martes, 17 de mayo de 2011

La indignidad de una Ley

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(Artículo publicado el 17 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)







A la vista de lo que hay no cabe duda de que cualquiera podría ser Presidente del Gobierno de España. La rotundidad de esta afirmación, generosamente democrática, se le debemos a José Luis Rodríguez Zapatero, o más concretamente a la llegada de ese noble patricio a La Moncloa, a partir del cual cualquiera puede ser presidente, cualquier zoquete, cualquier iletrado, cualquier inculto, cualquier gandul, cualquier advenedizo, cualquier incompetente, cualquier embustero o cualquier inútil. Cualquiera. Incluso yo que soy como cualquier otro podría haber llegado a presidente en honor de una de esas cualidades que he citado. O por causa de todas ellas. Por todas, menos por no saber griego, porque gracias a los denodados esfuerzos de don Antonio, apodado “El iota” a causa de su escasa estatura, llegué a traducir con cierta soltura la Anábasis de Jenofonte. Eran los tiempos del bachiller antiguo. Al parecer, en ese extraño concurso de méritos que practica el PSOE para acceder a los cargos más importantes del elenco, el no saber griego para lo que faculta a uno es para ser Ministro de Sanidad. O Ministra. Dice ese bien de Estado llamado Leire Pajín que la Ley de Muerte Digna no regula la eutanasia, sino que mitiga el dolor. Como el Okal. Esta chica es inmensa. Si hubiera estudiado griego o si hubiera aprovechado en clase, que se decía antes, Leire Pajín sabría que la palabra eutanasia procede de las palabras griegas eu y tanatos y que significa precisamente muerte digna o muerte buena, de manera que sin faltar un ápice a la verdad semántica y a la verdad absoluta podemos afirmar que tanto da decir Ley de Muerte Digna como Ley de la Eutanasia.


Pero si ello no fuera suficiente, les daré otra prueba. A falta del Proyecto de Ley de Eutanasia que ha mandado a las Cortes el Gobierno que sustenta en precario equilibrio el PSOE, me conformo con la información que ha publicado uno de sus boletines oficiosos, el diario El País, que en su edición del 13 de mayo pasado afirmaba que “La Ley [de Muerte Digna] consagra los derechos a renunciar a un tratamiento médico y al uso de sedaciones terminales aún a costa de acortar la agonía y acelerar la muerte”. Verde y con asas, porque acortar la agonía y acelerar la muerte mediante sedaciones terminales es… eutanasia. Para ilusionar al personal usuario de la seguridad social que no lee la letra pequeña, que somos muchos, el titular de la información gritaba en grandes tipos de imprenta que “La Ley de muerte digna consagra el derecho a morir en una habitación individual”, lo que me recordó aquella película futurista, o a lo peor no tan futurista, titulada “Soylent Green” que protagonizó Charlton Heston, en la que un anciano y cansado de la vida Edward G. Robinson, elige la muerte eutanásica que le proporciona el estado gratuitamente en una habitación individual con video panorámico.


Claro que nos lo pintan todo con muy dulces colores: se trata, mire usted, de aliviar el sufrimiento de una persona cuando ya no tiene esperanza de curación, previa su voluntad libre y conscientemente expresada, por supuesto, y contando con una opinión médica favorable, o dos si son pequeñas, pues han de saber ustedes, mis queridos contribuyentes, que es obligación del Estado social ayudar a morir con dignidad ya que el hombre es dueño de su vida. Punto y final sedado.


Ante tanta bondad graciosa, que diría un británico, se me ocurre alguna que otra pregunta, más que nada por jorobar:


¿Qué ocurrirá cuando el enfermo terminal que sufre no sea capaz de expresar libre y conscientemente su voluntad?


¿Quién la suplirá? ¿El médico compasivo? ¿El pariente que va a heredar al enfermo? ¿El juez ordinario? ¿El Estado?


¿Qué distancia hay, además de un lapso de tiempo, entre suplir hoy la voluntad no expresada del enfermo terminal y suplir mañana la voluntad no expresada del enfermo incurable, del incapacitado síquico o del enfermo mental crónico, que también sufren?


¿Y entre estas suplencias y hacer que prevalezca la voluntad del juez o la del Estado frente a la voluntad balbuceante del disminuido síquico?


Antes de que se contesten ustedes mismos estas preguntas les recordaré algo que escribí hace poco en un artículo titulado “La vida es bella”: que fueron las leyes del Estado, los jueces del Estado y los médicos del Estado, quienes crearon y aplicaron el programa eutanásico en la Alemania nazi, los mismos que idearon el lema “Leben ohne Hoffnung” (Vida sin Esperanza) para justificar la eutanasia.


No hay muertes indignas, sino leyes indignas.


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martes, 10 de mayo de 2011

Tintín en el Congo

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(Artículo publicado el 10 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)







Si al final ocurre lo peor la culpa la tendrá Bievenu Mbutu Mondondo. Que quién es ese chico con apellido de resonancias culinarias murcianas… Pues se trata de un ciudadano congoleño, o quizás belga de origen congoleño, al que, al parecer, le joroba Tintín y, muy especialmente, uno de sus álbumes, el segundo si contamos como primero al de “Tintín en el país de los soviets”, del que, por cierto, también han echado pestes los comunistas.



El señor Mondondo ha pedido a la justicia belga que prohíba la historieta dibujada por Hergé en 1930 titulada “Tintín en el Congo”, cuestionada también en el Reino Unido, en Francia y en Estados Unidos por la Conjura de lo Políticamente Correcto, al considerarla ofensiva para los congoleños pues contiene estereotipos que considera propaganda de la colonización. En un país cuyo patrimonio más universal lo integran básicamente Tintín y el Maneken Pis, resulta cuando menos sorprendente que la justicia belga haya admitido a trámite la denuncia y se disponga a despacharla el próximo otoño.



Cuando escribo este artículo tengo a la vista el álbum de Hergé. Y sí, el álbum contiene viñetas en las que los congoleños aparecen vestidos como en las primeras películas de Johnny Weismuller o en las fotografías que ilustran los libros de viajes del doctor Livingstone. También se parecen curiosamente a aquellas huchas del Domund en forma de cabeza de negrito con las que en mi lejana infancia recogía los donativos para las misiones. Los congoleños de Tintín van ataviados con ropas de desecho de los blancos colonialistas, exactamente igual que hoy, con la única diferencia de que en aquel entonces las ropas de desecho eran levitas, paraguas y puños y cuellos duros, y hoy son camisetas de algodón y deshilachados pantalones de chándal. La defensa de la sociedad gestora de la obra de Hergé aduce muy sensatamente que se trata de una obra de ficción creada hace más de setenta años y que debe ser vista como un documento de esa época.



Tiene razón el ciudadano Mondondo en denunciar el colonialismo, porque el colonialismo, o al menos muchos de sus efectos, sigue existiendo. Pero la pierde si la denuncia la dirige contra Tintín, un héroe de papel al estilo de su tiempo, y no contra quienes hacen que el colonialismo perdure en el Congo, empezando por los propios congoleños que siguen enzarzados en sangrientas guerras tribales entre hutus, tutsis y mai-mais o entre el norte y sur (siempre son el norte y el sur) con objeto de apropiarse de los enormes yacimientos de coltán y venderlo a las multinacionales de la electrónica. El coltán es un mineral compuesto de columbita y tantalita, elementos estratégicos imprescindibles para la fabricación de componentes electrónicos avanzados.



Y ahí está la madre del cordero.



La guerra por la posesión del coltán, constante desde 1998, ha provocado en el Congo cinco millones y medio de víctimas. El hambre convive con las matanzas, las torturas y las violaciones. Pero los condensadores electrolíticos de tantalio permiten fabricar teléfonos móviles, cvámaras digitales e incluso satélites más pequeños y precisos. A la Conjura de lo Políticamente Correcto les molesta Tintín, por la misma razón que les molesta Los Beatles o los crucifijos, porque son ante todo iconos de la derecha conservadora. Si realmente les preocupara el colonialismo, la guerra que no cesa, el sufrimiento de millones de personas y la esclavización del África Negra (esto de llamarla Negra también les molesta), se ocuparían de que nadie comprara miniaturas electrónicas a quienes las fabrican con el coltán ensangrentado del Congo.



Pero, claro, es más barato y más seguro atizarle a Tintín, entre otras cosas porque Milú, su fiel fox terrier de papel, no muerde.



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martes, 3 de mayo de 2011

Obama consagra a Osama

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(Artículo publicado el 3 de mayo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)












El duelo al sol ha durado casi diez años. Finalmente lo ha ganado el vaquero, un vaquero de piel oscura y de nombre árabe, hijo y nieto de musulmanes, que ha tenido que exhibir su partida de nacimiento para acreditar ante los ataques de la oposición que nació en Estados Unidos, requisito indispensable para ser presidente de ese país, lo que los inmuniza definitivamente contra la posibilidad de que Zapatero pueda ocupar el Despacho Oval. Ya conocen la teoría: cualquiera puede ser Presidente, pero afortunadamente para los norteamericanos de USA esa teoría sólo tiene validez aquí. Allí los todopoderosos presidentes mandan mucho pero no llegan a la suela de los zapatos a los bilbaínos porque, como todos ustedes saben, los de Bilbao pueden nacer donde quieran.



Muerto el perro se acabó la rabia, dice el refrán, y así parecían sentirlo los miles de personas que manifestaron su alegría en Washington nada más ser hecha pública la noticia. Pero no va a ser así. Lo único que ha logrado Barack Obama ha sido crear un icono inmortal. Da igual que se tratara del terrorista más buscado y odiado por Occidente, o de un asesino de masas. Osama ben Laden es para el integrismo islámico, y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos, El Mahdi, el Elegido, el que puso en jaque al imperio más poderoso de la tierra, el que humilló a Norteamérica, el que hizo correr ríos de sangre en la ciudad más altiva de Occidente para lavar el orgullo de Oriente. Osama, por quien se seguirán sacrificando centenares y miles de suicidas en lo que algunos llaman la Tercera Guerra Mundial, una guerra que no se sucede en ningún lugar en particular sino en todos y no contra alguien en concreto sino contra todos. En Kabul, en Madrid, en El Cairo, en Londres, en Islamabad, en Nueva York, en Casablanca. Contra hombres, mujeres y niños, civiles y militares, blancos y negros, musulmanes y católicos.



Sin distinción.



Sin prisioneros.



Obama no sólo no ha acabado con Osama, sino que ha consolidado un icono indestructible. Tanto como lo es el de aquel otro terrorista sanguinario, cuya efigie simboliza paradójicamente la libertad: el Che Guevara. Los iconos se alimentan del fervor de la multitud. No entra en juego la razón, sino los instintos y sentimientos primarios, desde el amor al odio. Osama es odiado por Occidente en la misma medida y por la misma causa en que es amado por Oriente, para quien Osama es la venganza, la justicia, la promesa.



Osama ha muerto, dicen, y sin embargo permanece. Está detrás de las revueltas que se vienen sucediendo en el mundo musulmán contra gobiernos corruptos, sí, corruptos (señálenme uno en todo el orbe islámico que no lo sea), pero pro occidentales. Esas mismas revueltas que la estupidez progresista ha querido convertir en revoluciones democráticas y a las que ha bautizado con nombres de flores, como la revolución de los jazmines.



Osama no ha muerto, se está riendo de la estúpida Europa y de la pánfila Norteamérica. No, no es la libertad de los oprimidos, ni la democracia, ni siquiera la justicia, lo que ha derrocado al gobierno egipcio o al tunecino. A Muamar el Gadafi (por cierto, doña Carma, qué bonita manera de transformar una revuelta en una guerra civil por los intereses de Francia), a Bashar el Assad y a Alí Abdullah Saleh no los sustituirá la democracia occidental, sino la teocracia islámica más radical.



Y lo hará bajo la égida de Osama ben Laden, querido Barack.



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martes, 5 de abril de 2011

El Llanero Solitario

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(Artículo publicado el 5 de abril de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Como antiguamente se decía, se ha ido tarde, mal y nunca. Tarde, porque debió marcharse antes. Mal, porque ha sumido al país en la interinidad. Nunca, porque, en efecto, no se ha ido. Y es que Zapatero no se irá, ha dicho, hasta completar la legislatura. Un año y dos meses de eso que apunta aquel refrán malsonante: “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”.



Eso, o lo de la canción de “El huerfanito” de Antonio Machín, porque también pudiera pasar que ZP se ofuscara en demostrarnos en estos catorce meses que el mundo, el desagradecido mundo, se equivoca.


Huérfano soy en la vida


El mundo ignora mi pena


Llevo la llama encendida


De mi orfandad paso a paso


Y río como el payaso


Por misión incomprendida



Tal vez piense ZP que no hemos entendido sus desvelos por repartir el agua entre los que más la necesitaban: los aragoneses y los castellanos manchegos. Que no hayamos querido aceptar que el futuro de España pasaba precisamente por que dejara de ser España para convertirse en la Federación de Estados y Ciudades Ibéricas. Ni hemos entendido que la única legitimidad democrática procedía directamente de la Segunda República, una vez superado el odioso paréntesis que incluye el franquismo y la monarquía, a Suárez, a Calvo Sotelo y a Felipe González y, como no, a Aznar. Que no hayamos asumido que el principal requisito para enterrar debidamente a nuestros muertos era desenterrarlos primero a todos. Que no hayamos sabido ver en la Alianza de Civilizaciones la gran solución a los problemas de Occidente, que consiste precisamente en la conversión global de Occidente en Oriente. Ni nosotros, ni nadie.



Que no hayamos admitido que la culpa de los atentados terroristas la tuvieran las víctimas, unas veces por apoyar la guerra, otras por apoyar la paz y otras simplemente por estar allí. Que no hayamos aceptado que el recorte de las pensiones era la forma más excelsa de política social. Que tampoco hemos entendido las bondades de haber pasado de jugar la Champions League de la economía con Alemania, Inglaterra y Francia a jugarnos el descenso a regional preferente con Grecia, Irlanda y Portugal. Ni que una crisis que no existía, pero que de existir habría sido provocada por el gobierno de Aznar, haya podido generar cinco millones de parados ella solita.



Que no hayamos reconocido que fumar fuera de los locales, en vez de hacerlo dentro, ha proporcionado innumerables satisfacciones a todos los ciudadanos, muy especialmente a los vecinos del lugar. Ni hemos entendido que cuando el Gobierno nos prohibía circular a más de ciento diez kilómetros por hora lo hacia por nuestro bien, con la vista puesta obsesivamente en nuestra seguridad y en nuestros bolsillos. Tampoco hemos sabido estimar las enormes ventajas que suponía para todos tener una ministra de Igualdad y otra de Vivienda y lo bueno que ha sido finalmente suprimir ambos Ministerios en aplicación de la política del zapato que aprieta.



Nunca supimos apreciar la discreta elegancia del fondo de armario de María Teresa Fernández de la Vega, o la fecunda actividad diplomática de Miguel Angel Moratinos, desplegada con Hugo Chávez, los hermanos Castro y todos los dictadores del norte de Africa que son y han sido. Ni agradecimos suficientemente que las niñas góticas de ZP representaran de aquella manera a la juventud española ante la familia Obama y ante la Familia Adams. Como tampoco hemos agradecido el Campeonato del Mundo de Baloncesto y la Copa del Mundo de Fútbol, entre otras hazañas históricas, que han sido regalazos del propio ZP.



A Zapatero no lo hemos entendido ni a derechas ni a izquierdas, ni siquiera en el PSOE, el partido que lo hizo presidente, en el que tristemente no ha surgido una voz que le haya pedido que se quede. El viejo ZP se ha transformado en el Llanero Solitario de la política española. Ni siquiera el fiel Tonto lo escolta hacia la salida. A lo más que se atreve el personal es a corear el mutis: se va, se va, pero no se ha ido.



Eso sí, con el miedo a que cambie de canción y se agarre a un tango. “Volver”, por ejemplo.


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martes, 29 de marzo de 2011

La vida es bella

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(Artículo publicado el 29 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)






El número 4 de la calle del Jardín Zoológico en Berlín podría ser muy bien el lugar de partida de una novela cualquiera y, si me apuran, hasta de una bonita novela de aventuras infantiles como La Historia Interminable del alemán Michael Andreas Helmut Ende. En la calle del Jardín Zoológico podría haber estado la tiendecita de libros de ocasión del señor Karl Konrad Koreander, en la que Bastián Baltasar Bux encontró su libro y con él su camino al reino de Fantasía a punto de ser destruido por la Nada. Pero no fue así.



Hoy no existe el número 4 de la Tiergarten Strasse. En su lugar hay una plaza en la que se ubica un monumento de estilo minimalista del que es autor el norteamericano Richard Serra. El monumento conmemora a las casi trescientas mil personas, enfermos mentales, minusválidos y niños deficientes en su mayor parte, que fueron asesinados en aplicación del programa nazi de eutanasia conocido como T-4 en honor de la que fuera su sede, un palacete situado en el número 4 de la Tiergarten Strasse, la calle del Jardín Zoológico. Un anuncio publicitario de la época informaba a los ciudadanos alemanes de que el coste para la sociedad de la vida de una persona que sufriera taras hereditarias era de 60.000 marcos y que ese dinero “querido ciudadano, es tambien tu dinero”, sentenciaba el anuncio. Tal vez por ello, la mayor parte de la sociedad alemana, que por cierto no pensaba sobre este asunto de manera muy diferente a como lo hacía la británica o la norteamericana, miró hacia otro lado y pensó que, en efecto, las cosas irían mucho mejor sin el lastre de los enfermos incurables y los deficientes mentales.



Cuando el gobierno nazi puso en práctica su programa de eutanasia fueron pocas, muy pocas, las voces que se alzaron en contra. Una de ellas fue la del obispo católico Clemens August Graf Von Galen quien, en una serie de homilias pronunciadas en la catedral de Münster durante el verano de 1941, condenó públicamente el régimen nazi y de manera muy especial los asesinatos eutanásicos: “Si los discapacitados pueden ser asesinados impunemente entonces el camino está abierto para el asesinato de todos nosotros cuando seamos viejos y débiles y, por tanto, improductivos. Si un régimen político puede ignorar el Mandamiento que prohíbe el asesinato, puede entonces echar a un lado a los otros nueve”. Muy poco antes de su muerte, Von Galen fue nombrado Cardenal por el Papa Pio XII y, más recientemente, se convirtió en el primer beatificado por Benedicto XVI, precisamente el primer Papa alemán de la Historia de la Iglesia Católica.



Hoy los tiempos han cambiado, ya no hay gobiernos nacionalsocialistas que hagan propaganda de la eutanasia de manera tan burda. Hoy es diferente. Hoy, se producen películas que nos hablan con dulces y enternecedoras palabras del derecho a morir con dignidad. Hoy, los políticos y políticas de la izquierda nos predican muy elocuentemente acerca del derecho de la mujer a decidir respecto de su propio cuerpo y sobre su futuro…, aunque sea a costa del cuerpo y del futuro de su hijo no nacido. Hoy, los gestores del sistema nos cuentan que es mejor paliar los sufrimientos de un enfermo terminal administrándole una sobredosis de calmantes antes que seguir gastando recursos económicos y médicos, tan escasos por otra parte, en quienes no los necesitan porque, qué cosas, no los van a aprovechar. Hoy, los mismos gestores de la cosa pública nos explican que esos recursos son más necesarios para aquellos que tienen más posibilidades de vivir, comenzando por supuesto por los sanos. Hoy, los políticos que ya no son nacionalsocialistas nos hablan de asegurar las pensiones, y de optimizar el gasto farmacéutico y médico, y del derecho de la persona a la muerte digna, y de la libertad de la mujer a usar de su cuerpo como y cuando mejor le parezca. Hoy, como ven, todo es diferente.



Por eso, porque hoy es todo tan diferente, me ha resultado tan sorprendentemente grato ver y escuchar un anuncio publicitario realmente distinto de aquel cartel nazi del Neues Volk (“Un pueblo nuevo”). Se trata del anuncio que ha producido la Conferencia Episcopal Española para la campaña “Siempre hay una razón para vivir” y que pueden ustedes ver pinchando en la siguiente dirección de Internet:



www.siemprehayunarazonparavivir.com



Como dijeron hace unos años los Obispos Españoles “la fe, la esperanza y la caridad, son los verdaderos caminos hacia la muerte buena y digna”. Les garantizo que este anuncio sí que es diferente, tanto como la vida lo es de la muerte. Atrévanse a verlo y encontrarán razones para vivir.



Y para dejar vivir.



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martes, 22 de marzo de 2011

Apokalypse

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(Artículo publicado el 22 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Las catástrofes de Japón −un terremoto, un maremoto, varias tsunamis de fuerza destructora y una central nuclear vomitando radiactividad, todas al mismo tiempo y convertidas como no podía ser de otra manera en un impactante espectáculo mediático−, con ser muy graves, no son lo más preocupante que acontece en el mundo. Es cierto que desde hace unos años asistimos espantados a una sucesión acelerada de catástrofes más o menos naturales. A un terremoto le sigue otro y, a éste, un huracán o un tifón y, luego, una sequía espantosa, el desbordamiento de un gran río por las lluvias torrenciales y la paralización de todo un país a causa de la nieve. Y después, un maremoto, que es lo que produce esas olas gigantescas de fuerza devastadora; y la erupción de un volcán que borra del mapa ciudades enteras; y un incendio casi inextinguible que devora cientos de miles de hectáreas.


Alguien me dirá que eso ya pasaba antes y yo le diré que tal vez pasara, pero en lo que me asiste la memoria no recuerdo una acumulación tal de desastres, con tan elevado número de víctimas además. Es cierto que ahora, con los sistemas globalizados de comunicación, no se nos escapa una y que las zonas devastadas están más pobladas que antes. El crecimiento demográfico ha engendrado ciudades cancerosas e insostenibles y, especialmente en los países más pobres, hemos habitado los lugares más peligrosos, inestables e insalubres del planeta. Y ocurre también que las catástrofes ya no distinguen, como antes lo hacían, entre pobres y ricos, excepto en que a éstos últimos tal vez les cuestan menos vidas; pero la destrucción causada en el sudeste de Estados Unidos por el huracán “Katrina” o la del terremoto de Japón no son menores que las que originan los terremotos en Centroamérica o los ciclones en el sur de Asia. Y, sin embargo, a éstas últimas les prestamos mucha menos atención. Con resignación distraída aceptamos pagar el precio de nuestra insoportable levedad en Guatemala o en Haití, pero nos rebelamos si se nos quiere cobrar en la ciudad de Los Ángeles o en la costa de Japón.


Ahora que mueren menos hombres a causa de las guerras −las hacemos muy civilizadas, con resolución de la ONU y todo, con carácter selectivo y causantes sólo de efectos colaterales, y hasta las bautizamos con nombres de perfume hortera como “Tormenta del Desierto”, “Libertad Duradera” y “Odisea del Amanecer”−, diríase que el Segundo Jinete, el del caballo rojo, anda de capa caída y que la Naturaleza se ha tenido que ocupar ella misma de aligerar su sobrecarga humana. La alarma nuclear ha provocado que el Comisario alemán de la Energía haya pronunciado el término fatídico Apokalypse, la temible palabra griega que significa en origen revelación pero que se ha vuelto sinónimo de devastación y de exterminio. Dicho así, en alemán, con la tremenda eficacia que le otorga la ka intermedia, la palabra suena aún más terrible que en inglés o en español, en cuyo idioma hemos procurado además sustituirla por eufemismos como la expresión “la fin del mundo” que emplea El Quijote, o el “acabose” del español castizo.


Decía al principio que lo que más nos preocupa son estas catástrofes de enorme repercusión mediática y, sin embargo, lo que más grave que está ocurriendo en este mismo instante es algo con lo que nos hemos acostumbrado a vivir −miramos simplemente hacia otro lado−, y que difícilmente nos quita el sueño ya que apenas ocupa espacio en los telediarios, entre otras cosas porque ese tipo de noticias resultan muy desagradables a la hora de comer. Está causado en parte por los mismos agentes que originan todas estas catástrofes naturales, los fenómenos meteorológicos sucesivos conocidos como El Niño y La Niña, pero tiene además otras raíces como, por ejemplo, la crisis alimentaria desatada por la creciente demanda de carne de las nuevas clases medias de La India y China y por la demanda mundial de biodiesel para tranquilizar la conciencia ecologista de los países industrializados.


Se trata del Hambre, del Tercer Jinete, el que monta el caballo negro. El hambre, que hace morir cada año en el mundo a cinco millones de niños, uno cada seis segundos, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. El hambre, que atenaza a mil millones de personas en el planeta. El hambre, que está, no les quepa a ustedes la menor duda, detrás de las revueltas sociales que se suceden en los países musulmanes del norte y del centro de África a las que, desde nuestro mullido sillón, bautizamos con cursis nombres de flores. No, no es la democracia. Como decía aquel famoso eslogan de campaña, es el hambre, estúpido, la que está derribando los gobiernos. Es el hambre, la necesidad más primaria del hombre, la que hará temblar los cimientos del mundo.


En efecto, la verdadera noticia, la noticia más alarmante, es el regreso de la famélica legión que, por cierto, nunca se fue.


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martes, 8 de marzo de 2011

El mismísimo Candilejas

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(Artículo publicado el 8 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Tenía Candilejas una distribución confusa aunque extrañamente acogedora. Era un local pequeño, pintado casi todo él de negro, al que se entraba por una puerta chica, metálica y provista de mirilla, como si fuera la de una celda carcelaria. Tras ella, si mal no recuerdo, había una cortina o unos ropones de terciopelo negro o verde oscuro, como de cine antiguo y polvoriento, que pretendían amortiguar sin conseguirlo los ruidos y la música, al tiempo que velaban y escondían lo que tras ellos se ocultaba.


Entrar a Candilejas era algo tabú y casi prohibido, como la profanación de una cámara mortuoria o como alzar antes de tiempo el velo de la novia. A mano izquierda estaba el aseo, común para damas y caballeros, además de otros usuarios recién salidos del armario, pues como ya dije eran tiempos de transición, y más allá había una escarpada escalera de caracol que conducía a la entreplanta. Si osabas subir por ella llegabas a un altillo abocado al salón y al escenario, de techo tan bajo que apenas podías ponerte en pie, y amueblado con un par de sofás corridos y con tres o cuatro mesas y sillas. En la pared de la fachada, una ventana baja y estrecha se abría sobre la calle y era, junto con la puerta, la única ventilación del local. Ay, si aquel gallinero hablara, que no lo hará…


Otra vez abajo, luego de cruzar un angosto pasillo, se accedía al salón, si es que se puede llamar así a una estancia de tamaño más bien escaso que regular, oscura como el betún, con un techo alto y lejano como la noche, parte de la cual estaba ocupada por el escenario. A mano derecha estaba la barra y, tras ella, Lucio, serio como El Viti, ceremonioso como un obispo y estirado como un Cristo de El Greco. Era Lucio un personaje tan serio y circunspecto que te servía una copa como si estuviera administrando los Santos Óleos. En Candilejas eran pocos los que pagaban y muchos los que se olvidaban de hacerlo por una causa o por otra. A éstos últimos, un Lucio impasible les extendía en un papel una especie de cédula o reparandoria en la que hacía constar el nombre del deudor, el importe de la deuda y la fecha, y que luego almacenaba cuidadosamente en un rincón de la caja registradora del que nunca más volvería a salir. Hubo quien llegó a tener a su nombre más títulos que la Duquesa de Alba. Quien se sentía aquejado por problemas de conciencia, lo que ocurría en rara ocasión pues nadie le reclamó nunca nada, podía con la bendición apostólica de Lucio redimir su deuda sirviendo copas desde el lado opuesto de la barra a aquél en el que la había generado, en lo que era un claro ejemplo práctico del mecanismo penitenciario de redención de penas por el trabajo que defendiera la reformista Concepción Arenal, la misma que dijo aquello de “Hay que odiar el delito y compadecer al delincuente”.


Junto a la barra había una pequeña cabina protegida por un cristal que pudo haber sido pensada a modo de taquilla del pequeño teatro, pero que en realidad se usaba como puesto de control del sonido y las luces del local, al tiempo que guarida del dueño. Allí se guardaba la colección de música (esto ocurría durante el reinado de las cassettes) compuesta por varias docenas de grabaciones pirateadas entonces con impunidad absoluta. Frente a la barra, había otro sofá tapizado de negro que recorría la pared y que ocultaba en sus entrañas un tesoro que muy poca gente llegó a ver, una estrambótica colección de taladradoras eléctricas que Antonio guardaba allí, vaya usted a a saber por qué, junto con un viejo sable, un tomavistas, una trompeta y una infinitud de trastos y menudencias. El sofá corrido estaba flanqueado por unas cuantas mesas y otras cuantas sillas algo desvencijadas en las que tomaron asiento muchos y muy variados personajes de la Murcia de entonces y de la de después. Médicos, políticos, empresarios, catedráticos, escritores, abogados, jueces, periodistas y, desde luego, una curiosa y entrañable legión de desoficiados, cuya única y exitosa ocupación fue la de vestir de lentejuelas y oropel las noches de Candilejas.


Y por fin, al fondo del salón, se alzaba el escenario, silencioso y bizarro, como si fuera el altar mayor de aquel abominable templo negro, un escenario de bolsillo que llegó a ser el extraño y oscuro objeto del deseo de tantos y tan peculiares personajes como aquéllos que poblaron las noches de Candilejas. De este escenario nunca se pudo decir que echara alguna vez el telón, entre otras cosas porque carecía de él. Tampoco se pudo decir que en Candilejas se cobrara cantidad alguna a los actores, poetas y músicos que pisaron aquellas tablas gratuitas, ni a los espectadores que asistieron a las improvisadas funciones.


Todo, desde el altillo al escenario, hasta el espíritu de aquella colmena, había sido diseñado, construido y ensamblado por el propio Antonio de Béjar que era, igualmente, el arquitecto, el aparejador, el maestro de obras, el albañil, el fontanero, el electricista, el carpintero, el tapicero, el afinador de pianos, el pintor, el mueblista, el decorador, el mecenas y el ideólogo.


O sea, el padre de la criatura.

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martes, 1 de marzo de 2011

Historias de Candilejas

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(Artículo publicado el 1 de marzo de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



En la calle Enrique Villar de Murcia, enfrente del antiguo cine Teatro Circo Villar, hubo allá por los tiempos de la transición un bar de copas llamado Candilejas. Bueno, no era exactamente un bar de copas tal y como hoy se entienden, sino una especie de café teatro con un pequeño escenario vestido y pintado de negro y armado de un piano de pared algo desafinado, al que era libre de subir quien quería expresar algo, siempre y cuando se lo permitiera el dueño del local, claro. Y ocurría que lo permitió siempre a todos quienes quisieron, músicos y poetas, incluidos los malos poetas y los pésimos músicos, a todos, a derechas e izquierdas, a payos y gitanos y a nacionales y extranjeros (estos últimos eran en la Murcia de aquellos años una extravagante curiosidad). A todos excepto a los borrachos, por quienes el dueño, abstemio recalcitrante, no fumador empedernido y persona de absoluta incorreción política, sentía una especial prevención, y ello pese a regentar un establecimiento en el que las noches eran de alcohol y humo. Su incorrección política le hacía declamar “Adelfos” de Manuel Machado de manera intermitente, es decir, unos días sí y, otros, también:



Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron


-soy de la raza mora, vieja amiga del sol-,


que todo lo ganaron y todo lo perdieron.


Tengo el alma de nardo del árabe español.



Y lo hacía cuando la moda reinante se decantaba fieramente por su hermano Antonio, el cantado por Serrat y por Paco Ibáñez, el llorado por la izquierda renacida, pero también el autor de aquel “Recuerdo infantil” que en la escuela nos hacían recitar para demostrar la importancia de la pausa que impone el punto y seguido, y que lograba que los estudiantes dejaran de estudiar monotonía:



Una tarde parda y fría


de invierno. Los colegiales


estudian. Monotonía


de lluvia tras los cristales.



Antonio, que también así se llamaba, y se llama, el dueño de Candilejas, tenía la voz de trueno educada en el teatro siempre dispuesta a proclamar a los cuatro vientos la superioridad de la poesía de un hermano sobre la del otro, si bien siempre pensé que lo que realmente ocurría era que Antonio se identificaba más con el orgullo antiguo y noble, y algo quijotesco, del árabe español de don Manuel:



De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo.


No se ganan, se heredan elegancia y blasón...


Pero el lema de casa, el mote del escudo,


es una nube vaga que eclipsa un vano sol.



que con la lánguida ambigüedad de su hermano don Antonio:



Nunca perseguí la gloria


ni dejar en la memoria


de los hombres mi canción;


yo amo los mundos sutiles,


ingrávidos y gentiles


como pompas de jabón.


Me gusta verlos pintarse


de sol y grana, volar


bajo el cielo azul, temblar


súbitamente y quebrarse.



En Candilejas transcurrieron aquellos tiempos azarosos de la transición, entre copa y copa, verso a verso y canción a canción. Mientras Luis Federico Viudes cantaba fados que él mismo acompañaba al piano, Paco Rabal se quitaba definitivamente el peluquín, lo arrojaba a un rincón y contaba a quien quisiera escucharle cómo perdió la virginidad en la Legión. Jorge Escalante Pitt cantaba chacareras y canciones de vino y farra de Horacio Guaraní y Manolo Muñoz Zielinsky, recordando a Vinicius de Moraes, entonaba con la guitarra la Samba da Bençao saludando con un saraba a cada asistente. Luego, el maestro Ibarra se encaramaba al escenario y lloraba a lágrima viva con su “Abanico blanco, abanico negro”, lo que conseguía invariablemente que Antonio de Béjar, que así se apellidaba y se apellida el dueño de aquel milagro que se llamó Candilejas, dejara lo que estuviera haciendo, se levantara de un salto y, con voz de trueno, exclamara



Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron…



Tenía Candilejas una distribución confusa…


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