martes, 19 de junio de 2012

El camino de baldosas amarillas


El camino de baldosas amarillas


(Artículo publicado el 19 de junio de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


           Ayer, el Real Casino de Murcia albergó un hecho insólito. Alguien importante vino a Murcia, no para hablar en Murcia de Murcia, sino para hablar en Murcia de España, de Europa y del mundo.
Tenemos la costumbre aldeana y algo cateta de vestir de huertano a todo bicho viviente que se deje caer por Murcia. Luego le damos un pastelico de carne y un vaso de jumilla y, si se pone a cantar el Canto a Murcia o el himno a la Virgen de la Fuensanta, entonces lo nombramos Gran Pez o le damos la Medalla de Oro de la Región, o ambas cosas. Ayer no ocurrió nada de eso. Con ocasión de la puesta de largo del Foro Nueva Murcia (el nombre, lo confieso, me gusta poco), que pretende ser un espacio abierto y libre para la generación de ideas (lo que no siempre gusta), estuvo en el Real Casino de Murcia el embajador de Alemania, el Dr. Reinhard Silberberg, que habló mucho y bien de España y de Europa y del papel que deben jugar la una en la otra. Luego hubo un coloquio, excepcionalmente bien llevado por el moderador, en el que afortunadamente nadie preguntó al embajador si, en su opinión, la jota se baila mejor en Murcia que en Aragón o si sabía lo que son los michirones. Ayer, la Murcia miope y pueblerina, la de la cansera, no estuvo en el Real Casino.

El Dr. Silberberg durante su intervención en el Foro Nueva Murcia 

                Del Dr. Silberberg, diplomático de carrera que desde 1998 hasta 2005 estuvo al frente del departamento de Política Europea de la Cancillería Federal, se dice que es la eminencia gris de la Deutsche Europapolitik. Tal vez sea por eso que Angela Merkel, sabedora de la peligrosísima posición en que se había de situar España en estos años, lo nombró embajador en Madrid. Hoy nadie duda, ni siquiera Zapatero que, extrañamente, lo anda diciendo en Al Jazeera,  que en aquellos alegres años de la ceja y en algunos inmediatamente anteriores derrochamos nuestros recursos en ciertas cosas útiles pero también en muchas ideas inútiles y peregrinas. Aquellos fueron años de gratuitas reducciones de impuestos, de la creación y aplicación del “Cheque Bebé”, de la promulgación de leyes comprometedoras de enormes cantidades de recursos como la Ley de Dependencia, de la proliferación de Ministerios sin contenido, de la gravosa recuperación de la Memoria Histórica, de las costosísimas e inoperantes reformas educativas, de la puesta en práctica de sueños irrealizables y megalomanías sin cuento,  de la renuncia a las fuentes energéticas más baratas en favor de las más caras, de las etéreas aventuras internacionales como la Alianza de las Civilizaciones, de las amistades peligrosas, del crecimiento canceroso del gasto autonómico y de la cultura del pelotazo fácil.
Y justamente aquellos años fueron también los mismos años durante los cuales Alemania se apretó el cinturón, aquellos en que los empleados alemanes se redujeron voluntariamente el sueldo y la jornada de trabajo para que no creciera el paro, en los que se redujo drásticamente el número de municipios alemanes, en los que algunos estados federados reintegraron competencias al Gobierno Federal ante la imposibilidad de atenderlas debidamente. Aquellos fueron para Alemania años de estrecheces y de crecimiento moderado cuando no de estancamiento económico. Pero también fueron años en los que, y no sólo por la matemática electoral, los dos grandes partidos alemanes, la CDU y la SPD, democristianos y socialistas, Merkel y Schroeder, sentaron juntos las bases del futuro progreso económico de su país en lo que se conoce como la Grosse Koalition. De 2005 a 2009, y aún un par de años antes, no hubo mucho tiempo para la relajación y sí mucha voluntad de ajustar los parámetros de la economía alemana y de las economías domésticas de los alemanes.
                Hoy nos preguntamos cúal es el camino que deberíamos seguir los españoles para superar la crisis económica y social, si el de los recortes o el del crecimiento, o un camino intermedio. Y la única respuesta, nos guste o no, es que no hay más que un camino, el de baldosas amarillas.
                El resto no son caminos.
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martes, 12 de junio de 2012

Con flores a Mariano



(Artículo publicado el 12 de junio de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


Visto lo visto, lo del rescate ha sido un milagro mariano.
Vamos a ver, por lo que yo sé los bancos españoles, varios bancos españoles, tienen desde hace años un problema muy gordo: sus activos, especialmente los inmobiliarios, valen menos que un frigorífico en el Polo Norte, razón por la cual su dinero había quedado fuera de circulación, prisionero del riesgo que ha de cubrir y, por tanto, no podía ser prestado a las empresas y a los particulares. Por ello la cosa estaba muy chunga y no había un euro circulante. Ante esta situación, el gobierno anterior impulsó una política de fusiones bancarias con el triste resultado de que, en lugar de haber muchos bancos pequeños con deudas gordas, surgieron unos  pocos bancos medianos con deudas muy gordas. El Estado (el Estado, Rubalcaba, el Estado) prestó hace dos o tres años a los bancos una millonada de euros, ciento veinte mil creo recordar, que sirvieron para salvar algún banco de la quiebra pero que nadie, querido Rubalcaba, devolvió a las arcas públicas. Ninguno de aquellos euros llegó a los ciudadanos o a las empresas en forma de préstamo. Cuando llegó Mariano al poder, las arcas del Estado estaban a dos velas, aún peor de lo que nos habían contado, y el agujero de algunos bancos era negro como el betún.
Y llegó el milagro mariano. En lugar de pedir inmediatamente la intervención del  Eurogrupo en los mismos términos en que había sido aplicada a Irlanda, que era lo que cualquier otro hubiera hecho, incluido nuestro querido Rubalcaba, Mariano se dedicó durante cinco meses a hacer los deberes que el Gobierno anterior o no había hecho o había hecho a medias y con faltas de ortografía. Solo cuando ha sido averiguada la profundidad del agujero se ha pedido la ayuda de Europa, llámenla préstamo, rescate o intervención, con menos condiciones que le fueron exigidas a Irlanda entre otras razones porque España ha hecho los deberes que Irlanda no había hecho entonces. El objeto del préstamo no es sino permitir que fluya el crédito a las empresas y a las familias, justo lo que no ocurrió hace tres años.
Pero ya que hablamos de gallegos, hay un pasaje en una novela de Gonzalo Torrente Ballester, puede ser en La Crónica del Rey Pasmado o en cualquier otra, pues cito de memoria y a diferencia del resto de mi ser la tengo muy flaca, en el que el embajador portugués en la corte de Felipe IV o el Valido del Rey, ya les digo, se encuentra en la tesitura de tener que darle la razón al Rey en algo que no la tiene, así que mide sus palabras y le dice al Rey más o menos lo siguiente: Su Majestad tiene razón, pero no la tiene toda, y la parte en que la tiene no le sirve para nada. Pues eso, que Mariano tiene razón pero no la tiene toda, y la parte en que la tiene no le sirve para nada. O casi nada.
En este punto mi dilecto lector Malasombra, como no podía ser de otra manera, se sorprende de este cambio de tercio. Pero ¿no era éste un artículo laudatorio para Mariano Rajoy?, se pregunta. Y lo es, querido Malasombra, lo es,  lo que ocurre es que, una vez más, algo ha fallado en la comunicación del Gobierno y, en cambio, ha vuelto a sonar muy bien la orquesta del PSOE: Tócala de nuevo, Ruby.
Verán. Una vez pedida la ayuda a Europa, Mariano ha recibido el apoyo del PSOE en forma de mano al cuello para que pase a la historia reciente como el presidente del Gobierno bajo cuyo mandato fue intervenida España. Los chicos del coro llevan varios días desgañitándose para que todos los españoles sepan que son ciertas tres o cuatro mentiras y un par de medias verdades:
Una, que España sólo logró el empate ante Italia.
Dos, que Mariano no cambió su agenda y se marchó a Polonia a ver el partido de fútbol.
Tres, que la excelente imagen que tenía España (recuerden, aquella España de hace tan solo cinco meses, de economía pujante, amiga de Evo Morales y de Hugo Chávez, representada internacionalmente por Chiquilicuatre y por Míster Everibody Bonsai, y eso sí campeona de fútbol, de baloncesto y todo lo que tenga que ver con bolas y cojinetes) aquella imagen inmaculada se ha quebrado irremediablemente como un cristal.
Cuatro, que la culpa de la situación económica la tiene Mariano.
Y cinco, que esto solo lo arregla ahora un gobierno de concentración PP-PSOE, o, lo que es lo mismo, que el gobierno de Mariano sustentado por los ciento ochenta y cinco diputados del PP carece de legitimidad.
Y sin embargo, lo de Mariano no deja de ser un milagro de los que merecen una peregrinación. O dos.
Al tiempo.
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martes, 5 de junio de 2012

Señores pasajeros, les habla el capitán



(Artículo publicado el 5 de junio de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


Tengo un amigo que cuando sube a un avión y escucha esta frase empieza a temblar como un poseso, se remueve agobiado en su asiento, las manos comienzan a sudarle a chorros y, una y otra vez, comprueba que el esparadrapo en forma de cruz que lleva pegado en el ombligo sigue ahí, en su sitio, donde él se lo puso como antídoto casero contra el peur de l’avion, es decir, el miedo a volar o aerofobia. Recuerdo un vuelo de Bruselas a Estrasburgo que hicimos juntos en uno de esos aviones de turbohélice de los que nos dicen que no se caen nunca, tal vez para que nos consolemos del ruido de los motores y de los baches aéreos, pues a diferencia de los reactores, los aviones de hélice tienen posibilidad de planear hasta tierra. Tengo yo mis dudas acerca de ello y mi amigo las tenía todas aquél día, por lo que las manos le goteaban y el esparadrapo del ombligo se le despegaba con cada sobresalto. El viaje fue movido, pero pudo serlo más si en lugar de los mensajes habituales del capitán acerca de la velocidad del avión, de la temperatura sorprendentemente gélida del exterior, del tiempo que nos vamos a encontrar en el destino, y de esa bonita ciudad que en estos momentos, señoras y señores pasajeros, sobrevolamos (esa ciudad que, como siempre, solo se ve desde las ventanillas opuestas a la nuestra), si en vez de eso, digo, el capitán se hubiera dirigido a nosotros de la siguiente manera:

Buenas tardes, señoras y señores pasajeros, les habla el capitán Tan que junto al resto de la tripulación formada por el sobrecargo Jean Pierre Royaume-Uni, que como habrán notado está un poco griposo, y la azafata Mari Lou Apuán, que tampoco anda muy católica estas últimas semanas, intentaremos hacerles algo más grato este vuelo, aunque ya les adelanto que eso es casi una misión imposible.

Gracias por haber escogido volar con nuestra compañía, LastSongSwan Airlines, aunque si les he de ser sincero, si yo pudiera hacerlo, habría escogido otra. De conformidad con la política informativa de la compañía que se resume en nuestro eslogan “Atrévete, vuela y entérate” les informaré a continuación de las verdaderas condiciones de este vuelo al que piadosamente podríamos calificar de suicida.

Estamos volando a una altitud de cuatro mil quinientos pies, que es una altura suficiente para que, si caemos al suelo como una piedra, nos tengan que recoger con unas pinzas. El ruido ése que escuchan, esa especie de clic-clac-clic-catacroc que se repite sobre todo en la zona del ala izquierda, puede que no sea nada, pero también puede que haya un tornillo flojo y que el ala esté empezando a desprenderse, lo que no sería nada bueno para llegar a tiempo a esa cena que les espera en nuestro destino. Si lo desean, el sobrecargo les podrá indicar como hacer una llamada telefónica para ir anulando la cita.

El tiempo es bueno. De momento. El servicio meteorológico de Météo France nos avisa de que, procedente del Atlántico Norte, se aproxima una tormenta con fuerte aparato eléctrico que nos va a pillar de lleno a mitad de camino por lo que una vez más les ruego que mantengan sus cinturones bien abrochados, aprieten los dientes y se agarren firmemente al reposabrazos.

Dentro de unos momentos, nuestra aeromoza Mari Lou les repartirá, si las sacudidas del avión se lo permiten, un tentempié que el servicio de catering de la Compañía califica eufemísticamente de petisús de fusión gastronómica, que hará sin duda que el aterrizaje, si conseguimos aterrizar, sea una experiencia inolvidable. Recuerden que las bolsas higiénicas se encuentran a su alcance en algún bolsillo del respaldo del asiento delantero. O no.

Como sin duda sabrán todos ustedes estos aviones turbohélices son capaces de planear algunas millas aeronaúticas aún con los motores parados por lo que si, como es previsible en estos tiempos de crisis y de recortes, se nos acaba el combustible a mitad de vuelo tal vez lleguemos planeando a la pista o en su defecto a algún prado cercano donde podamos aterrizar. O no. Eso, desde luego, si logramos que se despliegue el tren de aterrizaje, pues en el último vuelo fallaba un poco y, a falta de mecánico debido también a los recortes de plantilla, intenté arreglarlo yo mismo con la ayuda de Mari Lou, nuestra azafata. Eso claro está nos impidió comprobar los niveles de aceite de los motores y el funcionamiento de los planos de elevación, aunque tal vez les consuele saber que, por el contrario, el mecanismo eyector de mi asiento funciona estupendamente.

Ya saben que está prohibido fumar a bordo de los vuelos nacionales e internacionales, por lo que ni siquiera les queda el consuelo de un último cigarrillo antes de… Pero no seamos pesimistas, a cambio pueden estar seguros de que si no llegamos a… bueno ya saben a dónde, gozarán de una magnífica salud durante los últimos instantes de su vida.

Nada más señores y señoras pasajeros, disfruten del vuelo si pueden y no olviden que la próxima vez que tengan que volar, aunque no quieran, no les quedará más remedio que hacerlo con esta Compañía, su Compañía aérea para el resto de su vida. Que Dios les coja confesados.

Ladies and Gentlemen…

NOTA: Cualquier parecido de este artículo con la situación económica de este país es pura coincidencia y un poco de mala leche.
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martes, 29 de mayo de 2012

España pita porque no pita

Pito Doble


(Artículo publicado el 29 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


No sé de qué se sorprenden. La sonora pitada (más que pitada, pitorreo) que se escuchó en la Final de la Copa del Príncipe celebrada el pasado viernes en el Estadio Manzanares cuando apareció Don Felipe en el palco y comenzaron los sones de un telegráfico himno nacional (la pitada no se escuchó en los hogares gracias a Televisión Española, la más española de las televisiones), no era sino lo que cabía esperar en esta España rota en cien pedazos. A juzgar por sus caras la cencerrada tampoco sorprendió mucho a la vicepresidenta Soraya (que lucía su peinado habitual) y bastante menos al propio Heredero de la Corona (que lucía su estatura habitual). Y, si ellos no se inmutaron ante el tremendo abucheo (haciendo gala de su savoir faire habitual, que diría un cronista pelotillero y cursi) por qué nos vamos a inmutar los demás, me pregunto yo. España no existe, es cierto, si bien los hermeneutas de la Gran Pitada acertarían si no se limitaran a apuntar únicamente a la disgregación política de los territorios y de las gentes ibéricas como causa de la misma. Jugando al retruécano, España pita porque no pita. Dicho de otra forma, si las cosas fueran bien apenas pitarían un par de morroskos y dos o tres caganet, y la Copa del Rey seguiría siendo la Copa del Rey.
Es natural que si el pueblo pasa hambre clame contra el César, incluso con mayor facilidad si se reúnen en el circo para asistir a los juegos saturnales. Por eso los césares sumaron el pan al circo romano, Panem et circenses que decía el latín muerto pero insepulto, pan y circo y no sólo circo, avispados polisperitos. Los españoles cargan contra el Gobierno, sea del color que sea, porque pasan hambre y porque confían en pasar aún más. Los Españoles cargan contra la Corona porque la Corona no resuelve sus problemas en tanto que caza elefantes. Escribí hace algún tiempo que la izquierda desempolvaría la bandera republicana para tratar de volver a la Moncloa y, de paso, tal vez, al Palacio de Oriente, al que volverían a llamar Palacio Nacional. Tras los experimentos morganáticos, la lapidación pública del Duque y la Elefantíada, la monarquía española solo necesita ya de un Cromwell que convenza al Parlamento de que, donde mejor están las cabezas coronadas, es en la picota. Por eso pitan al Príncipe a pesar de todos sus reales esfuerzos.
Los españoles cargan contra dos de sus símbolos (la bandera y el himno; el fútbol es el tercero), entre otras cosas porque ya no son españoles, ni siquiera son españoles desengañados, sino que son simple y llanamente vecinos de corrala, de este Patio de Monipodio en que se ha transformado España. Ya sé, ya sé, querido lector malasombra (como no podía ser de otra manera, siempre que puede me lleva la contraria), que aún quedan almas de cántaro que creen que España existe, incluso los hay que piensan que sigue siendo una unidad de destino en lo universal, y que es silbada por un reducido grupo de separatistas dispuestos a hacerse oír en medio de la salva de aplausos nacionales. Pero es al revés, queridísimo lector, son casi todos los vecinos quienes silban y abuchean y unos pocos tan sólo quienes bajan el volumen del televisor para no oírlos.
Los vecinos pitan contra los bancos que dicen ahora que las ayudas de decenas de miles de millones de euros que van a recibir  no se devuelven porque Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita, o algo parecido. Los vecinos pitan contra los políticos, obsesionados con su propio ombligo y dispuestos a seguir haciendo titánicos esfuerzos con el sudor de los demás. Los vecinos pitan contra la crisis como si fueran ajenos a ella. Los vecinos pitan contra los sindicatos precisamente porque los sindicatos no han sido ajenos a ella. Los vecinos pitan contra todo.
Bueno, contra casi todo. El tercer símbolo permanece a salvo de las pitadas. Los vecinos no pitan contra la Selección de Fútbol a pesar de ser Española, ni contra Vicente del Bosque pese a ser marqués, al menos no lo hacen mientras no pierda.
Y tampoco pitan contra Zapatero como lo hacían en el desfile de las Fuerzas Armadas porque hoy, desaparecido tras el combate, dedicado a la supervisión de nubes y perdido en la noche de la historia, el viejo y tierno ZP les importa un pito, qué quieren que les diga.
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miércoles, 23 de mayo de 2012

El Paraíso Perdido


El Gurugú de Ulea



(Artículo publicado el 23 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)



            «¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste?
(John Milton)

            He escrito en alguna ocasión sobre mi afición a los libros y no solo a leerlos, lo que se traduce en una casa atestada de ellos y en  dos colecciones que poco tienen de valiosas y mucho de evocadoras. Una de ellas es la de libros autografiados por sus autores: pequeños o grandes, famosos o no, buenos o malos, todos tienen un lugar en mi biblioteca y morirán conmigo. La otra es la integrada por los libros viejos, alguno puede ser tachado incluso de antiguo, que he comprado en las ciudades que he visitado, uno en cada una. Ya les dije una vez que un libro viejo, si uno tiene la paciencia de buscar una librería de saldo o un mercadillo de libros, es un recuerdo barato y fácil de transportar en la maleta, entre cuyas páginas puedes guardar otros recuerdos de viaje: un billete de metro, el ticket de un restaurante o una hoja de roble. Entre mis libros de ciudad visitada hay una edición inglesa de “El Paraíso Perdido”, de John Milton, que compré en una librería de Nothing hill, en Londres. Se trata de una edición de mediados del siglo diecinueve, encuadernada en piel azul para una biblioteca particular. Pero no es de libros de lo que les quiero hablar hoy, sino de paraísos perdidos.
En las cercanías de Ulea hay un pequeño templete conocido como el Gurugú. Se trata en realidad de una vieja caseta de aperos de labranza que su dueño hizo construir caprichosamente parecida a una torre moruna. Desde el Gurugú se contemplaba uno de los paisajes más hermosos del Valle de Ricote: las huertas apretadas de Archena, Ojós, Ulea y Villanueva, el meandro del río Segura que serpentea por el mar verde y, al fondo, los riscos y peñas que esconden Ricote y más allá, Blanca y Abarán. Se podría decir que el Gurugú es casi la entrada al valle y, por eso, en aquellos tiempos breves en que me ocupé del turismo y de la cultura regionales hace ya diez años largos, ordené la restauración del Gurugú, el ajardinamiento de la colina en la que se asienta y la instalación de un pequeño centro de interpretación turística en el templete. La actuación se habría de completar con la transformación de la vieja subestación hidroeléctrica situada en la ribera al pie del Gurugú en un pequeño complejo de hostelería dotado de una terraza asomada al río que allí se ensancha e, incluso, de algunas barquillas de remos para alquilar. Hoy la subestación eléctrica sigue allí, exactamente como entonces, abandonada y casi en ruinas. El paisaje ha cambiado y se ha ido salpicando de los tejados de varias construcciones que manchan el verde de la huerta.
            Alguien se preguntará por qué escribo hoy del Valle de Ricote y del Gurugú y la respuesta está al comienzo de este artículo, en el título de la obra de Milton. En eso y en la conversación que mantuve el sábado pasado con unos viejos amigos de Ulea, en la que supe de la suerte que había corrido aquel proyecto. Es posible que, como ya ha ocurrido con otros lugares singulares como el Mar Menor, estemos asistiendo impertérritos a la pérdida de otro paraíso, el Valle de Ricote, la Palestina verde, cuya conservación es, al menos, dudosa. La otra Palestina murciana, la árida, afortunadamente permanece casi intacta. Se trata de la vega del río Chícamo, a caballo entre los municipios de Abanilla y Fortuna.
Siempre pensé que, juntos o separados, el Valle de Ricote y la vega del Chícamo eran los auténticos tesoros paisajísticos y costumbristas de la Región de Murcia y que, juntos o separados, podrían configurar un excepcional parque temático en donde el modelo de crecimiento sustentado en la industria y en la agricultura intensiva fuera sustituido por el basado en el turismo rural y de salud y en la agricultura tradicional.
Tal vez me equivoque y aún sea tiempo. Tal vez el paraíso aún no esté perdido.
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martes, 15 de mayo de 2012

La España inmoral


¡Qué bello es vivir! George Bailey, el último banquero


(Artículo publicado el 15 demayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


Sé muy bien que con un título así mi lector malasombra no dudará en tachar mi artículo de rancio y anticuado, pues lo estiloso, lo cool, lo que se lleva en la España progresista y post moderna es el relativismo moral, es decir, la ausencia de límite moral alguno. El relativismo moral no es la simple amoralidad, ésa que se predica de lo que no se califica a priori como bueno o como malo, sino que se trata de la aceptación práctica de la inmoralidad absoluta. Es la transgresión hecha norma: todos los límites pueden ser transgredidos y todos los hombres pueden ser transgresores. Tan letal ha sido el virus de la inmoralidad que no ha dejado títere con cabeza. Pónganse a buscar y por más que se esfuercen no hallarán una institución o un grupo de individuos organizado que haya sobrevivido al síndrome del relativismo, que no se haya dejado los pelos en la gatera de las concesiones morales o que haya hecho ascos a un rédito por el simple hecho de que procediera de la renuncia a alguno de sus principios fundamentales.
Que la banca ha sido el paradigma de la inmoralidad es algo que ya sabíamos. En ausencia de reglas morales, la frontera infranqueable estaba constituida, de un lado por la ortodoxia bancaria y, de otro, por las leyes de mercado, de manera que no era que ganaran siempre los buenos como ocurría con la moral tradicional, sino que los únicos buenos de esa película eran los que ganaban siempre. Hoy, incluso esos límites que podríamos calificar de amorales han desaparecido. Ni la ortodoxia bancaria ni la ley última de la pérdida y la ganancia, ni siquiera un mínimo sentido de la proporción, constituyen ahora un límite respetado. Y sin embargo, las grandes corporaciones financieras se empeñan en convencernos de que dentro de ese frío cuerpo de cristal, acero y códigos de veinte dígitos late tierno un corazoncito. Si usted ve un anuncio televisivo en el que, entre trinos y gorjeos, alguien protege el medio ambiente, cuida del trabajo de todos y de la igualdad de oportunidades de la gente, se ocupa de su derecho a una vivienda con jardín y aire acondicionado, y mima su salud en una linda habitación individual atestada de flores, al tiempo que describe el mundo en que vivimos como algo azul como el mar, verde como la hierba y sonrosado como el culito de un bebé, no tenga duda al respecto: se trata de la publicidad de un banco o de una caja de ahorros, que al final han resultado ser lo mismo. Claro que no le dirán a usted que al que no pague la hipoteca, aunque sea padre o madre de familia numerosa y aunque esté en el paro desde hace meses, lo desahuciarán sin contemplaciones porque han vendido sus activos inmobiliarios tóxicos o no a una sociedad especializada en sogas de ahorcado. Tampoco le dirán a usted, que tiene domiciliada su nómina de mil y pico euritos en la gorjeante institución financiera, que los miembros del Consejo de Administración, ex políticos, sindicalistas y comunistas incluidos, ganan cada uno varios cientos de miles de euros al año a cambio de casi nada, y que el presidente del banco, el mismo que ha dejado un agujero negro que deberemos pagar entre todos, cobraba él solito varios millones al año. No le cuentan que el nuevo presidente, el que viene a salvar el banco con su dinero de usted y con el mío, va a cobrar lo mismo que el que se ha ido, y que además trae a cuestas, el pobre, una pensión vitalicia de tres millones y medio de euros anuales del último banco en el que estuvo, donde además percibió más de cincuenta millones como indemnización tras dos años de arduo trabajo.
Y no sólo es la banca. Otro tanto ocurre aquí y allá, en las instituciones privadas y en las públicas, en los gobiernos y en los partidos políticos, en la monarquía y en los indignados. La crisis de valores morales, cuando no la ausencia de los valores mismos, se adivina detrás de una cacería de elefantes en Botswana del mismo modo que lo hace en las actividades financieras de un duque, en el desmedido salario de un banquero intervenido o en el gasto incontrolado, frívolo y fútil de una administrador público. No es sino la ausencia de valores lo que ha reducido la indignación a una simple rabieta por no poder acampar gratis en una plaza, o lo que hace que los sindicatos reúnan menos gente el día del trabajo que el campeón de liga en la Plaza de la Cibeles. Es la inmoralidad sólidamente instalada en la sociedad la que hace que las siete palabras que ha escrito un descerebrado en Twitter generen más rentas que cualquier libro de poesía que haya sido publicado en España. Es la inmoralidad pública de la instituciones y la inmoralidad privada de los hombres la que hace increíble cualquier solución a los problemas.
El Rey llamó a este tipo de cosas falta de ejemplaridad hasta que el propio Rey tuvo que callar.
Pero ya basta.
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martes, 8 de mayo de 2012

El hombre corriente





(Artículo publicado el 8 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)



Je ne comprends rien du tout. Andan los sociatas extrañamente exultantes con la victoria de François Hollande, ese hombre corriente que ha negado más de tres veces a Zapatero. “Tú egues un Sapatego”, le decía Nicholas Sarkozy a Hollande, en el mismo tono apocalíptico que sin duda empleó con Moisés el hombre del tiempo de aquel entonces. “El Sapatego lo segás vou”, le contestaba Hollande con el aire ofendido de cualquier hombre corriente que se viera increpado así. Ocurre también que Hollande tendría muy presente el apoyo incondicional que Zapatero prestó a Ségolène Royal, anterior candidata socialista a la presidencia y, por un casual, santísima de Hollande desde hacía treinta años, a la que el mal fario de Zetapé costó la presidencia de Francia y el matrimonio, las dos vías que tenía para convertirse en inquilina del Elíseo. Claro que los primeros en negar a Zapatero no han sido los socialistas franceses, sino los españoles, de manera que por ahí pudiera venir la alegría de los Rubys. Esta chica que estudia desde siempre dos carreras universitarias, Elena Valenciano, ha llegado a proclamar que ha comenzado el cambio en Europa. Y puede que en esto tenga razón. Es muy posible que haya cambios profundos en Europa. De momento, y por eso será que Mariano Rajoy está tan callado, el eje Merkozy dejará paso en unos días al eje Merkajoy, cosa que a nosotros no nos viene mal. También es posible que las políticas económicas del “hombre corriente”, consistentes como saben en aumentar el gasto social no productivo y el empleo público, en reducir la producción de energía eléctrica de origen nuclear en favor de las energías renovables, en construir viviendas sociales y en rebajar la edad de jubilación a los sesenta años, consigan que la France destrone a l´’Espagne en el ranking de países europeos ruinosos. Sí, querido lector malasombra, sí, ya sé que lo tiene difícil, tan difícil como lo tenía ZP hace tres o cuatro años y, sin embargo, nuestro supervisor de nubes lo consiguió aplicando una receta muy parecida a la de Hollande.
            No seré yo quien me entristezca por la victoria de Hollande en Francia. En primer lugar, porque nunca me ha gustado Sarkozy, el emperador frustrado, un hombre bajito y presumido, pendiente siempre de ponerse las alzas más grandes, a ver si así podía superar en estatura a Angela Merkel. No me gustó su romance de papel couché con Carla Bruni, ocultado durante la campaña presidencial y exhibido luego sin pudor alguno en busca de la foto fácil del triunfador y la bella. Ni me gusta Carla Bruni ni me gustan sus canciones. Por el contrario, me identifico con la figura del hombre corriente, tanto más corriente cuanto que se trata del sustituto corriente y gris de otro emperador frustrado, éste por sus bajas pasiones, llamado Dominique Strauss-Khan. Son los hombres corrientes quienes, si continúan siéndolo después de ganar unas elecciones, poseen el sentido común que es el más escaso de los sentidos, aunque es cierto que resulta muy difícil que un francés conserve la sensatez y la cordura una vez que cruza las puertas del Eliseo, del mismo modo que es casi imposible que ocurra lo propio cuando un español llega a La Moncloa. Finalmente, prefiero antes a un socialista que a un conservador en la presidencia francesa por la razón que ya he dicho: un socialista francés en las actuales circunstancias empobrecerá a Francia, lo que a la postre enriquecerá a España, y se alejará de Alemania, lo que nos acercará a nosotros a ella, de manera que Vive la France!
            Mi querido Ignatius, ya lo conocen ustedes, mi asesor en materia de Grandeur, Splendeur y Estilo Imperio, me decía esta mañana que a Francia solo le falta una cosa para ser perfecta: un Borbón. No obstante, la Restauración pendiente de la monarquía francesa no le ha impedido acometer su propia restauración con un desayuno en el que se han dado cita todo tipo de grasas saturadas, de fiambres y de fritorios, eso sí, con una despavorida ramita verde por encima. Luego, se ha pertrechado de su recado de escribir, como él gusta en llamar últimamente a su lápiz y a su cuaderno Gran Jefe, y ha comenzado la redacción de una carta que comienza así:
            “Mi muy Querido y Respetado Luis Alfonso:
            Ante el último atentado perpetrado por la ciudadanía francesa contra las reglas de la Ortodromia, del Buen Gusto y la Decencia, y antes de que la Santa Monja Rosvita, aquella mujer ejemplar que iluminó el oscuro medioevo, se remueva frágil en su tumba, me dispongo a…”
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jueves, 3 de mayo de 2012

Passion de la Mer




(Artículo publicado el 1 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)

(En la foto, Albert Falco con Juan Megías, padre del autor, y con éste en septiembre de 1996) 



Hace unos días murió Albert Falco. Los de mi quinta recordarán sin duda aquella serie de documentales en los que el comandante Jacques-Yves Cousteau nos mostró el mar de otra manera distinta a como entonces lo conocíamos, no sólo como un escenario de aventuras de piratas, ni como un lugar de veraneo o de pesca, sino como algo vivo, lleno de misterios de vida y de muerte. Recordarán también al capitán del Calypso, el barco de Cousteau, un hombre moreno y bajito llamado Albert Falco uniformado siempre con la camiseta a rayas de los marineros marselleses. Cousteau, Falco y Calypso, tres nombres que se resumen en el título de un libro, Passion de la Mer, que me regaló Falco con ocasión de una visita que hizo a Murcia en septiembre de 1996 para estudiar el problema de las medusas del Mar Menor en compañía de Miguel Ángel García Gallego, otro hombre de mar.
Me enteré del fallecimiento de Falco por un post de Agustín Alcaraz en Facebook, en el que mencionaba su encuentro con Albert Falco e incluía una foto del libro que el marino le había obsequiado. Añadía Agustín que, si la memoria no le fallaba, yo debía tener otro libro igual puesto que habíamos compartido el encuentro con Falco y recordaba que a mí también me había obsequiado un ejemplar. Y como a Agustín nunca la he fallado la memoria, así era. Passion de la Mer ocupa un lugar de honor en mi biblioteca de libros dedicados, compartido entre otros con un ejemplar del “Cuaderno de Nueva York” del poeta canario José Hierro, en el que el autor me dibujó junto a la dedicatoria unos explosivos geranios, cuyos rojos y verdes contrastan con el gris frío de la gran manzana de la que hablan sus poemas. Del libro de Falcó, en el estilo lírico que la evocación del mar me suscita siempre, escribí hace unos años lo siguiente:

“Al comienzo del libro y a modo de dedicatoria, Falco me escribió las siguientes palabras:
La mer ne sera sauveè que par notre coeur, elle sera préserveè que si nous lui manifestons un feu d´amour
(La mar no se salvará mas que por nuestro corazón, sólo se conservará [la mar] si le manifestamos un acto de amor.)
            El pequeño marsellés, ése sí que es un aventurero, ha surcado todos los mares y océanos del planeta al timón del Calypso. De la mar, lo sabe casi todo. Ha conocido su enfado terrible, su inmenso poder en mitad de la tormenta, sus bramidos de cólera, su fuerza de gigante, entre cuyas manos la vida adquiere la fragilidad del cristal. Y eso le ha enseñado a temerla. Pero también se ha estremecido con sus caricias, se ha visto seducido por el azul profundo de las aguas y por el coqueteo de las olas, se ha sentido tentado por sus tesoros y se ha rendido admirado por la vida que guarda en su vientre. Y eso le ha obligado a amarla. Y en medio de la aventura, ha encontrado la poesía. Y en ellas, la libertad.
            Los viejos marineros y los pescadores han sabido siempre que el mar tiene una naturaleza femenina y, por eso, porque lo saben mujer, le llaman la mar. No se si las mujeres ven en la mar al hombre fuerte y de manos suaves, salvaje y niño a un tiempo, pero bien pudiera ser así. De lo que sí estoy seguro es de que el hombre de mar, el hombre libre por definición, ve en la mar a la mujer deseada, a la que puede hender con la proa de su barco, a la mujer que es a la vez compleja y primitiva, veleidosa y firme, despiadada y sensible, que todo lo da y que todo lo exige, a esa mujer tras la que se esconde la promesa de la aventura, de la que sabe con toda certeza que en un abrazo, el más dulce, puede arrebatarte la vida.

            Ya lo escribió Baudelaire, al que Falco cita en su libro:
Homme libre, toujours tu chériras la mer…
(Hombre libre, siempre amarás la mar...)

La información sobre su fallecimiento, que luego he consultado, no lo dice, pero estoy seguro de que los restos de Albert Falco descansan en los brazos de quien fue la pasión de su vida: la mar.
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