martes, 21 de junio de 2011

La santa indignación

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(Artículo publicado el 21 de junio de 2011 eb el diario La Opinión de Murcia)









Un lector amigo, imagínense lo que dirán mis lectores enemigos, me decía que tras leer mi último artículo se había quedado perplejo pues no se esperaba mis dudas acerca de las buenas y pacíficas intenciones de los chicos de Bildu. Le aclaré a mi buen amigo que, después de haber estado muchos años de mi vida mirando los bajos de mi coche ante de abrir la puerta, después de perder algunos conocidos y varios amigos a manos de ETA, después de asistir a una sesión de la Junta Directiva del PP en el País Vasco, en la que todos sus miembros, cuando no ellos mismos, eran hijos, hermanos o parientes de víctimas de ETA, luego de haber esperado en vano un rasgo de humanidad que les hiciera incumplir su promesa de asesinar a Miguel Angel Blanco, tras varias treguas-trampa que sólo sirvieron para que se rearmaran los terroristas, tras muchos minutos de silencio que ya, desde hace años, me niego a secundar, después de tantas condenas inútiles y repulsas inservibles, le aclaré, decía, que no tengo duda alguna acerca de las intenciones de esa gente de Bildu, salvo que no son nada pacíficas sino todo lo contrario. Ya no creo, amigo lector perplejo, que el lobo se transforme en cordero por el simple contacto del vellón con el que se ha disfrazado.




Los indignados-acampados se han ido con la música a otra parte. No se han ido muy lejos, no, pues deben reaparecer de vez en cuando para recordarnos por orden de Fouché que la legitimidad no es de quien gana unas elecciones democráticas –mayoritariamente, el PP-, sino del que más grita. Nos están preparando para la vuelta de Pancartero, sólo que ahora llámale Alfredo. Mientras tanto, a nosotros sólo nos queda la santa indignación. Porque en todo esto de las acampadas, una vez que le quitas unos metros de rastas, varias docenas de pulgas y garrapatas, una buena dosis de jolgorio callejero, una pizca de violencia, un cuartillo de idealismo -sí, algo de eso también hubo-, y muchos kilos de fría y calculada manipulación, lo que realmente queda son toneladas y toneladas de indignación.



Los principales efectos de la crisis -el paro, la pobreza y la desesperanza-, son tanto más agudos cuanto que la crisis no es sólo económica sino social y política, y coincidente, además, con una agudísima quiebra de los valores tradicionales. Pues bien, si todo lo anterior sumió a la sociedad en un estado de tristeza depresiva, la insensibilidad de los agentes financieros -a quienes se identifica como el origen de la crisis económica-, y la torpeza rayana en el descaro cuando no en impúdica frescura de muchos políticos, -a quienes se identifica como el origen de la crisis social-, han generado en esa misma sociedad una indignación muy, pero que muy real. Y ocurre que, una vez levantados los acampamientos, incluso aquellos que creyeron haber encontrado la solución en los indignados-acampados, en sus ingenuos manifiestos y en sus asambleas a la luz de la luna, se han quedado a solas con su indignación, con la auténtica indignación, la del parado, la del desahuciado, la del arruinado, la del empobrecido, la del desesperado. Muchos de ellos han llenado las calles en las manifestaciones del pasado domingo.




Encendidos por la santa indignación los indignados han ladrado a la luna. Yo, por mi parte, me he refugiado en Chesterton, que es casi lo mismo. Tengo uno de sus libros en las manos. Se titula “Lo que está mal en el mundo” y, aunque está escrito antes de su muerte en 1936, como por otra parte suele ser habitual en todos los escritores, sus páginas son de una vigencia deslumbrante. Hablando precisamente de lo que estaba mal en el mundo, en aquel mundo de entonces, Chesterton nos cuenta que la gran dificultad de los problemas públicos era que algunos hombres pretendían imponer remedios que otros hombres contemplarían como la peor de las enfermedades. Mientras que ante la enfermedad pueden ser discutibles los remedios pero no el fin de la sanación, en el discurso social moderno se discute el objetivo mismo de la salud. Por ejemplo, sobre los abusos públicos escribía Chesterton, como si lo hiciera hoy sobre ese objeto de la indignación social, que “son tan visibles y pestilentes que arrastran a toda la gente generosa hacia una especie de unanimidad ficticia”, si bien esa unanimidad no existe cuando se enjuicia cual sea el uso de lo público que debe ser protegido. Por ejemplo, “todos desaprobamos la prostitución, pero no todos aprobamos la pureza”. En algo coincidía Chesterton con los indignados acampados, en que hace falta cierto idealismo para capear la crisis. Mucho idealismo. Pero de eso, hablaré otro día.




“Lo que está mal –concluía Chesterton- es que no nos preguntamos qué es lo que está bien”.



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martes, 14 de junio de 2011

Indignatio indignationis

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(Artículo publicado el 14 de junio de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)









No hay indignados que se indignen contra el Gobierno que aún preside Rodríguez Zapatero que, al no dar permiso a la Región de Murcia para nuevos préstamos dentro del marco de endeudamiento autorizado, ha condenado al cierre a muchas empresas murcianas que no podrán cobrar sus créditos.



Tampoco se han indignado los indignados con la indignante actuación de muchos de ellos con ocasión de la constitución de los Ayuntamientos. Mientras no se demuestre lo contrario, y los gritos y abucheos teledirigidos no lo demuestran, la democracia real está en las urnas.



No se han indignado con Bildu, heredera de Herri Batasuna y mascarón de proa de los etarras, faltaría más. Ni con los valientes palmeros de Bildu que insultaron y escupieron a Carlos García, el concejal popular de Elorrio que votó a favor del PNV para que Bildu no obtuviera la alcaldía, cuando recordó en su intervención a Miguel Angel Blanco.



Nadie de los indignados se ha indignado con Odón Elorza, el anterior alcalde de San Sebastián, quien se ha vestido de etiqueta rastafari –pero sin rastas, claro está- para festejar la toma de posesión del nuevo alcalde proetarra de la bella Easo.



Tampoco se indignan los indignados con la indignidad de quienes, con la boca chica como Rubalcaba, con la grande como Patxi López o con la jurídica como Pascual Sala y los vocales progresistas (elegidos por los diputados del PSOE) del Tribunal Constitucional, han facilitado que Bildu, el último maquillaje de ETA, esté gobernando en docenas de ayuntamientos del País Vasco.



Todavía no he escuchado a ningún indignado indignarse por el encarcelamiento que dura ya dos años de la cristiana pakistaní Asia Bibi, condenada a muerte por blasfemia. Ni por el asesinato en enero y marzo pasados del gobernador del Punjab, Salman Taseer, y del ministro de Minorías, el católico Shahbaz Bhatti, por cometer el horrendo crimen de haberse pronunciado en favor de la inocencia de Asia Bibi y por haber pedido cambios en la ley de blasfemias en cuya aplicación había sido condenada a muerte.



Tampoco que yo sepa se ha indignado un solo indignado contra la indigna ley de eutanasia (sí, sí, ya sé que ellos la han bautizado con un nombre políticamente más correcto) que el Gobierno ha remitido a las Cortes Generales para su trámite y aprobación. Me apuesto un euro con cualquiera de ustedes a que más de un indignado se indignará con quienes nos indigna esta ley de la muerte digna.



Ningún indignado se ha indignado con el régimen comunista de Corea del Norte, que mantiene encerrados en campos de concentración (supongo que los llamarán campos de reeducación) a más treinta mil coreanos por el simple hecho de ser cristianos.



Cuánta indignidad.



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martes, 7 de junio de 2011

Claro que Clara

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(Artículo publicado el 7 de junio de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)





−Ya sé yo a quien deben poner de candidato los socialistas para ganar las próximas elecciones generales −exclamó Ignatius, incorporándose del sillón en el que llevaba clavado cinco o seis horas, según él, meditando.


−Nada de Rubalcaba que, además de representar el pasado, es la viva imagen del hambre, la escasez y la dieta rigurosa. Ni Mariano, que es la cara de la mesura y la morigeración, con un punto de aburrimiento. España necesita alguien que transmita energía y frescura, mucha frescura, que derroche vitalismo e inventiva, mucha inventiva, que haga de este patio el patio de Monipodio como sólo sabe hacerlo alguien del PSOE, que tenga ganas de comerse el mundo y que, en efecto, se lo coma. España necesita a Godzilla −sentenció Ignatius, enigmático.


Ignatius, mi peliagudo asesor en asuntos de imagen, al que afortunadamente jamás hice caso en esto, estaba transfigurado, tanto que parecía levitar envuelto en su albornoz de rayas verdes y blancas. El belfo tembloroso, la mirada huida, la respiración acelerada y los grandes aspavientos con los que ornamentaba sus asertos, hacían de Ignatius un animal peligroso, así que me alejé unos metros y me protegí detrás de la mesa del comedor.


−Cálmate Ignatius, que se te va a cerrar la válvula pilórica.


−¿Que me calme, dices? −exclamó enfurecido, viniéndose hacia mí−. ¿Cómo podría calmarme yo después de haber sido testigo del nacimiento de un animal político? ¿Cómo podría dejar pasar un sólo minuto sin gritar a los cuatro vientos que la encontré, que por fin tengo la solución a los males de España, qué digo de España, del mundo entero? ¿Pero es que no la has visto, a esa diosa de la Venganza y de la Justicia Distributiva y Disyuntiva, a esa nueva Titania en busca de un Oberón que la sosiegue y le ofrezca el amor que se merece? España y yo hemos cosechado, por fin, lo que habíamos plantado.


−Ignatius, aclárame de una vez a quién puñetas te refieres −le dije escabulléndome hacia el pasillo.


−Una mujer así, capaz de hacer frente ella sola a la poderosa Alemania comandada por la exuberante Angela Merkel, cuyo apellido tiene sonoridades metálicas, es lo que España necesita. Jamás se vio desde Palomares tamaña exhibición de fuerza y grandeza. Nunca el mundo de la imagen resultó tan conmovido desde aquella excelsa fotografía de Manuel Fraga enfundado en su Meyba gigantesco, zambulléndose en las aguas de Almería. ¡Qué suerte la de esa tierra hermana y vecina, la de haber contemplado a dos gigantes de la expresión política. Como sin duda habrás sospechado −aclaró finalmente Ignatius−, me refiero a la Consejera de Agricultura del gobierno socialista de Andalucía, a la contundente Clara Aguilera, que ha demostrado al mundo lo que es comerse un pepino español. En esa imagen que, además de dar la vuelta al mundo, no para de darme vueltas en la cabeza, la dulce Clara se despacha en dos o tres bocados un pepino del tamaño de la bomba que cayó en Palomares. Cualquier mujer puede comerse un pepinillo de esos de por ahí fuera, francés o búlgaro, qué sé yo, pero un pepino español, un auténtico pepino de Almería, que deja en mantillas a todas las demás cucurbitáceas de su especie, incluida la de Archidona, un pepino como ése solo se lo come una española como ésa. Y es que la española, como decía la vieja canción, cuando se come un pepino, se lo come de verdad, o séase sin pelar. Lo dicho, que elegir como candidato del PSOE a Rubalcaba es un craso error, amén de un obsceno atentado contra las Reglas del Buen Gusto, la Decencia y la Prosodia. España necesita una candidata que se despache a los del PP, pepinillos al fin y a la postre, como quien se despacha un pepino. Y nadie como Clara, esa devoradora, para ese menester. Fíjate que hasta el enérgico Pepiño Blanco (que no es sino una variedad de pepino en gallego) se mantiene alejado por si las moscas. Habrá que hacer un plan.


Y diciendo esto, exhausto, se desplomó de nuevo en su sillón dispuesto a pergeñar su plan con otras cuatro cinco horas de buena meditación. Menos mal.


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miércoles, 1 de junio de 2011

Frases de ida y vuelta

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(Artículo publicado el 31 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)








El domingo por la noche, hurgando en la edición digital de este mismo periódico leí un titular que, sin duda, hizo llorar de alegría a cuantos lo leyeron. Pero, fíjense qué cosas, se trataba del mismo titular que hace unos años los hizo llorar de pena. El titular de entonces y de anteayer era el siguiente: “El Murcia vuelve a Segunda”. Esta duplicidad de la frase me ha dado una idea. Si tienen un minuto, podemos jugar al bonito juego de las frases de ida y vuelta, en donde la misma proposición despierta amores y desamores según el tiempo y la circunstancia. Por ejemplo, hace tres años, toda la familia socialista se alegraba sin duda con un titular que hoy les quita el resuello: “Definitivamente Zapatero se queda en La Moncloa”, mientras que la familia pepera ve hoy la vida de color naran-ja-ja con la misma frase que hace tres años les puso al borde del suicidio colectivo y casi, casi, a punto de cometer un magnicidio: “Rajoy roza La Moncloa”.



Ahora que para frase digna de ser recordada (todo Napoleón tiene su Fouché) la que dijo este fin de semana a sus incondicionales centuriones y centurionas nuestro particular Duque de Otranto, tras ser apuntalado con el dedo como candidato único de unas primarias fantasmales: “No vamos a por derrotas dignas”, proclamó Rubalcaba. Como en el chiste de aquellos vascos que salieron al monte a coger setas y uno de ellos se encontró un reloj Rolex de oro. “Oye Patxi,” le dijo el otro, “¿a qué estamos? ¿a Rolex o a setas?”. No, no estamos a derrotas dignas, dijo Rubalcaba, la Voz de la Experiencia. Tiemblen.



Por cierto, hablando de frases de ida y vuelta, ¿Dónde están los del “No a la guerra” ahora que estamos metidos de verdad en una guerra, la de Libia, con cuatro cazas F-18, cuatro aviones auxiliares más, otro de vigilancia marítima y una fragata con más de cien hombres? ¿Han participado nuestros cazas en los bombardeos de Trípoli que han causado cientos de víctimas civiles? El “No a la Guerra” que les sonaba hace siete años a música celestial, se ha transformado en un “No a aquella guerra, pero sí a ésta” que les suena hoy a cuerno quemado. ¿Será por eso que Carma, la Ministra de la Guerra, le ha dejado el paso franco a Ruby?





Y luego están los acampados. Ahora están indignados, no contra el sistema en general, no, ni contra el gobierno del PSOE en particular, nunca, sino contra el sistema que los quiere desalojar de la piojera en que se han convertido las plazas donde han instalado sus tenderetes. Mientras, los comerciantes que al principio, por si las moscas, les regalaban unos refrescos e, incluso, una paella, qué bonita coliflor, hoy están que trinan porque no venden una escoba. Algunos medios de comunicación se sienten aún encantados de haberlos conocido, entre otras cosas, porque no les han instalado las lonas en medio de su redacción, con garrapata incluida. Algún avezado reportero hablaba no sé qué de un soplo de aire fresco, pero eso sí, retransmitía su crónica bien situado a barlovento. Las fotos de simpáticas viejecitas que-aún-creen-en-ZP y las imágenes de probos funcionarios y jubilados que-a-pesar-de-todo votan-al-PSOE-para-frenar-a-la-derechona de los comienzos de las acampadas han dejado paso a la colección de verano de rastas del estilista Rubalcaba.



Entretanto los auténticos indignados siguen indignados auténticamente: los cinco millones de parados, los funcionarios de sueldo recortado, los pensionistas de pensión congelada, los taxistas asaltados y sin asaltar, los autónomos en solitario, las amas de casa de monedero vacío, los estudiantes sin futuro, los fumadores sin fronteras, los viandantes sin tienda de campaña, los conductores al ralentí, los religiosos en el foso de los leones, los que se creyeron lo de las misiones de paz, los que se creyeron lo de las primarias, el marido de Carmen Chacón, la propia Carmen Chacón, y un largo, larguísimo etcétera. Como diría aquél, no conozco más que a dos indignados: los churubitos y los huertanos.



Ni uno más.

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martes, 24 de mayo de 2011

La urna indignada

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(Artículo publicado el 24 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)




El alma cándida que esperaba que Zapatero, en su inesperada comparecencia en la noche electoral, fuera a dimitir como Presidente del Gobierno, o que anunciara la convocatoria de elecciones anticipadas, o que se aprestara a dimitir como Secretario General del PSOE, o que anunciara un Congreso Extraordinario de su partido, o que, al menos, se aviniera a reconocer que sus políticas han sido frontalmente rechazadas por los ciudadanos, ese espíritu párvulo, que todavía guarda bajo la almohada los dientes que ya se le caen de viejo, ese infeliz confiado, ese ingenuo, ese simple, ese necio crédulo e incauto, sin duda se emocionó con el mea culpa entonado por el Inimputable. Transformado en el Gran Sacrificado, en una especie de Ecce Homo de cartón piedra, Zapatero confesó en la noche negra que la culpa de su derrota la tiene la crisis. O sea que los ciudadanos hemos castigado a un inocente por el simple hecho de no haber sabido explicar a los ciudadanos las causas de la crisis, sus orígenes y sus efectos.


Para ZP nada tiene que ver con el batacazo electoral la negación de la crisis económica durante, pásmense, dos años seguidos. Ni los extraños compañeros de cama con los que ha comparecido en el escenario internacional: Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales e, incluso, Moamar El Gadaffi. Ni la prohibición de fumar. Ni el recaudatorio límite de velocidad en autopista. Ni la finiquitada Alianza de Civilizaciones. Ni los cinco millones de parados. Ni la institucionalización del matrimonio homosexual. Ni las heridas reabiertas gratuitamente con la Ley de Memoria Histórica. Ni la anunciada Ley de la Eutanasia. Ni las persecuciones dioclecianas a la Iglesia Católica. Ni la legalización de los etarras. Ni las cacerías de brujas. Ni la estrambótica gestión de las ministras de cuota. Ni la socialización del fracaso escolar. Ni el esperpento del Chikilicuatre. Ni la derogación del PHN. Ni la generación perdida. Ni la desmembración de España. Ni los recortes en los sueldos públicos. Ni la nueva emigración a Alemania. Nada de ello. Sólo la crisis es culpable. Debe ser por esoo que la urna indignada ha castigado sin piedad a Zapatero y a sus palmeros regionales y locales. Sin excepción.


Y qué pasa con esa cursilada anarco-progresista de la Spanish Revolution que dijo aquél así, en inglés, para que me entiendan, esa movida que es algo más que una movida de jóvenes idealistas y greñudos. Les diré aunque suene a conjura que el “Quinze Eme”, con Z de Zapatero, es el arma secreta de la izquierda contra el PP, casualmente un arma secreta muy parecida a la que emplearon en su día Hitler y Mussolini. Consiste en intrumentalizar el descontento y la indignación social contra todo aquello que salga de las urnas, especialmente ahora que lo que estaba a punto de salir era un montón de mayorías absolutas del PP. Pero no se confundan. Este roto no era para este descosido. La estrategia apunta, más allá de estas elecciones que ya daban por perdidas, al gobierno que surja de las urnas tras las próximas Elecciones Generales, previsiblemente un gobierno del PP, con objeto de que nazca tullido y espurio puesto que el sistema no funciona y no hay democracia real excepto la que acampa en plazas y calles. Aunque en esas calles y plazas sólo acampen cuatro gatos rastafaris y las hijas góticas de ZP.


Maquiavélico y rubalcábico, en efecto.


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martes, 17 de mayo de 2011

La indignidad de una Ley

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(Artículo publicado el 17 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)







A la vista de lo que hay no cabe duda de que cualquiera podría ser Presidente del Gobierno de España. La rotundidad de esta afirmación, generosamente democrática, se le debemos a José Luis Rodríguez Zapatero, o más concretamente a la llegada de ese noble patricio a La Moncloa, a partir del cual cualquiera puede ser presidente, cualquier zoquete, cualquier iletrado, cualquier inculto, cualquier gandul, cualquier advenedizo, cualquier incompetente, cualquier embustero o cualquier inútil. Cualquiera. Incluso yo que soy como cualquier otro podría haber llegado a presidente en honor de una de esas cualidades que he citado. O por causa de todas ellas. Por todas, menos por no saber griego, porque gracias a los denodados esfuerzos de don Antonio, apodado “El iota” a causa de su escasa estatura, llegué a traducir con cierta soltura la Anábasis de Jenofonte. Eran los tiempos del bachiller antiguo. Al parecer, en ese extraño concurso de méritos que practica el PSOE para acceder a los cargos más importantes del elenco, el no saber griego para lo que faculta a uno es para ser Ministro de Sanidad. O Ministra. Dice ese bien de Estado llamado Leire Pajín que la Ley de Muerte Digna no regula la eutanasia, sino que mitiga el dolor. Como el Okal. Esta chica es inmensa. Si hubiera estudiado griego o si hubiera aprovechado en clase, que se decía antes, Leire Pajín sabría que la palabra eutanasia procede de las palabras griegas eu y tanatos y que significa precisamente muerte digna o muerte buena, de manera que sin faltar un ápice a la verdad semántica y a la verdad absoluta podemos afirmar que tanto da decir Ley de Muerte Digna como Ley de la Eutanasia.


Pero si ello no fuera suficiente, les daré otra prueba. A falta del Proyecto de Ley de Eutanasia que ha mandado a las Cortes el Gobierno que sustenta en precario equilibrio el PSOE, me conformo con la información que ha publicado uno de sus boletines oficiosos, el diario El País, que en su edición del 13 de mayo pasado afirmaba que “La Ley [de Muerte Digna] consagra los derechos a renunciar a un tratamiento médico y al uso de sedaciones terminales aún a costa de acortar la agonía y acelerar la muerte”. Verde y con asas, porque acortar la agonía y acelerar la muerte mediante sedaciones terminales es… eutanasia. Para ilusionar al personal usuario de la seguridad social que no lee la letra pequeña, que somos muchos, el titular de la información gritaba en grandes tipos de imprenta que “La Ley de muerte digna consagra el derecho a morir en una habitación individual”, lo que me recordó aquella película futurista, o a lo peor no tan futurista, titulada “Soylent Green” que protagonizó Charlton Heston, en la que un anciano y cansado de la vida Edward G. Robinson, elige la muerte eutanásica que le proporciona el estado gratuitamente en una habitación individual con video panorámico.


Claro que nos lo pintan todo con muy dulces colores: se trata, mire usted, de aliviar el sufrimiento de una persona cuando ya no tiene esperanza de curación, previa su voluntad libre y conscientemente expresada, por supuesto, y contando con una opinión médica favorable, o dos si son pequeñas, pues han de saber ustedes, mis queridos contribuyentes, que es obligación del Estado social ayudar a morir con dignidad ya que el hombre es dueño de su vida. Punto y final sedado.


Ante tanta bondad graciosa, que diría un británico, se me ocurre alguna que otra pregunta, más que nada por jorobar:


¿Qué ocurrirá cuando el enfermo terminal que sufre no sea capaz de expresar libre y conscientemente su voluntad?


¿Quién la suplirá? ¿El médico compasivo? ¿El pariente que va a heredar al enfermo? ¿El juez ordinario? ¿El Estado?


¿Qué distancia hay, además de un lapso de tiempo, entre suplir hoy la voluntad no expresada del enfermo terminal y suplir mañana la voluntad no expresada del enfermo incurable, del incapacitado síquico o del enfermo mental crónico, que también sufren?


¿Y entre estas suplencias y hacer que prevalezca la voluntad del juez o la del Estado frente a la voluntad balbuceante del disminuido síquico?


Antes de que se contesten ustedes mismos estas preguntas les recordaré algo que escribí hace poco en un artículo titulado “La vida es bella”: que fueron las leyes del Estado, los jueces del Estado y los médicos del Estado, quienes crearon y aplicaron el programa eutanásico en la Alemania nazi, los mismos que idearon el lema “Leben ohne Hoffnung” (Vida sin Esperanza) para justificar la eutanasia.


No hay muertes indignas, sino leyes indignas.


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martes, 10 de mayo de 2011

Tintín en el Congo

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(Artículo publicado el 10 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)







Si al final ocurre lo peor la culpa la tendrá Bievenu Mbutu Mondondo. Que quién es ese chico con apellido de resonancias culinarias murcianas… Pues se trata de un ciudadano congoleño, o quizás belga de origen congoleño, al que, al parecer, le joroba Tintín y, muy especialmente, uno de sus álbumes, el segundo si contamos como primero al de “Tintín en el país de los soviets”, del que, por cierto, también han echado pestes los comunistas.



El señor Mondondo ha pedido a la justicia belga que prohíba la historieta dibujada por Hergé en 1930 titulada “Tintín en el Congo”, cuestionada también en el Reino Unido, en Francia y en Estados Unidos por la Conjura de lo Políticamente Correcto, al considerarla ofensiva para los congoleños pues contiene estereotipos que considera propaganda de la colonización. En un país cuyo patrimonio más universal lo integran básicamente Tintín y el Maneken Pis, resulta cuando menos sorprendente que la justicia belga haya admitido a trámite la denuncia y se disponga a despacharla el próximo otoño.



Cuando escribo este artículo tengo a la vista el álbum de Hergé. Y sí, el álbum contiene viñetas en las que los congoleños aparecen vestidos como en las primeras películas de Johnny Weismuller o en las fotografías que ilustran los libros de viajes del doctor Livingstone. También se parecen curiosamente a aquellas huchas del Domund en forma de cabeza de negrito con las que en mi lejana infancia recogía los donativos para las misiones. Los congoleños de Tintín van ataviados con ropas de desecho de los blancos colonialistas, exactamente igual que hoy, con la única diferencia de que en aquel entonces las ropas de desecho eran levitas, paraguas y puños y cuellos duros, y hoy son camisetas de algodón y deshilachados pantalones de chándal. La defensa de la sociedad gestora de la obra de Hergé aduce muy sensatamente que se trata de una obra de ficción creada hace más de setenta años y que debe ser vista como un documento de esa época.



Tiene razón el ciudadano Mondondo en denunciar el colonialismo, porque el colonialismo, o al menos muchos de sus efectos, sigue existiendo. Pero la pierde si la denuncia la dirige contra Tintín, un héroe de papel al estilo de su tiempo, y no contra quienes hacen que el colonialismo perdure en el Congo, empezando por los propios congoleños que siguen enzarzados en sangrientas guerras tribales entre hutus, tutsis y mai-mais o entre el norte y sur (siempre son el norte y el sur) con objeto de apropiarse de los enormes yacimientos de coltán y venderlo a las multinacionales de la electrónica. El coltán es un mineral compuesto de columbita y tantalita, elementos estratégicos imprescindibles para la fabricación de componentes electrónicos avanzados.



Y ahí está la madre del cordero.



La guerra por la posesión del coltán, constante desde 1998, ha provocado en el Congo cinco millones y medio de víctimas. El hambre convive con las matanzas, las torturas y las violaciones. Pero los condensadores electrolíticos de tantalio permiten fabricar teléfonos móviles, cvámaras digitales e incluso satélites más pequeños y precisos. A la Conjura de lo Políticamente Correcto les molesta Tintín, por la misma razón que les molesta Los Beatles o los crucifijos, porque son ante todo iconos de la derecha conservadora. Si realmente les preocupara el colonialismo, la guerra que no cesa, el sufrimiento de millones de personas y la esclavización del África Negra (esto de llamarla Negra también les molesta), se ocuparían de que nadie comprara miniaturas electrónicas a quienes las fabrican con el coltán ensangrentado del Congo.



Pero, claro, es más barato y más seguro atizarle a Tintín, entre otras cosas porque Milú, su fiel fox terrier de papel, no muerde.



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martes, 3 de mayo de 2011

Obama consagra a Osama

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(Artículo publicado el 3 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)












El duelo al sol ha durado casi diez años. Finalmente lo ha ganado el vaquero, un vaquero de piel oscura y de nombre árabe, hijo y nieto de musulmanes, que ha tenido que exhibir su partida de nacimiento para acreditar ante los ataques de la oposición que nació en Estados Unidos, requisito indispensable para ser presidente de ese país, lo que los inmuniza definitivamente contra la posibilidad de que Zapatero pueda ocupar el Despacho Oval. Ya conocen la teoría: cualquiera puede ser Presidente, pero afortunadamente para los norteamericanos de USA esa teoría sólo tiene validez aquí. Allí los todopoderosos presidentes mandan mucho pero no llegan a la suela de los zapatos a los bilbaínos porque, como todos ustedes saben, los de Bilbao pueden nacer donde quieran.



Muerto el perro se acabó la rabia, dice el refrán, y así parecían sentirlo los miles de personas que manifestaron su alegría en Washington nada más ser hecha pública la noticia. Pero no va a ser así. Lo único que ha logrado Barack Obama ha sido crear un icono inmortal. Da igual que se tratara del terrorista más buscado y odiado por Occidente, o de un asesino de masas. Osama ben Laden es para el integrismo islámico, y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos, El Mahdi, el Elegido, el que puso en jaque al imperio más poderoso de la tierra, el que humilló a Norteamérica, el que hizo correr ríos de sangre en la ciudad más altiva de Occidente para lavar el orgullo de Oriente. Osama, por quien se seguirán sacrificando centenares y miles de suicidas en lo que algunos llaman la Tercera Guerra Mundial, una guerra que no se sucede en ningún lugar en particular sino en todos y no contra alguien en concreto sino contra todos. En Kabul, en Madrid, en El Cairo, en Londres, en Islamabad, en Nueva York, en Casablanca. Contra hombres, mujeres y niños, civiles y militares, blancos y negros, musulmanes y católicos.



Sin distinción.



Sin prisioneros.



Obama no sólo no ha acabado con Osama, sino que ha consolidado un icono indestructible. Tanto como lo es el de aquel otro terrorista sanguinario, cuya efigie simboliza paradójicamente la libertad: el Che Guevara. Los iconos se alimentan del fervor de la multitud. No entra en juego la razón, sino los instintos y sentimientos primarios, desde el amor al odio. Osama es odiado por Occidente en la misma medida y por la misma causa en que es amado por Oriente, para quien Osama es la venganza, la justicia, la promesa.



Osama ha muerto, dicen, y sin embargo permanece. Está detrás de las revueltas que se vienen sucediendo en el mundo musulmán contra gobiernos corruptos, sí, corruptos (señálenme uno en todo el orbe islámico que no lo sea), pero pro occidentales. Esas mismas revueltas que la estupidez progresista ha querido convertir en revoluciones democráticas y a las que ha bautizado con nombres de flores, como la revolución de los jazmines.



Osama no ha muerto, se está riendo de la estúpida Europa y de la pánfila Norteamérica. No, no es la libertad de los oprimidos, ni la democracia, ni siquiera la justicia, lo que ha derrocado al gobierno egipcio o al tunecino. A Muamar el Gadafi (por cierto, doña Carma, qué bonita manera de transformar una revuelta en una guerra civil por los intereses de Francia), a Bashar el Assad y a Alí Abdullah Saleh no los sustituirá la democracia occidental, sino la teocracia islámica más radical.



Y lo hará bajo la égida de Osama ben Laden, querido Barack.



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