martes, 3 de enero de 2012

¿Crisis?,... pero ¿qué crisis?




(Artículo publicado el 3 de enero de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)







Me van a permitir que vuelva a usar el título de aquel álbum de Supertramp para encabezar uno de mis artículos, si bien he alterado un poco su antiguo sentido. En esta ocasión el título de artículo no tendría apenas sentido sin la tremenda fotografía que lo ilustra. Por eso he pedido a la redacción de mi periódico que traten de dar la máxima fuerza expresiva a la foto. Tómense un tiempo, queridos lectores, y obsérvenla con detenimiento y recuerden que nos encontramos celebrando precisamente lo contrario: el Nacimiento de Un Niño.


Se trata de una foto tomada en el campo de refugiados de Dadaab, en Kenia, a cien kilómetros de la frontera con Somalia, en la que una mujer se dispone a enterrar a su hijo muerto por la falta de alimentos. Les aseguro que hay imágenes aún más duras de la hambruna que hoy, tercer día del Año Nuevo, están sufriendo decenas de millones de personas que habitan el cuerno de África formado por Somalia, Djibouti, Eritrea y Etiopía, agravada por la violencia de las milicias islamistas de Al-Shabab. Sólo en Somalia, un país poco más grande que España, habrán muerto de hambre setecientos ochenta mil niños; dicho de otra manera, en una ciudad imaginaria del tamaño de Valencia habitada únicamente por niños, morirán todos sus habitantes. Alguien podría señalar con el dedo al Dios cuyo nacimiento celebramos los cristianos, pero se equivocaría: esa madre que entierra a su hijo en un agujero no es obra de Dios sino del hombre. En la tierra sobran recursos para alimentar a una población diez, veinte, cien veces la existente, pero los niños se mueren de hambre mientras Europa se preocupa de la estabilidad del sistema financiero que nos permita mantener nuestro mullido nivel de bienestar, mientras alguien compra la Torre Picasso en cuatrocientos millones de euros, y mientras el Rey de España nos confiesa humildemente que sólo cobra trescientos mil euros al año con todos los gastos pagados, una bagatela, eso sí, comparada con los sueldos de los banqueros españoles, que oscilan entre los seiscientos mil y los seis millones de euros al año. Y se mueren de hambre, mientras esas pocas monedas que tintinean en nuestro bolsillo, incluso en el más humilde de los bolsillos españoles, podría alimentar a uno de esos niños durante un mes.


Pero volviendo a la imagen, no se me ocurre mejor comentario que un extracto del artículo escrito por una cooperante llamada Kari Constanza y por el keniata Kenneteh Kibet, titulado “Construyendo una casa, enterrando un niño”:


“Esta mañana, Isnino Siyat, de 22 años, construyó una casa. La fabricó de palos, ramas de árboles que cortó o que escavó de la tierra alrededor del campamento Dadaab en Kenia, (…) Ella cubrió los palos con telas y trapos que pidió prestados y con las bolsas que usan para entregar la comida (…) Isnino es una refugiada nueva de Somalia. Ella escapó del conflicto y de la sequía en Somalia para ser una refugiada en Kenia (…) El polvo rojo, es la única cosa que se encuentra en abundancia en el campamento, aparte de las tiendas y chozas (…) “No tengo nada, ni siquiera un depósito para recolectar agua,” dice. “Venimos caminando desde Somalia hasta aquí. Sólo podíamos cargar nuestros dos niños” (…) “Tengo mucho miedo por el futuro de mis niños y por el mío,” dice. Su esposo no la pudo ayudar construir la casa hoy, estaba ocupado en un trabajo doloroso, llevando el cuerpo de su sobrino, Ibrahim, quien falleció hace dos días. “Era por el hambre,” dice Isnino. Ibrahim, de tres años, falleció en una clínica en Dadaab. Sobrevivió el viaje con la familia pero como muchos más llegó enfermo, hambriento y débil. (…) El día termina en la tumba de Ibrahim. El esposo de Isnino no está allí. Está tratando de encontrar agua para lavar el cuerpo delicado de Ibrahim. Los hombres remueven la tierra para hacer un hueco para enterrarlo. La tierra roja se mezcla con la arena en el aire. Hay viento y el cielo se pone rojo.”


Cuando hagamos nuestras compras de Reyes, más modestas este año por efectos de la crisis, deberíamos recordar que hay otra crisis además de la nuestra, mucho, muchísimo más dura, precisamente allí de donde bien pudo proceder el Rey Mago más querido por los niños, Baltasar, aquel que trajo al Niño su regalo de mirra desde el lejano Cuerno de África. Tal vez sea el momento de corresponder con su regalo.


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martes, 20 de diciembre de 2011

Milord, la Navidad





(Artículo publicado el 20 de diciembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)




Sin duda, muchos de ustedes conocerán aquella vieja historia sobre la flema británica –si no la escribió P.G. Wodehouse, bien pudo hacerlo-, que transcurre en una de esas magníficas residencias campestres situadas en las orillas del río Támesis, que podría ser conocida como Blandings en recuerdo de Wodehouse. Un estirado mayordomo ―al que llamaremos Beach también en recuerdo del humorista inglés―, entró en la biblioteca de la casa donde su señor ―que a esta alturas no podría ser otro que el mismísimo lord Emsworth, noveno conde de Emsworth― trataba de ejecutar sentado en su sillón preferido la complicada maniobra de desplegar el Times para leerlo sin cortar las hojas. Con la voz levemente engolada, Beach avisó al conde que se esperaba el desbordamiento inminente del río Támesis. El conde, sin levantar la vista del periódico, se limitó a despedir al mayordomo con un escueto “Gracias, Beach”. A los pocos minutos, el impertérrito mayordomo volvió a entrar en la biblioteca e informó al conde de que el Támesis se había desbordado finalmente. Lord Emsworth, sin mover un solo cabello, le respondió de nuevo con otro “Gracias, Beach”. Al poco, se abrió la puerta de la biblioteca por tercera vez y Beach, apartándose a un lado y con el agua por los tobillos, anunció imperturbable: “Milord, el Támesis”.


Algo así ocurre así debió ocurrirle a Zapatero con la crisis, no tanto por flemático como por atrapamoscas. El peor presidente de gobierno de la historia de España, ya le podemos dar el título con todo merecimiento, debió estar tan ocupado con aquello de la Alianza de Civilizaciones, con la memoria histórica y con meterle el dedo en el ojo a la Iglesia Católica, que no prestó oídos a los reiterados anuncios sobre la crisis inminente, hasta que un compungido y paralizado mayordomo de palacio abrió la puerta del despacho presidencial y, apartándose a un lado, le dijo: Presidente, la crisis. Afortunadamente, la historia del Támesis también puede ser aplicada a otras cosas y a otros advenimientos.


Andamos estos días muy atareados con la lista de la compra de Mariano Rajoy, con sus recetas ocultas y no por ello menos previsibles para atajar la crisis, y con las consecuencias que la crisis está teniendo en la Bolsa, en el comercio, en la venta de lotería de Navidad y hasta en la de mariscos y pescados para la cena de Nochebuena. Sabemos que la Navidad se acerca porque la televisión se satura de anuncios de marcas de perfume y de cavas, aunque no tanto como en años anteriores; porque los buzones se llenan de folletos de supermercados y grandes almacenes anunciando turrones “tres por dos” y juguetes, aunque de manera algo más discreta que otros años; porque tímidamente empiezan a llegar algunas felicitaciones y, entre el insistente soniquete de los acordeones, suena algún que otro villancico, aunque menos también. Y es que no está el horno para bollos ni los tiempos para muchas fiestas. Hay poco dinero y, en cambio, mucho temor por el futuro inmediato. Hay mucha gente, millones de personas, derrotadas y entristecidas ante la perspectiva de unas navidades sin techo, sin trabajo, sin dinero, sin alegría y sin esperanza. Y sin embargo, una mañana o una noche alguien abrirá la puerta y anunciará, como en la historia de la riada del Támesis, que la Navidad por fin ha llegado.


Y es que la Navidad, además de las fiestas, los obsequios, las cenas y los villancicos, es sobre todo un regalo de esperanza, tanto más valioso cuanto menos tiene quien lo recibe. El Nacimiento del Niño es una promesa de vida, absolutamente reconfortante para quien la acoge desde la fe con los brazos abiertos, pero también para quienes carecen de ella. En eso consiste la universalidad del mensaje de la Navidad. Es muy cierto que la Navidad puede agudizar la tristeza por la ausencia de alguien, por la carencia de algo, pero es mucho más cierto que el mensaje de Paz y de Esperanza que trae la Navidad es capaz de calmar la angustia y confortar el espíritu. Notaremos la ausencia de un ser querido porque precisamente la Navidad nos lo hace presente, y la pérdida amarga se transformará en el recuerdo dulce. Echaremos de menos el regalo o la abundancia, precisamente para darnos cuenta de que ese regalo y aquella abundancia importaban mucho menos que el abrazo de un ser querido. Y sabremos con toda certeza que los negros temores al futuro incierto, que se han visto alimentados casi a diario en estos últimos tiempos y que ennegrecen el corazón por la desesperación, pueden ser mitigados justamente por la Esperanza que llega con la Navidad.


Amigos lectores, la Navidad.


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martes, 13 de diciembre de 2011

La Navidad, esa revolución permanente






(Artículo publicado el 13 de diciembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia. Rectificado. Detalle de La Sagrada Familia, de Gaudí)







Hace unas pocas semanas me abrí un perfil en Facebook y todavía sigo preguntándome qué hace un chico como yo en un lugar como ése, yo, que siempre que pulso una tecla del ordenador lo hago con el temor de que me dé la corriente, yo, que, rendido al dictado de vivir encadenado a un teléfono móvil, lo llevo apagado en el bolsillo en muestra clandestina y un tanto infantil de rebeldía, una rebeldía por cierto parecida a la que lleva a esas escolares diminutas que visten obligatoriamente un uniforme a remangarse la falda por encima de la rodilla a la salida de clase.



No les diré que me haya prendado de la red social, que a lo sumo encontraba banalmente divertida, pero les confieso que en varias ocasiones me ha conducido para mi sorpresa a lugares y a personas que creía ajenos a ella. La última me ha llevado de la mano de un sacerdote navegante (también los hay, querido lector malasombra, también los hay, que no debe quedar lugar sin siembra) a releer las páginas de El hombre eterno, del siempre sorprendente Chesterton, y miren por donde a escribir este artículo que será publicado un martes y trece. No, no, con motivo de fecha tan señalada no les voy a hablar de supersticiones y de buena o mala suerte, sino de lo que la Conjura de lo Políticamente Correcto intenta un año tras otro transformar en superstición, o descristianizar, que viene a ser lo mismo. Me refiero a la Navidad. Y lo haré, como lo he hecho en otras ocasiones, con las mismísimas palabras de Chesterton, sin duda mucho mejores que las mías.



Nos cuenta Chesterton con una de sus paradojas que la Navidad no puede ser entendida si no entendemos al mismo tiempo la presencia del enemigo de la Navidad, que en los Evangelios está personificado por Herodes el Grande, quien alarmado por la existencia de un presunto rival mandó degollar a todos los posibles sospechosos como lo hiciera después con su mujer y con varios de sus propios hijos. La Navidad, escribe Chesterton, “no es un acontecimiento cuya conmemoración sirva a intereses pacifistas o festivos. No se trata sólo de una conferencia hindú en torno a la paz o de una celebración invernal escandinava. Hay algo en ella desafiante, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como cañones de una batalla que acaba de ganarse”. En el nacimiento de un Niño en una cueva de pastores “se esconde la idea de minar el mundo, de sacudir las torres y los palacios desde sus cimientos, igual que Herodes el Grande sintió aquel terremoto bajo sus pies y se tambaleó con su vacilante palacio (…) De hecho, la Iglesia, desde sus comienzos, y quizás especialmente en sus comienzos, no fue tanto un principado como una revolución contra el príncipe de este mundo (…) Los que acusaban a los cristianos de incendiar Roma con antorchas eran calumniadores, pero al menos estaban más cerca de la naturaleza del cristianismo que esos modernos que dicen que los cristianos fueron una especie de sociedad ética, sometida a un lánguido martirio por decir que los hombres tenían una obligación con respecto a sus prójimos, y que resultaban ligeramente molestos porque eran mansos y humildes”. Es cierto que el mensaje más universalmente entendido de la Navidad es la Paz, la paz entre los hombres de buena voluntad, pero no es menos cierto que ese mensaje de paz no era precisamente pacífico con los valores y convenciones del hombre precristiano. La Navidad para Chesterton encierra un mensaje revolucionario destinado a cambiar al mundo.



Afirma Chesterton que hay muchos hechos evidentes que nos hablan de la presencia de un espíritu en la Navidad, que es al mismo tiempo universal y único. Una de estas evidencias es que “ninguna otra historia, ninguna leyenda pagana, anécdota filosófica o hecho histórico, nos afecta con la fuerza peculiar y conmovedora que se produce en nosotros ante la palabra Belén. Ningún otro nacimiento de un Dios o infancia de un sabio es para nosotros Navidad o algo parecido a la Navidad”. Según Chesterton, además de universal y único, la Navidad es un hecho nuevo que vuelve a ser nuevo cada año. No en vano, el hecho central de la Navidad es un Nacimiento.



Y, en efecto, algo grande fue lo que ocurrió en aquella primera Navidad del mundo. Lo describe Chesterton al hablar del catolicismo: “La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no hubiera podido durar más de un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte, que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su Rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos le conoceríamos. Los frutos son sólidos y su fecundidad mucho más que una metáfora; y en ninguna parte de este triste mundo son más felices los muchachos a la sombra del manzano, o los hombres mientras pisan la uva y entonan alegres canciones, que bajo el fijo resplandor de esta luz repentina y cegadora. El relámpago se hizo eterno como la luz”.



Y así fue, así es y así será, por más que los tataranietos y tataranietas de Herodes el Grande insistan cada año en transformar la Navidad en la fiesta del solsticio de invierno.




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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Carta al último Rey Mago







(Artículo publicado el 6 de diciembre de 2011, Día de la Constitución, en el diario La Opinión de murcia)








Querida Majestad de un reino que, por lo que nos han contado estos años, ni es de oriente ni de occidente, sino que se trata de un reino confuso:


Debo confesarle primero, Majestad, que ya sé que no es mago, pues los Reyes Magos solo existen de verdad en la imaginación inocente de los niños y en la de aquellos que son como niños. Los otros Reyes Magos, lo de neón y tarjeta de crédito, también son reales, pero ni son reyes ni son magos. Pero su Majestad sí que es un rey de verdad pues tiene un reino, confuso como le decía, pero reino al fin y al cabo.


Sabe su Majestad que estamos en crisis, en un agujero profundo y negro del que no sabemos salir. Y no me refiero únicamente a su reino, sino a muchos reinos más que lo rodean. Todos tienen sus reyes o sus reinas y algunos de ellos son casi magos, pues van sorteando la crisis con más o menos acierto. Pero volvamos a nuestro reino. Cada día al levantarnos nos preguntamos cómo vamos a salir de la crisis y cada noche al acostarnos la respuesta permanece oculta. Ya sé, ya sé, tal vez debamos preguntarnos primero quien puede sacarnos del agujero negro, porque si no hubiera nadie capaz de ello, no haría falta que nos preguntásemos lo otro. Yo sé, querida Majestad, quien puede sacarnos de la crisis. No, no son los gobiernos, ni los bancos, ni los trabajadores, ni los deportistas laureados, ni los difamados funcionarios, ni las amas de casa, ni los indignados, ni los parados, ni los estudiantes, ni los jóvenes, ni los viejos, ni siquiera es Europa, esa señorona vieja y artrítica enfundada en el chándal azul y amarillo de la Unión Europea. No. Los solucionadores de la crisis son todos ellos, somos nosotros todos, somos we the people, como rezan las tres primeras palabras de la Constitución de los Estados Unidos de América, somos Juan Nadie, somos todos, todos juntos.


El problema, querida Majestad, sigue siendo que, aun sabiendo quiénes y aunque finjamos que eso no lo sabemos, seguimos sin saber cómo. Bueno sí que sabemos cómo, al igual que sabemos quiénes. Pero antes de que estos juegos de palabras enfaden a mi lector malasombra, que por supuesto está leyendo esta carta madrugadora, iré al grano, Majestad, y le diré lo que me preocupa. Para movilizarnos a todos en la dirección correcta, que no sé cuál es, hace falta un líder. No, Majestad, no, no es Mariano Rajoy. No puede ser Mariano Rajoy, porque por mucho que se empeñe en serlo de todos, siempre será el líder de unos pocos, los votantes de un partido político que representa tan sólo a una fracción de los españoles, y, además, sólo es, o será, un presidente de gobierno. Mariano puede y debe ser un excelente gestor de los asuntos públicos y gubernamentales, entre otras cosas porque estamos hartos de falsos líderes visionarios e interplanetarios dispuestos a salvar a media España de la otra media, pero no es, no será, no puede ser, el líder. Ese lugar sólo lo puede ocupar un dictador. O un Rey.


Sí, no se me quede mirando así, Majestad, con los ojos como platos, que yo también me he asustado. Porque, si hacemos memoria, su Majestad ya lo ha hecho antes. Lo hizo la noche de un veintitrés de febrero, cuando media España era golpista y la otra media golpeada. Al día siguiente sólo quedaban los golpistas que había encerrados en el Congreso de los Diputados, pero la noche anterior hubo muchos más. Y en esto llegó el mensaje del Rey, el mensaje de su Majestad, que fue quien nos puso a todos en la dirección correcta, quien frenó los tanques y los devolvió a los cuarteles, a quien se rindieron los mostachos y en quien buscaron refugio las barbas. El Rey, el mismo Rey que cuando pocos meses después las urnas dieron el gobierno al partido socialista volvió a tranquilizar con su presencia a las derechas temerosas. No era para menos. El PSOE, que ya gobernaba en ayuntamientos y autonomías, había entrado como un elefante en una cacharrería. Había colocado a los suyos en todos los escalones, desde ordenanza a ministrillo, y ante la imposibilidad de echar a los funcionarios de derechas los desplazó de los despachos a los pasillos y a los huecos de escalera. Y es que los socialistas llegaron al poder del Estado al grito de “Felipe, colócanos a todos”, como sin duda recordará su Majestad, pero a las gentes de la derecha española siempre les quedó París, es decir, el Rey, su Majestad. Algo parecido ocurrió años después cuando el PP llegó al poder, y el miedo desatado al doberman fue vencido por su Majestad y por la fuerza de los hechos. En aquellas ocasiones el Rey de España fue la misma España.


Hoy estamos, Majestad, en una grave encrucijada. Europa se apresta a devorar a sus hijos y, entre ellos, a España. Cesión de soberanía lo llaman. España puede llegar a ser menos España y su Majestad menos Rey y, mientras tanto, el que haya cinco millones de españoles parados significa que hay millones de familias necesitadas de lo más básico. El agujero es cada vez más negro. En España la Corona tiene esa función fundamental que la Constitución, que hoy celebra su cumpleaños, ha llamado equivocadamente el papel moderador de la Corona. No, no es el papel del moderador, sino el de la autoridad impulsora; no es el imperium del cónsul romano, sino la auctoritas del Senado de Roma lo que la Constitución otorga al Monarca. Ha llegado de nuevo su hora, querida Majestad, o tal vez la de su hijo…, sí, tal vez la de su hijo. Envuelva nuestro regalo en el tradicional mensaje de Navidad y tráiganos fe en España y confianza en el futuro, usted ya sabe cómo.


Vuelva a ser una vez más, Majestad, el Rey que una vez fue España.


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martes, 29 de noviembre de 2011

Una bonita coliflor prenavideña



(Artículo publicado el 29 de noviembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Por si no teníamos bastante con la crisis económica, una de las pruebas más contundentes de que ya no somos nadie sin Europa, es que el comienzo de la Navidad se ha adelantado al primero de diciembre, cuando no al Adventswochenende o primer domingo de Adviento como ocurre en la muy cristiana Alemania. Sobre esto y sobre la noticia de que en Estados Unidos hay una escuela de Santa Clauses que enseña a los aspirantes a mentir piadosamente a los niños cuando les piden, por ejemplo, un empleo para papá, tenía decidido escribir un bonito artículo prenavideño. Pero como el hombre propone y Dios dispone se me cruzó en el camino mi incondicional Ignatius, ya saben, mi asesor en cuestiones de Decencia, de Prosodia y de Buen Gusto, vestido precisamente con un estruendoso traje de Santa Claus, y me plantó delante de las narices un ejemplar de este mismo periódico, cuyo titular rezaba “Capturan a la rubia que acompañaba al presunto asesino de Mazarrón”:


―Convendrás conmigo a pesar de tu conocida filia por el periódico en el que escribes en que este titular engañoso y malvado constituye un gravísimo atentado a la presunción de inocencia de las rubias de este mundo, ya que la susodicha rubia bien podría ser rubia de botellazo, esto es, morena de verde luna, e incluso pelirroja; o calva, como Rub


―Detente, Ignatius ―le dije, dando un salto hacia atrás como si hubiera visto al diablo vestido de rojo―. No me enredes con tus desatinos, que tengo que escribir mi artículo de los martes y llevo ya una idea muy clara de lo que quiero decir…


―No puedo creer lo que están oyendo mis oídos ―me contestó Ignatius, abriendo una madrugadora caja de polvorones que llevaba en una bolsa―. Sin duda me han sentado mal los mantecados del desayuno. El cuerpo incorrupto de la Santa Monja Rosvita, modelo de perfección de la mujeres de la Baja Edad Media, se habría removido en su tumba si ésta no hubiere sido removida antes por las huestes zapateras d ela Conjura de lo Políticamente Correcto, que pensaron que era una fosa de la Guerra Civil. Y ya que estamos en esto de la Conjura, al hilo del asunto de Urdangarín podrías escribir un artículo titulado “Jaque al Rey” con el que renovar una vieja teoría mía: que el PSOE, una vez defenestrado del poder a causa de su política de izquierda trasnochada, ya sabes, la reapertura de fosas de la guerra civil, la alianza de civilizaciones, el matrimonio homosexual, las subvenciones públicas a programas de excitación clitórea, las francachelas canónicas con los de la ceja y los sumos sacerdotes de la SGAE, los condones para todos y el insuperable capítulo de las hijas góticas en la Corte del Rey Obama, después de todo esto y de la anunciada pérdida del Reino Moro de Al Andalus, el PSOE post zapaterino, digo,intentaría recuperar el favor ciudadano envuelto en la bandera tricolor republicana. La operación “Jaque al Rey” habría sido diseñada por la Conjura Republicana de lo Políticamente Correcto aprovechando la boda del Príncipe Heredero con una plebeya, a quien la rama mediática de la Conjura habría procurado adornar con todas las virtudes progresistas sin excepción alguna, no para congraciar a la monarquía con el pueblo llano, no, sino con la aviesa intención de hacer mortales a los hijos del César, ya que no podían hacerlo con el César mismo. Empiezo a sospechar que Jaime Peñafiel pueda formar parte de la Conjura. La operación habría continuado vistiendo a la Princesa con pantalones en ocasiones señaladas, muy especialmente el día de la Pascua Militar, con lo que son los señores del sable, y habría continuado haciendo que el Bribón perdiera una y otra vez la regata de la Copa del Rey; y continúa hoy con el jaque al alfil Urdangarín y con el ojo morado de Su Majestad. Esto sí que da para un artículo.


―Pero Ignatius ―le dije―, lo que yo quiero es descansar de la cosa política después del atracón electoral y escribir sobre la Navidad que se aproxima y que…


―Déjate de Navidades y de Felices Pascuas que ya tendrás tiempo ―me espetó, metiéndose, un polvorón en la boca―. Ahora hay que escribir sobre el indulto del banquero Alfredo Saenz perpetrado por el Gobierno del PSOE en uno de sus actos postreros más incomprensibles, o no. O sobre las maldades proferidas por José Bono acerca de que, según las reglas del mus, el PSOE no debería jugar a la chica, en clara referencia a Carma Chacón, lo que promete luctuosas efemérides para el anunciado congreso federal. O sobre el hecho curioso de que los infiltrados de la Conjura anden diciendo que quien ha ganado en España ha sido el cambio, precisamente cuando quien ha ganado olímpicamente las elecciones ha sido el PP de Mariano Rajoy. ¿El cambio, qué clase de cambio?, me pregunto…


Con la cabeza hecha un bombo, la chaqueta azul marino perdida de salpicaduras de polvorón temprano y mi proyecto de artículo navideño hecho unos zorros, corrí a refugiarme en El Corte Inglés, aún a riesgo de que Ignatius la tomara con el primer gran signo de la Navidad cercana, la gigantesca fachada de Cortilandia…


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martes, 22 de noviembre de 2011

Y ahora, todos a remar





(Artículo publicado el 22 de noviembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)





Desde la noche del pasado domingo muchos han sido los que han escrito algo parecido. La única diferencia es que este artículo lo escribí el sábado por la tarde, al término de la jornada de reflexión. Podía imaginar entonces que la victoria de Mariano Rajoy iba a ser colosal, como él mismo hubiera dicho. Podía imaginar también que la derrota del PSOE iba a ser demoledora, como ellos mismos reconocerían horas después. También imaginé como sería el día después y cuán urgente era la respuesta que España demandaba. Todo ello lo pude imaginar, porque era fácilmente imaginable. Nuestra España se nos ha ido deshaciendo entre las manos como un terrón de arena reseca. No, no ha sido solamente la crisis de la economía, ni siquiera la quiebra del estado de bienestar, el factor que ha minado España. Desde hace años, mucho antes de la crisis, nuestro modelo de estado, nuestro concepto de soberanía, nuestras instituciones más necesarias y la confianza en el sistema político han quebrado y, con ellas, lo han hecho nuestras pautas de convivencia y nuestro futuro común. Nunca desde la instauración de la democracia se ha encontrado España ante una tesitura igual, ni siquiera durante la transición, en la que el sueño común de una España en paz y en libertad nos mantuvo unidos frente a otras durísimas crisis económicas, que las hubo, e incluso frente a los amenazadores intentos de involución que fraguaron en el 23-F. Hoy, a duras penas conservamos esa paz y esa libertad, ninguna de ellas perfecta, es cierto, pero ganadas ambas por la voluntad común de todos nosotros. Lo que se hunde es la propia España.


En lo más recio de la tormenta, el barco ha cambiado de capitán y Mariano Rajoy ya está agarrado al timón. El otro ya es historia y se apresta a supervisar nubes. Rubalcaba, en cambio, no. Rubalcaba, aún dolorido por la derrota, es el presente del PSOE y, por ello, representa no solo a los votantes de su partido sino a muchos otros que en esta ocasión han votado a Mariano Rajoy, sí, incluso a muchos votantes del PP. Toca ahora poner proa al viento, luchar contra la tormenta, evitar el naufragio anunciado. No es una tarea de la derecha contra la izquierda, ni siquiera es una tarea de la derecha, es una tarea de todos, sin exclusión alguna. No es tiempo de enjundiosos debates ni de hondas discusiones, no es momento de afianzar posiciones de partido, ni de marcar las diferencias. Solo hay una política posible, la de los hechos. Solo cabe una respuesta, la de todos.


En un artículo publicado en este mismo periódico hace casi un año, el 7 de diciembre de 2010, que llevaba por título “Una propuesta ingenua”, proponía el adelanto de las elecciones y, ganara quien ganara, el compromiso de los dos grandes partidos de formar un gobierno de unidad nacional al modo alemán de la Grosse Koalition. Era, en efecto, una propuesta ingenua, incluso descabellada, no solo porque España no era Alemania, sino porque los políticos españoles no eran los políticos alemanes. Sin embargo hoy, un año después, la solución descabellada e ingenua sigue siendo la única salida posible. No me hagan mucho caso en lo de un gobierno de coalición o de unidad nacional, ya sé que las cosas aquí no son así y que las mayorías absolutas no entienden de esto. Pero atiendan al menos, y no me refiero únicamente a los políticos, a la idea del esfuerzo común, a la fórmula de la suma de voluntades, a la idea de la renuncia generosa, al concepto de sacrificio individual, que implica el modelo alemán. Allí fue posible, en aras de la gobernabilidad del país, que la canciller fuera la cristianodemócrata Angela Merkel y vicecanciller el socialdemócrata Franz-Walter Steinmeier. Aquí, algo así sería impensable. O tal vez no.


En fin, y ahora sí que escribo el Día Después, como dijo Mariano Rajoy en la noche electoral no habrá milagros que, por otra parte, tampoco había prometido. Se trata de ofrecer desde la unidad lo que Churchil ofreció a los británicos hace setenta años tras la elecciones celebradas al comienzo de la Segunda Guerra Mundial: sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Churchill había ganado aquellas elecciones y los británicos ganaron la guerra. Sin embargo, una vez terminada la guerra, el mismo Churchill perdió las siguientes. Si Rajoy aplica esta fórmula aquí y ahora no sé si volverá a ganar las elecciones, pero sí le digo que hoy todos sabemos quien fue Winston Churchill, en tanto que casi nadie recuerda a Clement Atlee, el político que lo derrotó.


Le deseo a Mariano mucho ánimo y mucho sentido común. Y, por cierto, a la prima de riesgo que le vayan dando. Y a Riesgo, también.


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martes, 15 de noviembre de 2011

Por qué Mariano



(Artículo publicado el 15 de noviembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)





Que yo me haya decidido a votar a Mariano Rajoy no es ninguna novedad y, menos aún, una sorpresa. Ya dije de él hace siete años y medio que Mariano era un excelente candidato, justamente antes de que el “No a la Guerra” y los atentados del 11-M, debidamente sazonados en la víspera electoral con los asaltos “espontáneos”a las sedes del PP, produjeran un inesperado vuelco electoral. Como si de la rotura de un espejo se tratara, nos cayeron encima siete años de desgracia en penitencia por nuestros pecados, duante los cuales hemos sido gobernados por un ectoplasma socialista de cejas picudas cuyo nombre no recuerda siquiera quien fue su mano derecha, el hoy candidato Rubalcaba, a pesar de que siga siendo Presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE. Sic transit gloria mundi.


Si bien tengo muchas razones para votar a Mariano, me basta una sola para no hacer lo propio con Rubalcaba: no voy a votar a quiénes nos han metido en el lío. En mi artículo de entonces escribí acerca de Mariano Rajoy unas cuantas cosas que podría escribir hoy. Decía y digo de él que es un ”candidato colosal”, precisamente porque es “un hombre común” dotado, sin embargo, de cualidades excepcionales. Lo de “colosal” lo escribo porque es un adjetivo que el propio Mariano emplea con frecuencia. La primera vez que se lo escuché fue allá por el siglo pasado en el coloquio que siguió a un acto celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Murcia, cuando alguien le preguntó si era viable la provincia de Cartagena. Mariano, muy amable, pero que muy amablemente, con esa mirada sorprendida y un tanto estrábica de los hipermétropes, le contestó lo siguiente: “Hombre, si hay para ello una razón colosal…”. Y como la razón colosal no terminó de aparecer, el coloquio concluyó en ese punto.


Mariano es un un negociador implacable y desesperante, que es como deben ser los buenos negociadores. Resguardado tras la neblina que causan el humo de puro y la retranca gallega, Rajoy no se altera por nada ni por nadie, lo que por el contrario altera enormemente a sus adversarios, que es de lo que se trata. No pierde nunca la media sonrisa, en tanto que los otros no la alcanzan jamás. Y es que, si se pierden los nervios, se pierde la razón y se esfuman finalmente las razones, y eso lo sabe muy bien Mariano. Es un candidato comedido, posiblemente el más comedido de todos los candidatos, cosa al parecer imperdonable entre los más dados a los excesos verbales. Es un político irónico, entre políticos trágicos y políticos cómicos. Es hombre discreto, frente a políticos vocingleros y rutilantes. Y es sensato, cuando otros enloquecen. Es abierto a las ideas y a las palabras, cuando otros se encierran en palabras sin ideas. Y habla de España como si la conociera de siempre, con amigable vencindad, mientras que otros la miran con desconfianza, cuando no con desprecio. Y escucha lo que otros no oyen. Y sonríe cuando otros se crispan. Y es pragmático cuando otros son presos de la ideología, superfluos o banales.


Hace siete años y medio les conté una anécdota ocurrida en aquella campaña electoral. Subido en el avión que lo llevaba de un lado a otro de la piel de toro, Mariano escuchaba pacientemente las explicaciones técnicas del piloto acerca de las capas de hielo que debido a las bajas temperaturas se habían formado en las alas del avión, y de cómo esa circunstancia influía negativamente en las condiciones de vuelo. Al término de las explicaciones, Rajoy le preguntó al piloto lo que le habríamos preguntado todos: “Pero no pasa nada, ¿verdad?”. En Italia han nombrado primer ministro a uno de los pilotos económicos de Europa, un técnico capaz de dar las explicaciones más complejas de cuánto ocurre y que, sin embargo, ha sido uno de los que han hecho que el avión de la economía caiga en barrena. Nosotros deberíamos ser capaces de elegir a un gobernante que, tras escuchar todas las voces y todas las explicaciones acerca de las condiciones económicas del país y de las causas y efectos de la crisis, use el sentido común y se entere de lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que saber si, después de tanta explicación, el avión vuela o se cae.


Muchos de nosotros, ciudadanos de a pie, estamos esperando que nos gobierne un hombre común lleno de sentido común porque, como decía Chesterton, el hombre común es el único a quien se le pueden confiar los asuntos comunes, es decir, los de todos. Piénsenlo, porque nos jugamos mucho.


Y como les dije entonces ocurre, además, que Mariano me cae simpático.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Mortis calavera

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(Artículo publicado el 1 de noviembre de 2011 -Día de Todos los Santos- en el diario La Opinión de Murcia)



Así están las cosas, empezando por la economía y terminando por la política, lo que hoy por hoy viene a ser lo mismo. Pensaba yo, iluso de mí, que la crisis económica se iba a arreglar sola a poco que los economistas la dejaran en paz, pero me equivoqué como se equivocó la paloma, porque los economistas no han aflojado la presa y la economía palidece y se arruga por momentos. No es que la economía no pudiera restablecerse ella misma, si por restablecerse entendiéramos que debía cambiar radicalmente el panorama de los dineros, el modelo de desarrollo, el tamaño del sector público, las empresas y la productividad, el juego sindical de la ruleta rusa, la redistribución de la riqueza y de las cargas y, muy especialmente, eso que se convino en llamar el estado del bienestar, una entelequia de los socialistas nórdico-europeos a la que pronto se sumaron entusiásticamente todos los socialistas sud-europeos y, lo que es aún peor, todos los partidos de la derecha europea, de modo que moros y cristianos, tirios y troyanos, todos nos asentamos en la quimérica creencia de que podíamos vivir eternamente como si fuéramos suecos, pero aportando a la cosa común como si fuéramos de Somalia.


Pues no, hija, no, los economistas y los políticos metidos a economistas no consienten que las cosas cambien para que la economía se arregle. El estado del bienestar ha naufragado y se va al fondo como una piedra. Hemos abandonado a la fuerza el modelo sueco, por cierto cinco años después de que lo abandonaran los propios suecos, pero nuestros gloriosos capitanes se han atado a la rueda del timón, eso sí, con todos nosotros dentro del barco. Si se detienen a pensar un poco tal vez descubran que realmente el estado del bienestar no existió nunca, como no existió nunca aquello de una sanidad universal y gratuita para todos y todas y como no ha existido nunca un pensión digna de viudedad o un sueldo para el ama de casa aunque solo fuera por reconocer su impagable aportación a la familia, incluso a la familia de los socialistas. Lo que tal vez descubramos es que, al socaire del estado del bienestar, es decir para evitar que la sanidad y la atención social se convirtiesen en actividades privadas sujetas a las reglas de los mercados, se puso en marcha un gran negocio de lo público, sujeto exclusivamente a la regla establecida por quienes hacen las reglas, según la cual la pérdida importa tan poco como la ganancia.


Hemos construido autopistas como las que pensábamos que tienen en Alemania, con una salida para cada pueblo y, en ocasiones, dos: Tobarra Norte y Tobarra Sur, por ejemplo, cuando en las autopistas alemanas que recorro todos los veranos, no sé si habrá otras autopistas alemanas, hay una salida cada veinte kilómetros. Hemos construido aeropuertos en mitad de la nada para veinte o treinta usuarios con boina, como pensábamos que los construyen en Estados Unidos, donde por cierto tal vez lo hagan. Hemos hecho hospitales, consultorios, juzgados, institutos y edificios públicos de mármol, acero y cristal, capaces cada uno de ellos de ganar veinte premios de diseño y arquitectura. Hemos vivido, no ya como suecos, sino como kuwaitíes. En ello estábamos cuando llegaron Piratas and Brothers y Morgan & Bucaneros, banqueros o eso decían, seguidos de Moodys & Joodys y de Standar & Forroplús, agencias de calificación de la deuda o eso dicen, y se acabó definitivamente el pastel.


Estamos en días de difuntos y, además de los que proceden, hay otros muchos muertos encima de la mesa. Demasiados muertos para tan poco vivo. Me pregunto por qué se le ocurriría al Inimputable convocar elecciones para el mes de los difuntos. Mira que hay meses en el año, once más si no me equivoco, y todos ellos con algún elemento de optimismo, que si la primavera, que si la Navidad, que si las flores, que si los melones… Debió ser porque pensó que este mes es bueno para las nostalgias y los velorios, para las calabazas y para el Jalogüín y, sobre todo, para hacer el Tenorio, porque tal vez de lo que se trate es de reproducir la gran farsa española por excelencia, en la que el derrotado triunfa y el burlador es burlado. Dentro de unos días habremos de elegir entre la opción divina de la muerte y la opción mortis calavera, dicho sea en tono lúgubre y entre alaridos de terror. Me van a perdonar si les digo que a mí, Rubalcaba más que Rajoy, qué quieren que les diga, me recuerda a aquel enterrador de las viejas películas del oeste que, vestido con su levita negra, aparecía antes del duelo con el metro de medir difuntos en la mano, es decir, a Rubalcaba lo veo más mortis calavera que divino de la muerte, tal vez porque formaba parte de ese gobierno que nos trajo entre otras lindezas muchas fosas reabiertas, muchos muertos removidos y cinco millones de almas en pena.


Lo yo les diga, mortis calavera.


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