martes, 9 de noviembre de 2010

El negro que tenía el alma blanca

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(Artículo publicado el 9 de noviembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)






Así se titulaba una novela folletinesca de Alberto Insúa que fue llevada a la pantalla por Benito Perojo en versión muda en 1927 y en versión sonora y musical en la España republicana de 1934. La novela sería luego cruelmente versionada en Argentina por el muy lacrimógeno y embetunado Hugo del Carril. La novela narra las venturas y desventuras de un bailarín cubano descendiente de esclavos negros que, después de triunfar en Nueva York y en París, retorna a Madrid y allí, viéndose rechazado por Enma, una mujer blanca de la que se había enamorado, enferma y muere de amor. Después de leer esto mi lector malasombra pensará que definitivamente he perdido la cabeza y que soy presa de desvaríos. ¿Cómo se me ocurre ponerme a escribir hoy, con la que está cayendo, sobre un folletín antediluviano llevado al cine por Benito Perojo y Hugo del Carril?, me preguntará el muy saduceo.





Pues, precisamente, por la que está cayendo, o más concretamente, por la que les está cayendo a Barack Obama y a Zapatero, es por lo que me viene a la cabeza el título de esa película que, por otra parte, me pareció siempre de lo más ingenioso. Y es que lo del negro que tenía el alma blanca es un chiste fácil habida cuenta del rechazo que han suscitado en su electorado las políticas progresistas del presidente norteamericano, que le demanda menos prédica y más trigo, o lo que es igual, menos progresismo de campanario y más puestos de trabajo. En la más pura tradición norteamericana de respeto al electorado, Obama se ha apresurado a reconocer el revés electoral y se ha propuesto enmendar lo que él mismo ha calificado de errores, empezando por dialogar y negociar con la oposición republicana, entre otras cosas porque no le queda más remedio. Y es que Barack no es, desde luego, tan negro como parecía.





Si no fuera por lo que es, a nuestro incomparable presidente del gobierno también le encajaría el título de la novela de Insúa, pero ocurre que, a diferencia de Obama, Zapatero no reconoce error alguno en sus políticas y no manifiesta, por tanto, el menor propósito de la enmienda. Para muestra, fíjense en esta bonita coliflor: en señal de austeridad, Zetapé suprime dos ministerios, el de Igualdad y el de Vivienda, pero a ambas ministras las nombra Secretarias de Estado de lo mismo… con doble sueldo, el de Secretarias de Estado y el de exministras. Mientras, a la oposición, ni agua, y al Papa, ni los buenos días. Hoy no recibe a Benedicto XVI por lo mismo que ayer no se levantó al paso de la bandera norteamericana, porque confunde pacifismo con antiamericanismo y laicismo con anticlericalismo. Y para que no se hable de los cinco millones de parados españoles, nos pone a los cuarenta y cinco a debatir sobre el cambio de orden de los apellidos. Y desata una contienda feroz entre abades y zorrillas y entre aznares y zapateros, mientras descubrimos estupefactos que España se moderniza tan rápido que la “y griega” ya no se llama así, sino “ye”, que es, no sé, como más gráfico y moderno, y que los acentos o tildes van perdiendo irremediablemente la batalla de la subsistencia, ya saben, guion en lugar de guión y truhan en vez de truhán, pues la diferencia entre el hiato y el diptongo es lo que realmente preocupa a todos los españoles.





No, no, tiene usted razón, querido lector. En este caso no se trata del negro que tenía el alma blanca, no, sino del blanco que tiene el alma negra. Como el tizón.


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martes, 2 de noviembre de 2010

Fiesta de difuntos

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(Artículo publicado el 2 de noviembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)






Decíamos ayer que el otoño es un tiempo macilento. Sea porque el año envejece y el ciclo natural se agota, sea porque los días son más cortos y la luz se vuelve más tenue y mortecina, sea porque los árboles se desnudan y arrojan al viento sus galas del estío, sea por lo que sea, lo cierto es que el otoño es la estación de la tristeza y la melancolía. Tal vez sea por ello que en el otoño, además, se recuerda a los difuntos.



He escrito en varias ocasiones acerca de los modos diversos en que se celebra ese recuerdo fúnebre aunque, debido en buena parte a la Reforma Protestante, las celebraciones de difuntos (en la tradición católica el Día de Difuntos se celebra el dos de noviembre, gracias a San Odilón, Obispo de Cluny) se confunden con las propias del Día de Todos los Santos que se celebra el día uno de noviembre, una festividad católica instituida en el siglo noveno para recordar a todos los santos conocidos y desconocidos que han existido. Huelga decir que en cada país y, dentro de cada país, en cada región y en cada pueblo, el Día de Difuntos se celebra de un modo distinto, si bien todos los festejos y conmemoraciones comparten algunos caracteres comunes.



Por ejemplo, en todas partes existe una gastronomía especial del Día de Difuntos, tal vez por aquello de que los duelos con pan son menos, o por aquello de que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. En España se consumen de forma generalizada los huesos de santo, los boniatos asados y los buñuelos de viento, además de algunas especialidades regionales como el arrope y el calabazate de por aquí, las castañas asadas del Magosto gallego o los panellets de Cataluña. En Méjico son muy populares el Pan de Muerto y las Calaveritas de Dulce, generalmente de azúcar, que llevan impreso en la frente el nombre del difunto, sin perjuicio de que, por supuesto, coincida con el de algún que otro vivo que, dicho sea de paso, no suele tomárselo a mal ni armar por ello una balasera.



En España y en Méjico es costumbre reponer cada año el Don Juan de Zorrilla, así como visitar los cementerios para vestir de flores las tumbas de nuestros difuntos. En Méjico y en América Latina, cuando resulta imposible acudir al cementerio, se instala en cada casa una especie de monumento funerario muy ornamentado, el Altar de Muertos, en el que se dispone la comida favorita del difunto junto a su foto, flores y frutas. Una costumbre española hoy casi olvidada era la de encender unas lamparitas llamadas palomillas, consistentes en una mecha pegada a un cartoncito redondo que flotaba en un cuenco con agua y aceite, que se mantenían encendidas día y noche en recuerdo de las ánimas, lo que prestaba a las casas un aire inquietante y misterioso, como de conspiración y contubernio judeomasónico, pero no, no era eso.



Nada que ver, como pueden suponer, con el festival anglosajón de Halloween que, pese ser tan ajeno a las usanzas españolas, ha sido incorporado a nuestro elenco de festejos tradicionales con esa rapidez supersónica que sólo se da a la hora de apandillar fiestas y jolgorios en el ya muy concurrido calendario festero español. Calabazas, brujas, vampiros y muertos vivientes muy poco católicos, por cierto, pues la Reforma protestante también afectó a la tradición católica de los festejos religiosos, incluida la Navidad. Acuérdense de que al católico Belén se enfrenta siempre el abeto protestante y que con los Tres Reyes Magos lo hace, muy a su pesar, el obispo San Nicolás. Por el contrario, y no obstante el descreimiento instaurado por la Revolución Francesa, el francés Toussaint, cuya fórmula consiste en adornar con centenares de velas las tumbas y los sepulcros familiares, aún los no religiosos, es un festejo de difuntos mucho más ortodoxo.



Flores, dulces, ritos, bailes, músicas, teatro y hasta cine. Como ven, la muerte es algo muy serio como para olvidarse de invitarla a la fiesta.


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martes, 26 de octubre de 2010

Un milagro

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(Artículo publicado el 26 de octubre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)


En estos tiempos de crisis económica que nos ha tocado vivir resulta una proeza extraordinaria que una industria o una empresa no tenga que echar el cerrojo. Pero lo que adquiere tintes de portento mágico es que se abra un nuevo establecimiento. Y si ese establecimiento es una librería, el suceso alcanza la categoría de milagro con pintas de imprudencia temeraria. Y, ciertamente, debió ser un milagro porque se trataba, además, de una librería católica, la Librería San Pablo. Ocurrió en Murcia el pasado miércoles por la noche en un lugar nada casual, la Plaza de los Apóstoles, junto a la Catedral.



Y es que no son sólo tiempos de crisis económica, de quebranto material, sino que lo son también de quiebra moral, de aguda crisis de valores. Occidente, ocupado en el progreso económico, en blindarse contra las hambrunas, en construir primero y consolidar después lo que hemos convenido en llamar el Estado de Bienestar, todo ello bajo los auspicios del sentido de lo colectivo, se ha olvidado de los valores morales que nacen y anidan en el individuo, en cada uno de nosotros. La crisis de valores no es una crisis social o colectiva, aunque sus efectos se perciban en el conjunto de la sociedad, sino una crisis individual. Es por ello que no existen soluciones colectivas a la crisis de valores, sino tan sólo soluciones individuales. Y eso es justamente lo que proporcionó el cristianismo al mundo, a cada hombre y a cada mujer, un elenco de valores individuales que habrían de iluminar su camino. Decía Goethe, cuyas palabras quedaron olvidadas a la hora de construir Europa, que “la lengua materna de Europa es el cristianismo”. Estamos, pues, ante una crisis de los valores cristianos.




La diferencia entre los valores cristianos y los que no lo son, aún siendo valores y de parecido enunciado, puede explicarse de muchas maneras. A mí se me ocurre una en palabras de otro. Mi admirado Chesterton, al que sigo acudiendo en busca de una palabra inteligente, reflexionaba en Ortodoxia sobre la diferencia que existe entre un mártir cristiano y un suicida, e incluso un héroe, y escribía que el Cristianismo “ha marcado los límites del enigma sobre las tumbas lamentables del suicida y del héroe, notando la distancia que media entre los que mueren por la vida y los que mueren por la muerte. Y desde entonces ha izado sobre las lanzas de Europa, a guisa de bandera, el misterio de la caballería: el valor cristiano, que consiste en desdeñar la muerte; no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida”.



Volviendo al nacimiento de una nueva librería que es, además, una librería católica, les confieso mi alegría por el hecho de los milagros existan. El objetivo de estas librerías, según su fundador, es muy sencillo: propagar la Palabra de Dios a través de los libros. De ahí que, como alguien dijo en el acto de inauguración, su ubicación en la Plaza de Los Apóstoles sea algo más que una casualidad. Hubo un tiempo en que una librería era una promesa de libertad, pues en ella se guardaba y, lo que era peor para los liberticidas, se difundía la palabra libre. Fueron los libros, portadores de la palabra, los que concitaron los odios de dictadores y turbas. Y siguen siendo los libros, en su forma clásica o en sus modernas versiones, los que atemorizan a quienes pretenden que el individuo se ahogue en el sentir colectivo, del mismo modo que una librería sigue siendo una promesa de libertad.



Por eso es milagroso que, en tiempos de crisis económica y turbación social, una nueva librería abra sus puertas, tanto más cuanto que esa librería está dirigida, como todas las de la Sociedad de San Pablo, a proclamar la palabra de Jesús, que, me temo, es la única que nos hace realmente libres.

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martes, 19 de octubre de 2010

Hojas de otoño

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(Artículo publicado el 19 de octubre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)


Como alguien escribía hace unos días en estas mismas páginas, el otoño es un tiempo que nos apena emocionalmente, que nos carga de pesadumbre, esa “pesambre” del habla antiguo. Supongo que así debe ser tras la explosión de vida primaveral, madurada luego por el verano. En otoño los días se acortan y el cuerpo sufre como una sensación de destemplanza antes de que nos decidamos, por fin, a guardar la ropa de verano y recuperar la de abrigo, escondida en el fondo del armario. Una tarde, al levantar la vista del libro, nos sorprendemos de haber buscado cobijo bajo los faldones de la mesa camilla, mientras la luz otoñal, que se va haciendo más tímida y descolorida, más empañada pero también menos hiriente, nos aboca al recogimiento y a la introspección. Los recuerdos se desgranan lentamente, uno a uno, como hojas de otoño, unos te hacen sonreir, otros te entristecen.


Era el entierro del padre de un amigo. En el pequeño cementerio se agrupaban los deudos y familiares en torno a la fosa recíén abierta. El sepulturero se afanaba en las tareas propias de su oficio, ayudado por un par de vecinos de esos que, sea entierro o boda, se ofrecen a ayudar en lo que sea menester. Volvía el enterrador cargado con una pila de ladrillos e intentó bajar a la fosa ocupada por uno de los vecinos ayudantes. Muy cumplido, el sepulturero le preguntó: “¿Me permite usted?”, a lo que el vecino, no menos cumplido, le respondió desde el fondo de la fosa: “No faltaba más, está usted en su casa”. Un ligero escalofrío recorrió nuestras espaldas antes de que estallaran las risas a duras penas contenidas.


Y, balanceándose, cayó una hoja de otoño.


Conocí a Mariano Yúfera, aquel que fuera alcalde de Mazarrón, hace muchos años, mucho antes de que, con ocasión de la elaboración del Estatuto de Autonomía, propusiera para la Región el nombre de “Región Frutalense”, en un extravagante intento por superar las distancias políticas que entonces, y aún hoy, separan a Murcia y Cartagena. A pesar de sus excentricidades, o tal vez por ello, porque fueran manifestaciones sinceras de un espíritu libre, siempre le profesé cariño y respeto. Pasados los años, recibí un día una llamada de su hija. Me decía que su padre, gravemente enfermo, estaba ingresado desde hacía varias semanas en el hospital Virgen del Rosell de Cartagena y que, si me era posible visitarlo, estaría muy interesado en verme. Como al día siguiente tenía previsto acudir a la Asamblea Regional, muy cercana al hospital, le dije que sí, que me pasaría a verle. Cuando al día siguiente llegué al hospital su hija me comunicó que su padre había fallecido unas horas antes y que había dejado una carta para mí. En la carta manuscrita la noche anterior, que conservo perdida entre mis papeles, Mariano Yúfera me contaba el motivo de su requerimiento. Me decía que llevaba varias semanas en el hospital y que, ante la gravedad de su estado, sabía que era la recta final de su vida. Que, aunque el trato que recibía era correcto, pensaba que podría ser más humano, más cercano al enfermo que, en muchas ocasiones, se encontraba desamparado y atemorizado ante la enfermedad. Que para él ya no pedía nada, pues nada necesitaba ya, pero que si se podía hacer algo para humanizar el trato que reciben los enfermos hospitalizados, él, Mariano Yúfera, estaría agradecido en nombre de todos ellos.


Y el viento levantó del suelo otra hoja de otoño.

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miércoles, 13 de octubre de 2010

Vargas Llosa, el premio esperado

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(Artículo publicado el 12 de octubre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)






Una noche de San Juan de hace unos años, no sé cuántos, me tropecé con Mario Vargas Llosa en las inmediaciones de la Plaza de San Juan. Probablemente fue en una de las ocasiones en que el escritor peruano había venido a Murcia para asistir a la entrega de los premios literarios de novela que llevan su nombre y que puso en marcha el incansable Victorino Polo. No me voy a tirar el pegote de que lo saludé, y nos paramos, y estuvimos hablando largo y tendido de la actualidad literaria hispana, porque no sería verdad. Nos quedamos mirando al escritor, que iba acompañado de dos o tres mujeres jóvenes y guapas y él, al darse cuenta de que el grupo del que yo formaba parte lo había reconocido, con esa enorme, deslumbrante y rejuvenecedora sonrisa latinoamericana, nos saludó haciendo un gesto con la cabeza y siguió su camino. Y hasta ahí llegó el encuentro.


En muchas ocasiones me he cruzado con gente más o menos famosa, a la que he hecho el caso propio de mi condicón de persona común que se asombra de que aquéllos a quienes conoce por el papel de las revistas o por su imagen televisada sean finalmente personas de carne y hueso que andan, viajan, sonríen o beben y comen exactamente igual que tú y en los mismos lugares. De ellos piensa uno que están igual que en las fotos, o más jóvenes o más viejos, que son más bajitos y, generalmente, que están más delgados, pues ya se sabe que la tele engorda. Pero lo que pensé en aquel momento de Mario Vargas Llosa no fue nada de eso, sino que era inexplicable que el autor de La ciudad y los perros y Pantaleón y las visitadoras no hubiera recibido aún el Premio Nobel de Literatura, cuando ya tenía por aquel entonces casi todos los galardones literarios posibles, incluidos el Cervantes y el Príncipe de Asturias de la Letras, amén de ser doctor honoris causa por un montón de universidades de Europa, Asia y América. La respuesta no había que buscarla entonces en su literatura, ni siquiera en su pertenencia al mundo de las letras hispanas, sino en su condición política de liberal de derechas en un entorno intelectual en el que lo que se estilaba era ser precisamente todo lo contrario, de izquierdas y socializante, cuando no revolucionario.


Si Mario Vargas Llosa, en lugar de ir correctamente vestido con una americana sport, una albísima camisa y pañuelo al cuello, hubiera ido ataviado con un terno de pana y una camisa de cuadros leñadores, si en lugar de ir correctamente peinado hubiera estado coronado por una greña encrespada con alguna rasta colgando, o si en lugar de ir acompañado de dos o tres guapas e impecables señoras o señoritas, lo hubiera estado de dos monjiles militantes del Partido Comunista (siempre he dicho que los extremos se tocan), es decir, si en lugar de parecer y ser de derechas, hubiera parecido, aunque sólo fuera parecido, ser de izquierdas, seguramente en aquel tiempo me habría cruzado con un Premio Nobel de Literatura.


No fue así y hoy me tengo que esperar a que venga de nuevo a Murcia, seguramente de la mano de Victorino Polo, para poder cruzarme en la calle, no digo ya saludar o ser saludado o, quién pudiera, cruzar unas pocas palabras, con Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura.


Que así sea.

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martes, 5 de octubre de 2010

Los Picapìedra

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(Artículo publicado el 5 de octubre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



El pasado día 30 de septiembre, esto es, el Día Después de la exitosa huelga general convocada por nuestros cavernícolas sindicatos de clase, una serie televisiva de dibujos animados cumplió cincuenta años. Estrenada en Estados Unidos el 30 de septiembre de 1960, la saga de Los Picapiedra (The Flintstones, en inglés) reflejaba las vivencias cotidianas de las familias norteamericanas de clase media, ingeniosamente trasladadas a la edad de piedra: la vivienda troglodita ajardinada con helechos y palmeras paleolíticas, naturalmente; el coche familiar era un troncomóvil, con tracción a los cuatro pies; la fábrica en la que trabajaban Pedro Picapiedra y Pablo Mármol era, cómo no, una floreciente cantera dirigida por el señor Rajuela, y la excavadora pilotada por Pedro era un enorme dinosaurio que extraía las rocas con los dientes; como su nombre indica, los piedrólares eran billetes de banco de piedra y, los aviones, enormes pterodáctilos que levantaban el vuelo desde el aeródromo de Piedradura; el servicio de bomberos contaba con el agua almacenada en la trompa de un mamut para apagar los incendios y el cuernófono, la costilla de brontosaurio en el auto cine, y los diferentes animalillos que sustituían a los electrodomésticos habituales de un hogar medio norteamericano, eran otros rasgos distintivos de los hogares de Wilma Picapiedra y de Betty Mármol, las sufridas esposas coprotagonistas de la serie.


La serie gozó de gran popularidad, no sólo en Estados Unidos, sino en todos los países en los que fue emitida. Si bien la vida de la clase media española en poco o nada se asemejaba en aquel entonces a la de su homóloga norteamericana, no es menos cierto que éste era justamente el modelo sociofamiliar al que quería parecerse y al que finalmente se asimiló. Todos los chavales soñaban con tener el día de mañana un chalet con jardín como el de Pedro Picapiedra, un trocomóvil como el de Pedro, una barbacoa como la de Pedro, con jugar al boliche los fines de semana como Pedro, con pertenecer a un club de viejos amigos como Pedro y con una esposa modelo Doris Day como Wilma Ábremelapuerta.


Hubo otra serie llamada Los Supersónicos que, siguiendo el mismo patrón, trasladaba las vicisitudes de otra familia media norteamericana al futuro lleno de naves siderales y de robots domésticos. Pero tal vez porque era reiterativa o porque a los españoles de boina y botijo nos pillaba más cerca la Edad de Piedra que la Era Espacial, lo cierto es que la que alcanzó el éxito en España fue la prehistórica familia Picapiedra.


En estos días de tribulación económica en los que nos ha sumido la crisis, cuando el fantasma de la regresión se materializa, sería justo y necesario que las televisiones todas, públicas y privadas, nacionales y autonómicas, decentes e indecentes, repusieran la serie de Los Picapiedras. No les quepa duda de que, de las aventuras de Pedro y Pablo, sacaríamos muchas ideas para afrontar las dificultades económicas que nos acogotan. Por ejemplo, los piedrólares, que duran mucho más que los billetes de papel. O las chuletas de brontosaurio, que con una sola se alimenta a toda la familia durante varias semanas. O, ya que no tenemos centrales nucleares gracias a la vista de águila del Gran Ilusionista, retomaríamos el uso de la energía animal en lugar de la eléctrica, que ha subido un tercio en los últimos meses: el buey rojo, el mulo y el asno, nuestros viejos animales de compañía. Para mover el coche sin necesidad de gasolina, bastaría con hacer un agujero en el suelo del auto y zapatear con los pinreles como hacía Pedro Picapiedra: zapa-zapa-zap-zap-zap-zapatap. Para divertirnos en forma barata y saludable, nada como los bolos huertanos, el equivalente al boliche de Picapiedra. Y así sucesivamente.


Además, todo ello tendría dos ventajas adicionales: una que nuestros sindicatos de clase se encontrarían como en casa en la Edad de Piedra. Otra, que al no llevar zapatos (recuerden los pies desnudos de Los Picapiedra), no necesitaríamos a Zapatero.


Y esto último, sí que no tiene precio.

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martes, 28 de septiembre de 2010

Otra juerga general

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(Artículo publicado el 28 de septiembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)





Hace unos años, en mayo de 2002, los sindicatos convocaron una huelga general contra el gobierno de Aznar. Decían que era contra las políticas de desempleo pero en realidad era contra toda política que emanara del gobierno del PP, de ahí su nombre de huelga general.



Eran otros tiempos y la economía española, no es que estuviera mejor que hoy, es que estaba muchísimo mejor que nunca lo había estado. Escribí entonces un artículo titulado “Juerga General” en el que Ignatius, aquel asesor mío en cuestiones de sindicatos y otras calamidades, echaba narices de la convocatoria de huelga en una España muy diferente a la de hoy. “España va bien”, decía Ignatius, “hay dieciséis millones de altas en la Seguridad Social, los salarios se están situando a la altura de los salarios europeos, hay más matriculaciones de coches que nunca y crece el consumo energético. España ha pasado de ser un país de emigrantes a convertirse en la meca de la inmigración. Ya no nos contentamos con compramos un pisito de protección oficial, sino que los dúplex y adosados en las urbanizaciones de la costa se venden mucho antes de ser construidos. La celebración de las comuniones de nuestros hijos, aunque comulguen por lo civil, dejan en mantillas la ceremonia de coronación de la Reina de Inglaterra”. Y, a pesar de todo ello, los sindicatos le hicieron huelga general al gobierno de PP.



Hoy tenemos cinco millones de parados; el pasado mes de agosto ha sido el de menos matriculaciones de automóviles de la historia; la crisis ha dejado casi un millón de viviendas sin vender aunque los jóvenes y los menos jóvenes no pueden acceder a una de ellas; seguimos siendo la meca de la inmigración pero casi un cincuenta por ciento de esos inmigrantes ya no encuentran trabajo; el consumo energético no sube sino que lo hace el precio de la energía eléctrica, un treinta y tres por ciento en tres años; y en lo que respecta a las comuniones, hemos vuelto al chocolate con churros. Todo ha cambiado, excepto nuestros entrañables sindicatos, que ajenos a cuanto acontece, han vuelto a convocar una huelga general contra el gobierno del PP, entonces contra el gobierno real de Aznar, hoy contra el gobierno presunto de Rajoy.



Muchos sospechamos que esta huelga no va a ayudar a los sindicatos a recobrar el crédito perdido, hoy bajo mínimos históricos, ni va a servir para provocar o acelerar en su caso la caída del gobierno, sino todo lo contrario. La simple convocatoria de huelga general ya ha sido usada por el gobierno para acreditar ante los estamentos internacionales, Obama incluido, que ha acometido las reformas económicas que éstos le exigieron que adoptara. Y el escaso seguimiento de la huelga (después de los videos de UGT, nadie del centro derecha se sumará a la huelga, aunque la huelga haya sido convocada aparentemente contra Zapatero) será utilizado por el gobierno para demostrar que nadie lo culpa de lo sucedido y que todos entienden y apoyan las medidas que ha adoptado contra la crisis, todo ello como paso previo a que sea reconocido como el gobierno que nos está sacando de ella y que el único culpable de todo cuanto ha ocurrido es, cómo no, el PP.



Decía Ignatius en aquel artículo que “huelga” y “juerga” son palabras que gozan de la misma raíz semántica y que, como yo debería saber si no hubiera dedicado mi adolescencia a ejercitarme en las más absolutas perversiones, decía, ambas palabras proceden, igual que “jolgorio” y “holganza”, del antiguo vocablo castellano “holgar” que, a su vez, lo hace del latín tardío “follicare”, así que la diferencia queda reducida a una simple cuestión de aspiración que, a él, a Ignatius, le traía al fresco. Pues eso es. Estamos de nuevo frente a otra juerga general que los sindicatos y el gobierno de Zapatero, y perdonen la redundancia, se quieren correr otra vez a cuenta del PP.



La diferencia es que esa cuenta, querido lector, no la va apagar solo el PP. En esta ocasión, el jolgorio lo pagaremos usted y yo. No se mueva del sillón. La solución, mañana mismo.

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martes, 21 de septiembre de 2010

El faro del fin del mundo

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(Artículo publicado el 21 de septiembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)





El penúltimo episodio de la Reconquista se ha librado en las costas de Águilas. Claro que no me refiero a la que inició Don Pelayo en Covadonga, sino a la que empezaron los moros al día siguiente de la caída de Granada, la reconquista de Al-Andalus, ya saben esa provincia sarracena que figura en el mapa de Eurabia que tiene colgado el rey de Marruecos en la cabecera de su cama. La Meca es ya La Isla y el minarete se ha convertido en faro, lo que en cierto modo me parece muy bien, pues nos hemos librado de que, en un exceso de corrección política, la discoteca fuera rebautizada como El Vaticano y el minarete se transformara en un campanario con su crucecita y todo. Tengo para mí que los signos religiosos son respetables sea cual sea la creencia a la que representen y que una discoteca es cualquier cosa menos un lugar que se caracterice por el respeto a algo que no sea el desmadre y el jolgorio. Lo triste de esta historia es que esta escaramuza no la ha ganado el sentido común o el respeto a los sentimientos religiosos de las gentes, sino el miedo a las amenazas del radicalismo islámico. Por eso, lo que pudo ser simplemente una cuestión de respeto se convirtió en el penúltimo episodio de una guerra perdida de antemano. La primera reconquista se ganó porque Don Pelayo desenvainó la espada y esta se perderá precisamente porque quienes la han desenvainado han sido los otros.





Suenan campanas electorales, pero no se engañen. No se trata de las elecciones autonómicas y locales, que esas ya están ganadas o perdidas por quienes las tienen que ganar o perder. A lo sumo, se pondrán en juego unos pocos concejales y diputados autonómicos que apenas influirán en el mapa político. La contienda política de verdad está planteada respecto al gobierno de España, hasta el punto de que cada voto será vital para que los socialistas conserven el poder o para que lo pierdan en favor de los populares, pues ya se sabe que las elecciones no las gana la oposición sino que las pierde el gobierno. Toda el esfuerzo político y no político de las dos grandes formaciones está dirigido desde anteayer, no a alcanzar el poder autonómico o local aquí o allá, sino a hacerse con el gobierno del estado, que ahí está la moya. Por eso, como dijo el Rey a Don Rodrigo, cosas tenedes, el Cid, que farán fablar las piedras.





Se acerca el otoño y se huele a libro. Eso es lo que tienen los libros tradicionales sobre los digitales, que satisfacen casi todos los sentidos, excepción hecha del gusto, aunque nunca se sabe. Hay quienes confunden el libro con la información que contiene. Ésta, la información, puede ser servida en soportes diferentes, tradicionales o o modernos y visuales o sonoros. Pero el libro es otra cosa. Cuando un libro carece de información se llama cuaderno y no es un libro y cuando una información no está impresa en un libro, pues tampoco es un libro, El libro, cada libro, tiene alma y vida propia, respira y enferma, huele a su propio perfume y se deja acariciar en forma diferente a otro libro. El libro puede que nazca igual a otro, pero al cabo de un tiempo cada libro es único. El libro te es fiel si le correspondes. El libro envejece contigo y te acompaña todo el camino y, cuando tú te vas, él se convierte en tu huella. Tengo muchos libros antiguos, de poco valor económico pero todos con cierto atractivo estético y literario, que he ido comprando en las ciudades que he visitado. Uno o dos en cada ciudad. Son libros usados, muchos de ellos firmados por uno e incluso dos de sus anteriores propietarios. Todos me cuentan alguna historia más allá de la que figura impresa en sus páginas, ésta, en ocasiones, incomprensible para mí pues están escritos en el idioma de la ciudad visitada. La otra historia es la que se esconde detrás de la firma manuscrita, de una dedicatoria, del ex libris que alguien imprimió o pegó con goma en la camisa del libro o en su portadilla. En ocasiones encuentro un billete de metro o de tranvía que alguien usó como señal. O una hoja seca de roble entre las secas hojas del libro. Y siempre encuentro en ellos un camino hacia alguna parte e, incluso, el título de mi artículo.


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