martes, 22 de febrero de 2011

Huevos sin sal

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(Artículo publicado el 22 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Ya saben ustedes de mi guerra santa contra la Conjura de lo Políticamente Correcto, esa congregación que pretende erradicar de faz de la tierra todo aquello que a su juicio atenta contra lo que consideran valores políticamente correctos. Por ejemplo, si lo políticamente correcto es quedarse como arrobado ante nuestras presuntas raíces musulmanas, vaya usted a saber, será fieramente reprobado y escarnecido quien afirme que hay yacimientos de hulla más interesantes que el hallado en el jardín de San Esteban, del mismo modo que, si por ellos fuera, debería ser lapidado quien defienda la continuidad del Cristo de Monteagudo asentado sobre los restos de un castillo morisco. Si la Conjura de lo Políticamente Correcto se entontece con la apocalíptica predicción de los agoreros del cambio climático, como se ha entontecido, serán excomulgados quienes duden de que, en efecto, en cien años todos calvos. Si se trata de preservar la sacrosanta libertad de cada cual a hacer lo que le venga en gana, la Conjura no dudará en condenar a trabajos forzados perpetuos a aquellos padres que pretendan coartar la libertad de sus hijos obligándoles a hacer los deberes escolares. Si lo políticamente correcto es que las niñas de diez años se culturicen leyendo el Informe Hite sobre sexualidad femenina y que sueñen con dejarse crecer el bigote de mayores, la Conjura procurará por todos los medios que los cuentos de Blancanieves, La Cenicienta y Rapuntzel sean incluidos en el Nuevo Índice de Libros Prohibidos y, para no herir sensibilidades, no les cuento lo que le harán al Príncipe Azul .


Con todo, aunque pudiera parecer que uno de los efectos de las actuaciones de la Conjura es que casi todo pierde su gracia, la gracia de lo inocente y, a veces, de lo prohibido, lo cierto es que ser políticamente correcto también tiene su aquél, no sé si me explico. Le voy a servir como aperitivo de esta afirmación unos cuantos chistes encontrados en Twitter, ya saben, que podrían haber sido corregidos y reescritos por unos cuantos fundamentalistas de lo políticamente correcto con esa chispa que les es tan natural. Éstos son:


Jaimito, en la oración “Juana está disfrutando” ¿dónde está el sujeto? En Juana, señorita.

Se encuentran en un ascensor un vasco, un catalán y un gallego, se saludan educadamente y cada uno se baja en su piso.

Perdone caballero, ¿ha visto usted a Mistetas? No señora, pero debería usted cambiarle el nombre a su perro, pues se presta a confusión.

Esto son dos amigos que deciden ir a un puticlub, pero al final no van, porque eso degrada a la mujer.

Juguemos al teto, tú te agachas y yo te respeto.

Mamá, en el cole me dicen que tengo la cabeza muy gorda. La madre se apresuró a denunciar al colegio por acoso.

Entra un gangoso a un bar y un hombre se ríe de él. El dueño del bar echa al hombre y le dice que jamás vuelva a reírse de la limitación de otro.

¿Por qué los de Lepe plantan los naranjos de tres en tres? Porque tienen un sistema de riego hidropónico.

¿En qué se parece una mujer a una lavadora? En nada.

Se abre el telón. Aparecen unos gitanos y desaparece el telón. Se lo han llevado para restaurarlo y luego lo traen de nuevo.

Entran dos negros en un bar y el camarero les dice: Buenas tardes, distinguidos señores, ¿qué desean tomar?

Cómo se dice “tranvía” en alemán? Strassenbahn.

¿Y “condón” en portugués? Preservativo.

Mamá, en el colegio me dicen que tengo los dientes largos. La madre corrió de nuevo a denunciar al colegio por reincidente.

Un tartamudo intenta pedir un café con leche en un bar. El camarero se lo sirve inmediatamente.

Mamá, las olivas negras ¿tienen patas? No, hijo, no, eso que te ibas a comer creyendo que era una oliva negra es un escarabajo.

¿Por qué los de Lepe plantan cebollas al borde la carretera? Porque los huertos y bancales están junto a la carretera.

¿Se puede poner Paquita al teléfono? Está en la cama con cuarenta. Bueno, pues que se mejore.

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martes, 15 de febrero de 2011

Cosas de Tweety

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(Artículo publicado el 15 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)




Como sin duda sabrán muchos de ustedes el verbo inglés twitter significa “gorjear, parlotear o trinar”. Para los aficionados al inglés de andar por casa les será fácil identificarlo con el nombre de aquel pequeño canario de dibujos animados, Tweety (Piolín en la versión castellana), a quien siempre le parecía haber visto un lindo gatito. Y es justamente eso, gorjeos o parloteos, lo que hacen los usuarios o twiteros de ese sitio de la Web llamado Twitter donde los mensajes conocidos como tweets tienen limitado su tamaño a tan sólo ciento cuarenta caracteres, en lo que ya se conoce como microblogging. En Twitter intervienen algunos twiteros muy conocidos como Zapatero, que también allí gorjea, o el presidente de Estados Unidos al que se puede leer en Twitter.com/barackobama.




Y David Bisbal.




La salida de pata de banco de éste último en Twitter en relación con la crisis política de Egipto ha sido sonada, no tanto porque fuera un disparate, lo que pronto sería perdonado y olvidado, sino porque ha configurado un arquetipo de mentalidad simple del que le será muy difícil desprenderse. Algo así debió ocurrir con el pueblo de Lepe al que todos consideran capital mundial de la simpleza y del que nadie sabe ni se pregunta cómo adquirió su fama. Lo que ha escrito el célebre cantante de Almería, digno sucesor por otra parte de Manolo Escobar, ha sido lo siguiente: “Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas, ojalá que pronto se acabe la revuelta”.




Como era de esperar, los primeros en cebarse con Bisbal han sido los despiadados twiteros que han inundado el foro de mensajes fingidos. Aquí les dejo algunas de sus divertidas perlas:



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Acabo de volver de Estados Unidos y lo confirmo: ¡es verdad que los estados están realmente pegados los unos con los otros!


Qué bonito Roma...me gustaría volver cuando terminen el Coliseo...


¡Vaya! He ido a Bermudas y no he visto ningún triángulo…


Si los de Kenia son keniatas, los de Cuba ¿son cubatas?


Espero que no llueva en Moscú, o el Kremlin se multiplicará…


Me gustaría ir a las islas Caimán, pero cuando no haya cocodrilos, no vaya ser que muerdan...


Estuve en Bruselas y no es cierto que huela a col, pero me di cuenta de un detalle... las calles estaban poco transitadas.


Nunca había visto Nueva Zelanda tan poco transitada ¡Espero que Frodo destruya pronto el anillo!


Menuda decepción, en una semana en Austria no he visto ni un canguro…


Quiero visitar Haití. África es un continente que necesita de la ayuda de todos…


Nunca se han visto tan pocos coches circulando por Venecia, ojalá se acabe pronto la inundación…


Aún no encuentro la otra mitad de Oriente Medio …


Vengo de ver la Capilla Sixtina. Para ser una tortuga ninja, Michelangelo era un pintor cojonudo.


Como iré próximamente a Marruecos, Congo y Sudáfrica a dar conciertos, aprenderé a hablar africano.


Nunca vi el Museo del Prado tan poco transitado. Ojalá llegue pronto la hora de apertura…


Qué suerte! He podido ver en Pekín la Ciudad Prohibida. Seguramente era jornada de puertas abiertas...


El día que quiten el andamio de la torre Eiffel... estará preciosa…


En Londres, viendo el Big Ben, parece increíble que aquí se originara el universo…


Ya llevo 567 fruterías de Nueva York visitadas y aún no he dado con la gran manzana.


Acabo de estar en Londres y no he visto ningún Corte Inglés. Indignante.


Me encuentro en Rio de Janeiro. No sabía que Jesulín tenía un río…


Nunca he visto la Torre de Pisa tan inclinada ¡Ojalá pronto deje de soplar el viento!


Cuando duermo en un hotel de 5 estrellas siempre me pregunto quienes serán los otros cuatro…


Llevo 3 horas buscando el canal de Panamá en la TDT. ¿Alguien sabe sintonizarlo?


Me quedo sin poder ir a Londres. Me han dicho que sólo aceptan libras, ¡Y yo soy Acuario!




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martes, 8 de febrero de 2011

La dictadura del relativismo

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(Artículo publicado el 8 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)






Algún lector me ha pedido que escriba acerca de la llamada dictadura del relativismo a la que me referí en uno de mis artículos anteriores, lo que, intuyo, disgustará profundamente a la Conjura de lo Políticamente Correcto, ya que lo adecuado y socialmente admisible en este momento, lo políticamente correcto aquí y ahora, sería alabar la decisión de “Pe…” de no darle “te…” a su “hi…” para que no se le estropee el “bus…” que tanto admira “Ja…” el chico de la “ce…”, en feliz expresión que creí escuchar el otro día por la radio. Pobre niño rico.



La combinación de dos palabras de significado opuesto es una figura literaria denominada oxímoron (del griego oxys, agudo, y moros, romo o estúpido) con la que se logra expresar un nuevo significado diferente del que poseen por separado los términos que la integran, como ocurre con “estruendoso silencio”, con “tensa paz” o con “pobre niño rico”, precisamente.



Dictadura del relativismo es también un oxímoron y, aunque el relativismo es viejo, no en vano se le conoce como el hijo bastardo de la Ilustración, la frase fue empleada por vez primera por el entonces cardenal Joseph Ratzinger durante la homilia de la misa con la que dio comienzo el Cónclave en el que resultó elegido Papa. Ratzinger afirmó que uno de los retos principales a los que se enfrenta la sociedad de hoy es la llamada “dictadura del relativismo”, según la cual no existe una verdad absoluta que sea válida para todos los seres humanos, sino que la verdad se construye en cada época de la historia. Según el relativismo no hay, pues, verdad natural o verdad revelada, no existe verdad definitiva alguna sobre el hombre, sino que el hombre es lo que cada cual opina, aquí y ahora, según convenga. Pero la dictadura del relativismo va más allá al establecer como dogma, precisamente, la ausencia de dogma alguno, al constituir como verdad única la inexistencia de verdad alguna y al declarar abominable y socialmente reprobable por intransigente e intolerante cualquier contradicción de sus postulados.



Según la dictadura del relativismo, todas las culturas y todas la civilizaciones son iguales e igualmente respetables, tanto las que respetan los derechos y las libertades como las que no; el individuo tiene libertad absoluta, eso sí, dentro de los férreos límites que le marca el Estado en cada momento; la verdad la construyen los votos, a más votos, más verdad; la religión es un asunto tan de la esfera privada de cada ciudadano que su profesión pública debe ser reconducida a la clandestinidad; el progreso, la ciencia y la tecnología amorales constituyen las bases del bienestar material de los individuos, aunque el progreso y los avances científicos y tecnológicos les lleve a dar un paso adelante frente al abismo; el poder del Estado y sus instituciones tiene prioridad absoluta sobre todo y sobre todos los individuos, o lo que es igual, el poder está por encima de la verdad, la libertad y el hombre. En definitiva, la dictadura del relativismo, configurada como una especie de religión de contenidos variables, coincide con la raiz de lo que hemos venido en llamar crisis de los valores.



Frente a esta dictadura, que nos deja solos porque cancela la presencia de Dios en cualquier parte, que nos sume en la oscuridad porque apaga el rayo de luz que procede de la verdad y que nos encadena porque estrangula la libertad del individuo, Ratzinger afirma que la verdad existe a pesar de todo, que el hombre tiene capacidad natural para conocer la verdad y, es más, que es libre para buscarla allá donde ésta se encuentre. Y que esa búsqueda no está reñida con la razón, como ésta no lo está con la fe. Sobre esto Ratzinger ha venido a decir en algún momento que lo que no está en la razón no está en la mente de Dios, algo, por cierto, muy chestertoniano.



Y ya que menciono a Chesterton, les diré que el pensador inglés ya dió en la clave de todo esto en 1927, cuando escribió acerca de las razones de su conversión al catolicismo en aquella Inglaterra tan victoriana, relativista y antipapista: “Lo que queremos −escribía Chesterton, en referencia a los católicos−, no es una religión que nos dé la razón cuando acertamos, lo que queremos es una religión que acierte cuando nos hemos equivocado”.


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miércoles, 2 de febrero de 2011

Trabaluengas

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(Artículo publicado el 1 de febrero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)






Mi querido e insustituible lector malasombra, ése que siempre lee mis renglones al revés, me afea que haya escrito alguna vez que los españoles tenemos cierta dificultad para hablar correctamente el inglés. Es cierto que tengo esa percepción, la de de que los españoles estamos reñidos con el aprendizaje de idiomas, pero también es cierto que no soy el único que piensa así. Una encuesta señala que mientras que el ochenta por ciento de los habitantes de Dinamarca, Holanda o Suecia son capaces de mantener con fluidez una conversación en un idioma extranjero, el cuarenta y siete por ciento por ciento de los españoles reconoce que no sabe hablar ningún otro idioma. Y mucho me temo que en ese cincuenta y tres por ciento restante abunden quienes confunden el spanglish o el macarronglish con el inglés. Y es que hablar o escribir bien un idioma es algo muy difícil. Si no me creen, prueben a pronunciar, e incluso a escribir, estas frases que en inglés son conocidas como tongue-twisters.





I can can the can, but the can can't can me



(Yo puedo enlatar la lata, pero la lata no puede enlatarme a mi)





O esta otra, que ya es un clásico, y que cuenta además con tres niveles de dificultad:




Three witches watch three Swatch watches. Which witch watches which Swatch watch?



(Tres brujas miran tres relojes Swatch. ¿Que bruja mira qué reloj?)





Three switched witches watch three Swatch watch switches. Which switched witch watches which Swatch watch switch?



(Tres brujas transexuales miran los botones de tres relojes Swatch. ¿Que bruja transexual mira los botones de qué reloj Swatch?)





Three Swedish switched witches watch three Swiss Swatch watch switches. Which Swedish switched witch watch which Swiss Swatch watch switch?



(Tres brujas suecas transexuales miran los botones de tres relojes Swatch suizos. ¿Que bruja sueca transexual mira a qué botón de qué reloj Swatch suizo?)





Aunque si les parece difícil en inglés, no se pierdan lo que los alemanes llaman Zungenbrecher y que es lo mismo:





Wenn Fliegen hinter Fliegen fliegen, fliegen Fliegen hinter her



(Cuando las moscas vuelan tras las moscas, las moscas vuelan persiguiéndose)





Fischers Fritze fischt frische Fische, frische Fische fischt Fischers Fritze



(El pescador Fritze pesca peces frecos, peces frescos pesca el pescador Fritze)





También en español existen estas frases especialmente diseñadas para la práctica del idioma llamadas trabalenguas. Aquí tienen dos clásicos.





Pablito clavó un clavito



en la calva de un calvito.



En la calva de un calvito



un clavito clavó Pablito





El perro de San Roque no tiene rabo



porque Ramón Ramírez se lo ha robado





Y de postre les obsequio con dos trabalenguas más. Son más modernos y tienen algo de coña. Que los disfruten.





Pata, Peta, Pita y Pota,



cuatro patas con un pato



y dos patas cada una.



Cuatro patas, cada pata



con dos patas y su pato.



Pata, Peta, Pita y Pota



¿Cómo se llama la quinta pata?





Los cojines de la reina, los cajones del Sultán.



¡Qué cojines! ¡Qué cajones!, ¿En qué cajonera van?


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martes, 25 de enero de 2011

Tomás Moro

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(Artículo publicado el 25 de enero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



No se me alarme, querido lector malasombra, que no se trata de un apodo políticamente incorrecto referido a un Tomás cualquiera nacido más allá del Estrecho, sino del nombre de un santo inglés llamado Thomas More que, luego de ser españolizado, se convirtió en Tomás Moro. En aquellos tiempos del siglo XVI los españoles ya teníamos cierta dificultad para hablar el idioma de la pérfida Albión, por lo que todo vocablo anglosajón se transformaba en una palabra hispánicamente pronunciable. Uno de los ejemplos más chocantes nos lo proporciona una canción infantil que comenzaba con aquel “Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena”. Se trata de una canción francesa sobre la batalla de Malplaquet que enfrentó a los ejércitos francés e inglés en la Guerra de Sucesión Española y en la que Mambrú no es sino la versión españolizada del muy británico e impronunciable título del Duque de Malborough, a quien se dio por muerto en la batalla.

Volviendo a Santo Tomás Moro, o More, como ustedes quieran, recordarán muchos de ustedes aquella película dirigida por Fred Zinnemann (en mi humilde y equívoco poliglotismo, siempre pensé que Zinnemann era un apellido muy apropiado para un director de cine), que ganó un puñado de óscares, titulada “Un hombre para la eternidad”, en la que un excelente actor de teatro, Paul Scofield, interpretaba a Moro, y un orondo Orson Welles encarnaba al Cardenal Wolsey, aquel prelado hedonista y pragmático, siempre dispuesto a darle la razón al poderoso rey Enrique VIII que pretendía obtener de Roma el divorcio de su matrimonio con Catalina de Aragón. Frustado por la negativa del Papa a concederle el divorcio, Enrique VIII se declaró cabeza de la Iglesia de Inglaterra, anuló su matrimonio con Catalina y se casó con Ana Bolena.

Tomás Moro, estadista, filósofo y escritor, y católico ferviente, que había sido nombrado poco antes Lord Canciller de Inglaterra, aceptó que el Parlamento hiciera reina a Ana Bolena, “pues del Parlamento emanan las leyes”, decía, pero renunció a su cargo para no tener que pronunciarse en contra de la proclamación del Rey como cabeza de la Iglesia anglicana, lo que había supuesto la ruptura de Inglaterra con el catolicismo romano. A causa de su silencio, que sólo rompió tras la sentencia, Tomás Moro fue encarcelado en la Torre de Londres, interrogado y llevado a juicio mediante falsos testimonios y, tras ser acusado de alta traición, fue condenado a muerte y decapitado. Días antes de que el verdugo ejecutara la sentencia, Tomás Moro se despidió de su hija Margarita con estas palabras: “Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.

Santo Tomás Moro escribió un libro que tituló Utopía, palabra creada por él, que con el paso del tiempo se ha convertido en sinónimo de lo ideal, de lo perfecto, de lo inalcanzable. Utopía es una isla en la que se asienta una república ideal donde todos los ciudadanos son libres y trabajan para el bien común y en la que no existe la propiedad privada. En Utopía se elige democráticamente al príncipe, y los ciudadanos participan en las tareas de gobierno. Moro, que unos años después se convertiría en mártir de su fe, construye una república en la que sorprendentemente existe libertad religiosa y plena tolerancia para todas las religiones y en donde se rechaza la conversión forzosa y cualquier otro tipo de violencia por razones religiosas.

Escribo todo ésto porque estamos inmersos en dos procesos electorales consecutivos, uno este año y otro el que viene, para elegir a nuestros gobernantes locales, regionales y nacionales, en el transcurso de los cuales unos y otros nos van a freír a mensajes y promesas electorales. En esta tesitura no estaría de más recordar que Santo Tomás Moro, además de mártir de la Iglesia, fue proclamado Patrón de los políticos y de los gobernantes por el Papa Juan Pablo II el día 31 de octubre de 2000. Ojalá encontremos alguno que se parezca al Patrón.

Aunque sea ligeramente.
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martes, 18 de enero de 2011

Caja de bombones

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(Artículo publicado el 18 de enero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Ningún sentimiento, ninguna ideología, ningún rencor puede justificar la violencia”.



Esta frase, que he cogido prestada a mi buen amigo Manolo, de quien, como no he pedido permiso para revelar sus apellidos, diré que responde a las siglas M.M.Z., expresa el rechazo general que ha suscitado en todas las personas de bien la brutal agresión que sufrió el sábado pasado Pedro Alberto Cruz Sánchez cuando salía de su casa.


Quienes siguen mis artículos, incluido mi querido lector malasombra, saben que a lo largo de todos los años que llevo colaborando en este diario se puede contar con los dedos de una mano las veces que me he referido a asuntos de la política murciana, llevado del deseo de que mi opinión no se convierta en arma arrojadiza de unos o de otros y, tal vez, también, con el ánimo de mantenerme alejado de un debate que ya no me corresponde protagonizar y en el que tengo mis dudas de que deba intervenir. Hoy, a pesar de escribir lo que escribo, continuaré fiel a mi deseo porque no es de política regional de lo que estoy escribiendo, sino justamente de lo contrario, de aquello que hace imposible el ejercicio de la política en cualquien ámbito, de ese ruido chirriante que ensordece el discurso político, del veneno que asesina el debate y la dialéctica, de aquello hace que la historia corra el riesgo de verse repetida.


Hoy escribo, vuelvo a escribir, acerca de la violencia que irrumpe en la vida política o que emana de ella y que enciende los colores, aparentemente desvaidos por el tiempo, de aquél célebre cuadro de Goya en el que dos españoles, enterrados hasta las rodillas, enarbolan sendos garrotes con los que están dispuestos, yo diría que condenados, a golpearse una y otra vez hasta que sólo uno de ellos responda al golpe. Hoy escribo de la violencia que emana de la política mal entendida.


A Pedro Alberto le han roto la cara tres desalmados por ser político, pero no es la primera víctima sino la última. A José Gabriel Ruiz lo zarandearon, golpearon y escupieron un par de docenas de exlatados, obligándole a buscar refugio, como hace siglos, en suelo sagrado. Los diputados regionales se han visto insultados, escupidos y, finalmente, retenidos contra su voluntad en la propia Asamblea Regional, a la que grandilocuentemente todos damos también el título de sagrada. Paty Reverte ha sido insultada y amedrentada, o lo que es igual, violentada en el ejercicio de sus deberes públicos y, lo que es aún peor, en el jercicio de sus derechos y libertades civiles. Y eso, desmemoriados lectores, ya había ocurrido antes cuando ardió la Asamblea Regional, cuando a Maria Antonia Martínez la golpearon y vapulearon en la puerta de la sede de su partido o cuando un internauta amenazó de muerte al alcalde de Archena Manuel Marcos Sánchez Cervantes.


Pero no es necesario ser político para ser víctima de esta forma de violencia. Una de las hijas de Ramón Luis Valcárcel −creo recordar que, por lo que dije antes, es la primera vez que cito su nombre en uno de mis artículos− fue increpada y violentada en la puerta de su domicilio, por el simple delito de ser hija de su padre. Y más tarde, un descerebrado hijo de puta, de la forma más cobarde, mediante un anónimo, la ha querido convertir nuevamente en objetivo de los violentos. Y cuando todo esto ocurre hay quienes miran para otro lado, como si la cosa no fuera con ellos. No han sido los sindicatos los que han practicado la violencia, pero sí han sido los sindicatos quienes no han puesto a los violentos en la puerta de la comisaría. No han sido los partidos políticos quienes han ejercido la violencia, pero sí han sido los partidos políticos quienes han mirado para otro lado cuando la violencia les ha proporcionado réditos electorales.


Pues sabed que la violencia no discrimina, que la violencia no razona, que la violencia genera violencia, que se extiende como una mancha de aceite y que cuando hay una víctima de la violencia todos sin excepción, todos, somos víctimas de ella. Por eso, estos días nos han zarandeado, nos han escupido y nos han partido la cara a cada uno de nosotros cuando han zarandeado a José Gabriel, escupido a la hija de Ramón Luis o agredido a Pedro Alberto.


Yo también soy Pedro Alberto.

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martes, 11 de enero de 2011

Señales de humo

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(Artículo publicado el 11 de enero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Ya saben todos ustedes que la venida del Año Nuevo llegaba tradicionalmente preñada de buenos propósitos, entre los que destacaban los de dejar de fumar, hacer deporte y aprender inglés, propósitos que, por incumplidos, se repetían año tras año. Hoy seguimos en general sin hacer deporte y sin saber inglés, pese a ser campeones mundiales de casi todas las modalidades deportivas y a pesar de ser los únicos hispanoparlantes del planeta que, gracias a la publicidad, pronunciamos correctamente Níu York Cagolina Heguega. Pero, en lo de fumar, el Gobierno se ha propuesto que los españoles cumplamos nuestro propósito. Por cojones.


Gracias a la ley que, impulsada por el Gobierno-de-a-mí-plim-me-llamo-Leire-Pajín, han aprobado nuestros Padres de la Patria por consenso (no vaya a ser que el puro de Rajoy nos cueste un disgusto), muchos ciudadanos que habíamos logrado dejar de fumar voluntariamente en los últimos años experimentamos hoy un irresistible impulso de encender un cigarrillo e, incluso, un puro.


Gracias a la ley, hoy ya no se respira humo dentro de los bares y cafeterías, sino fuera de ellos, en la calle atestada de mesas, taburetes y estufas de interperie.


Gracias a la ley, algunos ciudadanos le han roto la cabeza a otros porque fuman o porque no fuman, o por ambas cosas a la vez.


Hoy, gracias a la ley, como si los españoles no tuviéramos suficientes cosas que nos separan, ya tenemos otra más.


Pero sobre todo, hoy, gracias a la ley, llevamos once días hablando y escribiendo ininterrumpidamente del tabaco para que no hablemos o escribamos de la ausencia del “cheque bebé”, el último de los cuales lo trajo debajo del brazo una niña riojana nacida en el último minuto del año pasado.


Hablamos del humo del tabaco para que no hablemos de que el próximo 15 de febrero finaliza la ayuda extraordinaria de 426 euros mensuales a los parados sin subsidio de paro.


Hablamos del tabaco para que no hablemos de los cinco millones de parados que siguen aumentando.


Hablamos del humo del cigarrillo para que no hablemos de la gente que no tiene qué comer y que se agolpa a las puertas de los escasos comedores sociales.


Hablamos del humo del tabaco para que no hablemos de la cuesta de enero, o sea de la cuesta que se inicia en enero y que va a duarar como poco hasta diciembre.


Hablamos de nicotina para que no hablemos de que Asia Bibi, la cristiana pakistaní, sigue en prisión condenada a muerte por decir en público que Jesucristo hizo más que Mahoma por las mujeres, lo que constituye en Pakistán un delito de blasfemia castigado con la horca, si bien en España aún no hemos llegado a tanto.


Hablamos de las muertes por tabaquismo para que no hablemos de las muertes por cristianismo que se están produciendo a cientos en los países islámicos.


Hablamos del cáncer de pulmón que hay que evitar para que no hablemos del cáncer de valores que, al parecer, es inevitable.


Lo han conseguido estos chicos y chicas, hoy ya no fumamos por ministerio de la Ley ni hablamos de incorrecciones políticas por ministerio de la Conjura de lo Políticamente Correcto. Pero lo que no conseguirán nunca, ni mediante leyes ni mediante falsas promesas, ni siquiera amenazándonos con que María Teresa Fernández de la Vega vuelva a alegrarnos los telediarios, es que los españoles hablemos inglés con fluidez o que hagamos un poco de ejercicio saludable de vez en cuando.


Como decía aquel santo varón, antes morir que perder la vida.

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martes, 28 de diciembre de 2010

Para todos y todas

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(Artículo publicado el 28 de diciembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Los dos o tres lectores habituales de mi columna saben de mi fijación con lo políticamente correcto. Como señala Vladimir Volkoff, un filósofo francés pariente de Tchaikowsky, “lo políticamente correcto consiste en la observación de la sociedad y la historia en términos maniqueos. Lo políticamente correcto representa el bien y lo políticamente incorrecto representa el mal. El summun del bien consiste en buscar en las opciones y la tolerancia en los demás, a menos que las opciones del otro no sean políticamente incorrectas; el summum del mal se encuentra en los datos que precederían a la opción, ya sean éstos de carácter étnico, histórico, social, moral e incluso sexual, e incluso en los avatares humanos. Lo políticamente correcto no atiende a igualdad de oportunidades alguna en el punto de partida, sino al igualitarismo en los resultados en el punto de llegada”. O dicho de manera más precisa, lo políticamente correcto se manifiesta en una tendencia compulsiva a dejarse esclavizar por la dictadura del relativismo, término acuñado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, según la cual no existe una verdad absoluta sino que la verdad la construye cada hombre para sí en cada momento y lugar, aquí y ahora.


Lo políticamente correcto ha dado lugar a una infinitud de esperpénticos engendros, de los que, por sobradamente conocidos, no haré más referencias. Excepto de uno. Se trata de una felicitación navideña que, sabedor de mi fobia y ejerciendo de Ignatius, me envía mi buen amigo Emilio del Valle desde Cantabria y que, como hoy es día de Inocentes, me permito reproducir en mi artículo, fotografía incluida, con permiso de mi dilecta directora:



“Hola a todos/todas:


Os ruego que aceptéis, sin obligación alguna por vuestra parte, tanto implícita como explícita, mis mejores deseos de unas vacaciones invernales medioambientalmente sostenibles, socialmente solidarias, genéricamente neutrales, nacionalmente plurales, políticamente correctas, ideológicamente transversales y civilizatoriamente equidistantes, practicadas según las tradiciones de vuestra opción religiosa, o de vuestra opción secular, con respeto absoluto por todas las tradiciones religiosas o seculares distintas, o por la ausencia de ellas, así como una entrada fiscalmente exitosa, personalmente satisfactoria y médicamente inalterada, en el período de tiempo conocido como año 2011 según el calendario generalmente aceptado en nuestro entorno cultural sin que ello signifique desatención hacia otros calendarios de otras culturas cuyas contribuciones a la sociedad han ayudado a construir la llamada Civilización Occidental, lo cual no quiere decir que se la considere mejor que otras civilizaciones, y sin que estos deseos establezcan distinción alguna por razón de color, credo, raza, opinión, edad u orientación sexual del felicitado o felicitada. Perdón, es que no quiero herir ninguna susceptibildad, de manera que tengamos la fiesta en paz. Y en prueba de ello os obsequio a todos y todas con una foto políticamente correcta del portal de Belén, de la que pueden disfrutar los ciudadanos y ciudadanas con credo o sin él.”



Lo curioso de esta broma es que habrá quien se la tome muy en serio y vea en la felicitación navideña una forma muy correcta de felicitar las fiestas. Muy políticamente correcta.

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