miércoles, 15 de septiembre de 2010

Me desespero y me desperezo

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(Artículo publicado el 14 de septiembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Aún bajo los efectos de la dosis de europeína en vena que me he chutado este verano, me disponía a escribir un furibundo artículo cargado de improperios contra todo lo que se me antoja odioso de esta España festivalera y excesiva a la que, por finalizar mis vacaciones, vuelvo siempre arrastrando los pies, como tras un permiso carcelario. No les negaré que, tal vez porque no viva allí, añoro la Europa verde y silenciosa, húmeda y aburrida, de ciudades añejas y pueblos desiertos, casi invisibles entre los árboles, a los que se adivina por el afilado campanario de una iglesia; la Europa ordenada, trazada como a escuadra y cartabón y, al mismo tiempo, de formas suaves y redondeadas; de carreteras ajardinadas e intransitadas, por las que se llanea dulcemente a setenta por hora. Sólo las autopistas francesas e italianas parecen casi españolas, atestadas de coches, de estrés y de velocidad, calurosas y casi polvorientas.





Tal vez sea porque no vivo allí, porque paso únicamente cortas temporadas de vacaciones, que no echo de menos el vocinglerío que me aturde en cualquier espacio público de España, el ruido gratuito e innecesario, la trifulca política estéril, el papanatismo acomplejado de los políticos supervivientes. Será porque no me da tiempo a hartarme de ello que me sorprende que se pueda dormir en silencio; que los vecinos se muevan sobre algodones a partir de las nueve de la noche; que los coches no tengan pito; que nadie estacione su coche encima de las aceras o en los pasos de peatones; que nadie se cuele en las colas; que el que se cruza contigo en un camino del campo o en una acera solitaria de la ciudad te salude siempre con un bon jour o con un guten Tag y te sonría con la mejor de sus sonrisas; que no haya pintadas en las paredes; que usen las papeleras; que el mobiliario urbano no esté estropeado, pintarrajeado, carcomido por los monopatines o simplemente demolido; que la vida corriente sea más barata que en España y que lo superfluo sea más caro.





Será porque no vivo allí que no echo de menos el alegre bullicio de aquí, la incesante e improductiva actividad de la mosca, el eterno cantar de la cigarra, ora vestida de mora, ora de nazarena, el correr del vino y el repique constante de las campanas.





.........Decía que venía dispuesto a escribir un artículo airado cuando me ha asaltado la melancolía del otoño que ya está próximo. Y lo ha hecho de la mano de un artículo que leí en el periódico de ayer, firmado por Ramón Jiménez Madrid, titulado La Peña. En él nos cuenta a qué dedica parte de su tiempo libre, de ese tiempo otoñal de la jubilación en el que muchos días luce el sol y que tanto se parece a la primavera. Hace un repaso de las peñas y tertulias que se reúnen en diversos cafés de Murcia a las que asiste, y nombra a algunos contertulios, y habla de lo que hablan. Me ha gustado mucho el artículo y me ha recordado un cuento de Unamuno que casualmente leí hace pocos días. Se titulaba precisamente El contertulio. Redondo, tras veinte años en Argentina, vuelve al lugar de su tertulia habitual en la rinconera del café de la Unión, su patria, como él la considera, su auténtica patria, aún por encima de su pueblo o de la misma España. Ya no queda ninguno de sus viejos amigos, ni Henestrosa, ni Romualdo, ni el mentiroso de Manolito. Hasta los mozos del café “o eran o se habían vuelto otros; ni les conoció ni le conocieron”. Dos días después, cabizbajo y alicaído de corazón, se acercó de nuevo a la rinconera del café de la Unión y se sentó en la tercera mesa de mármol, “junto al suelo de la que fue su patria”. Allí escuchó sorprendido cómo los que ocupaban las mesas de la vieja tertulia citaban por su nombre y hechos a algunos de sus viejos amigos. Hasta se acordaban de él. Comprobó que la tertulia había sobrevivido a los contertulios y volvió a sentir que la sangre de su patria, de su patria auténtica, corría de nuevo por sus venas.





.........Tal vez la patria no sea ésa que enarbola una bandera que luego se convierte en sudario, o aquélla que nos esquilma los bolsillos para satisfacer las veleidades del visionario de turno, o la que nos hace cómplices de muchas decisiones que no entendemos. Tal vez la patria sea algo mucho más pequeño, algo que cabe en la rinconera de un pequeño café…


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martes, 27 de julio de 2010

Canícula

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(Artículo publicado el 27 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)





La palabra comparte sonoridades con el nombre de uno de los emperadores romanos más crueles, y con el patronímico del príncipe rumano Vlad Tepes, el Empalador, el hijo de Dracul, pero se trata simplemente de un palabra de origen latino (no, sudamericano no, hijos de la LOGSE, latino porque procede del latín, sí, esa lengua muerta pero insepulta que estudiaron vuestros padres y que los hizo algo más cultos), que significa “perrita” y que da nombre al período del año en que es más fuerte el calor. Pensaban los romanos que al caerles la canícula encima les dejaba como perros sin aliento, echados a la sombra. Curiosamente, el diccionario de la RAE dice que en astronomía la canícula es el tiempo del nacimiento helíaco de la estrella Sirio (el Can) que antiguamente coincidía con la época más calurosa del año, pero que hoy no se verifica hasta fines de agosto. Lo que vienen a decir estos padres de la Lengua metidos a hombres del tiempo es que agosto, cuando se verifica el nacimiento de la estrella, ya no es el momento más caluroso del año, sino que la canícula se sitúa antes o después.



Los de por aquí abajo, a los murcianos me refiero, sabemos bien que desde hace años la canícula se sitúa en el mes de julio, en el que las temperaturas superan fácilmente los cuarenta grados. Los más viejos del lugar nos recordarán, sin embargo, que hace unos cuantos años no era así y que agosto era con mucho el mes más caluroso del año, de ahí su mala fama. Pero ya saben lo que dice el refranero, que unos crían la fama y otros cardan la lana.



Canícula podría ser también el título de una película de terror de ciencia ficción, en el que el sol se desmadra y nos pone a cocer sin misericordia alguna. Es posible que ese argumento, un tanto vulgar, lo sea aún más por cuanto que está sucediendo realmente. Dicen los científicos del calentamiento global que la temperatura media del planeta subirá entre tres y cinco grados más según las fuentes a lo largo del siglo XXI.



Una de las conclusiones más beneficiosas que deberíamos extraer de la probada suplantación de agosto por julio en el escalafón de meses calurosos es que habría que hacer lo propio con las leyes para declarar inhábil el mes de julio en lugar de agosto. En este punto, lo sé, mi querido lector malasombra, que ya no se aguanta más, habrá saltado presa de la calentura canicular para vociferar al oído de su vecino de sombrilla algo así como ¡Pero qué leches ha escrito hoy este Megías…! Pues eso, que la calentura canicular afecta gravemente al cerebro, entre otras cosas, y que inhabilitar para la mayoría de los asuntos públicos y privados el mes más caluroso del año fue desde siempre una decisión acertada que nos ha librado de Dios sabe cuántos tropiezos. Pero, claro, si el más caluroso es desde hace unos años el mes de julio, es éste y no otro el que deberíamos inhabilitar. Sin ir más lejos, si julio hubiere sido el mes inhábil para los políticos nos habríamos ahorrado escuchar algunos disparates calenturientos como el que nos soltó la semana pasada la monísima señora Vicepresidenta del Gobierno sobre la Selección Española de fútbol. Hasta mi lector malasombra se habría ahorrado este artículo, fruto sin duda de las referidas calenturas.



De manera que, sin más circunloquios, me despido de todos ustedes con aquella frase de mi nunca bien ponderado amigo Luis Romero: Al César lo que es del César y adiós porque me voy de vacaciones.


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martes, 20 de julio de 2010

El derecho a nacer

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(Artículo publicado el 20 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Muchos de ustedes habrán visto esa película protagonizada por Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Montgomery Cliff y Maximilian Schell, entre otros, que en la versión original llevaba por título Judgement at Nüremberg y en la española el de Vencedores y Vencidos. El argumento se centra en uno de los juicios de Nüremberg, el conocido como el Juicio de los Jueces, en el que, una vez procesados y condenados los jerarcas nazis más destacados, fueron juzgados y hallados culpables varios jueces alemanes por su participación en los crímenes de estado, fundamentalmente mediante la aplicación de las leyes de esterilización y eugenesia del Tercer Reich. En este Juicio de los Jueces, a diferencia de los demás juicios de Nüremberg, los criminales eran expertos juristas, conocedores de la Ley que, incluso, habían participado en su elaboración. La otra gran diferencia estriba en que, mientras que en los demás casos los crímenes contra la humanidad fueron cometidos contra lege, es decir, violando las normas del derecho, escritas o no, en el caso de los jueces alemanes los crímenes fueron perpetrados mediante la estricta y jurídicamente impecable aplicación de las leyes alemanas que, por otra parte, no eran ajenas a las llamadas corrientes progresistas del derecho. Hay que recordar que la esterilización de los deficientes mentales era una práctica habitual en muchos estados, que fue ratificada en 1927 por la Corte Suprema de Estados Unidos, y que la eugenesia contaba entre sus partidarios a ilustres pensadores como Alexander Graham Bell, George Bernard Shaw y Winston Churchill. Durante la primera mitad del siglo XX fueron aplicados programas de esterilización masiva de enfermos hereditarios en países como Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Noruega, Francia, Finlandia, Dinamarca, Estonia, Islandia y Suiza.


Así las cosas, los jueces alemanes se encontraron ante el dilema de cumplir las leyes de su país o de incumplirlas dictando sentencias exculpatorias por entender que se trataba de leyes injustas. Aquellos alemanes que se negaron a cumplir las leyes nazis hoy son proclamados héroes y aquellos que las cumplieron fueron juzgados y condenados como criminales de Estado. Pudiera parecer que, hoy, setenta y cinco años después de que fueran aprobadas las Leyes de Nüremberg, este problema está resuelto en favor del incumplimiento de aquellas normas que el individuo considera injustas, la llamada cláusula u objección de conciencia. Pero nada más lejos de la realidad.


Por supuesto que todo esto viene a cuento de la entrada en vigor, y de su cumplimiento o rechazo, de la perversamente llamada Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, que permite a niñas que no pueden hacerse un tatuaje sin permiso de sus padres decidir que les sea practicado un aborto sin siquiera dar cuenta de ello a esos mismos padres. Aborto “sin interferencia de terceros” en cualquier caso hasta las catorce semanas de embarazo, dice la ley en uno de los ejemplos más cínicos de perversión del lenguaje.


Mientras que esto ocurre, el Tribunal Constitucional ha rechazado suspender la vigencia de la Ley durante la tramitación el recurso de inconstitucionalidad interpuesto contra la misma. Casualmente, el mismo Tribunal que afirmaba en su Sentencia 53/1985, de 11 de abril, que “La vida del nasciturus es un bien jurídico constitucionalmente protegido por el artículo 15 [el derecho a la vida] de nuestra norma fundamental”, el mismo que interpretó que la vida del feto prevalece sobre el derecho de la madre a interrumpir la gestación, ya que el tiempo del embarazo es “también un momento del desarrollo de la vida misma”. Algunos políticos conservadores han manifestado su intención de no aplicar la Ley para luego desdecirse antes de transcurridas veinticuatro horas. Por su parte, los políticos progresistas están dispuestos a llevar al cadalso político a aquél, no ya que incumpla, sino que intente obstaculizar la aplicación de la Ley del aborto. Hay algún imbécil, incluso, que ha negado la objección de conciencia en esta materia “porque no está recogida en la Ley”. Por cierto, son esos mismos políticos progresistas que anuncian la burla al Tribunal Constitucional, regulando por ley ordinaria aquellas cuestiones del Estatuto de Cataluña que el Tribunal ha declarado inconstitucionales.


¿Qué estoy comparando esta Ley con las Leyes de Nüremberg? Pues sí, mire usted.


¿Qué comparo estas políticas con las políticas eugenésicas nazis? Pues también.


Una ley injusta no deja de serlo por el hecho de que haya sido aprobada por un parlamento democrático. Una ley es injusta porque vulnera un principio del derecho. Y una ley es injusta cuando atenta contra el derecho a la vida, incluida la del no nacido. Tribunal Constitucional dixit.


Y, ahora, cierren los ojos y sigan durmiendo.

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miércoles, 14 de julio de 2010

¡España, campeona!

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(Artículo publicado el martes y 13 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Quien habla se equivoca y, si habla mucho, se equivoca mucho. Y si escribe, se equivoca por escrito y no le queda más remedio que desdecirse por el mismo medio, que es lo que voy a hacer yo ahora mismo. En mi artículo anterior daba a entender que el fútbol estaba propiciando un uso frívolo de la bandera española en ausencia de usos más respetuosos con nuestra historia y nuestras instituciones. Acertaba en lo del uso frívolo pero, al mismo tiempo, me equivocaba de medio a medio. Me dí cuenta de ello cuando, después de la victoria en semifinales, el diario oficial del madridismo rampante abrió edición al día siguiente con un ¡Visca España! en honor del autor del testarazo, el capitán del Barcelona y defensa central de la selección española Carles Puyol. Si el muy españolista diario AS usaba el catalán para felicitar a España, me dije, quién era yo para criticar el uso frívolo y futbolero de la bandera si el fútbol producía estos efectos. Por una vez en la historia de España, pensé, la bandera no había simbolizado la seriedad vestida de luto de una victoria o una derrota empapada en sangre roja, ni tampoco el triunfo de una idea sobre otra, o la exclusión de un español hacia otro. Por una vez, noté, la bandera no había sido sudario de nadie, sino que se había parecido más a la camiseta sudada por el esfuerzo deportivo de un español, de un sevillano, de un leridano o de uno de Fuenlabrada.


El domingo, un par de horas antes de la final, cuando me dirigía a casa abriéndome paso a manotadas entre el bochornazo veraniego, fui encontrando grupos de jóvenes y no tan jóvenes, envueltos en la bandera española, pintadas sus caras con los colores de la bandera española, familias completas ataviadas con la camiseta roja de la selección. Cientos de balcones lucían la bandera. Los coches que circulaban por la Gran Vía de Murcia llevaban banderas españolas ondeando en las ventanillas y en los parachoques. En la Plaza de Belluga había ya más de mil personas en torno a una pantalla gigante adornada con banderas de España.


Cuando llegué a casa para ver el partido con mi familia fui al armario de mi despacho. Allí, entre otras muchas cosas, encontré una cinta con la bandera española, recuerdo de alguna inauguración oficial. También tenía guardada una barrita de pintura roja, amarilla y roja y una caja con algunos petardos que sobraron de una Nochevieja pasada. Antes, al pasar por un chino, había comprado un par de banderitas pequeñas y otra grande. Unas cervezas y unas fantas de naranja, unas tapitas, las banderas, los colores, la camiseta roja de mi hija Pepa y la televisión. Y dio comienzo el partido.


La Reina Doña Sofía, soberbia. La ceremonia de clausura, espectacular. Nadal, patriótico. Gassol, altísimo, como el Príncipe. La Roja, vestida de azul, para variar. Los holandeses, mal fútbol y peores maneras. Los españoles, en su sitio. Del Bosque, siempre templado. Los minutos corriendo deseperadamente hacia los penaltis. Hasta que, por fin, llegó Fernado Torres y centró, y el balón rebotó a Cesc, y Cesc pasó a Iniesta, e Iniesta, en esa extraña mezcla de sangre fría y coraje que siempre pone en juego, batió al portero holandés por la fuerza de su disparo.


Luego vino el sueño cumplido de varias generaciones de españoles. España, campeona del mundo. El gol de Zarra cedió definitivamente su sitio en nuestra memoria al gol de Iniesta. El primer abrazo tras la victoria, el del capitán del Real Madrid, el madrileño Casillas, al capitán del Barcelona, el catalán Puyol. Otro símbolo. Mientras, miles de personas celebraban el triunfo de España en la Plaza Moyúa de Bilbao y otras muchas lo hacían en las Ramblas de Barcelona, en torno a la fuente de Canaletas, a pesar de cuatro, ahora sí se puede decir que son cuatro, desalmados.


La gigantesca bandera española de la Plaza de Colón ondeó orgullosa, esta vez sí.


Y con toda la razón.

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martes, 6 de julio de 2010

Vuvuzelazos

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(Artículo publicado el 6 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Por los mentideros políticos y futboleros corre el rumor de que los brillantes resultados futbolísticos de la Roja vestida de azul se han debido fundamentalmente a una especie de prima con la que estaban incentivados los jugadores. Ya saben ustedes que la modelo Larissa Riquelme, musa deportiva de los paraguayos, había prometido a sus enfervorecidos jugadores que si ganaban el partido de cuartos contra España se desnudaría en la Plaza de la Democracia, suponemos que de Asunción. Para que luego digan que Paraguay no tenía delantera. Por su parte, el seleccionador argentino Diego Armando Maradona, que en su país levanta tantas pasiones como la modelo Riquelme, aunque de otro tipo, se comprometió también a desnudarse junto al obelisco de Buenos Aires si su selección ganaba el Mundial. Tanto la Larissa como el Pelusa se han visto libres de su compromiso, aunque la paraguaya ha dicho que va a desnudarse como premio de consolación, lo que me parece muy bien. Y Dieguito hará lo propio, si el tiempo, la autoridad y la Diosa del Buen Gusto no lo impiden. Pero dejemos a los perdedores y vayamos con los victoriosos. Por cierto, estoy de acuerdo con alguien que decía en un blog que debería estar prohibido jugar partidos de fútbol durante los conciertos de vuvuzelas.


No me creo, no, que los alemanes jugaran como jugaron ante Argentina espoleados por la presencia de Angela Merkel y mucho menos por promesa alguna de descubrirles sus abundantes encantos. La selección alemana juega así, simplemente porque está en el cuaderno de instrucciones. Siempre lo han hecho, lo que pasa es que unas veces les ha salido bien, como el otro día, y, otras, mal, como espero que les ocurra frente a España. El alemán se estimula llanamente con la idea de hacer lo ordenado y alcanza el clímax cuando además lo hace por Alemania. No hay más que verlos durante la interpretación del Deutschland über alles, firmes y con la mirada perdida en la infinitud.


España, digan lo que digan, es diferente. Aquí esas zarandajas del cumplimiento del deber, no solo no nos motivan para nada, sino que hay toda una filosofía montada para ridiculizar la idea. No me negarán que cuando yo mismo escribía hace un par de líneas que los alemanes se estimulan con la idea de hacer lo ordenado no han esgrimido casi todos ustedes, mis queridos lectores, una media sonrisa conmiserativa y displicente. No, aquí lo de cumplir con la obligación, no sólo no motiva, sino que deprime. Y lo de hacerlo por España, cuando no desata la risa más castiza, despierta el odio de la carcundia nacionalista. Puesto a pensar, la idea de España no motiva a nadie a hacer nada bueno. Todo lo que un buen españolito hace por España es berrear el himno sin letra cuando juega, no la Española, no, que eso es nombre de aceituna rellena con reminiscencias colombinas, sino la Roja, que es un apodo así como de miliciana del Frente Popular, con el que alguien, además, está haciendo su agosto. Sí, ahora con la Roja, se ven todas las banderas nacionales que no se verán jamás el Doce Octubre o que no se vieron en la festividad de Santiago, el todavía Patrón de España, ni se adivinaron siquiera cuando se perpetró el Estatuto de Cataluña. Si la Roja gana, ondean las banderas aunque sean a modo de capas de supermán. Si la Roja pierde, verán ustedes de nuevo por el suelo las banderas españolas, culpables de la derrota. Si ganamos, gana la Roja. Si perdemos, perderá España. Como si lo viera.


Pero, sabiendo ya no solo que España no es Alemania, sino que estamos mucho más cerca del patrioterismo paraguayo o argentino la pregunta que se hace todo el mundo es quién había prometido aquí que se desnudaría si España pasaba a semifinales y luego, vista la apatía con la que jugó la Roja durante tres cuartas partes del partido, quién o quiénes amenazaron con hacerlo si no ganaban.


Se admiten apuestas.

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martes, 22 de junio de 2010

Con su permiso, maestro

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(Artículo publicado el 22 de junio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)






Permítanme que me desdiga de mi compromiso de la semana pasada y no les sirva hoy la versión adaptada y zapatera de El canto del Cisne, de Chejov, pues tengo para ello una buena razón. Se trata de hablar bien de un amigo que, además de escribir en este mismo diario, es un viejo comunista, lo que no sólo no es óbice para que escriba bien de él, sin que precisamente por ser un testimonio de coherencia vital ejemplar, que respeto y admiro, me dispongo a hacerlo con mis escasas fuerzas literarias por cuya razón le pido perdón de antemano.



Me refiero a Andrés Salom, por supuesto. Mallorquín de Santanyí, casi chueta y plenamente murciano, comunista y hombre de bien, escritor y humanista, poeta y flamencólogo. Cada semana leo su artículo con fruición, con deleite y golosinería, paladeándolo, jugando en la boca con cada palabra. Es la sabiduría vieja vestida de pana y escrita con pluma de oro. Un día, en que lo saludé por la calle muy al estilo político “abrazafarolas” con un imprudente “Buenos días, señor García Salom”, el viejo comunista reprendió amablemente al político de derechas, recordándome sus orígenes con una frase y una sonrisa: “Megías, no me cristianices el apellido”.



El otro día, Andrés escribía acerca de cómo su abuela se las ingeniaba para dar de comer a medio batallón de nietos y parientes: Con un kilo de patatas, dos o tres cucharadas de harina disueltas en agua de aljibe y un solo huevo era capaz de elaborar una tortilla para siete u ocho comensales; nos parecía sabrosísima”. Verán ustedes, a mí, que no pasé la guerra ni la posguerra y que sólo muy levemente recuerdo los años cincuenta, años de escasez en los que la papilla de harina y agua resolvía muchas precisiones culinarias y hasta nos permitía pegar el papel de seda de las cometas, a mí, como digo, me llamó la atención en ese párrafo una palabra, aljibe, y no sólo la bella palábra árabe, sino su uso adjetivo al agua. Poca gente se acuerda de esa agua de secano, dulce y límpida, recogida de la lluvia al viejo modo mediterráneo. No me cabe duda de que aquella tortilla habría sabido diferente si la hubiera cocinado con agua de pozo o, incluso, de manantial. Es justamente esa palabra, aljibe, la que convierte un escrito meramente anecdótico en prosa poética y la que, a mis cortas luces, descubre al escritor.



En otro artículo publicado en este mismo periódico el 14 de enero de 2009 en forma de carta abierta, el escritor, ante la denuncia de que había dejado suelto por la calle a su perro, describía al animal de la siguiente manera: La fiera en cuestión, de estirpe canina y de raza mixta, atiende por Maic, corrupción de Mike Jagger, el líder de los Rolling Stones; tiene apariencia de peluche y hará ahora unos tres meses que dio en la báscula el peso de tres kilos y ochocientos gramos; le gusta jugar a cazar moscas, pero nunca, que yo sepa, ha osado dar muerte a ninguna de ellas. En el mismo artículo incluía unos versos a los que otorgaba la cualidad de testamento:





Yo, el que suscribe



poeta por la gracia /



de mi inadaptable rebeldía,



declaro a mis tres hijos



/ de sangre



universales herederos



/ de mis bienes:



mi pobre discoteca, /



mis libros y esta triste



sonrisa con que quise /



hacer feliz al mundo.



A los otros, innumerable prole, /



lego mi palabra



en forma de poesía.





Que por qué escribo hoy de Andrés Salom, me pregunta mi lector malasombra, pues porque no sólo no encuentro razón alguna para no hacerlo, sino que cada vez que leo algo escrito por Andrés me pregunto por qué en esta tierra, provinciana y cateta, pretenciosamente vanguardista, dispendiosamente “coolta” y ciertamente desagradecida, no le ha sido dado todavía a Andrés Salom un premio literario de importancia en vivo y en directo, por ejemplo, el muerto pero insepulto de las Letras de la Región de Murcia, en paráfrasis de aquello que dijo del latín Torcuato Luca de Tena. Por eso, y porque me apetece más escribir de alguien bueno y listo que de algunos tontos y malos.



De varios.


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martes, 15 de junio de 2010

Los Cuentos de ZP: El canto del Cisne (I)

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(Artículo publicado el 15 de junio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)






Aplicada hoy a la última obra o actuación de una persona, existe la antigua creencia de que el cisne, que no es precisamente un ave canora, emite el canto más melodioso como premonición a su propia muerte. Así, El canto del cisne, fue titulada una colección de cantos (lieder) de Franz Schubert tras la muerte del compositor. El canto más famoso se titula Am Meer (Junto al mar) y es un poema de Heinrich Heine, cuya última estrofa dice así: Seit jener Stunde verzehrt sich mein Lib, / Die Seele stirbt von Sehnen; / Mich hat das englücksel’ge Weib / Vergiftet mit ihre Tränen (Desde aquella hora se consume mi cuerpo / Mi alma muere de deseo; / La funesta mujer me ha envenenado / con sus lágrimas).


También se títula El canto del cisne una pequeña obra de teatro en un único acto de Chejov, en la que un viejo actor, Vasilii Vasilievich Svetlovidov, tras quedarse dormido en el camerino por una borrachera, sale al escenario cuando la función ha terminado y se ha marchado todo el mundo. Allí, con la única companía de Nikita Ivanich, el apuntador que duerme en el teatro por no tener sitio a donde ir, repasa alguno de los momentos más brillantes de su acabada carrera. Lo que sigue es una versión que he extractado del original:


SVETLOVIDOV: ¡La función terminó hace tiempo, todo el mundo se fue del teatro, y yo me dormí tan tranquilo!... ¡Ah, viejo chocho..., viejo chocho!... ¡Eres un viejo perro!... Conque bebiste hasta el punto de dormirte sentado.. ¡Soy viejo! ¡Estoy enfermo y ya es hora de que me muera!... ¡Qué miedo! ¡Qué miedo!...



NIKITA: De lo que es hora es de que se vaya a casa, Vasil Vasilich...



SVETLOVIDOV: ¡No quiero ir allí! ¡No quiero!... ¡Allí estoy solo, no tengo a nadie, Nikituschka!... ¡Ni parientes, ni vieja, ni hijos!... ¡Estoy tan solo como el viento en el campo!... ¡Cuando me muera, nadie se acordará de mí!...



NIKITA: ¡El público le quiere, Vasil Vasilich!...



SVETLOVIDOV: ¡El público se fue! ¡A estas horas está durmiendo y no se acuerda de su bufón!... Sí... ¡Nadie me necesita! ¡Nadie me quiere! ¡No tengo mujer ni hijos!... De galán joven, cuando no había hecho más que empezar a calentarme, recuerdo que una mujer se enamoró de mí por mi talento escénico... ¡Y qué talento el mío! ¡Qué fuerza!... ¡No podrás nunca imaginar cómo era mi dicción! ¡Cuánto sentimiento y cuánta delicadeza había en ella! ¡Cuántas cuerdas suenan en este pecho!... Oye, por ejemplo, a «Boris Godunov»...



¡La sombra del terrible prohíjome!


¡Desde la tumba me nombró Dmitrii!


¡En torno mío sublevó a las gentes


y sentenció por víctima a Boris!



NIKITA: ¡Qué fuerza! ¡Qué talento! ¡Qué arte!



SVETLOVIDOV: ¡Bravo! ¡Bis! ¡Bravo!... ¡La vejez!... ¡Qué diablos! ¡Aquí no hay vejez alguna!... ¡Tontería todo!... La fuerza fluye tan rápida por mis tendones como el agua por la fuente!... ¡Esto significa juventud, frescor, vida!... ¡Donde hay talento, Nikituschka, no hay vejez!... (Se Oye ruido de puertas al abrirse.) ¿Qué es eso?



NIKITA: Petruschka y Egorka, seguramente, que habrán venido... ¡Es usted un talento, Vasil Vasilich! ¡Un talento!



SVETLOVIDOV: No, Nikituschka!... ¡Nuestra canción está cantada!... ¡Vaya talento el mío!... ¡Lo que soy es un limón estrujado..., un clavo oxidado!... ¡Y tú, vieja rata de teatro, un triste apuntador!... ¡Vámonos!...



¡Adiós tranquilidad; adiós contento;


adiós brillo marcial y vastas guerras


que trocáis ambiciones en virtudes!



NIKITA: ¡Qué arte! ¡Qué talento!



SVETLOVIDOV: Y esto también...



¡Fuera de Moscú!


¡Aquí no vuelvo más!


¡A escape voime sin volverme atrás


en busca por el mundo de un rincón


do refugiar el sentimiento herido!...


¡Mi berlina! ¡Que traigan mi berlina!...





(Sale seguido de NIKITA IVANICH. El telón baja lentamente.)



NOTA: Como no me cabe, el próximo martes dedicaré mi artículo a la versión adaptada a ZP de la obra de Chejov, por el mismo precio que hoy. No se la pierdan.



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lunes, 14 de junio de 2010

Los cuentos de ZP: El canto del cisne (II)

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(Artículo publicado el 29 de junio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)






Hace un par de semanas, antes incluso de que la Roja vistiera de azul y ganara, escribía la primera parte de este artículo, o sea, la versión académica aunque resumida del estudio dramático en un solo acto de Anton P. Chejov, titulado El Canto del cisne (Lebedinnaya Pesnia), en el que un viejo actor acabado, tras emborracharse, se queda dormido y llega tarde al teatro. La función ha terminado y en el teatro sólo queda Nikita, el apuntador, que pese a todo jalea y aplaude al viejo comediante cuando éste, recordando su brillante carrera en un patético canto del cisne, recita pasajes de Pushkin y de Shakespeare. “¡El público le quiere, Vasil Vasilich!”, le grita el apuntador, “¡Qué fuerza, qué talento, qué arte!”. Al final, el actor recita unos versos de La desgracia de ser inteligente, de Griboodov, tras lo cual sale de la escena y el telón cae lentamente:


¡Fuera de Moscú!


¡Aquí no vuelvo más!


¡A escape voime sin volverme atrás


en busca por el mundo de un rincón


do refugiar el sentimiento herido!...


¡Mi berlina! ¡Que traigan mi berlina!...


VERSION ADAPTADA: El presidente volvía a la mesa del Consejo, tras hablar a solas por teléfono con el líder planetario del otro lado del Atlántico. El tirón de orejas económico y la reprimenda por haber puesto en peligro la estabilidad del sistema económico mundial ya estaban olvidados. El presidente, tan borracho de poder como el primer día, sonreía al pensar que, al fin y a la postre, uno no recibía todos los días una llamada directa de la Casa Blanca. Es más, Zapatero estaba seguro de que Obama no había hecho llamado ni a Sarkozzy ni a la Merkel.A lo que vamos”, se decía, “le voy a rebajar el sueldo a los ricos y a los funcionarios, que eso lo aplaude el pueblo, para repartirlo entre los pobres, eso sí, a través de los presupuestos del Estado, y así Obama comprobará la sintonía cosmogónica que existe entre nosotros, los líderes planetarios. La próxima vez que me llame, tal vez esta tarde o mañana, le pediré que haga callar a esa especie de valkiria que es Angela Merkel, que Alá confunda”. Sonrió con más convicción y afirmó el paso aún tambaleante. Ese anatema islámico, pensaba para sí, era uno de los posos que le había dejado su fenecido proyecto de Alianza de Civilizaciones. Sonaba mejor y resultaba más multicultural que aquellas frases tan ranciamente españolas y, por tanto, tan denostadas por la izquierda progresista que él representaba, de “Anda y que te zurzan” o “Anda y que te ondulen con la permanén”, por poner un par de ejemplos preconstitucionales:


Abrió la puerta del Consejo y no vió a nadie, excepto a Leire Pajín.


ZAPATERO: ¿Dónde están todos? ¿Y María Teresa? ¿Y el fiel Pepiño? ¿Y Bibiana, la centinela de la modernidad? −preguntó alarmado.


PAJÍN: Se han ido, Presidente. La función ha terminado.


ZAPATERO: Todo el mundo se ha ido, como Bibiana, la castañuela del régimen, me han dejado solo. ¡Soy viejo! ¡Estoy enfermo y ya es hora de que me muera!... ¡Qué miedo! ¡Qué miedo!...


PAJÍN: De lo que es hora es de que te vayas a casa, Zapaterovich...


ZAPATERO: ¡No quiero ir allí! ¡No quiero!... ¡Allí estoy solo, no tengo a nadie, Leiruschka!... ¡Ni parientes, ni vieja, ni hijos!... ¡Estoy tan solo como el viento en el campo!... ¡Cuando me muera, nadie se acordará de mí!...


PAJÍN: ¡El público te quiere, Zapatovich!...


ZAPATERO: ¡El público se ha ido, como Bibiana, la defensora del burka! ¡A estas horas está durmiendo y no se acuerda de su bufón!... Sí... ¡Nadie me necesita! Nadie se acuerda de aquello de la Alianza de Civilizaciones, Leiruschka.


PAJÍN: ¡Qué fuerza! ¡Qué talento! ¡Qué arte!


ZAPATERO: ¡La vejez!... ¡Qué diablos! ¡Aquí no hay vejez alguna!... ¡Tontería todo!... Como aquello de “Mi patria no es España sino la libertad..., o lo otro de “Otegui es un hombre de paz” o eso otro de “Fumar es derechas”.


PAJÍN: ¡Es usted un talento, Zapatrosky! ¡Un talento!


ZAPATERO: No, Leiruschka!... ¡Nuestra canción está cantada!... ¡Vaya talento el mío!... ¡Lo que soy es un limón estrujado..., un clavo oxidado!... aunque nadie habrá olvidado aquello de “Humildemente me defino como un adalid de la paridad, justiciero de las mujeres, rojo feminista y anarcosindicalista”... ni lo de “Yo tengo dos hijas. La mayor vió Bambi unas quinientas veces y yo con ella. ¿Y cómo termina Bambi? Se convierte en Rey de la Selva”...


¡Fuera de La Moncloa, aquí no vuelvo más!


¡Mi berlina, que traigan mi berlina!


(Sale seguido de LEIRE PAJÍN. El telón baja lenta y tristemente.)


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