martes, 29 de marzo de 2011

La vida es bella

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(Artículo publicado el 29 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)






El número 4 de la calle del Jardín Zoológico en Berlín podría ser muy bien el lugar de partida de una novela cualquiera y, si me apuran, hasta de una bonita novela de aventuras infantiles como La Historia Interminable del alemán Michael Andreas Helmut Ende. En la calle del Jardín Zoológico podría haber estado la tiendecita de libros de ocasión del señor Karl Konrad Koreander, en la que Bastián Baltasar Bux encontró su libro y con él su camino al reino de Fantasía a punto de ser destruido por la Nada. Pero no fue así.



Hoy no existe el número 4 de la Tiergarten Strasse. En su lugar hay una plaza en la que se ubica un monumento de estilo minimalista del que es autor el norteamericano Richard Serra. El monumento conmemora a las casi trescientas mil personas, enfermos mentales, minusválidos y niños deficientes en su mayor parte, que fueron asesinados en aplicación del programa nazi de eutanasia conocido como T-4 en honor de la que fuera su sede, un palacete situado en el número 4 de la Tiergarten Strasse, la calle del Jardín Zoológico. Un anuncio publicitario de la época informaba a los ciudadanos alemanes de que el coste para la sociedad de la vida de una persona que sufriera taras hereditarias era de 60.000 marcos y que ese dinero “querido ciudadano, es tambien tu dinero”, sentenciaba el anuncio. Tal vez por ello, la mayor parte de la sociedad alemana, que por cierto no pensaba sobre este asunto de manera muy diferente a como lo hacía la británica o la norteamericana, miró hacia otro lado y pensó que, en efecto, las cosas irían mucho mejor sin el lastre de los enfermos incurables y los deficientes mentales.



Cuando el gobierno nazi puso en práctica su programa de eutanasia fueron pocas, muy pocas, las voces que se alzaron en contra. Una de ellas fue la del obispo católico Clemens August Graf Von Galen quien, en una serie de homilias pronunciadas en la catedral de Münster durante el verano de 1941, condenó públicamente el régimen nazi y de manera muy especial los asesinatos eutanásicos: “Si los discapacitados pueden ser asesinados impunemente entonces el camino está abierto para el asesinato de todos nosotros cuando seamos viejos y débiles y, por tanto, improductivos. Si un régimen político puede ignorar el Mandamiento que prohíbe el asesinato, puede entonces echar a un lado a los otros nueve”. Muy poco antes de su muerte, Von Galen fue nombrado Cardenal por el Papa Pio XII y, más recientemente, se convirtió en el primer beatificado por Benedicto XVI, precisamente el primer Papa alemán de la Historia de la Iglesia Católica.



Hoy los tiempos han cambiado, ya no hay gobiernos nacionalsocialistas que hagan propaganda de la eutanasia de manera tan burda. Hoy es diferente. Hoy, se producen películas que nos hablan con dulces y enternecedoras palabras del derecho a morir con dignidad. Hoy, los políticos y políticas de la izquierda nos predican muy elocuentemente acerca del derecho de la mujer a decidir respecto de su propio cuerpo y sobre su futuro…, aunque sea a costa del cuerpo y del futuro de su hijo no nacido. Hoy, los gestores del sistema nos cuentan que es mejor paliar los sufrimientos de un enfermo terminal administrándole una sobredosis de calmantes antes que seguir gastando recursos económicos y médicos, tan escasos por otra parte, en quienes no los necesitan porque, qué cosas, no los van a aprovechar. Hoy, los mismos gestores de la cosa pública nos explican que esos recursos son más necesarios para aquellos que tienen más posibilidades de vivir, comenzando por supuesto por los sanos. Hoy, los políticos que ya no son nacionalsocialistas nos hablan de asegurar las pensiones, y de optimizar el gasto farmacéutico y médico, y del derecho de la persona a la muerte digna, y de la libertad de la mujer a usar de su cuerpo como y cuando mejor le parezca. Hoy, como ven, todo es diferente.



Por eso, porque hoy es todo tan diferente, me ha resultado tan sorprendentemente grato ver y escuchar un anuncio publicitario realmente distinto de aquel cartel nazi del Neues Volk (“Un pueblo nuevo”). Se trata del anuncio que ha producido la Conferencia Episcopal Española para la campaña “Siempre hay una razón para vivir” y que pueden ustedes ver pinchando en la siguiente dirección de Internet:



www.siemprehayunarazonparavivir.com



Como dijeron hace unos años los Obispos Españoles “la fe, la esperanza y la caridad, son los verdaderos caminos hacia la muerte buena y digna”. Les garantizo que este anuncio sí que es diferente, tanto como la vida lo es de la muerte. Atrévanse a verlo y encontrarán razones para vivir.



Y para dejar vivir.



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martes, 22 de marzo de 2011

Apokalypse

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(Artículo publicado el 22 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Las catástrofes de Japón −un terremoto, un maremoto, varias tsunamis de fuerza destructora y una central nuclear vomitando radiactividad, todas al mismo tiempo y convertidas como no podía ser de otra manera en un impactante espectáculo mediático−, con ser muy graves, no son lo más preocupante que acontece en el mundo. Es cierto que desde hace unos años asistimos espantados a una sucesión acelerada de catástrofes más o menos naturales. A un terremoto le sigue otro y, a éste, un huracán o un tifón y, luego, una sequía espantosa, el desbordamiento de un gran río por las lluvias torrenciales y la paralización de todo un país a causa de la nieve. Y después, un maremoto, que es lo que produce esas olas gigantescas de fuerza devastadora; y la erupción de un volcán que borra del mapa ciudades enteras; y un incendio casi inextinguible que devora cientos de miles de hectáreas.


Alguien me dirá que eso ya pasaba antes y yo le diré que tal vez pasara, pero en lo que me asiste la memoria no recuerdo una acumulación tal de desastres, con tan elevado número de víctimas además. Es cierto que ahora, con los sistemas globalizados de comunicación, no se nos escapa una y que las zonas devastadas están más pobladas que antes. El crecimiento demográfico ha engendrado ciudades cancerosas e insostenibles y, especialmente en los países más pobres, hemos habitado los lugares más peligrosos, inestables e insalubres del planeta. Y ocurre también que las catástrofes ya no distinguen, como antes lo hacían, entre pobres y ricos, excepto en que a éstos últimos tal vez les cuestan menos vidas; pero la destrucción causada en el sudeste de Estados Unidos por el huracán “Katrina” o la del terremoto de Japón no son menores que las que originan los terremotos en Centroamérica o los ciclones en el sur de Asia. Y, sin embargo, a éstas últimas les prestamos mucha menos atención. Con resignación distraída aceptamos pagar el precio de nuestra insoportable levedad en Guatemala o en Haití, pero nos rebelamos si se nos quiere cobrar en la ciudad de Los Ángeles o en la costa de Japón.


Ahora que mueren menos hombres a causa de las guerras −las hacemos muy civilizadas, con resolución de la ONU y todo, con carácter selectivo y causantes sólo de efectos colaterales, y hasta las bautizamos con nombres de perfume hortera como “Tormenta del Desierto”, “Libertad Duradera” y “Odisea del Amanecer”−, diríase que el Segundo Jinete, el del caballo rojo, anda de capa caída y que la Naturaleza se ha tenido que ocupar ella misma de aligerar su sobrecarga humana. La alarma nuclear ha provocado que el Comisario alemán de la Energía haya pronunciado el término fatídico Apokalypse, la temible palabra griega que significa en origen revelación pero que se ha vuelto sinónimo de devastación y de exterminio. Dicho así, en alemán, con la tremenda eficacia que le otorga la ka intermedia, la palabra suena aún más terrible que en inglés o en español, en cuyo idioma hemos procurado además sustituirla por eufemismos como la expresión “la fin del mundo” que emplea El Quijote, o el “acabose” del español castizo.


Decía al principio que lo que más nos preocupa son estas catástrofes de enorme repercusión mediática y, sin embargo, lo que más grave que está ocurriendo en este mismo instante es algo con lo que nos hemos acostumbrado a vivir −miramos simplemente hacia otro lado−, y que difícilmente nos quita el sueño ya que apenas ocupa espacio en los telediarios, entre otras cosas porque ese tipo de noticias resultan muy desagradables a la hora de comer. Está causado en parte por los mismos agentes que originan todas estas catástrofes naturales, los fenómenos meteorológicos sucesivos conocidos como El Niño y La Niña, pero tiene además otras raíces como, por ejemplo, la crisis alimentaria desatada por la creciente demanda de carne de las nuevas clases medias de La India y China y por la demanda mundial de biodiesel para tranquilizar la conciencia ecologista de los países industrializados.


Se trata del Hambre, del Tercer Jinete, el que monta el caballo negro. El hambre, que hace morir cada año en el mundo a cinco millones de niños, uno cada seis segundos, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. El hambre, que atenaza a mil millones de personas en el planeta. El hambre, que está, no les quepa a ustedes la menor duda, detrás de las revueltas sociales que se suceden en los países musulmanes del norte y del centro de África a las que, desde nuestro mullido sillón, bautizamos con cursis nombres de flores. No, no es la democracia. Como decía aquel famoso eslogan de campaña, es el hambre, estúpido, la que está derribando los gobiernos. Es el hambre, la necesidad más primaria del hombre, la que hará temblar los cimientos del mundo.


En efecto, la verdadera noticia, la noticia más alarmante, es el regreso de la famélica legión que, por cierto, nunca se fue.


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martes, 8 de marzo de 2011

El mismísimo Candilejas

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(Artículo publicado el 8 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Tenía Candilejas una distribución confusa aunque extrañamente acogedora. Era un local pequeño, pintado casi todo él de negro, al que se entraba por una puerta chica, metálica y provista de mirilla, como si fuera la de una celda carcelaria. Tras ella, si mal no recuerdo, había una cortina o unos ropones de terciopelo negro o verde oscuro, como de cine antiguo y polvoriento, que pretendían amortiguar sin conseguirlo los ruidos y la música, al tiempo que velaban y escondían lo que tras ellos se ocultaba.


Entrar a Candilejas era algo tabú y casi prohibido, como la profanación de una cámara mortuoria o como alzar antes de tiempo el velo de la novia. A mano izquierda estaba el aseo, común para damas y caballeros, además de otros usuarios recién salidos del armario, pues como ya dije eran tiempos de transición, y más allá había una escarpada escalera de caracol que conducía a la entreplanta. Si osabas subir por ella llegabas a un altillo abocado al salón y al escenario, de techo tan bajo que apenas podías ponerte en pie, y amueblado con un par de sofás corridos y con tres o cuatro mesas y sillas. En la pared de la fachada, una ventana baja y estrecha se abría sobre la calle y era, junto con la puerta, la única ventilación del local. Ay, si aquel gallinero hablara, que no lo hará…


Otra vez abajo, luego de cruzar un angosto pasillo, se accedía al salón, si es que se puede llamar así a una estancia de tamaño más bien escaso que regular, oscura como el betún, con un techo alto y lejano como la noche, parte de la cual estaba ocupada por el escenario. A mano derecha estaba la barra y, tras ella, Lucio, serio como El Viti, ceremonioso como un obispo y estirado como un Cristo de El Greco. Era Lucio un personaje tan serio y circunspecto que te servía una copa como si estuviera administrando los Santos Óleos. En Candilejas eran pocos los que pagaban y muchos los que se olvidaban de hacerlo por una causa o por otra. A éstos últimos, un Lucio impasible les extendía en un papel una especie de cédula o reparandoria en la que hacía constar el nombre del deudor, el importe de la deuda y la fecha, y que luego almacenaba cuidadosamente en un rincón de la caja registradora del que nunca más volvería a salir. Hubo quien llegó a tener a su nombre más títulos que la Duquesa de Alba. Quien se sentía aquejado por problemas de conciencia, lo que ocurría en rara ocasión pues nadie le reclamó nunca nada, podía con la bendición apostólica de Lucio redimir su deuda sirviendo copas desde el lado opuesto de la barra a aquél en el que la había generado, en lo que era un claro ejemplo práctico del mecanismo penitenciario de redención de penas por el trabajo que defendiera la reformista Concepción Arenal, la misma que dijo aquello de “Hay que odiar el delito y compadecer al delincuente”.


Junto a la barra había una pequeña cabina protegida por un cristal que pudo haber sido pensada a modo de taquilla del pequeño teatro, pero que en realidad se usaba como puesto de control del sonido y las luces del local, al tiempo que guarida del dueño. Allí se guardaba la colección de música (esto ocurría durante el reinado de las cassettes) compuesta por varias docenas de grabaciones pirateadas entonces con impunidad absoluta. Frente a la barra, había otro sofá tapizado de negro que recorría la pared y que ocultaba en sus entrañas un tesoro que muy poca gente llegó a ver, una estrambótica colección de taladradoras eléctricas que Antonio guardaba allí, vaya usted a a saber por qué, junto con un viejo sable, un tomavistas, una trompeta y una infinitud de trastos y menudencias. El sofá corrido estaba flanqueado por unas cuantas mesas y otras cuantas sillas algo desvencijadas en las que tomaron asiento muchos y muy variados personajes de la Murcia de entonces y de la de después. Médicos, políticos, empresarios, catedráticos, escritores, abogados, jueces, periodistas y, desde luego, una curiosa y entrañable legión de desoficiados, cuya única y exitosa ocupación fue la de vestir de lentejuelas y oropel las noches de Candilejas.


Y por fin, al fondo del salón, se alzaba el escenario, silencioso y bizarro, como si fuera el altar mayor de aquel abominable templo negro, un escenario de bolsillo que llegó a ser el extraño y oscuro objeto del deseo de tantos y tan peculiares personajes como aquéllos que poblaron las noches de Candilejas. De este escenario nunca se pudo decir que echara alguna vez el telón, entre otras cosas porque carecía de él. Tampoco se pudo decir que en Candilejas se cobrara cantidad alguna a los actores, poetas y músicos que pisaron aquellas tablas gratuitas, ni a los espectadores que asistieron a las improvisadas funciones.


Todo, desde el altillo al escenario, hasta el espíritu de aquella colmena, había sido diseñado, construido y ensamblado por el propio Antonio de Béjar que era, igualmente, el arquitecto, el aparejador, el maestro de obras, el albañil, el fontanero, el electricista, el carpintero, el tapicero, el afinador de pianos, el pintor, el mueblista, el decorador, el mecenas y el ideólogo.


O sea, el padre de la criatura.

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martes, 1 de marzo de 2011

Historias de Candilejas

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(Artículo publicado el 1 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



En la calle Enrique Villar de Murcia, enfrente del antiguo cine Teatro Circo Villar, hubo allá por los tiempos de la transición un bar de copas llamado Candilejas. Bueno, no era exactamente un bar de copas tal y como hoy se entienden, sino una especie de café teatro con un pequeño escenario vestido y pintado de negro y armado de un piano de pared algo desafinado, al que era libre de subir quien quería expresar algo, siempre y cuando se lo permitiera el dueño del local, claro. Y ocurría que lo permitió siempre a todos quienes quisieron, músicos y poetas, incluidos los malos poetas y los pésimos músicos, a todos, a derechas e izquierdas, a payos y gitanos y a nacionales y extranjeros (estos últimos eran en la Murcia de aquellos años una extravagante curiosidad). A todos excepto a los borrachos, por quienes el dueño, abstemio recalcitrante, no fumador empedernido y persona de absoluta incorreción política, sentía una especial prevención, y ello pese a regentar un establecimiento en el que las noches eran de alcohol y humo. Su incorrección política le hacía declamar “Adelfos” de Manuel Machado de manera intermitente, es decir, unos días sí y, otros, también:



Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron


-soy de la raza mora, vieja amiga del sol-,


que todo lo ganaron y todo lo perdieron.


Tengo el alma de nardo del árabe español.



Y lo hacía cuando la moda reinante se decantaba fieramente por su hermano Antonio, el cantado por Serrat y por Paco Ibáñez, el llorado por la izquierda renacida, pero también el autor de aquel “Recuerdo infantil” que en la escuela nos hacían recitar para demostrar la importancia de la pausa que impone el punto y seguido, y que lograba que los estudiantes dejaran de estudiar monotonía:



Una tarde parda y fría


de invierno. Los colegiales


estudian. Monotonía


de lluvia tras los cristales.



Antonio, que también así se llamaba, y se llama, el dueño de Candilejas, tenía la voz de trueno educada en el teatro siempre dispuesta a proclamar a los cuatro vientos la superioridad de la poesía de un hermano sobre la del otro, si bien siempre pensé que lo que realmente ocurría era que Antonio se identificaba más con el orgullo antiguo y noble, y algo quijotesco, del árabe español de don Manuel:



De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo.


No se ganan, se heredan elegancia y blasón...


Pero el lema de casa, el mote del escudo,


es una nube vaga que eclipsa un vano sol.



que con la lánguida ambigüedad de su hermano don Antonio:



Nunca perseguí la gloria


ni dejar en la memoria


de los hombres mi canción;


yo amo los mundos sutiles,


ingrávidos y gentiles


como pompas de jabón.


Me gusta verlos pintarse


de sol y grana, volar


bajo el cielo azul, temblar


súbitamente y quebrarse.



En Candilejas transcurrieron aquellos tiempos azarosos de la transición, entre copa y copa, verso a verso y canción a canción. Mientras Luis Federico Viudes cantaba fados que él mismo acompañaba al piano, Paco Rabal se quitaba definitivamente el peluquín, lo arrojaba a un rincón y contaba a quien quisiera escucharle cómo perdió la virginidad en la Legión. Jorge Escalante Pitt cantaba chacareras y canciones de vino y farra de Horacio Guaraní y Manolo Muñoz Zielinsky, recordando a Vinicius de Moraes, entonaba con la guitarra la Samba da Bençao saludando con un saraba a cada asistente. Luego, el maestro Ibarra se encaramaba al escenario y lloraba a lágrima viva con su “Abanico blanco, abanico negro”, lo que conseguía invariablemente que Antonio de Béjar, que así se apellidaba y se apellida el dueño de aquel milagro que se llamó Candilejas, dejara lo que estuviera haciendo, se levantara de un salto y, con voz de trueno, exclamara



Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron…



Tenía Candilejas una distribución confusa…


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martes, 22 de febrero de 2011

Huevos sin sal

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(Artículo publicado el 22 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Ya saben ustedes de mi guerra santa contra la Conjura de lo Políticamente Correcto, esa congregación que pretende erradicar de faz de la tierra todo aquello que a su juicio atenta contra lo que consideran valores políticamente correctos. Por ejemplo, si lo políticamente correcto es quedarse como arrobado ante nuestras presuntas raíces musulmanas, vaya usted a saber, será fieramente reprobado y escarnecido quien afirme que hay yacimientos de hulla más interesantes que el hallado en el jardín de San Esteban, del mismo modo que, si por ellos fuera, debería ser lapidado quien defienda la continuidad del Cristo de Monteagudo asentado sobre los restos de un castillo morisco. Si la Conjura de lo Políticamente Correcto se entontece con la apocalíptica predicción de los agoreros del cambio climático, como se ha entontecido, serán excomulgados quienes duden de que, en efecto, en cien años todos calvos. Si se trata de preservar la sacrosanta libertad de cada cual a hacer lo que le venga en gana, la Conjura no dudará en condenar a trabajos forzados perpetuos a aquellos padres que pretendan coartar la libertad de sus hijos obligándoles a hacer los deberes escolares. Si lo políticamente correcto es que las niñas de diez años se culturicen leyendo el Informe Hite sobre sexualidad femenina y que sueñen con dejarse crecer el bigote de mayores, la Conjura procurará por todos los medios que los cuentos de Blancanieves, La Cenicienta y Rapuntzel sean incluidos en el Nuevo Índice de Libros Prohibidos y, para no herir sensibilidades, no les cuento lo que le harán al Príncipe Azul .


Con todo, aunque pudiera parecer que uno de los efectos de las actuaciones de la Conjura es que casi todo pierde su gracia, la gracia de lo inocente y, a veces, de lo prohibido, lo cierto es que ser políticamente correcto también tiene su aquél, no sé si me explico. Le voy a servir como aperitivo de esta afirmación unos cuantos chistes encontrados en Twitter, ya saben, que podrían haber sido corregidos y reescritos por unos cuantos fundamentalistas de lo políticamente correcto con esa chispa que les es tan natural. Éstos son:


Jaimito, en la oración “Juana está disfrutando” ¿dónde está el sujeto? En Juana, señorita.

Se encuentran en un ascensor un vasco, un catalán y un gallego, se saludan educadamente y cada uno se baja en su piso.

Perdone caballero, ¿ha visto usted a Mistetas? No señora, pero debería usted cambiarle el nombre a su perro, pues se presta a confusión.

Esto son dos amigos que deciden ir a un puticlub, pero al final no van, porque eso degrada a la mujer.

Juguemos al teto, tú te agachas y yo te respeto.

Mamá, en el cole me dicen que tengo la cabeza muy gorda. La madre se apresuró a denunciar al colegio por acoso.

Entra un gangoso a un bar y un hombre se ríe de él. El dueño del bar echa al hombre y le dice que jamás vuelva a reírse de la limitación de otro.

¿Por qué los de Lepe plantan los naranjos de tres en tres? Porque tienen un sistema de riego hidropónico.

¿En qué se parece una mujer a una lavadora? En nada.

Se abre el telón. Aparecen unos gitanos y desaparece el telón. Se lo han llevado para restaurarlo y luego lo traen de nuevo.

Entran dos negros en un bar y el camarero les dice: Buenas tardes, distinguidos señores, ¿qué desean tomar?

Cómo se dice “tranvía” en alemán? Strassenbahn.

¿Y “condón” en portugués? Preservativo.

Mamá, en el colegio me dicen que tengo los dientes largos. La madre corrió de nuevo a denunciar al colegio por reincidente.

Un tartamudo intenta pedir un café con leche en un bar. El camarero se lo sirve inmediatamente.

Mamá, las olivas negras ¿tienen patas? No, hijo, no, eso que te ibas a comer creyendo que era una oliva negra es un escarabajo.

¿Por qué los de Lepe plantan cebollas al borde la carretera? Porque los huertos y bancales están junto a la carretera.

¿Se puede poner Paquita al teléfono? Está en la cama con cuarenta. Bueno, pues que se mejore.

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martes, 15 de febrero de 2011

Cosas de Tweety

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(Artículo publicado el 15 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)




Como sin duda sabrán muchos de ustedes el verbo inglés twitter significa “gorjear, parlotear o trinar”. Para los aficionados al inglés de andar por casa les será fácil identificarlo con el nombre de aquel pequeño canario de dibujos animados, Tweety (Piolín en la versión castellana), a quien siempre le parecía haber visto un lindo gatito. Y es justamente eso, gorjeos o parloteos, lo que hacen los usuarios o twiteros de ese sitio de la Web llamado Twitter donde los mensajes conocidos como tweets tienen limitado su tamaño a tan sólo ciento cuarenta caracteres, en lo que ya se conoce como microblogging. En Twitter intervienen algunos twiteros muy conocidos como Zapatero, que también allí gorjea, o el presidente de Estados Unidos al que se puede leer en Twitter.com/barackobama.




Y David Bisbal.




La salida de pata de banco de éste último en Twitter en relación con la crisis política de Egipto ha sido sonada, no tanto porque fuera un disparate, lo que pronto sería perdonado y olvidado, sino porque ha configurado un arquetipo de mentalidad simple del que le será muy difícil desprenderse. Algo así debió ocurrir con el pueblo de Lepe al que todos consideran capital mundial de la simpleza y del que nadie sabe ni se pregunta cómo adquirió su fama. Lo que ha escrito el célebre cantante de Almería, digno sucesor por otra parte de Manolo Escobar, ha sido lo siguiente: “Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas, ojalá que pronto se acabe la revuelta”.




Como era de esperar, los primeros en cebarse con Bisbal han sido los despiadados twiteros que han inundado el foro de mensajes fingidos. Aquí les dejo algunas de sus divertidas perlas:



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Acabo de volver de Estados Unidos y lo confirmo: ¡es verdad que los estados están realmente pegados los unos con los otros!


Qué bonito Roma...me gustaría volver cuando terminen el Coliseo...


¡Vaya! He ido a Bermudas y no he visto ningún triángulo…


Si los de Kenia son keniatas, los de Cuba ¿son cubatas?


Espero que no llueva en Moscú, o el Kremlin se multiplicará…


Me gustaría ir a las islas Caimán, pero cuando no haya cocodrilos, no vaya ser que muerdan...


Estuve en Bruselas y no es cierto que huela a col, pero me di cuenta de un detalle... las calles estaban poco transitadas.


Nunca había visto Nueva Zelanda tan poco transitada ¡Espero que Frodo destruya pronto el anillo!


Menuda decepción, en una semana en Austria no he visto ni un canguro…


Quiero visitar Haití. África es un continente que necesita de la ayuda de todos…


Nunca se han visto tan pocos coches circulando por Venecia, ojalá se acabe pronto la inundación…


Aún no encuentro la otra mitad de Oriente Medio …


Vengo de ver la Capilla Sixtina. Para ser una tortuga ninja, Michelangelo era un pintor cojonudo.


Como iré próximamente a Marruecos, Congo y Sudáfrica a dar conciertos, aprenderé a hablar africano.


Nunca vi el Museo del Prado tan poco transitado. Ojalá llegue pronto la hora de apertura…


Qué suerte! He podido ver en Pekín la Ciudad Prohibida. Seguramente era jornada de puertas abiertas...


El día que quiten el andamio de la torre Eiffel... estará preciosa…


En Londres, viendo el Big Ben, parece increíble que aquí se originara el universo…


Ya llevo 567 fruterías de Nueva York visitadas y aún no he dado con la gran manzana.


Acabo de estar en Londres y no he visto ningún Corte Inglés. Indignante.


Me encuentro en Rio de Janeiro. No sabía que Jesulín tenía un río…


Nunca he visto la Torre de Pisa tan inclinada ¡Ojalá pronto deje de soplar el viento!


Cuando duermo en un hotel de 5 estrellas siempre me pregunto quienes serán los otros cuatro…


Llevo 3 horas buscando el canal de Panamá en la TDT. ¿Alguien sabe sintonizarlo?


Me quedo sin poder ir a Londres. Me han dicho que sólo aceptan libras, ¡Y yo soy Acuario!




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martes, 8 de febrero de 2011

La dictadura del relativismo

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(Artículo publicado el 8 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)






Algún lector me ha pedido que escriba acerca de la llamada dictadura del relativismo a la que me referí en uno de mis artículos anteriores, lo que, intuyo, disgustará profundamente a la Conjura de lo Políticamente Correcto, ya que lo adecuado y socialmente admisible en este momento, lo políticamente correcto aquí y ahora, sería alabar la decisión de “Pe…” de no darle “te…” a su “hi…” para que no se le estropee el “bus…” que tanto admira “Ja…” el chico de la “ce…”, en feliz expresión que creí escuchar el otro día por la radio. Pobre niño rico.



La combinación de dos palabras de significado opuesto es una figura literaria denominada oxímoron (del griego oxys, agudo, y moros, romo o estúpido) con la que se logra expresar un nuevo significado diferente del que poseen por separado los términos que la integran, como ocurre con “estruendoso silencio”, con “tensa paz” o con “pobre niño rico”, precisamente.



Dictadura del relativismo es también un oxímoron y, aunque el relativismo es viejo, no en vano se le conoce como el hijo bastardo de la Ilustración, la frase fue empleada por vez primera por el entonces cardenal Joseph Ratzinger durante la homilia de la misa con la que dio comienzo el Cónclave en el que resultó elegido Papa. Ratzinger afirmó que uno de los retos principales a los que se enfrenta la sociedad de hoy es la llamada “dictadura del relativismo”, según la cual no existe una verdad absoluta que sea válida para todos los seres humanos, sino que la verdad se construye en cada época de la historia. Según el relativismo no hay, pues, verdad natural o verdad revelada, no existe verdad definitiva alguna sobre el hombre, sino que el hombre es lo que cada cual opina, aquí y ahora, según convenga. Pero la dictadura del relativismo va más allá al establecer como dogma, precisamente, la ausencia de dogma alguno, al constituir como verdad única la inexistencia de verdad alguna y al declarar abominable y socialmente reprobable por intransigente e intolerante cualquier contradicción de sus postulados.



Según la dictadura del relativismo, todas las culturas y todas la civilizaciones son iguales e igualmente respetables, tanto las que respetan los derechos y las libertades como las que no; el individuo tiene libertad absoluta, eso sí, dentro de los férreos límites que le marca el Estado en cada momento; la verdad la construyen los votos, a más votos, más verdad; la religión es un asunto tan de la esfera privada de cada ciudadano que su profesión pública debe ser reconducida a la clandestinidad; el progreso, la ciencia y la tecnología amorales constituyen las bases del bienestar material de los individuos, aunque el progreso y los avances científicos y tecnológicos les lleve a dar un paso adelante frente al abismo; el poder del Estado y sus instituciones tiene prioridad absoluta sobre todo y sobre todos los individuos, o lo que es igual, el poder está por encima de la verdad, la libertad y el hombre. En definitiva, la dictadura del relativismo, configurada como una especie de religión de contenidos variables, coincide con la raiz de lo que hemos venido en llamar crisis de los valores.



Frente a esta dictadura, que nos deja solos porque cancela la presencia de Dios en cualquier parte, que nos sume en la oscuridad porque apaga el rayo de luz que procede de la verdad y que nos encadena porque estrangula la libertad del individuo, Ratzinger afirma que la verdad existe a pesar de todo, que el hombre tiene capacidad natural para conocer la verdad y, es más, que es libre para buscarla allá donde ésta se encuentre. Y que esa búsqueda no está reñida con la razón, como ésta no lo está con la fe. Sobre esto Ratzinger ha venido a decir en algún momento que lo que no está en la razón no está en la mente de Dios, algo, por cierto, muy chestertoniano.



Y ya que menciono a Chesterton, les diré que el pensador inglés ya dió en la clave de todo esto en 1927, cuando escribió acerca de las razones de su conversión al catolicismo en aquella Inglaterra tan victoriana, relativista y antipapista: “Lo que queremos −escribía Chesterton, en referencia a los católicos−, no es una religión que nos dé la razón cuando acertamos, lo que queremos es una religión que acierte cuando nos hemos equivocado”.


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miércoles, 2 de febrero de 2011

Trabaluengas

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(Artículo publicado el 1 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)






Mi querido e insustituible lector malasombra, ése que siempre lee mis renglones al revés, me afea que haya escrito alguna vez que los españoles tenemos cierta dificultad para hablar correctamente el inglés. Es cierto que tengo esa percepción, la de de que los españoles estamos reñidos con el aprendizaje de idiomas, pero también es cierto que no soy el único que piensa así. Una encuesta señala que mientras que el ochenta por ciento de los habitantes de Dinamarca, Holanda o Suecia son capaces de mantener con fluidez una conversación en un idioma extranjero, el cuarenta y siete por ciento por ciento de los españoles reconoce que no sabe hablar ningún otro idioma. Y mucho me temo que en ese cincuenta y tres por ciento restante abunden quienes confunden el spanglish o el macarronglish con el inglés. Y es que hablar o escribir bien un idioma es algo muy difícil. Si no me creen, prueben a pronunciar, e incluso a escribir, estas frases que en inglés son conocidas como tongue-twisters.





I can can the can, but the can can't can me



(Yo puedo enlatar la lata, pero la lata no puede enlatarme a mi)





O esta otra, que ya es un clásico, y que cuenta además con tres niveles de dificultad:




Three witches watch three Swatch watches. Which witch watches which Swatch watch?



(Tres brujas miran tres relojes Swatch. ¿Que bruja mira qué reloj?)





Three switched witches watch three Swatch watch switches. Which switched witch watches which Swatch watch switch?



(Tres brujas transexuales miran los botones de tres relojes Swatch. ¿Que bruja transexual mira los botones de qué reloj Swatch?)





Three Swedish switched witches watch three Swiss Swatch watch switches. Which Swedish switched witch watch which Swiss Swatch watch switch?



(Tres brujas suecas transexuales miran los botones de tres relojes Swatch suizos. ¿Que bruja sueca transexual mira a qué botón de qué reloj Swatch suizo?)





Aunque si les parece difícil en inglés, no se pierdan lo que los alemanes llaman Zungenbrecher y que es lo mismo:





Wenn Fliegen hinter Fliegen fliegen, fliegen Fliegen hinter her



(Cuando las moscas vuelan tras las moscas, las moscas vuelan persiguiéndose)





Fischers Fritze fischt frische Fische, frische Fische fischt Fischers Fritze



(El pescador Fritze pesca peces frecos, peces frescos pesca el pescador Fritze)





También en español existen estas frases especialmente diseñadas para la práctica del idioma llamadas trabalenguas. Aquí tienen dos clásicos.





Pablito clavó un clavito



en la calva de un calvito.



En la calva de un calvito



un clavito clavó Pablito





El perro de San Roque no tiene rabo



porque Ramón Ramírez se lo ha robado





Y de postre les obsequio con dos trabalenguas más. Son más modernos y tienen algo de coña. Que los disfruten.





Pata, Peta, Pita y Pota,



cuatro patas con un pato



y dos patas cada una.



Cuatro patas, cada pata



con dos patas y su pato.



Pata, Peta, Pita y Pota



¿Cómo se llama la quinta pata?





Los cojines de la reina, los cajones del Sultán.



¡Qué cojines! ¡Qué cajones!, ¿En qué cajonera van?


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