martes, 29 de mayo de 2012

España pita porque no pita

Pito Doble


(Artículo publicado el 29 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


No sé de qué se sorprenden. La sonora pitada (más que pitada, pitorreo) que se escuchó en la Final de la Copa del Príncipe celebrada el pasado viernes en el Estadio Manzanares cuando apareció Don Felipe en el palco y comenzaron los sones de un telegráfico himno nacional (la pitada no se escuchó en los hogares gracias a Televisión Española, la más española de las televisiones), no era sino lo que cabía esperar en esta España rota en cien pedazos. A juzgar por sus caras la cencerrada tampoco sorprendió mucho a la vicepresidenta Soraya (que lucía su peinado habitual) y bastante menos al propio Heredero de la Corona (que lucía su estatura habitual). Y, si ellos no se inmutaron ante el tremendo abucheo (haciendo gala de su savoir faire habitual, que diría un cronista pelotillero y cursi) por qué nos vamos a inmutar los demás, me pregunto yo. España no existe, es cierto, si bien los hermeneutas de la Gran Pitada acertarían si no se limitaran a apuntar únicamente a la disgregación política de los territorios y de las gentes ibéricas como causa de la misma. Jugando al retruécano, España pita porque no pita. Dicho de otra forma, si las cosas fueran bien apenas pitarían un par de morroskos y dos o tres caganet, y la Copa del Rey seguiría siendo la Copa del Rey.
Es natural que si el pueblo pasa hambre clame contra el César, incluso con mayor facilidad si se reúnen en el circo para asistir a los juegos saturnales. Por eso los césares sumaron el pan al circo romano, Panem et circenses que decía el latín muerto pero insepulto, pan y circo y no sólo circo, avispados polisperitos. Los españoles cargan contra el Gobierno, sea del color que sea, porque pasan hambre y porque confían en pasar aún más. Los Españoles cargan contra la Corona porque la Corona no resuelve sus problemas en tanto que caza elefantes. Escribí hace algún tiempo que la izquierda desempolvaría la bandera republicana para tratar de volver a la Moncloa y, de paso, tal vez, al Palacio de Oriente, al que volverían a llamar Palacio Nacional. Tras los experimentos morganáticos, la lapidación pública del Duque y la Elefantíada, la monarquía española solo necesita ya de un Cromwell que convenza al Parlamento de que, donde mejor están las cabezas coronadas, es en la picota. Por eso pitan al Príncipe a pesar de todos sus reales esfuerzos.
Los españoles cargan contra dos de sus símbolos (la bandera y el himno; el fútbol es el tercero), entre otras cosas porque ya no son españoles, ni siquiera son españoles desengañados, sino que son simple y llanamente vecinos de corrala, de este Patio de Monipodio en que se ha transformado España. Ya sé, ya sé, querido lector malasombra (como no podía ser de otra manera, siempre que puede me lleva la contraria), que aún quedan almas de cántaro que creen que España existe, incluso los hay que piensan que sigue siendo una unidad de destino en lo universal, y que es silbada por un reducido grupo de separatistas dispuestos a hacerse oír en medio de la salva de aplausos nacionales. Pero es al revés, queridísimo lector, son casi todos los vecinos quienes silban y abuchean y unos pocos tan sólo quienes bajan el volumen del televisor para no oírlos.
Los vecinos pitan contra los bancos que dicen ahora que las ayudas de decenas de miles de millones de euros que van a recibir  no se devuelven porque Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita, o algo parecido. Los vecinos pitan contra los políticos, obsesionados con su propio ombligo y dispuestos a seguir haciendo titánicos esfuerzos con el sudor de los demás. Los vecinos pitan contra la crisis como si fueran ajenos a ella. Los vecinos pitan contra los sindicatos precisamente porque los sindicatos no han sido ajenos a ella. Los vecinos pitan contra todo.
Bueno, contra casi todo. El tercer símbolo permanece a salvo de las pitadas. Los vecinos no pitan contra la Selección de Fútbol a pesar de ser Española, ni contra Vicente del Bosque pese a ser marqués, al menos no lo hacen mientras no pierda.
Y tampoco pitan contra Zapatero como lo hacían en el desfile de las Fuerzas Armadas porque hoy, desaparecido tras el combate, dedicado a la supervisión de nubes y perdido en la noche de la historia, el viejo y tierno ZP les importa un pito, qué quieren que les diga.
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miércoles, 23 de mayo de 2012

El Paraíso Perdido


El Gurugú de Ulea



(Artículo publicado el 23 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)



            «¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste?
(John Milton)

            He escrito en alguna ocasión sobre mi afición a los libros y no solo a leerlos, lo que se traduce en una casa atestada de ellos y en  dos colecciones que poco tienen de valiosas y mucho de evocadoras. Una de ellas es la de libros autografiados por sus autores: pequeños o grandes, famosos o no, buenos o malos, todos tienen un lugar en mi biblioteca y morirán conmigo. La otra es la integrada por los libros viejos, alguno puede ser tachado incluso de antiguo, que he comprado en las ciudades que he visitado, uno en cada una. Ya les dije una vez que un libro viejo, si uno tiene la paciencia de buscar una librería de saldo o un mercadillo de libros, es un recuerdo barato y fácil de transportar en la maleta, entre cuyas páginas puedes guardar otros recuerdos de viaje: un billete de metro, el ticket de un restaurante o una hoja de roble. Entre mis libros de ciudad visitada hay una edición inglesa de “El Paraíso Perdido”, de John Milton, que compré en una librería de Nothing hill, en Londres. Se trata de una edición de mediados del siglo diecinueve, encuadernada en piel azul para una biblioteca particular. Pero no es de libros de lo que les quiero hablar hoy, sino de paraísos perdidos.
En las cercanías de Ulea hay un pequeño templete conocido como el Gurugú. Se trata en realidad de una vieja caseta de aperos de labranza que su dueño hizo construir caprichosamente parecida a una torre moruna. Desde el Gurugú se contemplaba uno de los paisajes más hermosos del Valle de Ricote: las huertas apretadas de Archena, Ojós, Ulea y Villanueva, el meandro del río Segura que serpentea por el mar verde y, al fondo, los riscos y peñas que esconden Ricote y más allá, Blanca y Abarán. Se podría decir que el Gurugú es casi la entrada al valle y, por eso, en aquellos tiempos breves en que me ocupé del turismo y de la cultura regionales hace ya diez años largos, ordené la restauración del Gurugú, el ajardinamiento de la colina en la que se asienta y la instalación de un pequeño centro de interpretación turística en el templete. La actuación se habría de completar con la transformación de la vieja subestación hidroeléctrica situada en la ribera al pie del Gurugú en un pequeño complejo de hostelería dotado de una terraza asomada al río que allí se ensancha e, incluso, de algunas barquillas de remos para alquilar. Hoy la subestación eléctrica sigue allí, exactamente como entonces, abandonada y casi en ruinas. El paisaje ha cambiado y se ha ido salpicando de los tejados de varias construcciones que manchan el verde de la huerta.
            Alguien se preguntará por qué escribo hoy del Valle de Ricote y del Gurugú y la respuesta está al comienzo de este artículo, en el título de la obra de Milton. En eso y en la conversación que mantuve el sábado pasado con unos viejos amigos de Ulea, en la que supe de la suerte que había corrido aquel proyecto. Es posible que, como ya ha ocurrido con otros lugares singulares como el Mar Menor, estemos asistiendo impertérritos a la pérdida de otro paraíso, el Valle de Ricote, la Palestina verde, cuya conservación es, al menos, dudosa. La otra Palestina murciana, la árida, afortunadamente permanece casi intacta. Se trata de la vega del río Chícamo, a caballo entre los municipios de Abanilla y Fortuna.
Siempre pensé que, juntos o separados, el Valle de Ricote y la vega del Chícamo eran los auténticos tesoros paisajísticos y costumbristas de la Región de Murcia y que, juntos o separados, podrían configurar un excepcional parque temático en donde el modelo de crecimiento sustentado en la industria y en la agricultura intensiva fuera sustituido por el basado en el turismo rural y de salud y en la agricultura tradicional.
Tal vez me equivoque y aún sea tiempo. Tal vez el paraíso aún no esté perdido.
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martes, 15 de mayo de 2012

La España inmoral


¡Qué bello es vivir! George Bailey, el último banquero


(Artículo publicado el 15 demayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)


Sé muy bien que con un título así mi lector malasombra no dudará en tachar mi artículo de rancio y anticuado, pues lo estiloso, lo cool, lo que se lleva en la España progresista y post moderna es el relativismo moral, es decir, la ausencia de límite moral alguno. El relativismo moral no es la simple amoralidad, ésa que se predica de lo que no se califica a priori como bueno o como malo, sino que se trata de la aceptación práctica de la inmoralidad absoluta. Es la transgresión hecha norma: todos los límites pueden ser transgredidos y todos los hombres pueden ser transgresores. Tan letal ha sido el virus de la inmoralidad que no ha dejado títere con cabeza. Pónganse a buscar y por más que se esfuercen no hallarán una institución o un grupo de individuos organizado que haya sobrevivido al síndrome del relativismo, que no se haya dejado los pelos en la gatera de las concesiones morales o que haya hecho ascos a un rédito por el simple hecho de que procediera de la renuncia a alguno de sus principios fundamentales.
Que la banca ha sido el paradigma de la inmoralidad es algo que ya sabíamos. En ausencia de reglas morales, la frontera infranqueable estaba constituida, de un lado por la ortodoxia bancaria y, de otro, por las leyes de mercado, de manera que no era que ganaran siempre los buenos como ocurría con la moral tradicional, sino que los únicos buenos de esa película eran los que ganaban siempre. Hoy, incluso esos límites que podríamos calificar de amorales han desaparecido. Ni la ortodoxia bancaria ni la ley última de la pérdida y la ganancia, ni siquiera un mínimo sentido de la proporción, constituyen ahora un límite respetado. Y sin embargo, las grandes corporaciones financieras se empeñan en convencernos de que dentro de ese frío cuerpo de cristal, acero y códigos de veinte dígitos late tierno un corazoncito. Si usted ve un anuncio televisivo en el que, entre trinos y gorjeos, alguien protege el medio ambiente, cuida del trabajo de todos y de la igualdad de oportunidades de la gente, se ocupa de su derecho a una vivienda con jardín y aire acondicionado, y mima su salud en una linda habitación individual atestada de flores, al tiempo que describe el mundo en que vivimos como algo azul como el mar, verde como la hierba y sonrosado como el culito de un bebé, no tenga duda al respecto: se trata de la publicidad de un banco o de una caja de ahorros, que al final han resultado ser lo mismo. Claro que no le dirán a usted que al que no pague la hipoteca, aunque sea padre o madre de familia numerosa y aunque esté en el paro desde hace meses, lo desahuciarán sin contemplaciones porque han vendido sus activos inmobiliarios tóxicos o no a una sociedad especializada en sogas de ahorcado. Tampoco le dirán a usted, que tiene domiciliada su nómina de mil y pico euritos en la gorjeante institución financiera, que los miembros del Consejo de Administración, ex políticos, sindicalistas y comunistas incluidos, ganan cada uno varios cientos de miles de euros al año a cambio de casi nada, y que el presidente del banco, el mismo que ha dejado un agujero negro que deberemos pagar entre todos, cobraba él solito varios millones al año. No le cuentan que el nuevo presidente, el que viene a salvar el banco con su dinero de usted y con el mío, va a cobrar lo mismo que el que se ha ido, y que además trae a cuestas, el pobre, una pensión vitalicia de tres millones y medio de euros anuales del último banco en el que estuvo, donde además percibió más de cincuenta millones como indemnización tras dos años de arduo trabajo.
Y no sólo es la banca. Otro tanto ocurre aquí y allá, en las instituciones privadas y en las públicas, en los gobiernos y en los partidos políticos, en la monarquía y en los indignados. La crisis de valores morales, cuando no la ausencia de los valores mismos, se adivina detrás de una cacería de elefantes en Botswana del mismo modo que lo hace en las actividades financieras de un duque, en el desmedido salario de un banquero intervenido o en el gasto incontrolado, frívolo y fútil de una administrador público. No es sino la ausencia de valores lo que ha reducido la indignación a una simple rabieta por no poder acampar gratis en una plaza, o lo que hace que los sindicatos reúnan menos gente el día del trabajo que el campeón de liga en la Plaza de la Cibeles. Es la inmoralidad sólidamente instalada en la sociedad la que hace que las siete palabras que ha escrito un descerebrado en Twitter generen más rentas que cualquier libro de poesía que haya sido publicado en España. Es la inmoralidad pública de la instituciones y la inmoralidad privada de los hombres la que hace increíble cualquier solución a los problemas.
El Rey llamó a este tipo de cosas falta de ejemplaridad hasta que el propio Rey tuvo que callar.
Pero ya basta.
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martes, 8 de mayo de 2012

El hombre corriente





(Artículo publicado el 8 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)



Je ne comprends rien du tout. Andan los sociatas extrañamente exultantes con la victoria de François Hollande, ese hombre corriente que ha negado más de tres veces a Zapatero. “Tú egues un Sapatego”, le decía Nicholas Sarkozy a Hollande, en el mismo tono apocalíptico que sin duda empleó con Moisés el hombre del tiempo de aquel entonces. “El Sapatego lo segás vou”, le contestaba Hollande con el aire ofendido de cualquier hombre corriente que se viera increpado así. Ocurre también que Hollande tendría muy presente el apoyo incondicional que Zapatero prestó a Ségolène Royal, anterior candidata socialista a la presidencia y, por un casual, santísima de Hollande desde hacía treinta años, a la que el mal fario de Zetapé costó la presidencia de Francia y el matrimonio, las dos vías que tenía para convertirse en inquilina del Elíseo. Claro que los primeros en negar a Zapatero no han sido los socialistas franceses, sino los españoles, de manera que por ahí pudiera venir la alegría de los Rubys. Esta chica que estudia desde siempre dos carreras universitarias, Elena Valenciano, ha llegado a proclamar que ha comenzado el cambio en Europa. Y puede que en esto tenga razón. Es muy posible que haya cambios profundos en Europa. De momento, y por eso será que Mariano Rajoy está tan callado, el eje Merkozy dejará paso en unos días al eje Merkajoy, cosa que a nosotros no nos viene mal. También es posible que las políticas económicas del “hombre corriente”, consistentes como saben en aumentar el gasto social no productivo y el empleo público, en reducir la producción de energía eléctrica de origen nuclear en favor de las energías renovables, en construir viviendas sociales y en rebajar la edad de jubilación a los sesenta años, consigan que la France destrone a l´’Espagne en el ranking de países europeos ruinosos. Sí, querido lector malasombra, sí, ya sé que lo tiene difícil, tan difícil como lo tenía ZP hace tres o cuatro años y, sin embargo, nuestro supervisor de nubes lo consiguió aplicando una receta muy parecida a la de Hollande.
            No seré yo quien me entristezca por la victoria de Hollande en Francia. En primer lugar, porque nunca me ha gustado Sarkozy, el emperador frustrado, un hombre bajito y presumido, pendiente siempre de ponerse las alzas más grandes, a ver si así podía superar en estatura a Angela Merkel. No me gustó su romance de papel couché con Carla Bruni, ocultado durante la campaña presidencial y exhibido luego sin pudor alguno en busca de la foto fácil del triunfador y la bella. Ni me gusta Carla Bruni ni me gustan sus canciones. Por el contrario, me identifico con la figura del hombre corriente, tanto más corriente cuanto que se trata del sustituto corriente y gris de otro emperador frustrado, éste por sus bajas pasiones, llamado Dominique Strauss-Khan. Son los hombres corrientes quienes, si continúan siéndolo después de ganar unas elecciones, poseen el sentido común que es el más escaso de los sentidos, aunque es cierto que resulta muy difícil que un francés conserve la sensatez y la cordura una vez que cruza las puertas del Eliseo, del mismo modo que es casi imposible que ocurra lo propio cuando un español llega a La Moncloa. Finalmente, prefiero antes a un socialista que a un conservador en la presidencia francesa por la razón que ya he dicho: un socialista francés en las actuales circunstancias empobrecerá a Francia, lo que a la postre enriquecerá a España, y se alejará de Alemania, lo que nos acercará a nosotros a ella, de manera que Vive la France!
            Mi querido Ignatius, ya lo conocen ustedes, mi asesor en materia de Grandeur, Splendeur y Estilo Imperio, me decía esta mañana que a Francia solo le falta una cosa para ser perfecta: un Borbón. No obstante, la Restauración pendiente de la monarquía francesa no le ha impedido acometer su propia restauración con un desayuno en el que se han dado cita todo tipo de grasas saturadas, de fiambres y de fritorios, eso sí, con una despavorida ramita verde por encima. Luego, se ha pertrechado de su recado de escribir, como él gusta en llamar últimamente a su lápiz y a su cuaderno Gran Jefe, y ha comenzado la redacción de una carta que comienza así:
            “Mi muy Querido y Respetado Luis Alfonso:
            Ante el último atentado perpetrado por la ciudadanía francesa contra las reglas de la Ortodromia, del Buen Gusto y la Decencia, y antes de que la Santa Monja Rosvita, aquella mujer ejemplar que iluminó el oscuro medioevo, se remueva frágil en su tumba, me dispongo a…”
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jueves, 3 de mayo de 2012

Passion de la Mer




(Artículo publicado el 1 de mayo de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)

(En la foto, Albert Falco con Juan Megías, padre del autor, y con éste en septiembre de 1996) 



Hace unos días murió Albert Falco. Los de mi quinta recordarán sin duda aquella serie de documentales en los que el comandante Jacques-Yves Cousteau nos mostró el mar de otra manera distinta a como entonces lo conocíamos, no sólo como un escenario de aventuras de piratas, ni como un lugar de veraneo o de pesca, sino como algo vivo, lleno de misterios de vida y de muerte. Recordarán también al capitán del Calypso, el barco de Cousteau, un hombre moreno y bajito llamado Albert Falco uniformado siempre con la camiseta a rayas de los marineros marselleses. Cousteau, Falco y Calypso, tres nombres que se resumen en el título de un libro, Passion de la Mer, que me regaló Falco con ocasión de una visita que hizo a Murcia en septiembre de 1996 para estudiar el problema de las medusas del Mar Menor en compañía de Miguel Ángel García Gallego, otro hombre de mar.
Me enteré del fallecimiento de Falco por un post de Agustín Alcaraz en Facebook, en el que mencionaba su encuentro con Albert Falco e incluía una foto del libro que el marino le había obsequiado. Añadía Agustín que, si la memoria no le fallaba, yo debía tener otro libro igual puesto que habíamos compartido el encuentro con Falco y recordaba que a mí también me había obsequiado un ejemplar. Y como a Agustín nunca la he fallado la memoria, así era. Passion de la Mer ocupa un lugar de honor en mi biblioteca de libros dedicados, compartido entre otros con un ejemplar del “Cuaderno de Nueva York” del poeta canario José Hierro, en el que el autor me dibujó junto a la dedicatoria unos explosivos geranios, cuyos rojos y verdes contrastan con el gris frío de la gran manzana de la que hablan sus poemas. Del libro de Falcó, en el estilo lírico que la evocación del mar me suscita siempre, escribí hace unos años lo siguiente:

“Al comienzo del libro y a modo de dedicatoria, Falco me escribió las siguientes palabras:
La mer ne sera sauveè que par notre coeur, elle sera préserveè que si nous lui manifestons un feu d´amour
(La mar no se salvará mas que por nuestro corazón, sólo se conservará [la mar] si le manifestamos un acto de amor.)
            El pequeño marsellés, ése sí que es un aventurero, ha surcado todos los mares y océanos del planeta al timón del Calypso. De la mar, lo sabe casi todo. Ha conocido su enfado terrible, su inmenso poder en mitad de la tormenta, sus bramidos de cólera, su fuerza de gigante, entre cuyas manos la vida adquiere la fragilidad del cristal. Y eso le ha enseñado a temerla. Pero también se ha estremecido con sus caricias, se ha visto seducido por el azul profundo de las aguas y por el coqueteo de las olas, se ha sentido tentado por sus tesoros y se ha rendido admirado por la vida que guarda en su vientre. Y eso le ha obligado a amarla. Y en medio de la aventura, ha encontrado la poesía. Y en ellas, la libertad.
            Los viejos marineros y los pescadores han sabido siempre que el mar tiene una naturaleza femenina y, por eso, porque lo saben mujer, le llaman la mar. No se si las mujeres ven en la mar al hombre fuerte y de manos suaves, salvaje y niño a un tiempo, pero bien pudiera ser así. De lo que sí estoy seguro es de que el hombre de mar, el hombre libre por definición, ve en la mar a la mujer deseada, a la que puede hender con la proa de su barco, a la mujer que es a la vez compleja y primitiva, veleidosa y firme, despiadada y sensible, que todo lo da y que todo lo exige, a esa mujer tras la que se esconde la promesa de la aventura, de la que sabe con toda certeza que en un abrazo, el más dulce, puede arrebatarte la vida.

            Ya lo escribió Baudelaire, al que Falco cita en su libro:
Homme libre, toujours tu chériras la mer…
(Hombre libre, siempre amarás la mar...)”

La información sobre su fallecimiento, que luego he consultado, no lo dice, pero estoy seguro de que los restos de Albert Falco descansan en los brazos de quien fue la pasión de su vida: la mar.
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martes, 24 de abril de 2012

Elefante Gordo, Vaca Muerta, Perro Flaco


Lindo Pulgoso

            Me explico.

ELEFANTE GORDO: La humillación pública de Don Juan Carlos ante las cámaras de televisión, en el papel del viejo y simpático truhán al que han pillado en una trastada, solo ha servido para que la media España que vitoreaba a su abuelo en las plazas de toros antes de echarlo al mar de una patada se enternezca con el nieto antes de darle el pasaporte republicano. Dicho de otra manera: es posible que el pueblo haya perdonado a Don Juan Carlos, pero me temo que jamás perdonará al Rey, de manera que no sabemos muy bien a quién hemos perdonado, si es que hemos perdonado a alguien. Del mismo modo, Don Juan Carlos pidió perdón sin explicar de qué lo hacía, qué era aquello que sentía tanto, si el pecado o el escándalo, en qué se había equivocado y qué cosa era la que no volvería a ocurrir, por lo que tampoco sé sabe muy bien qué es lo que hemos perdonado los españoles, si es que, insisto, hemos perdonado algo.
De tanto vulgarizarlo y presentarlo como un ciudadano más, cuando no lo es, se nos olvida a veces que el Rey tiene unos privilegios vitalicios que no poseemos el resto de los ciudadanos. El mayor de ellos, dice la Constitución, es que la persona del Rey es inviolable y que no está sujeta a responsabilidad. Y si no puede ser imputado ni juzgado por la comisión de un delito, cómo podría ser culpado entonces por los contenidos inconfesables de su agenda privada, por ir a una ostentosa cacería de elefantes o por tener una relación otoñal con una princesa de cartón piedra. Por propia definición, no existen Reyes que den explicaciones, como no existen comunistas democráticos ni curas ateos, por más que la izquierda se empeñe en lo contrario.
Ahora bien, la monarquía constitucional es un sistema en el que los privilegios reales se compensan con pesadas cargas vitalicias, ambos expresamente determinados en la Constitución. El Rey no puede ser responsabilizado de nada, pero el Sucesor no puede contraer matrimonio contra la expresa prohibición del Rey y de las Cortes Generales bajo pena de ser excluido de la sucesión. El Rey vive en un palacio, pero vive prisionero en él. Tiene ventajas personales, pero nadie le reconocerá que alguna de ellas lo sea por méritos propios. El Rey no puede ser juzgado, pero la sentencia de la Historia, cuando se produce, no tiene apelación. Es justamente esta línea de equilibrio entre las cargas y los privilegios la que hace moralmente aceptable la figura del Rey. Pero ocurre que en esta sociedad cada vez más expuesta al juicio arbitrario de la opinión pública (aquel a quien hoy se aclama como a un héroe, mañana es vilipendiado como un villano) a las viejas cargas se han ido incorporando otras no previstas expresamente en la Constitución, como por ejemplo que el Rey no tenga vida privada, que sea ejemplar (con lo difícil de precisar que es ésto) o que nos tenga que pedir a cada uno de nosotros, sus súbditos, permiso para echar una cana al aire. Por eso, cuando la Monarquía quiebra la línea, cuando se desprende de alguna de estas cargas o cuando incumple alguna de sus obligaciones, sean constitucionales o no, todos los privilegios decaen y el Rey deja de serlo para transformarse en el ciudadano Borbón, pues lo cierto es que no se puede dejar de ser Rey solo un poquito, como no se puede estar un poquito preñada o un poquito muerto. Recuerden, si el Príncipe Azul ronca o le cantan los pinreles, no es ya que no sea Azul, es que ya no es Príncipe.

VACA MUERTA: Me refiero a la señora viuda de Kirchner. No, no es que la llame Vaca Muerta, que yo soy un caballero, sino que la culpa de todo lo que ha pasado con la nacionalización de REPSOL-YPF la tiene el hecho de que se encontrara una ingente cantidad de petróleo en un lugar llamado Vaca Muerta y, claro, la señora Viuda Negra decidió que el petróleo argentino es de los argentinos. Más o menos lo mismo que decidieron los gobiernos de Aragón y de Castilla-La Mancha acerca de las aguas que corren por sus tierras, que las aguas aragonesas o manchegas eran de los aragoneses y de los manchegos. Y si aquello se dio por bueno, es decir lo dieron por bueno los políticos y la prensa lugareña, no sé ahora de qué nos extrañamos, la verdad.

PERRO FLACO: Claro que todo lo anterior le ocurre a España cuando se hace cierto el viejo refrán de que “a perro flaco, todo son pulgas”. Perro Flaco, España Flaca, todo son pulgas, sean pulgas argentinas o republicanas.

(Artículo publicado el 24 de abril de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)

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martes, 17 de abril de 2012

Realmente, qué mala pata...





(Artículo publicado el 17 de abril de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)





Por si alguien tenía dudas de que la Casa Real no anda bien, llega Su Majestad y se fractura la cadera tan sólo unos días después de que su nieto favorito, el más Borbón de sus nietos, se disparara un tiro en el pie. Esas cosas pasan con los niños, declaró comprensiva su abuela, cuando lo que debería haber dicho es que estas cosas pasan con los Borbones, sean niños o ancianos. Lo del pequeño Froilán ya lo ha resuelto la España farisaica con la lapidación virtual del padre de la criatura, el ex yerno real Marichalar, que deberá declarar sobre el percance y que se arriesga a una multa de 3.000 eurillos. Qué suerte tener un yerno a mano. La España común, la de la pandereta y el chascarrillo, alumbró inmediatamente miles de chistes sobre el accidentado pie de Froilán.


Uno: Dice Leonorcita que mientras que a España se le dispara la prima de riesgo, a ella se le dispara en el pie el primo de riesgo.


Otro: Que después de observar como se ha disparado en el pie ya sabemos que Froilán es del PP.


Pero en el fondo, dirá la versión última y definitiva de esta historia, todo este revuelo a cuenta del accidente del nieto no es más que fruto del enorme cariño que sienten los españoles por la Familia Real y por la Corona.


Otra cosa es el accidente del abuelo.


Pronto ha olvidado la Conjura Republicana de lo Políticamente Correcto lo mucho que ha hecho por España la figura del Rey Don Juan Carlos, mucho más desde luego que el propio Don Juan Carlos, cuyas diversiones y devociones aunque silenciadas durante años son bien conocidas por todos. Pero también olvida la Conjura que esas aficiones han suscitado desde siempre la ciega admiración del pueblo español, algo así como un ¡Vivan las “caenas” del jolgorio! Don Juan Carlos ha sido tanto más querido por el pueblo llano cuanto más se ha rumoreado acerca de su donjuanismo o de su gusto por el escocés con hielo. Y es que, cuando sea mayor, al pueblo español le gustaría ser como Don Juan Carlos. De hecho no deja de hacer prácticas para conseguirlo. Fíjense. En tanto que la Conjura critica al Rey por estar de cacería mientras España está sumida en una profunda crisis económica, muchos millones de españoles llevan varias semanas sin dar un palo al agua engolfados con las Fallas, las procesiones y las Fiestas Sardineras de la Primavera Murciana, y pronto harán lo propio con la Feria de Abril, con la de San Isidro y con todo festival que se les ponga por delante. España y Don Juan Carlos son así, de manera que por ese lado no ha habido problema alguno.


Pero en este accidente hay un hecho diferencial que la Conjura se ha encargado de resaltar: el accidente ha ocurrido durante la cacería de …¡un inocente y protegido elefante! Es como si el Rey hubiere torturado, aniquilado y escarnecido a Dumbo, a Babar y al Coronel Hathi, todos juntos, y con ellos hubiera dilapidado los treinta y siete años de servicios como monarca. O por poner otro ejemplo es como si Froilán, el joven Borbón, en lugar de dispararse en el pie, hubiera alcanzado con la perdigonada a una tortuga mora que pasaba por allí. Entonces, el dies irae se habría cernido sobre el primo de riesgo, que diría Leonorcita. Volviendo al Rey, si el accidente Real hubiera ocurrido cazando otra cosa, patos con reclamo o liebres con bastón, por ejemplo, o compitiendo en el Campeonato de Lanzamiento de Hueso de Oliva, yo qué sé, la Conjura Republicana de lo Políticamente Correcto habría reafirmado públicamente su firme compromiso con la monarquía a la vista del tradicional y sacrificado apoyo de la Casa Real al deporte en general, incluido el cinegético, y a las especialidades regionales del deporte popular en particular. Pero como el accidente ha ocurrido donde y como ha ocurrido, en una cacería de elefantes a cuarenta mil euros la unidad, cerca del Congo Belga y con la Reina haciendo la Pascua griega a varios miles de kilómetros de distancia, entonces, digo, la Conjura se ha rasgado las vestiduras y se ha mesado los cabellos republicanos. Incluso uno de sus vástagos, por más señas Tomás Gómez, ha llegado a pedir la adbicación del Rey, que es como se denomina técnicamente a la dimisión de los reyes, mientras que otro, Patxi López, ha exigido que el Rey pida perdón, no sabemos si al pueblo vasco o al elefante. Por fin, el inescrutable Rubalcaba no ha dicho nada y lo ha dicho todo, dejando a Su Majestad con el arma descargada, la cadera fracturada y rodeado por todas partes de elefantes de Botswana y leones de la carrera de San Jerónimo.


Matar un elefante, qué mala pata…


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miércoles, 11 de abril de 2012

Mi cuchillo cebollero




(Artículo publicado el 10 de abril de 2012 en el diario La Opinión de Murcia)





Me equivoqué. Lo mío no era el Derecho sino la Cocina. He tenido que pasar más de treinta años bregando entre papeles y lidiando informes y demandas para darme cuenta de que mi auténtica vocación estaba más cerca de los fogones y del cuchillo cebollero de Paul Bocuse que del Código Civil de Napoleón y de la magna obra de Castán Tobeñas. Que conste que con esta confesión pública no le resto un ápice de valía a mi trabajo, pues me tengo por jurista competente aunque escéptico y desengañado. Simplemente les digo que por fin he descubierto que me salen mejor las fabes con almejas que las contestaciones a la demanda, que emplato mejor que enjuicio y que pico los ajos con más gracejo que lo hago con los argumentos del contrario. Lo que ocurre es que mi descubrimiento llega tarde en lo tocante al quehacer profesional, pues ni me veo de aprendiz ocho horas diarias picando kilos y kilos de verduras en brunois en lugar de picar pleitos, ni me imagino vestido con la toga blanca de cocinero en lugar de la toga negra de jurisperito. No, no es tiempo de cambiar. Al menos, no es tiempo de cambiar del todo.


Sin embargo, el hallazgo tardío de mi vocación errada no fue en balde. Decidí que si a estas alturas no podía convertirme en jefe de cocina o al menos en cocinero profesional, ejercería como tal en la cocina de mi casa. Por supuesto que lo primero que hice cuando me reconocí cocinero antes que fraile fue adquirir mi propio equipo, empezando por un cuchillo cebollero como Dios manda, porque un cocinero sin cebollero es como un caballero sin espada. Les confieso que me lo pensé mucho. Que si uno clásico, de empuñadura de madera y hoja de Albacete, o uno de esos nuevos, de empuñadura y hoja de acero de Solingen como los que manejan diestramente los Arguiñanos y compañía. O uno japonés como los de Iwao Komiyama, de filo rebajado en un solo lado de la hoja. O uno de cerámica, el colmo de la modernidad, que cortan como navajas de afeitar y no hace falta afilarlos jamás. Al final pudo más la vena conservadora y me hice con un estupendo cuchillo de los de toda la vida con el que me dí mi primer tajo cuasi profesional, llevándome por delante media uña que acabó finamente picada con el perejil. Lo siguiente fue una tabla de cortar, grande como un campo de fútbol, capaza de servir de cama de despiece de un buey. Luego, preso ya del furor culinario que se desata en este tipo de vocaciones tardías, fui llenando los cajones de las más variopintas herramientas de cocina: peladores, vaciadores, mazos y rodillos, moldes de acero y de silicona, rayadores varios, lenguas, varillas, palas, pinzas, cucharones, raseras, de acero, de madera, de silicona… Finalmente, descubrí que casi todo ello era innecesario, tanto más innecesario cuanto menor fuera la cantidad de comida a elaborar. Casi no me hizo falta ver a Jamie Oliver filetear un entrecot con un cortauñas o revolver la ensalada con la vinagreta directamente con las manos para saber que la cocina necesita muy poco equipo o, como decía mi abuela, que mucha gente para la guerra es buena.


Les cuento todo esto porque cuando me disponía a escribir un artículo furibundo contra la construcción en Madrid o en Barcelona, no sabemos quién dará más, de una especie de sede europea de Las Vegas me he dado cuenta de que escribirlo es tan poco atrayente como redactar la contestación a la demanda en un pleito que sabes perdido de antemano. Si la versión española de la Ciudad del Pecado reporta dividendos a las arcas públicas se hará sí o sí. Si para ello hay que modificar la ley que impide a los ludópatas y a los menores de edad entrar en las salas de juego, se modificará. Si a la hora excluir a Las Eurovegas de su aplicación hay que olvidar cuánto se ha jodido a la hostelería española con la ley antitabaco, se olvidará. Si hay que omitir que buena parte de los miles de empleos que se van a crear el complejo de juego lo serán en actividades complementarias como la prostitución más o menos legalizada y el consumo de alcohol y drogas, pues se omitirá. Y si hay que rectificar las leyes laborales, las tributarias y las urbanísticas para que se instale cómodamente el Rey del Juego, pues se rectificarán. Y si, además, hay que regalarle el suelo necesario para ello, no les quepa duda sobre ello: se le regalará. No les digo ya lo que ocurrirá si al magnate se le ocurre que unos cuántos se bajen los pantalones.


Como les decía, prefiero la cocina y el cuchillo cebollero.


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