martes, 27 de septiembre de 2011

Supervisor de nubes

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(Artículo publicado el 27 de septiembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)







En mi infancia todos los niños soñaban con ser futbolistas o astronautas. Incluso quedaba algún castizo que quería ser torero. Pero yo quería ser farero, vaya usted a saber por qué, aunque tal vez fuera a causa de una novela romántica, cuyo título no recuerdo, que le cogí a una tía mía y leí a escondidas. En mi juventud ser farero, o torrero de faro que es como el oficio se llamaba de antiguo, era lo más parecido a ser supervisor de nubes. Encumbrado en lo alto del faro, pensaba yo, el farero veía pasar lentamente por la línea del horizonte los barcos alertados por la luz intermitente, tal y como pasan las nubes por la llanura del cielo. Tal vez fuera ésa, la obligación de mantener la luz del faro encendida, la única diferencia con el empleo de supervisor de nubes.




Los fareros de entonces, pensaba yo, sólo necesitaban del auxilio de un par de libros, una pipa y una botella de buen güisqui. Qué espanto eso de españolizar ciertas palabras foráneas. Ya me he acostumbrado a váter y a fútbol, pero me resisto a hacerlo con güisqui y con beicon, de manera que la botella del farero era de buen whisky de Islay. Así está mejor.




Ya sé, ya sé, querido y felizmente reencontrado lector malasombra, que hace casi cincuenta años la función del farero era algo más complicada de lo que les cuento, que ya entonces un farero manejaba el teléfono, la radio y el radar y que los partes meteorológicos que recibía por teletipo o algo así habían reemplazado a su sentido del olfato, la vieja experiencia marinera, a la hora de detectar el mal tiempo y las galernas. Pero yo soñaba con ser farero a la antigua y era justamente en las tormentas, en mitad de la noche y en el fragor de la turbonada, cuando el solitario oficio de farero se revelaba como algo muy especial: nadie, excepto tú y la fuerza del mar, sólo tú y el infinito.




En mi imaginación el farero vestía de manera propia. Pantalón de loneta, pullover de lana cruda y chaquetón azul marino. Una gorra vieja de marinero y, en las frías noches de invierno, un ajustado gorro de lana. Porque el farero, incluso el farero mediterráneo, era siempre en mi pensamiento de mares fríos e invernales, de costas rocosas y solitarias, de azules oscuros y profundos. En las noches tormentosas el farero se cubría con su impermeable amarillo de capucha, regalo tal vez de una mujer agradecida o de una novia olvidada con la que nunca llegó a casarse, pues el alma del farero como la del payaso, pensaba yo, había de ocultar un dolor profundo y antiguo.




Detrás del faro, en una pequeña ensenada resguardada del viento y de las olas, una barca tumbada boca abajo en la roca, protegiendo en su vientre las redes y el ancla, aguardaba la llegada del buen tiempo. Luego, en las tardes de calma, el farero se llegaría a la taberna del puerto cercano y allí, envuelto en el humo de su pipa, escucharía las viejas historias que contaran marineros viejos.




Cuando ya de joven pude haberlo sido, descubrí que ser farero ya no era aquello en lo que había soñado. La técnica y la electrónica habían sustituido al hombre solitario, y el radiofaro y las balizas al haz de luz blanca. Hasta los fareros habían dejado de habitar los faros, que ya afrontaban en solitario las noches de tormenta. Retirados del servicio, les decían. De modo que no fui farero y todo quedó en un sueño de infancia.




Tampoco lo será quien fingió soñar con ser supervisor de nubes. Para ser supervisor de nubes es preciso, cierto, ser soñador, pero para ser esto último no basta con tener sueños. Es preciso que los sueños no sean pesadillas. No puede ser supervisor de nubes quien las emponzoña con el humo negro de la eutanasia, del aborto, del enfrentamiento fratricida y de la mentira. Tal vez se creyera un soñador pero no lo era. Había encontrado la greguería de Gómez de la Serna en sabidurías.com y la copió en su penúltimo discurso: El mejor destino que hay es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando al cielo. Y, fingiendo ser soñador, tuvo el cinismo de pronunciarla en voz alta ante quienes representan a los cinco millones de trabajadores condenados, ellos sí, a ser supervisores de nubes por falta de trabajo. No, no puede ser supervisor de nubes el cínico, el malintencionado y el perverso.




Me malicio que el único sueño que ha alcanzado Zapatero es, gracias a la Ley o porque la Ley es así de graciosa que decía el chiste de Franco, el de tumbarse a los cincuenta y un años en la hamaca de la jugosa pensión vitalicia de un ex presidente de gobierno. No hay honor ni grandeza en el mutis de Zapatero.




Qué lástima que no hubiera consumado su triste sueño a los veinte años. Lo que nos habríamos ahorrado todos.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ignatius versus Alfredo

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(Artículo publicado el 13 de septiembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)







Mi médico de cabecera me ha hecho dos recomendaciones saludables. Una, que embalsame a Rubalcaba, literariamente hablando, se entiende, y lo guarde hasta nueva orden en la parte de abajo del frigorífico. Otra que desempolve a Ignatius y lo siente de nuevo en su sillón orejero, con licencia para enderezar la crisis económica y demás entuertos que nos acongojan. Afirma el galeno que los fantasmas desaparecen si eres capaz de reírte de ellos. No sé si voy a poder cumplir a rajatabla sus indicaciones, que es como se deberían cumplir todas las admoniciones médicas, porque no hay día en que el candidato socialista deje de obsequiarme con algún rubalcabazo capaz de anular el resto de mis inspiraciones literarias.




Créanme si les digo que lo he intentado. Hoy por ejemplo, he procurado con todas mis fuerzas no escribir de las cosas de Rubalcaba y, entonces, cuando ya casi lo había logrado y llevaba escritas siete líneas de un precioso artículo sobre la presencia de Ignatius en la Romería de la Virgen, portado a hombros por un grupo de romeros de color, o sea de afrohispanos, diría yo, al que han confundido con la representación carnal del salzillesco paso de la Última Cena, entonces, digo, ha aparecido Rubalcaba con su impuesto solo para ricos. Y ha vuelto a asomar con su propuesta de un sueldo para los estudiantes cuando, retomando el hilo de mi artículo a base de fuerza de voluntad y autodisciplina, estaba a punto de describir el estrambótico periplo serrano en el que Ignatius y su trompeta asumían un papel estelar. Y lo mismo ha ocurrido cuando pretendía llevar al papel, negro sobre blanco, el martirio al que se habían visto sometidos los socorristas de los servicios sanitarios de la romería a manos de un Ignatius que había devorado previamente varias tortillas de patatas, un cubo de ensalada murciana, una docena y media de pasteles de carne y dos fiambreras de conejo frito con tomate y a quien, lógicamente, se le había cerrado la válvula pilórica, aunque Ignatius lo achacaba a que la organización de la Romería, acertadamente pienso yo, le había impedido interpretar con su trompeta el Himno a la Virgen de la Fuensanta. Y, por supuesto, reapareció Rubalcaba con su sonrisa inocente cuando había encarado la recta final del artículo, en la que a Ignatius se le abrían simultáneamente todas las válvulas de su cuerpo antes de poder introducir su oronda humanidad en una de esas letrinas del tamaño de una caja de zapatos. Cuando todos estos acontecimientos estaban a punto de ver la luz en la pantalla de mi ordenador, entonces apareció Rubalcaba al volante de su utilitario rojo de segunda mano (sólo le falta un ligero tuneado, un pequeño alerón aerodinámico o unos tapacubos de hojalata simulando llantas de aluminio, para compartir un lugar en la historia junto al Meyba de Fraga, el peinado de Iñaqui Anasagasti, el jersey de cremallera de Marcelino Camacho, el peluquín de Santiago Carrillo y las cejas picudas de Zapatero) y se lanzó a la piscina medio vacía de la demagogia. Ahí feneció mi inspiración ignaciana.




Pero no he de cejar en mi empeño. Por mi salud y por la de ustedes, y también porque Ignatius me ha proporcionado lo que puede ser sin duda el principio de una buena amistad con un puñado de artículos nuevos. Verán. Ignatius ha decidido crear una fundación que aún no ha bautizado pero de la que sí tiene clara su finalidad. La Fundación habrá de acometer ciertas tareas ciudadanas pendientes de realizar, lo que según Ignatius atenta contra el Buen Gusto y la Prosodia, sin acobardarse porque dichas tarea puedan ser tachadas de irreverentes por la Conjura de lo Políticamente Correcto. Por ejemplo, Ignatius quiere impulsar una iniciativa ciudadana que consiga el hermanamiento entre la Sardina del río Segura, pendiente, por cierto, de bautizar, y Nessie, el monstruo del lago Ness. Quiere que el pedestal sin cabeza (desde que la robaron) que adorna uno de nuestros jardines se convierta en el Monumento al Homenajeado Desconocido, al que todos los años, en fecha señalada, se le recuerde en una sentida ceremonia poblada de bellos discursos. Quiere que el solar que antes ocupaba el edificio de La Oca en la calle Trapería sea convertido en un jardín memorial, el Jardín de las Victimas de la Crisis Bancaria. Quiere que todas las fiestas y tradiciones que aún quedan vírgenes y toda manifestación popular que se precie, incluidas las de los Indignados, se sardinifiquen definitivamente, esto es, que se conviertan en una especie de edición reducida de La Madre De Todas las Fiestas Murcianas, el Entierro de la Sardina, con sus charangas y sus desfiles callejeros repartiendo todo tipo de objetos y pegatetinas, digo pegatinas, como ha ocurrido ya con los Moros y Cristianos, con la Cabalgata de los Reyes Magos y con la mayoría de las Procesiones de Semana Santa.




Como decía un poeta amigo mío, al que por cierto hace tiempo que no veo, Ignatius nos promete luctuosas efemérides. A Dios gracias.

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martes, 6 de septiembre de 2011

Tormentas de verano

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(Artículo publicado el 6 de septiembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)






Es su hora. A poco que apriete el aguacero ya estaremos hablando de la gota fría. O no, porque lo de la gota fría ya no se lleva, y no se lleva porque de la gota fría nadie tenía la culpa, ni siquiera el hombre del tiempo. A lo sumo, alguna administración lo era de tener de alguna rambla sin canalizar o de la rotura de las motas del río. Antes, las inclemencias del tiempo eran sucesos de escasa importancia fruto únicamente de los rigores estacionales. Si ven hoy un telediario (el del sábado pasado sin ir más lejos), podrán comprobar que el hecho de estar en Sevilla a veintidós grados o que el cielo de las playas de Castellón amaneciera poblado de nubes constituyen noticias de apertura de los informativos. Además de haberse transformado en eventos trascendentales, las cosas del clima ya no ocurren hoy porque sí, sino que la causa de cuanto ocurre, sea catástrofe apocalíptica o simple suceso de pedanías, debe apuntar directa o indirectamente a un culpable, a ser posible de carne y hueso. Como ocurrió con los cristianos en la Roma incendiada por Nerón, el pueblo lanar del panem et circenses necesita alguien sobre quien descargar su ira, alguien a quien culpar de su propia estulticia. Lo primero es echarle el muerto climatológico al calentamiento global del planeta y, tras una breve referencia causal a la depredación especuladora, a la negativa de Estados Unidos a firmar el tratado de Kyoto y a la crisis del sistema capitalista, ya tenemos aquí a los indignados dándole patadas al sistema en el culo del PP.



Tengo la esperanza de que la imagen de un Mariano Rajoy luciendo unas espantosas zapatillas deportivas y bucólicamente recostado en los montes de su Galicia natal haya sido tan sólo un espejismo veraniego o un montaje preparado el invierno pasado para despistar al enemigo, dándole a entender que Mariano se ha dedicado a agostear como tantos otros españoles que confían en la Divina Providencia. Quiero creer, necesito creer que Mariano, en realidad, ha dedicado cada minuto de su tiempo a ganarse con el sudor de su frente el peligrosamente cacareado triunfo electoral del próximo 20-N, fecha elegida con toda la mala idea del mundo. Porque, miren lo que les digo, de lo que sí que estoy plenamente seguro es de que Rubalcaba, (ya saben, llámenle Alfredo) y su maquinaria de Agitprop no han perdido el tiempo en sandeces veraniegas ni en baños de mar. A los más olvidadizos les recuerdo que Agitprop es una contracción de los términos rusos agitatsii y propagandy con la que se conoce la actuación publicitaria del departamento creado por Lenin tras la revolución bolchevique para difundir la ideología marxista leninista mediante la agitación de masas.



Que Zapatero hace recortes sociales, pues marquemos las distancias entre el malvado Zapatero vendido al capitalismo y el bueno de Rubalcaba travestido en Diego Corrientes, el ladrón de Andalucía, el que a los ricos robaba y a los pobres socorría.



Que Zapatero asoma la patita de presidente, pues aprestémonos a recordar que el líder auténtico de la izquierda socializante y el verdadero portador de sus valores eternos es el autoproclamado Rubalcaba, llámenle Alfredo.



Que viene Benedicto XVI a Madrid, pues hablemos del coste de la visita papal, de lo ricos que son los curas y de las inmensas riquezas que posee la Iglesia, que salga Rubalcaba en mangas de camisa, llámenle Alfredo, conduciendo su propio coche que parece fabricado en La India en 1970, y saquemos a los indignados a la calle.



Que acuden dos millones de jóvenes católicos a Madrid para estar con el Papa, pues transformémoslos por arte de birli birloque, llámenle Alfredo, en dos millones de turistas que han decidido disfrutar de las maravillas de la España zapat…, digo socialista.



Que hay que poner un tope en la Constitución al gasto desaforado de las Comunidades Autónomas, sin referéndum ni ná de ná, pues que apechuguen con ello Mariano y Zapatero, por este orden, mientras tanto nos traemos al gurú de la indignación a presentar su segundo panfleto, a recargar las pilas de los indignados y a hacerse la foto con Pepiño.



Y con Rubalcaba. Ya saben, llámenle Alfredo.



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martes, 26 de julio de 2011

Setecientos ochenta mil niños

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(Artículo publicado el 26 de julio de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)


Amy Winehouse. Aún más triste que la muerte de la cantante inglesa será el proceso de mitificación emprendido por los poderes mediáticos, discográficas a la cabeza, con el único objetivo de llenarse los bolsillos. No importa que fuera drogadicta y alcohólica, y que su canción más emblemática, Rehab, por la que le dieron un Grammy, fuera un no a la rehabilitación, ni que no haya hecho nada por nadie nunca. Amy se convertirá, si no lo lo ha hecho ya, en un modelo para la juventud que baila, como sin duda lo fueron para ella Jimmy Hendrix, Janis Joplin o Kurt Cobain, tanto que acabó imitándolos en la muerte. Me pregunto cuántos jóvenes seguirán sus pasos por culpa de los mercanchifles de la muerte, mientras suena aquello de


They tried to make me go to rehab

I said no, no, no.

CAM. Malos tiempos para la lírica. La cosa comenzó hace años, bastantes, cuando Bancaja intentó la fusión con la CAM, de hecho se trataba más bien de una absorción, que fue rápida y ferozmente rechazada por todas las fuerzas vivas del Reino de Murcia, todas, incluidos los medios locales de comunicación, para no dejarnos colonizar por los valencianos (sic). Si la fusión se hubiera hecho entonces, otro gallo hubiera cantado. O no. Un gran éxito para sus gestores económicos que demuestra que la economía es algo muy importante como para dejarla en manos de los economistas. A la CAM podemos cantarle aquello que se cantó a Rosita Alvírez:

La noche que la mataron,

Rosita estaba de suerte:

De tres tiros que le dieron,

Nomás uno era de muerte.

Anders Behring Breivik, el asesino, se ha declarado “no culpable” de la matanza. Entonces, ¿quién lo es?. Los abogados defensores alegarán que no estaba en su sano juicio y los psicólogos y psiquiatras lo confirmarán. Tal vez sea cierto y la culpa la tengamos los cuerdos. Ocurre en esto como en otras facetas de la vida: si no puedes pagar unos pocos cientos de euros de hipoteca al banco, no podrás dormir y te embargarán lo poco que tengas; si lo que debes al banco son varios miles de millones de euros, quien no podrá dormir será tu banco y, cuando aparezcas por allí, te pondrán la alfombra roja.

Tal vez sea que el crimen es tan monstruoso que escapa a nuestra comprensión, como escapan los genocidios o las matanzas tribales. Tal vez.

Somalia. Mientras Europa y el mundo civilizado se estremece con la matanza de Noruega, mientras el mundo de las finanzas y de la política locales se remueve con la intervención de la CAM, mientras el mundo mediático se dispone a mitificar a Amy Winehouse a quien sus fans erigen altares en los que no faltan las flores, el alcohol y las drogas de diseño, mientras que todo lo anterior ocurre, el drama más cruel ha comenzado de nuevo. Las víctimas no son jóvenes europeos, rubios, sanos y altos; por el contrario son negros, africanos, polvorientos y desnutridos. Ni sus voces se difunden por todo el mundo mundial como la de Amy Winehouse, pues se trata de voces mudas y apagadas, que te joden el aperitivo, la comida y la cena. Tampoco se trata de una catástrofe que afecte a un importente sector de las fianzas, pues sus secuelas apenas costarán unos miles de euros, tan poco vale una vida. En los próximos días, semanas a lo sumo, van a morir de hambre en Somalia setecientos ochenta mil niños, setecientos ochenta mil niños cuya única culpa ha sido nacer en un país tan miserable… y tan lejano. Nadie es culpable de nada, pero todos lo somos de todo. Poco hemos podido hacer por los muertos de Noruega, nada por Amy Winehouse y nada o casi nada por la CAM, excepto consentir que el Estado ponga cerca de seis mil millones de euros directamente extraidos de nuestros bolsillos. Sin embargo, por extraño que parezca, cada uno de nosotros puede evitar la muerte de hambre de uno o de varios niños somalíes, de esos niños de brazos de alambre, ojos enormes y vientres hinchados.

¿Que cómo? Muy sencillo: entregue en Cáritas o en cualquier otra organización de ayuda humanitaria el importe de las dos o tres cervezas que se va a tomar hoy en el aperitivo veraniego. Si quiere y puede, añada el importe de una marinera o de un caballito. Y, si se acuerda, haga lo mismo mañana, y al otro, y al otro. Así de fácil.

Es lo que cuesta un poco de esperanza.





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martes, 19 de julio de 2011

Un gato encerrado y chamuscado en Dinamarca

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(Artículo publicado el 19 de julio de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Muchas veces hemos empleado la frase “aquí hay gato encerrado” para referirnos a la sospecha de que detrás de un hecho de apariencia simple e intrascendente se oculta algo de mayor complejidad e importancia e, incluso, algo perverso, un engaño o una mentira. En sus inicios, lo del “gato encerrado” tenía un sentido más inocente. Resulta que en la Edad Media se empleaba la piel de gato, entre otras cosas, para hacer ciertos monederos que, por su suavidad, llevaban las mujeres escondidos entre las ropas para burlar a los bolsilleros y demás descuideros. Con el paso de los años ha variado la significación de la frase que, en lugar de apuntar a la presencia de un accesorio hecho con la piel del minino, indica más bien la existencia de algo sospechoso. En sentido parecido se emplea la frase “me huele a chamusquina”, cuyo origen se sitúa en los autos de fe de la Inquisición en los que, además de quemar los libros sospechosos de herejía, se chamuscaba en ocasiones a sus autores. Otra versión de este dicho era “me sabe a cuerno quemado”, usada cuando se sospechaba que alguien iba a ser quemado por “cornudo”. Para ilustrar la frase he escogido unos versos del poeta del Siglo de Oro Bartolomé Leonardo de Argensola:



A solas con don Simón


pasa las noches Ruperta;


ella, polluela inexperta,


él, gallo con espolón.



La madre está en la cocina


cerca del candil hilando,


y ronca de cuando en cuando…


¡Me va oliendo a chamusquina!



De procedencia más culta y linajuda que las anteriores es el dicho shakespeariano “algo huele a podrido en Dinamarca”, que no es sino la traducción libre que hizo Leandro Fernández de Moratín de la frase que pronuncia Marcelo en su diálogo con Horacio en la Escena XI del Primer Acto de Hamlet: Something is rotten in the state of Denmark. En esta frase, a diferencia de las anteriores, no hay sospecha sino certeza de que existe algo turbio y denostable. Para decir lo mismo, en Estados Unidos usan la contundente frase I smell a rat, que significa que se huele a rata.



Rata, chamusquina, cuerno quemado, gato encerrado, algo podrido en Dinamarca, todos estos aromas confluyen en la situación actual de la economía y muy especialmente en la economía española. Cada vez que Alemania estornuda, España se constipa, sin que los mensajes del optimista patológico que aún preside el gobierno aunque sea formalmente sirvan para algo. Todos, los propios y los ajenos, incluso el diario “El País”, coinciden en que Zapatero debe irse de manera inmediata aunque ya no estemos a tiempo de casi nada. Todos, excepto Zapatero, olemos a podrido, no ya en Dinamarca, sino en España. Lo sucedido en el Bar de Vallecas, ese secuestro famélico y patético, no es más que otro síntoma del enfermo moribundo. Entretenidos como estábamos con Zapatero en reabrir fosas y en recuperar atolondradamente la memoria histórica de uno de los bandos de la Guerra Civil, de cuyo inicio por cierto se cumplieron ayer setenta y cinco años, hemos vuelto a la posguerra, a sus hambres y escaseces, a sus especuladores y estraperlistas, a sus Carpantas viviendo debajo del puente, a consolarnos con el deporte, a las colas de racionados ante los comedores sociales, a la economía del remiendo y la alpargata. Si no se marcha Zapatero, hoy mejor que mañana y ayer mejor que hoy, el moribundo será cadáver el próximo otoño.Y el olor a podrido llegará a Dinamarca como en el drama de Shakespeare, pero esta vez procedente de España.



A podrido y a cuerno quemado. Muy español.





martes, 12 de julio de 2011

Gracias de nuevo, ZP

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(Artículo publicado el 12 de julio de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)




El 2 de mayo de 2005 publiqué un artículo titulado “Gracias, ZP”. Decía entonces que a Ignatius, mi asesor en disparates, despropósitos, desatinos, dislates, desbarros, desvaríos y macanas, le había dado por iniciar el proceso de beatificación de Zapatero, pues consideraba que ZP iba a generar, él solico, más santos y mártires que todos los emperadores romanos juntos. Para adelantar, había solicitado a las gentes el envío de testimonios sobre cuantos milagros y prodigios se hubieren producido por la intercesión de Zapatero. Fueron muchos, pero luego hubo más. Hoy, cuando ZP agota sus últimas fechas como presidente y con ellas a España toda, es justo y necesario recordar a aquellos testigos de sus milagros y cómo les ha ido en la vida:



Hace seis años: Soy un padre de familia. Conmigo, con mi mujer y con mis cinco hijos, viven mis suegros y una tía soltera de mi padre que anda en silla de ruedas, mi tía, ya que mi padre falleció cuando tenía seis años, yo, no mi padre. Hasta la fecha, no he podido comprarme un piso en propiedad pero, gracias a ZP, vislumbro la posibilidad de tener una solución habitacional al alcance de la mano. Lo que no sé es como nos vamos a meter todos en treinta metros cuadrados. De todas formas, gracias, ZP. Hoy: Soy aquel padre de familia agradecido. Gracias a ZP pude comprarme un piso de treinta y seis metros cuadrados. No sé cómo nos metimos pero sí sé cómo hemos salido. Por culpa del PP y pese a los esfuerzos de ZP he perdido mi empleo, no he podido atender la hipoteca, me han subastado el piso, me han desahuciado y aún debo cien mil euros al banco. Afortunadamente, mis males tienen remedio porque para sustituir a ZP han designado a Alfredo P., el único que tiene la solución a todo esto, y la tiene porque la conserva guardada en un cajón desde hace más de siete años. Gracias, ZP. Gracias, Alfredo P.



Hace seis años: Soy un joven que está estudiando la ESO. Gracias a ZP ya no volveré a repetir curso, ni me suspenderán, ni me pondrán un cero zapatero, ni nada de nada. Además, ya no tendré que estudiar filosofía que, aunque no sé lo que es, debe ser algo bastante inútil. Gracias, ZP. Hoy: Soy aquel joven de la ESO. Por culpa del PP soy menos joven, pero gracias a ZP sigo en la ESO y por eso no estoy en el paro. Gracias ZP.


Hace seis años: Soy un inmigrante subsahariano que nunca ha viajado a España. Gracias a ZP y a un billete del Metro de Bilbao que me regaló un amigo, he conseguido el permiso de residencia para mí, para mis cinco mujeres y para mis treinta hijos. Lo único que necesito saber es cómo se llega a España. Gracias, ZP. Hoy: Soy aquel inmigrante subsahariano. Llegué a España con mis cinco mujeres y mis treinta hijos. Conseguí papeles para todos. Pronto llegó el resto de la familia. Hoy somos una comunidad próspera pues todos cobramos una pensión del Estado español como indemización por los años de colonización franquista de nuestro país de origen. Lo único que pedimos ahora es que, para impulsar la multiculturalidad, las clases de la ESO se impartan en swahili en toda España. Lo conseguiremos gracias a ZP y a Alfredo P., su sucesor al frente de la tribu.



Hace seis años: Zoy er gato Jinks. Graciaz a ZP, los marditoz roedorez Pixie y Dixie zufrieron un infarto de zatizfacción al zer recordadoz por zu miniztra de Cultura y loz pude cazar de una vez. Graciaz, ZP. Hoy: Zoy de nuevo er gato Jinks. Como ya cazé a Pixie y Dixie estoy zin trabajo. ¿No tendráz por ahí un puezto vacante de miniztro, de Interior mizmo, un zuponer? Graciaz, ZP.



Hace seis años: Soy ateo. Quiero dar las gracias a ZP por defender con firmeza los dogmas de nuestras convicciones: España ya no es católica. Como prueba de mi agradecimiento lo voy a invitar a la Primera Comunión de mis hijos, a comer con mi familia en el monte el día de la Romería, y, además, como salgo de Nazareno en la del Perdón, le daré caramelos y monas con huevo la próxima Semana Santa, si viene. Y no digo más porque tengo que irme a misa de siete. Gracias, ZP. Hoy: Soy aquel ateo de misa de siete. Estoy en el paro y gracias a ello hoy puedo ir también a misa de ocho, de nueve, de diez, de once… Gracias, ZP, y que San Alfredo P. nos proteja.



Hace seis años: Gracias, ZP, porque has conseguido lo que parecía imposible, que echemos de menos la época de Felipe González. ¡Qué tiempos aquéllos! Gracias, ZP. Hoy: Gracias ZP, porque al designar a Alfredo P. has conseguido que vuelva González sin haberse ido, qué cosas. Gracias, ZP.



Hace seis años: Soy la cabra de la Legión. Gracias, ZP, por el Desfile de la Victoria, lo que me pude reír. Inolvidable. Gracias, ZP. Hoy: Soy la cabra de la Legión de nuevo. ZP, devuélveme el “chapiri” de mi madre y quédate con todo lo demás. Gracias, ZP.


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martes, 5 de julio de 2011

Liberales y progresistas

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(Artículo publicado el 5 de julio de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)








Tal vez sea un pensamiento excesivamente grandilocuente para lo que les voy a contar, pero es que nada iguala al viento, salvo el mar tal vez, como símbolo de la sensación de libertad. Salvando las distancias, lo cierto es que me sentí libre como el viento cuando, tras viajar durante cuatro meses con el motor del coche casi al ralentí, que es más o menos lo que se siente a ciento diez kilómetros por hora en autopista, pude por fin dejarlo correr hasta los ciento veinte. No es mucho, lo sé, pero fue suficiente para sentir esa sensación de libertad. Seguro que muchos de ustedes sabrán a qué me refiero.




Pese a lo que algunos piensen, la libertad no es un bien absoluto, nadie es totalmente libre para hacer cuanto desee. La libertad se mueve siempre en un ámbito limitado, sea por causas naturales o por las restricciones impuestas por la voluntad del hombre. La libertad está limitada por las leyes físicas, por los impedimentos morales, por la libertad de los demás, que no es sino lo que se conoce como libertad colectiva, por los condicionantes sociales y por las normas jurídicas. En tanto que la ciencia se ha venido encargando de eliminar o reducir los límites impuestos por las leyes físicas, hasta el punto de que el hombre casi puede volar como un pájaro o nadar como un pez, otra cosa es lo que ocurre con los límites impuestos por la voluntad del hombre, donde hay para todos los gustos. Ciertamente, hay quienes desean abolir cualquier límite a la libertad: se les conoce como libertarios. Otros pretenden reducir estos límites al máximo: son los llamados liberales. Están luego los que gustan de ingeniar constantemente nuevos límites y restricciones de la libertad individual en favor de ese engendro dúctil y maleable llamado libertad colectiva: son los progresistas. Y finalmente hay quienes son enemigos declarados y acérrimos de cualquier tipo de libertad, los llamados liberticidas, que habitan en los mundos oscuros de las dictaduras y del totalitarismo.




Las gentes progresistas, que se consideran poseedoras no sólo de la razón y de la legitimidad democrática, sino de una cierta patente de corso para incordiar, actúan de una forma muy característica cuando se trata de definir en nombre del pueblo, léase de la libertad colectiva, los límites de la libertad individual. En este punto mi lector malasombra, que ya no puede más, habrá saltado y me estará poniendo verde ante la mirada estupefacta de los lectores colindantes: “Con tal de atacar a la progresía este Megías es capaz de decir cualquier disparate”. Para que no se equivoque le recomiendo que lea estos ejercicios comparativos que un buen amigo ha tenido la amabilidad de enviarme por correo electrónico:




Cuando a un liberal no le gustan las armas, no las compra ni las usa. Si es progresista, intenta prohibirlas en aras del pacifismo y sube los impuestos.




Cuando a un liberal no le gustan los toros, simplemente no va a las corridas. Si es progresista, intenta prohibirlas para proteger los derechos del toro y sube los impuestos.




Cuando a un liberal no le gusta el tabaco, no fuma. Si es progresista, prohíbe fumar en cualquier sitio, incluso en los parques y jardines, por razones de salud y sube los impuestos.




Cuando un liberal es vegetariano, no come carne. Si es progresista, hace campaña contra los productos de proteína animal y en defensa de los derechos de los animales y sube los impuestos.




Cuando un liberal se ve perjudicado en la empresa donde trabaja, reflexiona sobre cómo salir de la situación y actúa para mejorarla. Si es progresista, organiza una manifestación, seguida de una huelga y logra finalmente que cierren la empresa. Luego, sube los impuestos.




Cuando a un liberal no le gusta un programa de televisión, cambia de canal. Si es progresista, cambia la televisión y sube los impuestos.




Cuando un liberal es ateo, no va a misa ni practica religión alguna. Si es progresista, no consiente alusión alguna a Dios en ninguna parte, excepto que se trata del Islam o de religiones minoritarias, en cuyo caso les da una subvención y sube los impuestos.




Cuando un liberal tiene problemas económicos, trabaja más e intenta pagar sus deudas y ahorrar. Si es progresista, le echa la culpa al gobierno si es un gobierno liberal, a la burguesía, al estado capitalista, a la globalización y a los del PP que pasaban por allí. Luego, como es natural, sube los impuestos.




Cuando un liberal está a favor de la vida, no apoya el aborto ni la eutanasia. Si es progresista, dice que el feto no es un ser humano y que la vida que él apoya es la vida digna. Preguntado qué es lo que entiende por vida digna responde que se verá en cada caso y, luego, sube los impuestos.




Cuando un liberal quiere ahorrar gasolina, no gasta gasolina. Si es progresista, prohíbe circular a más de ciento diez y sube los impuestos de los carburantes.






Que ustedes lo pasen bien.





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martes, 28 de junio de 2011

Hessel y Chesterton

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(Artículo publicado el 28 de junio de 2011 en el diario La opinión de Murcia)









Hace unos meses, concretamente el 21 de febrero pasado, un amigo que milita en el PSOE me pasó una traducción del librito (32 páginas) titulado Indignez vous! escrito por un tal Stéphane Hessel, escritor y diplomático francés y antiguo miembro de la Resistencia. Me lo leí en un periquete y, en otro, lo arrumbé en una especie de trastero digital al que llamo “documentos para un artículo”. El escrito me pareció, qué quieren que les diga, una colección de simplezas. Pensé que se trataba de uno de esos panfletos de vocación incendiaria, escrito éste por un nonagenario nostálgico de la clandestinidad, que brillan con la efímera luminosidad de la bengala que, una vez apagada, hace la oscuridad más intensa. Y me equivoqué como me habría equivocado hace ciento sesenta y tres años con un documento titulado El Manifiesto, escrito por un par de jovenzuelos idealistas y barbudos llamados Carlos Marx y Federico Engels. Aunque Indignez Vous! no es el manifiesto comunista, ni mucho menos, ni Hessel es Marx, ni mucho más, hay quienes quieren ver en esas pocas páginas el comienzo de un movimiento capaz de cambiar el mundo. A la luz de lo ocurrido en España con los indignados, he vuelto a leerlo más despacio y me reafirmo en mi primera impresión: se trata de una colección de simplezas e inexactitudes fácilmente rebatibles, pero también extremadamente contagiosas:



El motivo principal de la Resistencia era la indignación. Nosotros, veteranos de los movimientos de resistencia y de las fuerzas combatientes de la Francia libre, llamamos a las jóvenes generaciones a vivir y transmitir la herencia de la Resistencia y de sus ideales. Nosotros les decimos: ¡tomad el relevo, ¡indignaos! (…) Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos militantes, fuertes y comprometidos (…) Cuando intento comprender qué fue lo que causó el fascismo, qué hizo que fuéramos absorbidos por él y por Vichy, me digo que los ricos egoístas tuvieron mucho miedo de la revolución bolchevique y que se dejaron guiar por sus miedos. Pero si, hoy como entonces, una minoría activa se levantara, eso bastaría: tendríamos la levadura que haría crecer la masa (…) …los diez primeros años del siglo XXI han supuesto un periodo de retroceso. Este retroceso, yo lo achaco, en parte, a la presidencia americana de George Bush, al 11 de septiembre y a las consecuencias desastrosas que de él han sacado los Estados Unidos, como la intervención militar en Irak.



Como no podía ser de otra manera, que diría aquél. Pero, ¿qué es lo que ha hecho de este panfleto la llama que ha prendido la mecha de la indignación española? A mi juicio dos cosas. La primera es que hace unos meses alguien muy preocupado encontró en el escrito de Hessel la piedra filosofal que buscaba. Cómo me las maravillaría yo, se decía, para que la rabia reconcentrada de toda la sociedad española, cruelmente castigada por la crisis y por la incompetencia del gobierno, se dirija, no hacia el gobierno, no, sino hacia la oposición que está a punto de ser gobierno. Y entonces apareció Hessel con su Indignez vous!



La segunda es que frente a la descarada hipocresía de los políticos, la falacia de los banqueros y la doble moral de los representantes de los llamados poderes fácticos, incluida la prensa, frente al deslabazado pragmatismo de las clases dirigentes, el escrito de Hessel ofrece un idealismo fácil, ingenuo y contagioso. Un idealismo parecido en cierto modo a aquél del que hablaba Chesterton en Lo que está mal en el mundo y al que me refería en mi artículo anterior, ése que casi nadie entendió, ni yo mismo, porque entre otras cosas seiscientas palabras no dan para mucho en según qué berenjenales te metas:



Ha prosperado en nuestro tiempo la más singular de las suposiciones: aquella según la cual, cuando las cosas van muy mal necesitamos un hombre práctico. Sería más acertado decir que cuando las cosas van muy mal, necesitamos un hombre no práctico (…) Cuando las cosas no funcionan has de tener al pensador, el hombre que posea cierta doctrina sobre por qué no funcionan (…) Si la avería es grave, es mucho más probable que nos veamos obligados a sacar a rastras de una facultad o laboratorio a un viejo profesor despistado con el pelo blanco despeinado para que analice el mal (…) El caos actual se debe a una especie de olvido generalizado de aquello que todos los [políticos] hombres pretendían (…) El conjunto [obtenido] es un extravagante cúmulo de platos recalentados, un pademónium de males menores (…) Es este oportunismo confuso y vago el que se atraviesa en cada revuelta del camino. Si nuestros hombres de Estado fueran visionarios, se podría hacer algo práctico.



La gran diferencia entre un idealismo y otro es que, mientras que el de Chesterton se genera dentro del sistema como reacción democrática frente a los abusos y desviaciones (es el sistema el que convoca al sabio idealista y despistado), el idealismo de Hessel, el de los indignados, ha sido concebido para que una “minoría activa” actúe contra el sistema desde fuera del mismo, en lo que ha sido siempre el comienzo de los totalitarismos, de todos ellos.



Ergo, más Chesterton y menos Hessel.



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