miércoles, 24 de febrero de 2010

Otro Cristo

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(Artículo publicado el 23 de febrero de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Con ocasión de mi artículo anterior, titulado “La de dios es cristo” y dedicado a los nuevos intentos de retirar el Cristo de Monteagudo, el abogado José Luis Mazón, a quien por cierto no conozco personalmente, envió un comentario a la edición digital de este diario que no pude contestar por aquello del desencuentro que mantengo con las cosas de la informática y las nuevas tecnologías ¡Qué tiempos aquéllos en los que los teléfonos móviles tenían alas, zureaban y, si fallaban, te los podías comer a la cazuela! Del comentario, en el que Mazón me explicaba que la idea no procedía de conjura alguna, sino que se trataba de una decisión personal a partir de una reflexión sobre la desaparición de los crucifijos en clase, diré que me agradó su tono respetuoso y hasta afable, lo que dice bastante del remitente. Es muy posible que, a pesar de tener pareceres diferentes o, tal vez por ello, una conversación con Mazón sea más gratificante que la lectura de las obras completas de algunos conmilitones que yo me sé.


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No obstante las buenas maneras, sigo condenando los intentos de despoblar el paisaje de imágenes religiosas. Y en prueba de ello, les obsequio con una carta que alguien me envió este invierno por email y que, sorprendentemente, fui capaz de abrir a la primera. Dicen que la escribió un tal Santiago Varela y que la dirigió al Congreso de los Diputados:
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Ilustrísimos Sres/as Diputado/as:
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Soy profesor en un centro público y me dirijo a sus Ilustrísimas para comunicarles que procederé inmediatamente a la retirada del crucifijo tanto en el aula como en mi despacho. No esperaré a que me obligue la futura Ley de Libertad Religiosa que prepara el Gobierno ¿Cómo hemos podido tardar tanto en darnos cuenta de que estamos en un Estado aconfesional y ninguna religión tiene carácter oficial? ¡Debemos avergonzarnos del daño que hemos podido causar por mantener ese símbolo tan insultante en nuestros espacios públicos! ¡Y cuánta falta de respeto y de sensibilidad democrática hacia los ciudadanos que no profesan tal religión!


Es imperdonable haber mantenido públicamente el símbolo de ese personaje judío que mereció tal muerte por denunciar la corrupción de los poderes políticos y religiosos de su época, por oponerse a la opresión y a los abusos que los gobernantes imponían al pueblo, por andar con prostitutas, ladrones e ilegales, aquel individuo que entregó su vida hasta el sacrificio en la cruz por andar defendiendo la libertad, la dignidad y la igualdad de todos los seres humanos.






No tardaré ni un minuto más en retirar el crucifijo por el que muchos millones de personas han entregado su vida. Retiraré el crucifijo porque no quiero seguir siendo responsable de que los alumnos y ciudadanos que lo vean descubran los valores de entrega, radicalidad, esfuerzo, amor y solidaridad que expresa ese judío colgado de la cruz, con los brazos abiertos en señal de acogida y de perdón. Quitaré el crucifijo, no sea que quien lo vea caiga en la cuenta que hoy sigue habiendo muchos crucificados por las mismas causas, a los que sí habría que retirar de sus cruces. Quitaré el crucifijo, pues no quiero que mis alumnos piensen que entregar la propia vida por los demás es el valor más sublime.




En su lugar, ilustrísimas señorías, he pensando poner un preservativo, o un blister de píldoras del día después o una cureta cruzada con un fórceps con el que se provoca la interrupción del embarazo, cualquiera de ellos representaría perfectamente el valor supremo de la libertad. Pero pensándolo mejor, no sería buena idea, porque no todos lo entenderían y además no queda nada estético colocar un condón junto a la foto del Borbón.
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Por ello he decidido sustituir el crucifijo por una Obra de Arte, de esas que nuestros artistas universales han producido y que están expuestas en los Museos de todo el mundo para que sean apreciadas por millones de ciudadanos. Una obra de arte no debe escandalizar ni provocar ningún perjuicio en las convicciones íntimas de quien la admira. He pensado en artistas como el genial Salvador Dalí, paisano de los de ERC, o en Mariano Benlliure, paisano de la Sra. Pajín, aunque me tienta poner a mis dos artistas favoritos, uno extremeño, Zurbarán; y otro como yo, andaluz, el universal Velázquez.

Y, como sería de gran ayuda que me ayudasen a decidirme, les envío mis preferencias en el archivo adjunto.




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El archivo que adjuntaba a la carta contenía las imágenes que ilustran este artículo. De nada, jóvenes.






jueves, 18 de febrero de 2010

La de dios es cristo

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(Artículo publicado el 16 de febrero de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Pues sí. Cuando la Conjura de lo Políticamente correcto no está montando un belén, está desmontando un Cristo. Y es que estos chicos de la izquierda no descansan y, con el mismo afán con que defienden la conservación de cuatro ladrillos de adobe por el simple hecho de que son restos de la morería, agarran la piqueta y la emprenden a golpes con Santiago Matamoros precisamente por lo mismo. Ya saben que lo suyo es la ruina por la ruina.


No me creo yo que esto del Cristo de Monteagudo sea cosa de uno, por muchas ganas de notoriedad que tenga. La cosa viene de lejos, pues ya son años los que lleva la izquierda queriendo hacer un parque arqueológico en Monteagudo y, de paso, como el que no quiere la cosa y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, eliminar el Corcovado huertano que tanto les pone de los nervios. El Sagrado Corazón de Monteagudo es un símbolo odiado por la Conjura, el segundo, por cierto, pues el primer Cristo de Monteagudo fue destruido durante la guerra civil. Imaginen lo que debe ser para la muchachada de izquierdas amanecer todos los días por la mañana, volver la vista al levante, o sea, en dirección a la Meca, y encontrarse al Cristo con los brazos abiertos, como perdonándoles por los pecados cometidos, a ellos que son ateos por la gracia de Dios; al Cristo, digo, erguido en lo alto de un castillo moro y puesto allí hace cincuenta años por Franco, aquel hombre.


La iniciativa del abogado Mazón (a quien ya le han construido leyenda para el escudo de armas, “a Dios rogando y con el mazón dando”) es de armas tomar, no se crean. No se crean, digo, que con dos aspavientos en la prensa local y con una concentración medio católica, medio huertana, en la Plaza de Belluga, van a lograr detener a este desfacedor de entuertos, porque ni se trata sólo de él, ni la contienda se va a plantear aquí, a la orilla del azarbe. La Conjura en pleno llevaba tiempo afinando la puntería y cargando el trabuco con munición arqueológica. Se trata de eliminar, según afirman, un agravio arqueológico realizado por Franco, aquel hombre, en las carnes de nuestro patrimonio monumental, entiéndase por tal única y exclusivamente el dejado por las huestes de Mahoma. Y para ello se acogen a las leyes de protección del patrimonio arqueológico que, como los preservativos de última generación, se adaptan a todos los tamaños y formas. Pero no sólo las leyes murcianas y españolas, sino la europeas. La batalla, señores, no se ganará o perderá, sino en Estrasburgo, en aquellos tribunales que no entienden del sentimiento lugareño de Monteagudo, del Cabezo o de El Esparragal, y resolverán los mismos jueces europeos que ya han resuelto la proscripción de los crucifijos en clase, los mismos que eliminaron cualquier referencia a las raíces cristianas en aquel bodrio conocido como Constitución Europea.


Y todo esto pudiera ocurrir con la complacencia políticamente correcta de la derecha, por llamarla de alguna manera. Pierdan toda esperanza, la derecha descafeinada no defenderá al Cristo de Monteagudo si con ello se sale del marco de lo políticamente correcto. Y me sospecho que defender una seña del catolicismo en contra del laicismo rampante no sea muy correcto políticamente hablando, que hablando se entiende la gente. Como tampoco lo sea defender un monumento que mandó construir Franco, ese hombre, ese hombre que, después de muerto y precisamente por ello, puede convertir en delincuente al juez Garzón.


Si quieren salvar de la piqueta al Cristo de Montegaudo háganme caso y déjense de rogativas y alharacas, busquen un buen abogado con experiencia europea y pónganse en manos de un lobby que sepa manejar los hilos en los foros judiciales europeos, pues es allí donde se va a ganar o se va a perder la batalla de Monteagudo.


Nada que ver con el Castillejo ni con el paparajote.


Háganme caso.



martes, 9 de febrero de 2010

God bless Spain

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(Artículo publicado el 9 de febrero de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)


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(Por cierto, ¿de qué se reía Zapatero en Davos, con la que está cayendo?)













El Foro Económico Mundial, más conocido como el Foro de Davos, es una fundación que reúne todos los años en Suiza a los principales líderes empresariales, políticos, periodistas e intelectuales del mundo con el fin de analizar los desafíos de los mercados mundiales. Fundada en 1971 por el profesor de Economía Schwab, esta organización no está ligada a intereses políticos ni tiene ánimo de lucro y se considera la máxima expresión del liberalismo. Está financiado por las aportaciones voluntarias de cien empresas que tienen la característica común de que facturan cada una de ellas más de 5.000 millones anuales de dólares. Pues bien. Primero lo sentaron junto a Grecia y Letonia, ambas al borde de la bancarrota. Luego, le pusieron la traductora más fea que tenían a mano, vamos, para que no pasara desapercibido que no tiene ni pajolera de inglés. Luego, por si quedaba alguna duda, se hizo la cosa un lío con los auriculares del equipo de traducción simultánea. Para rematar, olvidando que estaba ante el foro más descreído del mundo, pidió fe y confianza en la desarbolada economía española. Como premio de despedida, el gurú económico Nouriel Roubini afirmó ante las mismísimas narices presidenciales que España es un riesgo de “desastre para la eurozona”. Todo esto le ocurrió a Zapatero en Davos.




Unos días después, el premio Nobel de Economía Paul Krugman coincidía con Roubini en un artículo publicado en el New York Times al señalr que la mayor dificultad para le eurozona no es Grecia, sino España. Luego, el otro líder planetario anunció su decisión de no acudir a la cumbre euronorteamericana de Madrid prevista para mayo. Pareciera que Obama no quiere salir en la foto europea de la mano de Zapatero, que dirían las malas lenguas.



Todo esto ocurría poco antes de los dos líderes cósmicos se vieran en Washington con ocasión del Desayuno Nacional del Oración, al que Zapatero acudía como invitado especial de The Fellowship Foundation, más conocida como La Hermandad, una singular asociación norteamericana ultrareligiosa y ultraconservadora que organiza cada año esos desayunos al modo y manera en que el PP de Lorca organiza en cada campaña electoral la cena con huevos fritos. Dicen también las malas lenguas que la Hermandad invitó al Desayuno de Oración a Zapatero, conocido descreido, como castigo por los muchos pecados de Obama. Pudiera ser. El Aliador de Civilizaciones habló de salarios justos, citando al Deuteronomio, que no es un amigo zapaterino de León, no, querido lector malasombra, sino un libro de la Biblia, concretamente el último de la Torá o del Pentateuco. Deuteronomio significa Segunda Ley por contraposición a la Primera Ley, que fue la recibida por Moisés en el Monte Sinaí. Alguien escribió que el Libro de los Libros ofrece respuestas para todo si se buscan con paciencia. Y debe ser así porque Zapatero encontró en la Biblia un texto que más parece sacado del Estatuto de los Trabajadores que de la pluma de Moisés y de los grandes patriarcas: “No explotarás al jornalero pobre necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque está necesitado y su vida depende de su jornal.” Debió ser por eso que en los mercados mundiales, que no entienden el mensaje del Deuteronomio, ni creen en más prédica que la de dar trigo, se desplomaron los valores españoles en lo que ya se conoce como el “jueves negro”, y no precisamente en honor de Obama, el otro líder planetario.



Claro que todo esto ocurrió antes de que Zapatero (donde dije digo digo diego) pusiera en cuestión la edad de jubilación, el futuro de las pensiones y el período mínimo de cotización para el cálculo de las mismas.



Hay quien piensa que, aprovechando que así se las ponían a Fernando Séptimo, el impío Zapatero podría haber concluido su oración laica en Washington con la misma fórmula con la que los presidentes norteamericanos rematan sus discursos, God bless America, pero cambiando América por España. A lo mejor los cielos que nos donaron la libertad, como decía el cervantino y repolludo presidente, se habrían apiadado de los parados españoles dándoles también trabajo.



Pero eso, claro, habría sido mucho rogar.







martes, 2 de febrero de 2010

El Patio de Monipodio

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(Artículo publicado el 2 de febrero de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Los que estudiamos Lengua y Literatura en el políticamente inorrecto bachiller de entonces recordaremos sin duda la cervantina Rinconete y Cortadillo, una de las Novelas Ejemplares asimiladas al género picaresco, del que constituyen sus más altas representaciones la anónima El Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán y El Buscón de Francisco de Quevedo. Huelga decir que hay más ejemplos y más recientes de la picaresca española, muchos de los cuales habitan entre nosotros, mientras que otros se publican a diario en los diferentes Boletines Oficiales del Reino de Taifas, en una especie de cinta sin fin de Las aventuras del Bachiller Trapaza, de Alonso de Castillo Solórzano.


Cervantes situó la acción de Rinconete y Cortadillo en un espacio singular de la ciudad de Sevilla, el Patio de Monipodio, “…un pequeño patio ladrillado, y de puro limpio y aljimifrado parecía que vertía carmín de lo más fino. A un lado estaba un banco de tres pies, y al otro un cántaro desbocado con un jarrillo encima, no menos falto que el cántaro; a otra parte estaba una estera de enea, y en el medio un tiesto, que en Sevilla llaman maceta, de albahaca”. Pero lo más curioso del Patio no era su aspecto, sino los variopintos personajes que lo poblaban: “dos mozos de hasta veinte años cada uno, vestidos de estudiantes; y de allí a poco, dos de la esportilla y un ciego; y, sin hablar palabra ninguno, se comenzaron a pasear por el patio. No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta, con antojos que los hacían graves y dignos de ser respectados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos. Tras ellos entró una vieja halduda (…) En resolución, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce personas de diferentes trajes y oficios”. Era el Patio de Monipodio, así llamado en honor de su dueño, la sede de la cofradía de ladrones y tunantes de Sevilla, y a él llegaron Rinconete y Cortadillo de la mano de uno de ellos, al que le preguntaron:


-¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?


-Sí -respondió él-, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año del noviciado.


A lo cual respondió Cortado:


-Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.


A lo cual respondió el mozo:


-Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.


-Sin duda -dijo Rincón-, debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.


-Es tan santa y buena -replicó el mozo-, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte.


Cuando Cortadillo, interrogado luego acerca de si conocía más formas de robar que “la treta que dicen mete dos y saca cinco”, respondía que “No, por mis grandes pecados”, Monipodio le replicó “No os aflijáis, hijo, que a puerto y escuela habéis llegado donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir muy bien aprovechado en todo aquello que más os conviniere”.


Interrumpo esta disquisición porque mi entrañable lector malasombra lleva un rato preguntándose a qué viene tanta hoy tanta enjundia literaria. Pues viene a cuenta, querido lector, de la decisión de la Universidad de Sevilla que pretendía consagrar el derecho del estudiante a copiar en los exámenes. La normativa hispalense garantizaba “a todos los alumnos su derecho a terminar la prueba pese a que, durante su realización, sea pillado copiando por un profesor”. Si, además, el procedimiento de copia era, como si dijéramos, de alta teconología (por ejemplo, un móvil o una PDF) el profesor tenía “prohibido, a diferencia de las chuletas e instrumentos similares, requisar el aparato”, ya que esos dispositivos contienen datos personales y su decomiso atentaba, supongo, contra el derecho a la intimidad del estudiante o estudianta. Posteriormente, una llamada Comisión de Docencia, de composición paritaria entre alumnos y profesores, decidiría si el alumno aprueba o no. Debido capitalmente al jolgorio nacional que dicha normativa había desatado, la Universidad Hispalense ha dado marcha atrás, momento políticamente seguro que han aprovechado otros templos del saber para afirmar que ellos nunca lo harían.


Y es que el viejo y sevillano Patio de Monipodio, la alegre y pícara cofradía cervantina, por aquello del progreso y la modernidad se había convertido por unos momentos en la mismísima Universidad de Monipodio.


Soplan vientos de ZP.



miércoles, 20 de enero de 2010

ZP en Bruselas

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(Artículo publicado el 20 de enero de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)




No ha podido empezar peor la presidencia española de turno de la Unión Europea, lo que la inefable Leire Pajín calificó hace unos meses de acontecimiento histórico a escala planetaria. Una España torpe guiará Europa. Así titulaba el Financial Times el artículo con el que arremetía hace unos días contra Zapatero y su presidencia de turno de la Unión, en el que además calificaba su programa de trabajo de extraordinariamente anodino. “Stumbling Spain” y “remarkably anodyne work programm”, dos perlas del idioma de Shakespeare para adornar una estrafalaria paradoja: que haya de ser el último de la clase de “mates” quien salga a la pizarra a intentar resolver la irresuelta hipótesis de Riemann o, lo que es igual, que sea el gobernante de más de cuatro millones de parados españoles el llamado a resolver el problema del paro en Europa, en una versión económica del chascarrillo sobre el maestro Ciruela, aquél que no sabía leer y puso escuela. Se sorprende el Financial Times de que haya de ser la zorra española quien guarde las gallinas europeas. Claro que el diario británico se habría mostrado más comedido si el evento trágico-cósmico no se hubiera estrenado con la hilarante sustitución de la foto de Zapatero por otra de Míster Bean en la página web de la presidencia española, en la que el Gobierno español se habría gastado casi doce millones de euros de vellón en seguridad, entre otras cosas. “It was an unfortunate beginning”, decía muy británicamente el Financial Times al respecto. Insuperable, querido Watson.


En los últimos tiempos España ha sido un ejemplo para Europa y para el mundo… de lo que no se debe hacer. Prácticamente, no ha habido medida o decisión alguna cuya ineficacia o inoportunidad, o ambas cosas a la vez, no hayan quedado patentes a los pocos días de su adopción. Desde el secuestro del Alakrana a la aparición de Mr. Bean, el “acontecimiento histórico a escala planetaria” lleva camino de convertirse en una chirigota interestelar, en un sainete cósmico, en una bufonada sideral. Añádanle a todo esto la querencia presidencial a la improvisación y a la trivialidad. Hasta el ministro alemán de economía, Rainer Brüderle, tuvo que pararle los pies a un improvisado y lenguaraz Zapatero, transformado en una especie de David Matagigantes armado de un tirachinas, que había anunciado sanciones económicas a los países comunitarios que no cumplieran con los objetivos de crecimiento. Tras de lo cual Zapatero parece haberse vuelto algo más prudente y comedido. Cuando en una reciente entrevista publicada en el diario El País el entrevistador le preguntó acerca de las consecuencias que había tenido la crisis económica en la valoración que del gobierno hacían los ciudadanos, el presidente interplanetario, descuidadamente sincero, respondíó lo siguiente: “Estuve el otro día releyendo unas cosas de Keynes, y la verdad es que un gobernante no es un analista económico”, si bien, no me llamó la atención tanto la confesión de ignorancia, atribuible más a la distracción que a la franqueza, cuanto el hecho de que la inopia persistiera tras “releer” a Keynes. Ignatius, mi asesor en materia de lecturas económicas y otros ladrillos, no se lo cree.


Mientras tanto, el actor Rowan Atkinson se pasea tranquilamente por la calles de Bruselas y se deja fotografiar junto al Manneken Pis, ya saben ese infante del chorrito, sabedor de que, aunque a Zapatero lo confundan con él, afortunadamente a él no lo confunden con Zapatero.


Lo que no deja de ser un consuelo.



martes, 29 de diciembre de 2009

La familia, bien, gracias

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(Artículo publicado el 28 de diciembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia)




La Conjura de lo Políticamente Correcto, ya saben, ésa que nunca descansa y menos aún en Navidad, ha vuelto a montar el belén y esta vez a cuenta de la familia cristiana y de la homilía pronunciada por el Cardenal Rouco Varela en una celebración que curiosamente se denominaba “Misa por las familias cristianas”. Qué cosas, a quién se le ocurre defender a la familia cristiana en una misa por la familia cristiana. Como se han sorprendido mucho de que el Cardenal se haya atrevido a denunciar los graves ataques que viene sufriendo el modelo cristiano de familia y que a juicio de la Conjura no existen, los distintos contertulios, columnistas y quintacolumnistas que la integran, se han lanzado en picado a abominar de la familia cristiana. Yo sospechaba que a la Conjura no le gustaba el modelo familiar tradicional formado por un padre, una madre, unos hijos y unos parientes y allegados, es decir, esa cosa en medio de la que uno nace sin pretenderlo siquiera. Ya se sabe que a los amigos y enemigos lo escoge uno, pero a la familia y a los vecinos los escoge Dios. A la Conjura lo que realmente le gusta es poder escogerlo todo como quien elige una corbata: que este padre no me gusta, pues lo cambio por otro o por una docena; que mi hijo no me agrada o que no me viene bien, pues lo aborto y ya está; que mis padres quieren saber qué es de mi vida adolescente, pues que se vayan haciendo la permanente, que de mi vida me encargo yo; que el abuelo se pone pesado, pues lo desterramos al cuarto trastero y arreando, que es gerundio; que necesitamos el cuarto trastero para los trastos, que es lo propio, pues convencemos al abuelo de las bondades de la eutanasia y a otra cosa, mariposa; que el abuelo no se deja convencer, pues lo incapacitamos y que decida el tribunal médico, que para eso pago mis impuestos; que eso mismo es lo que hicieron los nacionalsocialistas, pues te vas a enterar de lo que vale un peine por atentar contra el derecho humano de hacer los progresistas lo que nos venga en gana, pedazo de facha.


Chesterton, mi amigo de cabecera, como en tantas otras ocasiones escribió hace ochenta años acerca de lo que hoy ocurre. En uno de sus artículos, “Sobre algunos escritores modernos y la institución de la familia”, publicado en un libro titulado “Herejes”, Chesterton defendía la institución familiar, no porque fuera pacífica, agradable y unánime, sino porque no era pacífica, ni agradable, ni unánime. Venía a decir que es precisamente en el estrecho marco de las comunidades pequeñas, la familia por ejemplo, en el que se advierte la amplitud de lo que representa, que no es otra cosa que la humanidad misma. “Es por eso que las religiones antiguas y el antiguo lenguaje de las Escrituras muestran tan aguda sabiduría cuando hablan, no de los deberes de cada uno hacia la humanidad, sino de los deberes de cada uno hacia el vecino (…) Podemos amar a los negros porque son negros o a los socialistas alemanes porque son pedantes. Pero a nuestro vecino tenemos que amarlo porque está allí, y ésa es una razón mucho más seria para una operación mucho más alarmante. Es la muestra de la humanidad que nos ha sido dada. Precisamente porque puede ser cualquiera, es todos”. En este sentido, por su relación con lo pequeño que resulta ser lo más grande, Chesterton sostenía que “es bueno para un hombre vivir en una familia en el mismo sentido en que es bello y maravilloso para un hombre quedar bloqueado en una calle por causa de la nieve. Estas cosas lo obligan a comprender que la vida no es una cosa que viene de fuera, sino una cosa que viene de dentro”.



De quienes critican el modelo tradicional de familia, Chesterton dijo que “están desanimados y aterrorizados por la grandeza y la variedad de la familia (…) la mejor manera que un hombre podría hallar de probar su disposición a encontrarse con la variedad común de la humanidad sería bajar por la chimenea a cualquier casa, al azar, y relacionarse lo mejor que pudiera con la gente que hubiera en ella. Y eso es esencialmente lo que hicimos, cada uno de nosotros, el día que nacimos”. Al comparar la vida con una novela romántica, Chesterton afirmaba que “la aventura suprema no es enamorarse: la suprema aventura es nacer. Ahí entramos súbitamente en una trampa espléndida y asombrosa. Ahí vemos algo que nunca antes habíamos soñado. Nuestro padre y nuestra madre están acechándonos y saltan sobre nosotros, como bandidos de entre el boscaje. Nuestro tío es una sorpresa. Nuestra tía es, como se dice comúnmente, un relámpago en un cielo azul. Cuando ingresamos en la familia, por el acto de nacer, ingresamos en un mundo incalculable (…) En otras palabras, cuando ingresamos a la familia, ingresamos en un cuento de hadas”.
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Chesterton se despedía de los críticos con la familia escribiendo que “ellos dicen que quieren ser fuertes como el universo, pero en realidad lo que quieren es que todo el universo sea tan débil como ellos”.
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Lo mismo digo.
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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Otra Navidad

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(Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 22 de diciembre de 2009)



Hace unos días, rebuscando entre los papeles que se amontonan en mi escritorio, encontré un recorte de prensa. Se trataba de uno de mis artículos, concretamente uno que publiqué en las Navidades de 2003 que llevaba por título “Navidades clandestinas”. Suelo guardar los recortes de prensa de mis artículos publicados en este periódico en un archivador que ya aloja más de trescientos inquilinos, por lo que me extrañó encontrar uno fuera de su sitio. Luego me acordé. No era mi recorte, sino otro que me había hecho llegar un amigo con la satisfacción de quien devuelve a su dueño un reloj extraviado. Se trataba de mi amigo Pepegé, aquél de quien escribí que tenía un sentido muy particular de la vida y de las reglas que la regulan. Pepe Garrigós, ahora puedo citar su nombre completo, tenía un tic nervioso que le hacía mover la cabeza constantemente como diciendo que no. “¿Sabes por qué le doy a la cabeza de un sitio para otro?”, te preguntaba. Y al ver que tú callabas prudentemente para no decir que por cosa del Parkinson o qué sé yo, él te contestaba con una nueva pregunta. “¿Tú, te quieres morir?” Cuando con cierta sorpresa por el cambio de tercio le indicaba yo, de esa manera tan latina que acompaña siempre las palabras con gestos, que no, que no me quería morir, Pepegé con una sonrisa cómplice te decía “Pues yo tampoco. Por eso le doy siempre a la cabeza, como tú ahora, diciendo que no, porque no me quiero morir”. No sólo ha sido el recorte de prensa lo que me ha traído a mi amigo a la memoria. Todas las Navidades desde hacía casi treinta años Pepe me traía un regalo: una caja de tomates, otra de naranjas y otra con diversas verduras y, entre ellas, un enorme manojo de ajos tiernos que compraba en la lonja y que perfumaba la cocina de mi casa. Ya no olí los ajos las Navidades pasadas, como tampoco los oleré éstas. Pepe Garrigós murió hace año y medio a la edad de ochenta y ocho años. Tuvo un problema de garganta y quedó inmovilizado en la cama de un hospital sin poder decirle que no a la muerte.


Por eso, porque también las Navidades tienen un dejo triste, me permitirán que transcriba a continuación un trozo de aquel artículo que gustó a mi amigo, tal vez porque también a él la Navidad le acercara algún recuerdo amargo y tal vez porque, a pesar de ello, la Navidad para Pepe Garrigós nunca dejara de serlo.


“Adela es una anciana de pelo blanco. Vive con José en un piso pequeño de una calle humilde, en un barrio viejo. Él es jubilado del comercio. Después de muchos años de trabajo detrás del mostrador le ha quedado una pensión que no alcanza los seiscientos euros al mes. Ella no trabajó nunca. Salvo en su casa, en la que aún trabaja. Cierto es que la hipoteca del piso la pagaron hace mucho tiempo. Cierto es también que los pisos han subido mucho y que lo que antes valía doce, vale ahora veinticuatro. Pero les sabe igual, porque es lo único que poseen. Tuvieron dos hijos. Uno se comió los ahorros con la droga hasta que la droga se lo comió a él. La chica se casó y vive lejos, en la otra punta de España. De vez en cuando les llama por teléfono, a ver cómo siguen. Más viejos, cada día más viejos y más solos.


Pero se acerca la Navidad. El día de Nochebuena vendrá Adelita con sus dos hijos, los nietos. Adela les ha preparado a los chiquillos la habitación del hijo. Tras su muerte hace unos años, arregló con sus propias manos unas cortinas nuevas y una colcha haciendo juego, pero no quiso quitar su foto, la de su hijo, al que no puede ni quiere olvidar. José, como todos los años, ha puesto el viejo belén, con sus figurillas rotas como el hijo, con sus Reyes Magos que un año le trajeron hiel. Pero este año van cargados otra vez de ilusión. Los nietecillos romperán de nuevo dos o tres figuras y él, como hizo antes, las compondrá con un poco de pegamento antes de guardarlas para otro año. Como siempre, José ha comprado un jamón serrano. La tienda de ultramarinos de la esquina cerró hace años, así que ahora lo compra en un supermercado cercano. Luego, como para ellos es mucho, se lo llevará Adelita al norte, que allí no hay jamón de ése que tiene dos dedos de tocino y que está untado de pimentón y aceite para que no le pique la mosca.


A José y a Adela nadie les regala nada por Navidad. Ni durante el resto del año. Pocos se acuerdan de ellos, salvo su hija y los nietos. Por eso, compran unas botellas de sidra y unos turrones de Jijona y de Alicante. Antes, Adela hacía cordiales y alfajores que le gustaban al hijo, pero desde su muerte ya no tiene voluntad. Menos mal que los nietos llegan y con ellos la alegría de la Navidad. José les contará cuentos y los llevará a ver el belén del Ayuntamiento, que tiene agua y peces en el estanque. Adela les hará flanes de huevo para el postre. Y en Nochebuena, pues no se pueden quedar hasta Reyes, sacarán los modestos regalos que Adelita, comprensiva, les dijo por teléfono que ilusionarían a los críos. Y algo para el frío, que hace mucho en el norte.


Con ellos, llega la Navidad. Dios, que no les ocurra nada en la carretera, que son muchos kilómetros. Haz que llegue la Navidad.


Desde mi Pecera, Feliz Reencuentro, Feliz Navidad”.

martes, 15 de diciembre de 2009

¡Toma belén!

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(Artículo publicado el 15 de diciembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia)



Llega la Navidad y como siempre por estas fechas se arma el belén. No, no me refiero al que montamos amorosamente con nuestros hijos en el calor del hogar, con su río de papel de plata, su caganer y todo. Me refiero al que monta cada año la incansable Conjura de lo Políticamente Correcto, partidaria ella, no de un Estado aconfesional o laico, no, sino de un Estado rabiosamente anticatólico. Su preocupación navideña la constituye la presencia de belenes y crucifijos en las aulas, y su ocupación consiste en lograr que no tengan presencia alguna ni en los colegios públicos ni en los privados. Ya saben ustedes cómo son estos chicos. Al mismo tiempo que quieren desmontar las cruces de los campanarios y sepultar al Cid bajo siete llaves en compañía de Santiago Matamoros, pretenden inundar de minaretes el paisaje de Europa y llenar de gurkas las fotos femeninas de los carnets de identidad. No quieren belenes pero los montan casi a diario con ese extraño concepto de la tolerancia religiosa que consiste en aceptar cualquier símbolo religioso excepto los cristianos. Diocleciano no lo hubiera hecho mejor.


Pero, como en cada Navidad, cuando montan su belén con el belén de los demás, a ellos se les convierte en un circo y les crecen los enanos. Son tan ilusos que creen a pies juntillas los dictados más rancios de esa progresía que hace mucho que peina canas. Estos chicos descubren América cada día. Por ejemplo, hace poco propusieron que las Navidades fueran rebautizadas como Fiestas de Invierno para no herir sensibilidades. O sea, que Merry Winter en lugar de Merry Christmas ¡Qué nivel, Maribel! Ya en 2005, la Conjura, que también opera en Estados Unidos, consiguió cambiar el tradicional Feliz Navidad de la Casa Blanca por un inodoro, incoloro e insípido Felices Fiestas, lo que fue inmediatamente corregido por el Congreso nortemericano en pleno, incluido el entonces congresista Obama. El año pasado, aquí en Expaña, algunos de ellos se levantaron con el pie izquierdo, cosa que siempre hacen, por cierto, y decidieron suprimir el belén que los funcionarios de su departamento habían instalado en la entrada del edificio. Ocurrió en la Fiscalía General del Estado y huelga decir que los funcionarios se pusieron de uñas, de modo que este año es posible que se consienta el belén. Con todo, o precisamente por su estupidez, no son estos los ataques más peligrosos recibe la Navidad. Como he hecho en otras ocasiones, no van a ser mis palabras sino las de otro las que defiendan la Navidad y, por ende, el belén. Mi admirado Chesterton defendía magistralmente la Navidad en uno de sus artículos títulado hace más de ochenta años “Un nuevo ataque contra la Navidad” ¿Ven que vieja es la Conjura?.


“La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad”, adelantaba Chesterton. “La frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse”, escribía el ilustre gordo para indicar que el principal peligro al que está siendo sometida la Navidad consiste en dejarla reducida a una mera fiesta desprovista de su significado cristiano. “Que se nos diga que nos alegremos un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una rezón seria para ser frívolo (…) El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo lo humano es que se exige demasiado de la naturaleza humana. Es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar; o por una que saben no es nada más que la mentira de algún periódico nacionalista o patriótico en exceso. Es pedirles que se vuelvan locos de gozo romántico porque dos personas de su agrado se están casando justo en el momento que se están divorciando (…) Nuestra tarea, hoy día, consiste por tanto en rescatar la festividad de la frivolidad. Esa es la única manera de que volverá de nuevo a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces celebran con exceso lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre”.


Y es que, queridos conjurados, se os olvidan un par de cosas importantes. Una, que el belén no es más un simbolo de la Navidad. Otra, que en la Navidad pasa algo que seguirá pasando eternamente: un año tras otro vuelve a nacer Jesús, el que de verdad cambió el mundo.


De nada.