeña hornacina, de esas que tan frecuentes son en la vieja Europa católica, que alberga una imagen de la Virgen María. En las varias semanas que estuve allí nunca ví que le faltaran flores frescas, ni tampoco ví a quien las ponía.

En el pequeño pueblecito no había establecimiento comercial alguno, con dos únicas excepciones: una era la tienda de las Caves Cooperatives des Vignerons du Wellenstein, en la que podías adquirir unas cuantas botellas de Riesling, ese delicado vino dorado del Mosela que me recuerda tanto al Albariño, y algunas copas de pie blanco y vaso verde en las que tradicionalmente se bebe el vino; la otra era, sorprendentemente, un restaurante chino de excelente calidad que sin duda se nutriría de clientes de toda la comarca, del que Isabel, mi mujer, siempre pletórica de sentido común y tan poco amiga como yo de los restaurantes chinos, dijo que debía ser muy bueno si los vecinos, tan europeos ellos, habían consentido que permaneciera abierto. Siempre he sospechado de los restaurantes chinos por un par de hechos ciertos: que apenas generan basura y que, además, no suele haber gatos en sus inmediaciones, hecho éste, que siendo bien pensado, no es más que una consecuencia del primero. La comida china y en general toda la cocina oriental aprovecha todo lo comestible que, como nuestras abuelas también sabían, es casi todo. Uno de mis primeros descubrimientos, hace ya algunos años y gracias a Iwao Komiyama, fue lo sabrosa que resulta la parte verde de la cebolleta, ésa que antes tirábamos sin piedad a la basura. Con ellos, con los cocineros chinos y japoneses, aprendimos a picar las partes menos nobles de las verduras que antes desechábamos. Ellos han sido sin duda los maestros de esa ciencia tan de moda hoy y tanto tiempo olvidada que es el reciclaje de alimentos. Por eso, los restaurantes chinos apenas generan basura y eso explica, además, que no haya gatos cerca.

También tiene Wellenstein su pequeño cementerio, cercado con un murete bajo de piedra y con una cancela herrumbrosa que carece de llave. A diferencia de los de aquí, que se ven obligados a defender a los muertos frente a los vivos, los cementerios de la vieja Europa están siempre abiertos. Muchos se sitúan en las inmediaciones de la iglesia, en el prado que la rodea, pero el de Wellenstein está un poco más alejado. Como es un pueblo pequeño hay apenas unas pocas docenas de tumbas, pero las fechas de los enterramientos abarcan muchos años. Hay tumbas de muertos de casi todas las guerras que han asolado el centro de Europa, muy especialmente de la Gran Guerra, aquella que se libró en las trincheras cuyas cicatrices aún pueden apreciarse en esa tierra fronteriza, en parte francesa y en parte alemana. Ya he escrito alguna vez sobre ese río, el Mosela, afluente del Rhin al que se une en Coblenza, que significa precisamente confluencia, un río que una vez fue frontera y que hoy es uno de los símbolos de la unión de Europa.

Pues bien, en aquellas tierras verdes, en aquellas laderas pobladas de viñedos, en aquellos bosques que esconden pueblecitos como Wellenstein y que he recorrido en numerosas ocasiones, una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la devoción a la Virgen María expresada en esas humildes hornacinas que jalonan los caminos. La imagen de la Virgen, respetada, libre de vandalismos y siempre rodeada de flores frescas, aborda al viajero y le invita dulcemente a detener su marcha un par de minutos para dar gracias a Dios.

Estamos en el mes de mayo, mes que el mundo católico dedica tradicionalmente a la Virgen María, y tal vez por ello me ha venido a la cabeza el recuerdo de aquella imagen de la Virgen en Wellenstein, cobijada en su hornacina al pie del camino, de la fe sencilla que revelaba.


Algo más que un recuerdo.

(Artículo publicado el 5 de mayo de 2015 en el diario La Opinión de Murcia)
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lunes, 20 de abril de 2015

Lampedusa




Me siento a escribir sobre otro asunto pero una palabra, ya conocida, me vuelve a rondar la cabeza. A Lampedusa le está ocurriendo lo ya pasó con Auschwitz y con tantas otras paslabras que dejaron de ser lo que eran, en estos dos casos toponímicos, para ser otra cosa. Auschwitz no es ya el nombre germanizado de un pueblo polaco, ni siquiera la denominación topográfica del mayor campo de exterminio nazi. Auschwitz es el exterminio mismo, el horror. Han pasado varias generaciones desde aquello y, sin embargo, su sola mención sigue produciendo el intenso desasosiego que genera el mal absoluto. Hasta hace unos pocos meses, la palabra Lampedusa únicamente me sugería al autor de El Gatopardo, el siciliano Giuseppe Tomasi, Príncipe de Lampedusa. Hoy, la sugerencia es otra.
Lampedusa es una pequeña isla italiana de apenas veinte kilómetros cuadrados situada al sur de Sicilia, a poco más de cien kilómetros de la costa de Túnez. Aunque políticamente es suelo europeo, lo cierto es que geológicamente la isla forma parte de la plataforma continental de África. Lampedusa representa la puerta de entrada a un mundo mejor para muchas personas, hombres, mujeres y niños, que huyen de la pobreza y del hambre, de la guerra, las persecuciones y el exterminio. Lampedusa es su última esperanza. Sin embargo, el viaje a Lampedusa se ha convertido para mucho de ellos en el viaje a ninguna parte. Engañados y explotados por las mafias de la inmigración ilegal, hacinados en embarcaciones que se deshacen a las pocas millas de navegación, sin agua ni comida, sin medida alguna de seguridad, higiene o atención médica, en las condiciones más penosas, se hacen a la mar con la mirada puesta en Lampedusa, en el Edén al que nunca llegarán.
La idea de la trasmutación conceptual de Lampedusa no es nueva. Hace unos meses, mi buen amigo Miguel López Bachero escribía que “Lampedusa se ha convertido ya en  una metáfora, en un símbolo de nuestra conciencia moral y de nuestra escala de valores como europeos”. Un tiempo antes, hace casi dos años, yo mismo escribí un artículo titulado precisamente El báculo de Lampedusa acerca del viaje que hizo a la isla el recién elegido Papa Francisco, el primero de su papado. Sé que la autocita es casi siempre imperdonable, pero en esta ocasión no es tanto una reiteración de mis palabras cuanto un recordatorio de las que entonces pronunció Francisco ante la tragedia que, hoy, se ha vuelto a repetir. Permítanme.
“En Lampedusa, ante los sin papeles africanos, sobrevivientes de las pateras que se refugian en los centros de acogida de la isla, Francisco ha clamado contra la globalización de la indiferencia frente a los que sufren, de la que dice que nos ha quitado la capacidad de llorar: «¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban en la barca? ¿Por las jóvenes mamás que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para sostener a sus propias familias? »
Con su lenguaje sencillo, el Papa nos habla de «la cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los demás, es más lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un asunto nuestro!».
Y es que Lampedusa no solo nos sugiere la tragedia de la inmigración, sino que vuelve a encarnar la fría indiferencia del mundo, de nuestro mundo, ante la tragedia. Claudio Magris sentenciaba en su editorial del Corriere Della Sera, Dove cessa l’umanità (Donde cesa la humanidad), que “Queste infami tragedie sono la prova di un’alta triste realtà: l’inesistenza dell’Europa” (Esta infame tragedia es la prueba de otra realidad: la inexistencia de Europa). En efecto, Europa no existe. 
Hoy, como entonces, deberíamos hacernos la pregunta que Francisco se hacía: “¿Quién ha llorado hoy en el mundo? “.
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martes, 14 de abril de 2015

Misericordia

(María Fernanda D'Ocón y José Bódalo en los papeles de Benina y "Almudena". 1972)


      Misericordia es el título de una novela de Benito Pérez Galdós, cuya versión teatralizada fue estrenada en 1972. Posteriormente fue llevada a la televisión en aquella excepcional serie de TVE titulada “Estudio 1”, que los más viejos del lugar recordarán con añoranza. La novela, cuyos hechos transcurren en el entorno del Hospital de la Misericordia del Madrid galdosiano de finales del XIX, hace referencia al atributo divino de la misericordia que encarnan los dos principales personajes, la criada Benina y el mendigo ciego de origen judío apodado “Almudena”, interpretados magistralmente por Maria Fernanda D’Ocón y un inolvidable José Bódalo. En el prólogo a la edición de 1913, el propio Galdós revelaba cuál había sido el planteamiento de su novela:

“En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal... Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid. Acompañado de policías escudriñé las "casas de dormir" de las calles de Mediodía Grande y del Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más rebajados prosélitos de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene municipal. No me bastaba esto para observar los espectáculos más tristes de la degradación humana, y solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamamos "de corredor", donde hacinadas viven las familias del proletariado ínfimo, pude ver de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor y la abnegación en las capitales populosas…”

De Misericordia apunta Francisco Gaudet que “el escritor va rescatando con cariño —casi página a página— una interminable lista de supervivientes: burgueses miserables como doña Paca y sus hijos (Obdulia y Antoñito) salvados de la indigencia más penosa por una herencia casi surreal, y frente a ellos, en un halo de gloria, miserables mendigos, ciegos que saben ver y criadas cercanas a la santidad”.

No tengo la menor duda de que Galdós entendía muy bien en qué consiste verdaderamente la misericordia de la que habla el Evangelio.

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Con esta frase comienza la Carta Apostólica Misericordia Vultus en la que el Papa Francisco anuncia el Jubileo Extraordinario de la Misericordia que comenzará el 8 de diciembre de 2015 y se cerrará el 20 de noviembre de 2016. Un Año Santo durante el que permanecerán abiertas miles de puertas santas en todas las basílicas, catedrales y santuarios del mundo, comenzando por la Puerta Santa de la Catedral de Roma, San Juan de Letrán, como símbolo del compromiso de la Iglesia para vivir el Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual.

La misericordia es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas y, según afirma la teología, constituye el principal atributo divino. Recuerda la Carta Apostólica las palabras de Santo Tomás de Aquino: “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia”. En Jesús, la justicia es siempre una justicia misericordiosa, como lo es el perdón. También recuerda Francisco las palabras de San Juan: “Dios es amor”, y señala que  “este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”. “La misericordia es la viga maestra de la Iglesia”, afirma Francisco, para sentenciar, más adelante, que “la tentación de pretender siempre y solamente justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable.”

Tal vez sea esta aparente confrontación entre misericordia y justicia uno de los elementos más relevantes de la Carta Apostólica. Sin embargo, Francisco niega la contradicción:  “La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer”. “Si Dios se detuviera en la justicia”, afirma más adelante, “dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que éste no es el fin, sino el inicio de la conversión…”

En la obra de Galdós, Benina no era solamente justa. Era misericordiosa.
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(Artículo publicado el 14 de abril de 2015 en La Opinión de Murcia)

martes, 7 de abril de 2015

Las víctimas





Escribía ayer Matías Vallés en estas mismas páginas del diario La Opinión de Murcia un artículo titulado Matanzas no islamistas en el que afirmaba que “las víctimas no están para distinciones”. No es cierto. El bien jurídico lesionado en todas ellas es el mismo, la vida, pero los motivos, los medios y las circunstancias son diferentes en cada caso y, por ello, las víctimas también lo son. Son diferentes hasta el punto de que la situación de indefensión de la víctima transforma el simple homicidio en asesinato. Un homicidio provocado en una reyerta, esto es, en una pelea multitudinaria en donde la pasión y las navajas salen a relucir, es moral y jurídicamente distinto de la ejecución fría y premeditada en la que el uso de medios ante los que no existe posibilidad alguna de defensa, como el veneno o el armamento militar usado contra la población civil, la transforma en asesinato alevoso. Las circunstancias que concurren en un homicidio alteran la posición jurídica del agresor y de la víctima de modo que, en un homicidio producido en legítima defensa, dicha circunstancia exculpa al homicida y torna a la víctima en culpable. Es por ello que la violencia gratuita, es decir aquélla en la que no existe causa aparente o cuya causa la integramos demasiado fácilmente en eso que llamamos terrorismo, provoca en general una condena unánime. Las víctimas de una matanza indiscriminada son, por así decirlo, más víctimas. Luego están las matanzas sistemáticas.
La matanza ocurrida hace unos días en la universidad keniata de Garissa ha sido una matanza sistemática y, sin embargo, no ha sido una matanza étnica, ni de clases, ni tribal, ni indiscriminada. Tampoco ha sido únicamente una matanza terrorista. Ha sido una matanza selectiva de cristianos a manos de islamistas, una más de las muchas que se están sucediendo de continuo en los países islámicos, en un proceso calculado sólo comparable a las viejas persecuciones de los primeros cristianos o, más recientemente, al asesinato masivo y programado de judíos a manos del nazismo y al asesinato de millones de camboyanos ocurrido bajo el régimen de terror de los Jemeres Rojos. Hablo de crímenes contra la humanidad. Ante ello, Occidente se ha horrorizado, pero poco. Y es que se trata de negros africanos, de otra gente, que vive lejos de nosotros, y a cuyas muertes además nos han ido acostumbrando. A ello, no es ajeno que el eco mediático de estas matanzas sea siempre el de una noticia menor, apenas unos pocos renglones en la página dieciséis de los periódicos. No son franceses, ni rubios, ni los han matado por blasfemar contra Alá. Los están matando únicamente por ser cristianos, por no saber de memoria una sura del Corán. Por nada más.
Finalizadas las celebraciones de Semana Santa, tan hermosas y llenas sin duda de fervor, deberíamos preguntarnos si realmente somos cristianos como ellos, que están dando la vida por su fe. Y si la respuesta es que sí, que somos como ellos y ellos como nosotros, deberíamos hacer algo más que apenarnos y rezar, si es que lo hacemos. Los cristianos de Occidente apenas dedicamos a estas noticias unos segundos de horror, horror sincero seguramente, pero unos segundos tan sólo y luego pasamos a otra cosa. Mientras tanto, consentimos que nuestros gobiernos, a cambio de unos cuantos barriles de petróleo, chalaneen con países que alimentan el odio a los cristianos y el radicalismo islámico, o aceptamos impertérritos que unos cuantos cretinos se deslumbren con lo que ridículamente bautizaron como la "primavera árabe", que no era más que una sucesión de sangrientas revoluciones islámicas de corte radical. Miren el mapa del norte y centro de África, de Oriente Medio y de Asia. En muchos de esos países los cristianos son perseguidos y, en algunos de ellos, hasta la muerte y el exterminio.
¿Cuántas voces de las habituales se han alzado en solidaridad con los cristianos perseguidos y asesinados?
Una cosa más. Han sido asesinados estudiantes universitarios ¿Dónde están las universidades españolas, ésas que se solidarizan casi con todo, de las que no se ha escuchado un solo pronunciamiento? ¿Dónde están los universitarios españoles? ¿Dónde las manifestaciones y las muestras de apoyo a los universitarios de Kenia? ¿Es que la modesta universidad de Garissa, de poco más de ochocientos alumnos, no merece ni una palabra, ni una línea, ni un solo pronunciamiento por parte de las poderosas y democráticas universidades españolas? ¿Cerradas por vacaciones?
             Para nuestra vergüenza.

             (Artículo publicado en La Opinión de Murcia el 7 de abril de 2015)
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martes, 31 de marzo de 2015

Semana Santa






Virgen del Primer Dolor. Martes Santo.
    

      Hace unos años mi médico amigo me detectó una hernia discal en las vértebras dorsales. Preguntado acerca de qué tipo de esfuerzo físico me la podría haber producido, no supe señalarlo. Pues no, no juego al tenis, le fui respondiendo, ni al golf, ni al paddle, ni al badmington, ni a los bolos huertanos, ni al pijotón, ni practico deporte alguno desde que tengo uso de razón más allá de la sana costumbre de andar unos pocos kilómetros a diario; mi trabajo de hombre de letras, aunque me exige algunos sacrificios tales como tragar ciertos sapos y culebras y batallar con legiones de papeles, tampoco me demanda realizar esfuerzos físicos notables; duermo sobre un colchón con un grado aceptable de dureza, aunque, eso sí, me suelo repantigar en el sillón para leer un libro e, incluso, para escribir en el portátil, cómodamente asentado en mi mullida barriga. Sumidos en la incógnita estábamos cuando recordé un dato: "Doctor, durante más de treinta años, todos los Martes Santos, he llevado a hombros a la Virgen del Primer Dolor, una preciosa talla de Salzillo que, erguida en su trono alfombrado de flores, recorre las calles de Murcia con la Procesión de la Salud. Y otros cuantos años, cada Domingo de Ramos, en vez de ir subido en la burra como el Divino Maestro, era yo el que llevaba la burra a las espaldas en la procesión de la Esperanza". "Pues ya está, me dijo el médico, si no haces deporte ni esfuerzos físicos durante todo el año y vas y cargas con la Virgen y con la Burrica, además de veinticinco kilos de caramelos, una vez al año, ya sabemos la causa de tu hernia". Desde entonces, siguiendo el consejo de mi médico y con todo el dolor de mi corazón y de mi espalda, dejé de salir cargando los pasos.

        De mi falta de entrenamiento y de mi escasa afición por el deporte no culpo a la Santísima Virgen de Primer Dolor, hasta ahí podríamos llegar, ni tampoco a la Burrica, inocente de todo cargo, que se limita a estarse quieta rodeada de palmas y ramas de olivo. Si he de buscar una causa de mis dolencias, además de mi poca previsión deportiva, podría encontrarla en el hecho de que, gracias al colacao y a la evolución de la especie, los nuevos anderos que se incorporan al paso sean cada día más altos y más fuertes, lo que descompensa la carga en contra de los que no sólo no vamos creciendo, sino que vamos menguando. Y es que el puesto de andero de las procesiones murcianas, como lo prueban las enaguas que se llevan debajo de la túnica y las medias de repizco bordadas, no se hizo para los churubitos de ciudad, acostumbrados a lo sumo a levantar el bolígrafo, sino para los huertanos hechos a las duras tareas del campo.

La Procesión del Martes Santo no es, sin embargo, una procesión huertana, sino urbana, la de los universitarios la llamaban. Los anderos no van vestidos con prendas huertanas ni llevan la cara descubierta, sino que procesionan con túnica larga hasta los pies y con el embozo incógnito del capuz. Tampoco se reparten caramelos y, junto con la del Silencio, es una procesión que discurre por las calles mudas de la ciudad. Sólo alguna saeta y el rumor de los que, respetuosos, se levantan de sus sillas al paso de las imágenes, rompen la noche callada.

En todo esto de las procesiones de la Semana Santa murciana hay mucho de tradición y de bullicio, de disfrute de las costumbres más populares, de fiesta y de costumbrismo, pero también de religiosidad y recogimiento. Y es que, en definitiva, es la Pasión de Cristo la que desfila por las calles, más allá del colorido de las túnicas y de los caramelos. Es la vieja historia de la Redención a través de la Cruz la que se representa y es sentida profundamente por la mayoría de los nazarenos y por muchos de quienes la contemplan. No, no es una fiesta laica ni es sólo una manifestación costumbrista o una atracción turística, que también lo es, sino una celebración religiosa que reproduce el elemento fundamental de la fe cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús el Nazareno.

Las procesiones de Semana Santa son una invitación a vivir intensamente el Misterio, una vivencia que sin duda puede ser alegre, que no está reñida con los caramelos, con las monas con huevo que se reparten generosamente o con las caras de susto de los niños al paso del Ángel Encadenado en la mañana de Resurrección, porque el final de la historia es el más alegre de los finales: definitivamente, Jesús venció a la muerte.

Por eso, aplaudo los esfuerzos que viene realizando el Cabildo Superior de Cofradías para preservar la tradición frente a las innovaciones que desvirtúan las raíces penitenciales de las procesiones, para protegerlas de las frivolidades de modas pasajeras y de la amenaza de sardinificación, dicho sea con todo el respeto a la Fiesta de Primavera, pero sobre todo, querido amigo Ramón Sánchez-Parra, por la exaltación del profundo sentido cristiano de nuestra hermosa Semana Santa.

Larga vida.

(Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia, el 31 de marzo de 2015)

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martes, 24 de marzo de 2015

Ya están aquí...


(Artículo publicado el 24 de marzo de 2015 en La Opinión de Murcia)


        Ocurrió lo predecible, que el Barcelona ganó en su campo y que el PSOE andaluz hizo lo propio en el suyo. Cuando Susana Díaz, recién designada sucesora de José Antonio Griñán a título de presidenta de la Junta de Andalucía, se levantó de su silla y casi toda vestida de rojo y con una rosa en su pecho generoso alzó los brazos y desmayó las manos al estilo del más puro de los flamencos, lo tuve claro, “Ésta se los lleva de calle”, pensé. Ni ERES, ni Podemos, ni flores, ni gaitas. Son las emociones, imbécil, que me decía ayer, cariñosa y parafraseadamente, una de las cabezas más claras que conozco. Si fuera otra cosa que las emociones, las elecciones serían pura matemática y, ganarlas, un juego de niños. Pero no, Andalucía, cuando vota, vota emocionada, con el corazón contraído y el alma en vilo, conteniendo la respiración y alejado de su mente todo signo de sensatez. No digo yo que el votante andaluz  sea un insensato, no, sino que cuando vota lo hace con el sentimiento a flor de piel. “Viva er Beti, manque pierda”. Es como cuando iba a la Maestranza a ver torear a Curro Romero, armada de una rama de olivo. Aunque el Faraón de Camas se echara a correr delante del toro porque lo había mirado mal, el currismo caía rendido a sus pies y lo disculpaba acaloradamente a cambio de aquel único pase mágico que había dado una vez.

         Lo que ocurre en Andalucía sólo pasa en Andalucía, y es que el PSOE administra muy bien las emociones. En ninguna otra región lleva gobernando partido alguno los treinta y tres años que lo viene haciendo el PSOE andaluz en Andalucía, la edad de Cristo, miren por dónde, otra emoción semanasantera. En el resto de España ha existido alternancia en el poder, en Andalucía, no. Por eso, lo ocurrido este fin de semana no es extrapolable a las demás regiones y, por eso también, en todas ellas puede pasar cualquier cosa. Sin embargo, la regla de las emociones funciona igualmente en todas partes: ganará aquél que emocione al electorado, más allá de promesas concretas y de compromisos espirituales, si bien no está escrito que una promesa o un compromiso no sean capaces de generar una emoción incontenible e inderrotable. Pero no me parece a mí que las cosas vayan por ahí. PP, PSOE e IU emocionan, sí, pero sólo a los más allegados y, a éstos aún, tibiamente. Es cierto que, en el caso de Murcia, los más allegados del PP son muchos más que los allegados a las otras dos formaciones, pero sin duda no son suficientes. Ya veremos.

     Lo más destacado de las elecciones andaluzas ha sido, sin género de dudas, la irrupción en el arco parlamentario autonómico más allá de Cataluña de Podemos y Ciudadanos, dos formaciones que aspiran a integrarse en la “casta” gobernante, por la vía de combatirla. No es más que la vieja letra reformista, pero con música nueva. Son jóvenes y osados: los unos, –mi Lector Malasombra, si quiere, puede escribir el pronombre con “h”–, se quieren cargar la banca privada, lo que más o menos consiste en recuperar las viejas Cajas de Ahorros; los otros, se quieren cargar el AVE para financiar con su gigantesca dotación económica lo que llaman “la política de innovación”, cuyo programa presentan mañana, tal vez el viejo INI. No sé si son propuestas posibles y plausibles, pero lo que sí sé es que ambas van dirigidas al ámbito emocional del votante, que buscan atraer sus emociones sabiendo que la emoción es el juego.

         Mientras tanto, mi viejo amigo Ignatius, añorado por muchos y detestado por unos cuantos, anda inquieto y desasosegado con una cuestión hereditaria entre civilista y política. Se pregunta mi emocionado asesor matutino y cafetero que, si es investida Susana Díaz presidente de la Junta de Andalucía estando como está embarazada de un retoño, si el nasciturus quedará también investido de dicha presidencia, ya que con arreglo al Código Civil, hasta que el ansiado vástago no nazca con apariencia humana y viva veinticuatro horas totalmente desprendido del claustro materno, seguirá formando parte del cuerpo de la madre y, por tanto, jurará el cargo con ella. Piensa Ignatius que si los intérpretes de la Ley así lo deciden, y los intérpretes de la Ley andan últimamente decidiendo cosas muy raras, Andalucía podría tener a partir de junio dos presidentes, madre e hijo, que es lo más parecido a una monarquía hereditaria. Culmina Ignatius su razonamiento afirmando que los treinta y tres años de gobierno ininterrumpido del PSOE andaluz así lo avalan.

          A mí, créanme, me ha emocionado, y se me ha atragantado el café.
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martes, 17 de marzo de 2015

Una dosis de protones


(Artículo publicado el 17 de de marzo de 2015 en La Opinión)





     El resultado de las próximas elecciones autonómicas y locales es, al día de hoy, una incógnita que preocupa y mucho a los dos grandes partidos que han tenido responsabilidades de gobierno, PP y PSOE, respecto de los que todas las encuestas detectan una intención de voto instalada en el cuarto menguante. También auguran la muerte por inanición electoral de Izquierda Unida, tercer partido con representación en la Asamblea Regional desde el comienzo de la andadura autonómica. Sí sólo fuera ésto, las matemáticas electorales y la inercia se confabularían para que nada cambiara, por lo que con muchos menos votos, que habrían de nutrir las filas de la abstención, esos partidos obtendrían los mismos escaños. El motivo de la inquietud es la aparición en el escenario político murciano de dos partidos de corte regeneracionista en crecimiento constante, Podemos y Ciudadanos, uno por la izquierda y otro desde el centro. Se presume que Podemos, herederos de la Indignación, se ha hecho ya con la mayor parte de los votos de Izquierda Unida y está devorando al PSOE por la izquierda, mientras que Ciudadanos, de quienes apenas se conoce poco más que la figura de su líder nacional, hace lo mismo desde el centro hacia ambos lados, pero especialmente hacia la derecha, restando votos al PP. La primera conclusión que se extrae de estos movimientos del voto es que, posiblemente, el bipartidismo tradicional esté a punto de pasar a la historia. La segunda es que se avecina un juego político inédito en la Región, el de las mayorías minoritarias, cuando no el de las coaliciones de gobierno.

      La razón de lo que está ocurriendo no hay que buscarla tanto en las propuestas políticas de Podemos o de Ciudadanos para la Región de Murcia y sus municipios, o en el carisma mesiánico de sus líderes regionales o locales a quienes ni siquiera conocemos, cuanto en la decadencia de PP y PSOE, en la exteriorización de sus problemas internos y en la sequía de ideas motrices y propuestas capaces de ilusionar nuevamente a sus militantes, primero, y al electorado, después, ambos mortalmente decepcionados. Alguien comentaba hace unos días lo difícil que es convencer mediante la predicación y el dar trigo al mismo tiempo. A mí lo que se me antoja imposible es convencer a los electores predicando y dando gato por liebre.

         Dejando aparte la cuestión de los líderes, entre otras cosas porque el líder no nace sino que se hace y porque, además, mala cosa sería que todo lo confiáramos al paladín bienamado, lo más preocupante es la ausencia de iniciativas creíbles y al mismo tiempo ilusionantes que se advierte no solo en los partidos menguantes sino también en los crecientes.

       Empezando por mi Lector Malasombra, al que tengo muy abandonado, me van a perdonar ustedes un recuerdo frívolo. Hace muchos años, casi tantos como tengo, había una serie de dibujos animados titulada “Roger Ramjet y el escuadrón de los Aguiluchos”, en la que el superhéroe, al modo en que antes lo hizo Popeye con las espinacas, tragaba una pastilla de veinte protones que le daba la fuerza de veinte bombas atómicas durante veinte segundos, suficientes para derrotar al pérfido supervillano Narices Romanoff. Tal vez sea hoy políticamente incorrecto, además de poco ejemplar, esto de adquirir superpoderes mediante la ingestión de una pastilla aunque fuera de protones, pero lo cierto es que a los partidos políticos, y muy especialmente al PP y al PSOE, les está haciendo falta el recurso energético de Roger Ramjet.

 Porque, vamos a ver, el mensaje de la regeneración es necesario, hay que mejorar muchas cosas y cambiar algunas otras, como lo es también el del esfuerzo y el sacrificio, pero estas ideas, créanme, nunca han levantado pasiones. Hace falta más madera. Imagínense, por ejemplo, que alguien, además de la limitación de mandatos y la mejora del mundo mundial, nos propone algo tan pragmático como la creación de un área metropolitana, una figura prevista en nuestras leyes regionales, que agrupe a los municipios de Murcia, Molina de Segura, Las Torres de Cotillas, Alcantarilla y Santomera, para  planificar y gestionar de manera conjunta los retos que tiene planteados un conglomerado urbano que reúne a más de un millón de personas como los transportes, el agua, la planificación del suelo, los servicios y la calidad de vida. Para ello sólo hace falta una mesa de reuniones y la voluntad de cooperar de los Ayuntamientos y de la Comunidad Autónoma para reorientar adecuadamente sus propios recursos financieros y materiales. Ni un duro más.

Otra idea más localista. Imagínense una acción de regeneración de los barrios capitalinos de San Nicolás, San Antolín y San Andrés para transformarlos en el barrio artesano de Murcia, como lo fueron en su tiempo, tomando como eje el complejo cultural formado por el Museo Salzillo, el Convento de Agustinas, el Centro Regional de Artesanía y el Museo de la Ciudad. Calles rehabilitadas con pequeños establecimientos de artesanía en vivo, transformadas en ruta turística y gastronómica, renovadas y llenas de vida.

No son más que dos ideas que transcribo a modo de ejemplo. Tal vez sean disparatadas y, por eso, dirá mi Lector Malasombra, estoy muy bien lejos de las responsabilidades políticas, pero no me negarán que resultan más atractivas que la sequía preñada de sangre, sudor y lágrimas en la que estamos sumidos.


Con gusto, les doy permiso para que me las copien y les cedo, de paso, mi pastilla de protones.

De nada.
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lunes, 2 de marzo de 2015

Idea de un príncipe político christiano

Firma de la Paz de Westfalia en Münster. Gerard Terborch. 1648. Entre los firmantes se encontraba muy posiblemente Diego Saavedra Fajardo, Plenipotenciario de España y uno de los principales impulsores del Tratado.


        En las facultades de Derecho y en las de Ciencias Políticas recomiendan la lectura del El Príncipe de Maquiavelo para entender los entresijos de la política. Esta es, tal vez, la obra más conocida de un conjunto de tratados de educación para los gobernantes escritos en los siglos XVI y XVII, y  conocidos bajo el título genérico de espejos de príncipes. Pero no menos importante fue la obra del político y diplomático murciano Diego Saavedra Fajardo titulada Idea de un príncipe christiano representada en cien empresas, que fue publicada en 1640. Saavedra Fajardo nació en Algezares y llegó a ser Plenipotenciaro de España para la Paz de Westfalia en el Congreso de Münster entre 1646 y 1648, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años en Alemania y a la de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. Hay quien dice que el texto del Tratado fue redactado por el propio Saavedra. El libro se articula en cien empresas o emblemas, cada uno de los cuales se compone de una figura simbólica, un mote o lema y un texto explicativo que desarrollan e ilustran el consejo destinado al príncipe.

          Al hilo de las recientes turbulencias que asedian al Partido Popular y al Gobierno de la Región de Murcia que sustenta éste, se me ha ocurrido echar mano de mi ejemplar, curtido en mil consultas, de las Empresas Políticas, que es como se titula abreviadamente la obra de Saavedra Fajardo, y he seleccionado unas cuantas agrupadas con cierta cronología que, a mi juicio, debieran servir para serenar el alma y sosegar el espíritu a fuerza de incorporar una sana dosis de sentido común huertano (de Algezares, por más señas) a tanta perturbación.

         La primera es la Empresa 65, cuyo lema es “De vn error mvchos”. Dice Saavedra que “echada una piedra en un lago, se van encrespando y multiplicando tantas olas, nacidas unas de otras, que cuando llegan a la orilla, son casi infinitas, turbando el cristal de aquel liso y apacible espejo donde las especies de las cosas, que antes se representaban perfectamente, se mezclan y confunden”. Ante ello, el consejo de Saavedra reviste la forma del mote que “fue del emperador Filipe el Tercero: Quod male coeptum est, ne pigeat mutasse”, lo que traducido del latín, esa lengua tan injusta y atolondradamente desterrada de la enseñanza, significa que “Lo que mal ha empezado, no dé vergüenza cambiarlo”. Concluye Saavedra que “tenga, pues, el príncipe por gloria el reconocer y corregir sus decretos y también sus errores sin avergonzarse. El cometellos pudo ser descuido; el enmendallos es discreto valor. Y la obstinación, siempre necia y culpable”.

       La segunda es la Empresa 75, “Bellvm colligit qvi discordias seminat”, es decir “Quien siembra discordias, cosecha guerras”. Señala Saavedra que “estas artes de sembrar discordias y procurar levantarse unos con la caída de otros son muy usadas en las cortes y palacios, nacidas de la ambición”. Poca explicación necesita.

          La tercera Empresa es la 70, “Dvm escinditvr fragor”, “Al ser dividida me rompo”. Dice Saavedra al respecto que “aún despojado un rey, no cabe con otro en el reino”, si bien, “si la necesidad obligare a más de una cabeza, es mejor que sean tres, porque la autoridad del uno compondrá la ambición de los dos”. Al leer esta Empresa, me asalta la sospecha de que alguien, si la leyó, debió entenderla muy mal.

        La cuarta es la Empresa 90 “Disivntis viribvs”, “Con las fuerzas disgregadas”. El consejo no es más que el viejo “divide y vencerás” que, aplicado al día de hoy, se trasmuta en “divide y perderás”. Inapelable.

          La Empresa 37 lleva por mote “Minimvm eligendvm”, “[del daño] elegir el menor”, que procede del canon jurídico, según Picinelli, “De duobus malis minus est eligendum”. El consejo está recogido también en muchos refranes populares: “Del mal, el menos”, “Mal por mal, el más chico tomarás”, “Más vale padecer que perecer” o “Mas vale tuerto que muerto”. Apunta Saavedra que “la fortaleza del príncipe no solo consiste en resistir, sino en pesar los peligros, y rendirse a los menores si no se pueden vencer los mayores”. Y más adelante comenta que “algunos peligros por sí mismos se caen, pero otros crecen con la inadvertencia, y se consumen y mueren los reinos con fiebres lentas”. Ellos mismos.

           El lema de la Empresa 57 es “Vni reddatur”, “Sea reducido a uno solo”. El modelo para el buen funcionamiento de un gobierno es el de un reloj, donde sólo las manecillas marcan la hora, acierto que deben al armónico funcionamiento de un complejo engranaje que se esconde en la caja. “Donde muchos gobiernan, no gobierna alguno”, sentencia Saavedra Fajardo.

          La Empresa 36 contiene el consejo más eficaz. El mote es “In contraria dvcet”, esto es “Gobierna aún en condiciones desfavorables”. Escribe Saavedra que “toda la sciencia política consiste en saber conocer los temporales y valerse dellos, porque a veces más presto conduce al puerto la tempestad que la bonanza. Quien sabe quebrar el ímpetu de una fortuna adversa, la reduce a próspera”. Saavedra, que además de político y diplomático fue un hombre de vasta cultura, cita un poema de Camoens en Os Lusíadas:

                Porque sempre por via irá dereita
                Quem do oportuno tempo se aproveita.
                
          He dejado para el final la Empresa 95 cuya conseja es casi profética, tanto más cuanto se avecinan varios procesos electorales, porque pone de manifiesto el peligro que se cierne sobre el Partido Popular. El mote de la Empresa es el siguiente: “Nevtri adhaerendvm”, que significa “Sin unirse a ninguno de los dos”.

             Saquen ustedes sus conclusiones.
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