martes, 29 de diciembre de 2009

La familia, bien, gracias

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(Artículo publicado el 28 de diciembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia)




La Conjura de lo Políticamente Correcto, ya saben, ésa que nunca descansa y menos aún en Navidad, ha vuelto a montar el belén y esta vez a cuenta de la familia cristiana y de la homilía pronunciada por el Cardenal Rouco Varela en una celebración que curiosamente se denominaba “Misa por las familias cristianas”. Qué cosas, a quién se le ocurre defender a la familia cristiana en una misa por la familia cristiana. Como se han sorprendido mucho de que el Cardenal se haya atrevido a denunciar los graves ataques que viene sufriendo el modelo cristiano de familia y que a juicio de la Conjura no existen, los distintos contertulios, columnistas y quintacolumnistas que la integran, se han lanzado en picado a abominar de la familia cristiana. Yo sospechaba que a la Conjura no le gustaba el modelo familiar tradicional formado por un padre, una madre, unos hijos y unos parientes y allegados, es decir, esa cosa en medio de la que uno nace sin pretenderlo siquiera. Ya se sabe que a los amigos y enemigos lo escoge uno, pero a la familia y a los vecinos los escoge Dios. A la Conjura lo que realmente le gusta es poder escogerlo todo como quien elige una corbata: que este padre no me gusta, pues lo cambio por otro o por una docena; que mi hijo no me agrada o que no me viene bien, pues lo aborto y ya está; que mis padres quieren saber qué es de mi vida adolescente, pues que se vayan haciendo la permanente, que de mi vida me encargo yo; que el abuelo se pone pesado, pues lo desterramos al cuarto trastero y arreando, que es gerundio; que necesitamos el cuarto trastero para los trastos, que es lo propio, pues convencemos al abuelo de las bondades de la eutanasia y a otra cosa, mariposa; que el abuelo no se deja convencer, pues lo incapacitamos y que decida el tribunal médico, que para eso pago mis impuestos; que eso mismo es lo que hicieron los nacionalsocialistas, pues te vas a enterar de lo que vale un peine por atentar contra el derecho humano de hacer los progresistas lo que nos venga en gana, pedazo de facha.


Chesterton, mi amigo de cabecera, como en tantas otras ocasiones escribió hace ochenta años acerca de lo que hoy ocurre. En uno de sus artículos, “Sobre algunos escritores modernos y la institución de la familia”, publicado en un libro titulado “Herejes”, Chesterton defendía la institución familiar, no porque fuera pacífica, agradable y unánime, sino porque no era pacífica, ni agradable, ni unánime. Venía a decir que es precisamente en el estrecho marco de las comunidades pequeñas, la familia por ejemplo, en el que se advierte la amplitud de lo que representa, que no es otra cosa que la humanidad misma. “Es por eso que las religiones antiguas y el antiguo lenguaje de las Escrituras muestran tan aguda sabiduría cuando hablan, no de los deberes de cada uno hacia la humanidad, sino de los deberes de cada uno hacia el vecino (…) Podemos amar a los negros porque son negros o a los socialistas alemanes porque son pedantes. Pero a nuestro vecino tenemos que amarlo porque está allí, y ésa es una razón mucho más seria para una operación mucho más alarmante. Es la muestra de la humanidad que nos ha sido dada. Precisamente porque puede ser cualquiera, es todos”. En este sentido, por su relación con lo pequeño que resulta ser lo más grande, Chesterton sostenía que “es bueno para un hombre vivir en una familia en el mismo sentido en que es bello y maravilloso para un hombre quedar bloqueado en una calle por causa de la nieve. Estas cosas lo obligan a comprender que la vida no es una cosa que viene de fuera, sino una cosa que viene de dentro”.



De quienes critican el modelo tradicional de familia, Chesterton dijo que “están desanimados y aterrorizados por la grandeza y la variedad de la familia (…) la mejor manera que un hombre podría hallar de probar su disposición a encontrarse con la variedad común de la humanidad sería bajar por la chimenea a cualquier casa, al azar, y relacionarse lo mejor que pudiera con la gente que hubiera en ella. Y eso es esencialmente lo que hicimos, cada uno de nosotros, el día que nacimos”. Al comparar la vida con una novela romántica, Chesterton afirmaba que “la aventura suprema no es enamorarse: la suprema aventura es nacer. Ahí entramos súbitamente en una trampa espléndida y asombrosa. Ahí vemos algo que nunca antes habíamos soñado. Nuestro padre y nuestra madre están acechándonos y saltan sobre nosotros, como bandidos de entre el boscaje. Nuestro tío es una sorpresa. Nuestra tía es, como se dice comúnmente, un relámpago en un cielo azul. Cuando ingresamos en la familia, por el acto de nacer, ingresamos en un mundo incalculable (…) En otras palabras, cuando ingresamos a la familia, ingresamos en un cuento de hadas”.
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Chesterton se despedía de los críticos con la familia escribiendo que “ellos dicen que quieren ser fuertes como el universo, pero en realidad lo que quieren es que todo el universo sea tan débil como ellos”.
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Lo mismo digo.
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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Otra Navidad

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(Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 22 de diciembre de 2009)



Hace unos días, rebuscando entre los papeles que se amontonan en mi escritorio, encontré un recorte de prensa. Se trataba de uno de mis artículos, concretamente uno que publiqué en las Navidades de 2003 que llevaba por título “Navidades clandestinas”. Suelo guardar los recortes de prensa de mis artículos publicados en este periódico en un archivador que ya aloja más de trescientos inquilinos, por lo que me extrañó encontrar uno fuera de su sitio. Luego me acordé. No era mi recorte, sino otro que me había hecho llegar un amigo con la satisfacción de quien devuelve a su dueño un reloj extraviado. Se trataba de mi amigo Pepegé, aquél de quien escribí que tenía un sentido muy particular de la vida y de las reglas que la regulan. Pepe Garrigós, ahora puedo citar su nombre completo, tenía un tic nervioso que le hacía mover la cabeza constantemente como diciendo que no. “¿Sabes por qué le doy a la cabeza de un sitio para otro?”, te preguntaba. Y al ver que tú callabas prudentemente para no decir que por cosa del Parkinson o qué sé yo, él te contestaba con una nueva pregunta. “¿Tú, te quieres morir?” Cuando con cierta sorpresa por el cambio de tercio le indicaba yo, de esa manera tan latina que acompaña siempre las palabras con gestos, que no, que no me quería morir, Pepegé con una sonrisa cómplice te decía “Pues yo tampoco. Por eso le doy siempre a la cabeza, como tú ahora, diciendo que no, porque no me quiero morir”. No sólo ha sido el recorte de prensa lo que me ha traído a mi amigo a la memoria. Todas las Navidades desde hacía casi treinta años Pepe me traía un regalo: una caja de tomates, otra de naranjas y otra con diversas verduras y, entre ellas, un enorme manojo de ajos tiernos que compraba en la lonja y que perfumaba la cocina de mi casa. Ya no olí los ajos las Navidades pasadas, como tampoco los oleré éstas. Pepe Garrigós murió hace año y medio a la edad de ochenta y ocho años. Tuvo un problema de garganta y quedó inmovilizado en la cama de un hospital sin poder decirle que no a la muerte.


Por eso, porque también las Navidades tienen un dejo triste, me permitirán que transcriba a continuación un trozo de aquel artículo que gustó a mi amigo, tal vez porque también a él la Navidad le acercara algún recuerdo amargo y tal vez porque, a pesar de ello, la Navidad para Pepe Garrigós nunca dejara de serlo.


“Adela es una anciana de pelo blanco. Vive con José en un piso pequeño de una calle humilde, en un barrio viejo. Él es jubilado del comercio. Después de muchos años de trabajo detrás del mostrador le ha quedado una pensión que no alcanza los seiscientos euros al mes. Ella no trabajó nunca. Salvo en su casa, en la que aún trabaja. Cierto es que la hipoteca del piso la pagaron hace mucho tiempo. Cierto es también que los pisos han subido mucho y que lo que antes valía doce, vale ahora veinticuatro. Pero les sabe igual, porque es lo único que poseen. Tuvieron dos hijos. Uno se comió los ahorros con la droga hasta que la droga se lo comió a él. La chica se casó y vive lejos, en la otra punta de España. De vez en cuando les llama por teléfono, a ver cómo siguen. Más viejos, cada día más viejos y más solos.


Pero se acerca la Navidad. El día de Nochebuena vendrá Adelita con sus dos hijos, los nietos. Adela les ha preparado a los chiquillos la habitación del hijo. Tras su muerte hace unos años, arregló con sus propias manos unas cortinas nuevas y una colcha haciendo juego, pero no quiso quitar su foto, la de su hijo, al que no puede ni quiere olvidar. José, como todos los años, ha puesto el viejo belén, con sus figurillas rotas como el hijo, con sus Reyes Magos que un año le trajeron hiel. Pero este año van cargados otra vez de ilusión. Los nietecillos romperán de nuevo dos o tres figuras y él, como hizo antes, las compondrá con un poco de pegamento antes de guardarlas para otro año. Como siempre, José ha comprado un jamón serrano. La tienda de ultramarinos de la esquina cerró hace años, así que ahora lo compra en un supermercado cercano. Luego, como para ellos es mucho, se lo llevará Adelita al norte, que allí no hay jamón de ése que tiene dos dedos de tocino y que está untado de pimentón y aceite para que no le pique la mosca.


A José y a Adela nadie les regala nada por Navidad. Ni durante el resto del año. Pocos se acuerdan de ellos, salvo su hija y los nietos. Por eso, compran unas botellas de sidra y unos turrones de Jijona y de Alicante. Antes, Adela hacía cordiales y alfajores que le gustaban al hijo, pero desde su muerte ya no tiene voluntad. Menos mal que los nietos llegan y con ellos la alegría de la Navidad. José les contará cuentos y los llevará a ver el belén del Ayuntamiento, que tiene agua y peces en el estanque. Adela les hará flanes de huevo para el postre. Y en Nochebuena, pues no se pueden quedar hasta Reyes, sacarán los modestos regalos que Adelita, comprensiva, les dijo por teléfono que ilusionarían a los críos. Y algo para el frío, que hace mucho en el norte.


Con ellos, llega la Navidad. Dios, que no les ocurra nada en la carretera, que son muchos kilómetros. Haz que llegue la Navidad.


Desde mi Pecera, Feliz Reencuentro, Feliz Navidad”.

martes, 15 de diciembre de 2009

¡Toma belén!

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(Artículo publicado el 15 de diciembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia)



Llega la Navidad y como siempre por estas fechas se arma el belén. No, no me refiero al que montamos amorosamente con nuestros hijos en el calor del hogar, con su río de papel de plata, su caganer y todo. Me refiero al que monta cada año la incansable Conjura de lo Políticamente Correcto, partidaria ella, no de un Estado aconfesional o laico, no, sino de un Estado rabiosamente anticatólico. Su preocupación navideña la constituye la presencia de belenes y crucifijos en las aulas, y su ocupación consiste en lograr que no tengan presencia alguna ni en los colegios públicos ni en los privados. Ya saben ustedes cómo son estos chicos. Al mismo tiempo que quieren desmontar las cruces de los campanarios y sepultar al Cid bajo siete llaves en compañía de Santiago Matamoros, pretenden inundar de minaretes el paisaje de Europa y llenar de gurkas las fotos femeninas de los carnets de identidad. No quieren belenes pero los montan casi a diario con ese extraño concepto de la tolerancia religiosa que consiste en aceptar cualquier símbolo religioso excepto los cristianos. Diocleciano no lo hubiera hecho mejor.


Pero, como en cada Navidad, cuando montan su belén con el belén de los demás, a ellos se les convierte en un circo y les crecen los enanos. Son tan ilusos que creen a pies juntillas los dictados más rancios de esa progresía que hace mucho que peina canas. Estos chicos descubren América cada día. Por ejemplo, hace poco propusieron que las Navidades fueran rebautizadas como Fiestas de Invierno para no herir sensibilidades. O sea, que Merry Winter en lugar de Merry Christmas ¡Qué nivel, Maribel! Ya en 2005, la Conjura, que también opera en Estados Unidos, consiguió cambiar el tradicional Feliz Navidad de la Casa Blanca por un inodoro, incoloro e insípido Felices Fiestas, lo que fue inmediatamente corregido por el Congreso nortemericano en pleno, incluido el entonces congresista Obama. El año pasado, aquí en Expaña, algunos de ellos se levantaron con el pie izquierdo, cosa que siempre hacen, por cierto, y decidieron suprimir el belén que los funcionarios de su departamento habían instalado en la entrada del edificio. Ocurrió en la Fiscalía General del Estado y huelga decir que los funcionarios se pusieron de uñas, de modo que este año es posible que se consienta el belén. Con todo, o precisamente por su estupidez, no son estos los ataques más peligrosos recibe la Navidad. Como he hecho en otras ocasiones, no van a ser mis palabras sino las de otro las que defiendan la Navidad y, por ende, el belén. Mi admirado Chesterton defendía magistralmente la Navidad en uno de sus artículos títulado hace más de ochenta años “Un nuevo ataque contra la Navidad” ¿Ven que vieja es la Conjura?.


“La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad”, adelantaba Chesterton. “La frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse”, escribía el ilustre gordo para indicar que el principal peligro al que está siendo sometida la Navidad consiste en dejarla reducida a una mera fiesta desprovista de su significado cristiano. “Que se nos diga que nos alegremos un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una rezón seria para ser frívolo (…) El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo lo humano es que se exige demasiado de la naturaleza humana. Es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar; o por una que saben no es nada más que la mentira de algún periódico nacionalista o patriótico en exceso. Es pedirles que se vuelvan locos de gozo romántico porque dos personas de su agrado se están casando justo en el momento que se están divorciando (…) Nuestra tarea, hoy día, consiste por tanto en rescatar la festividad de la frivolidad. Esa es la única manera de que volverá de nuevo a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces celebran con exceso lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre”.


Y es que, queridos conjurados, se os olvidan un par de cosas importantes. Una, que el belén no es más un simbolo de la Navidad. Otra, que en la Navidad pasa algo que seguirá pasando eternamente: un año tras otro vuelve a nacer Jesús, el que de verdad cambió el mundo.


De nada.

martes, 1 de diciembre de 2009

Uno de villancicos





(Artículo publicado el 1 de diciembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia)





La vida es una sorpresa: cuando cansado de vagar cree uno haberlo descubierto todo, lo que se revela finalmente es que todo está por descubrir. Y si todavía conserva más o menos intacta esa íntima inquietud que algunos llaman curiosidad, ese desasosiego interno, ese apetito intelectual constantemente insatisfecho que, como el azogue, nunca se está quieto, lo que uno piensa entonces es que al día le faltan horas, a la semana, días, y al año, meses, para poder conocerlo todo. Cuántos libros que no he leído, cuántos viajes que no he hecho, cuántos labios que no he besado o cuánto vino que no he bebido todavía.



—Pues, hablando de descubrir, vaya un descubrimiento que ha hecho usted. ¡Claro que la vida es corta!



Ya está. Ya saltó de nuevo mi lector malasombra, ése que no espera a que acabe una frase para llevarme la contraria. Algún pecado muy gordo debí cometer en mi reencarnación anterior para verme castigado así en esta vida.



—Más de uno se pregunta, querido amigo —salta a su vez Ignatius, mi preclaro asesor, siempre al borde del cese—, si, habida cuenta de tu avanzada edad, no será que la debilidad senil empieza a hacer estragos en tu cerebro reblandecido por las novelas de J. K. Rawling.



Seguramente fueron dos los gravísimos pecados que cometí en la otra vida. Pero no es de Ignatius ni de mi lector malasombra de lo que yo quería escribir hoy, sino de villancicos ahora que la Navidad se acerca y que se recrudecen los ataques de la Conjura De Lo Políticamente Correcto contra todo lo que huela a cristiano. Ponga un Villancico en su vida se titulaba un artículo que publiqué allá por la Navidad de 2002. Vean lo que decía.



“Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad...” Así empieza uno de nuestros villancicos más tradicionales. Lo que sigue, “...saca la bota María que me voy a emborrachar”, no es más que la expresión popular del deseo de que la alegría reine en cada casa, en cada hogar. Supongo que la Conjura de lo Políticamente Correcto no verá en esta estrofa una incitación al consumo desmedido de alcohol, entre otras cosas, porque la bota de lo que está llena es de felicidad. Y es que los villancicos populares, como casi todos los cantos del pueblo, están sembrados de picardías y de críticas sencillas, de chascarrillos y de alegorías burlonas a las cosas aparentemente más serias, en el bien entendido de que, en Navidad, hasta las cosas supuestamente más severas no tienen por qué dejar de ser alegres.



Esto, lo del chascarrillo, es muy latino. En la Europa del norte y en los países anglosajones los villancicos son más sobrios, más formales, pero no más tiernos que los nuestros. De todos ellos, el que más me gusta es sin duda “Noche de Paz”, tal vez porque Franz Grüber, el organista alemán que lo compuso, supo trasladar al pentagrama el mensaje central de la Nochebuena, que no es otro que el de la Paz Universal. Hay una versión de este villancico especialmente hermosa que es la cantada por Bing Crosby, aquél cura irlandés de “Las campanas de Santa María”, película en la que el propio Crosby interpreta magistralmente otro de los grandes villancicos, el “Adeste Fideles”, y la entrañable “Blanca Navidad” compuesta por Irving Berlin. No hay duda de que la enorme influencia en la música y en el comercio, en el cine y en la televisión, de las modas anglosajonas ha popularizado entre nosotros villancicos que se pueden considerar, hoy, como clásicos universales. Las campanillas de los renos de Santa Claus en “Jingle Bells”, o el propio “Rodolfo, el Reno”, han ido suplantando en nuestros gustos navideños al sonido de la zambomba o la botella de anís. En los anuncios publicitarios escuchamos decenas de veces a diario, por no decir cientos de veces, las notas de “We wish you a Merry Christmas”, o las campanas de “Good King Wenceslas”. Pero no me quejo de esta invasión, pues de la Navidad, como del cerdo, me gusta todo, hasta los andares.



La Paz Para Todos Los Hombres De Buena Voluntad es el deseo común contenido en todos los villancicos, latinos y anglosajones, pero la Paz que cantan los primeros es más alegre, más ruidosa y bullanguera, como también lo es nuestra forma de ser.



Y así son las cosas.



martes, 24 de noviembre de 2009

Todavía desde mi vieja pecera


Artículo publicado el 24 de noviembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Pues sí, he sobrevivido a la restauración del Casino, hoy más Real que nunca. A la anterior restauración en que me embarqué no sobreviví, no señor, o sea que morí en el intento. O, tal vez, no.

Lo han escrito antes que yo: el Casino luce lindo, que decían en los doblajes mejicanos. Está de nuevo en el Siglo XIX, tal y como augurara un epigramático columnista y esto lo pueden atestiguar las más de treinta mil personas que lo han visitado en estos primeros quince días de vida de ese bebé de ciento sesenta y dos años de edad. Estoy feliz por ello, qué quieren que les diga. Hasta he logrado hacerme dos carambolas seguidas en la mesa de billar…

Sentado de nuevo en la Pecera, retoñada y refrescada Pecera, observo el paso de las gentes y de las cosas en compañía de Ignatius Reilly, mi afamado asesor en cosas de peceras y acuarios. Tendrían ustedes que ver a Ignatius espatarrado en uno de los sillones orejeros de piel, mientras mordisquea distraida y cladestinamente cualquier cosa indescriptible que se ha sacado de los bolsillos. He logrado convencerle de que para estar cómodo no hace falta que se quite los zapatos ni que se ponga la bata de franela. Por su parte, anda él empeñado en convencerme de lo maravilloso que resultaría para mí en particular y para el público en general que el propio Ignatius ofreciera cada día un concierto de trompeta a la hora de la siesta, convencido, dice, de que la música de trompeta daría vida a las mustias Peceras del Casino. Dios me libre.

Mientras hablamos de una cosa o de otra, yo, y de las bondades del concierto de trompeta, él, vamos viendo pasar la vida por la calle Trapería. Se acerca la Navidad, más madrugadora que nunca y también más calurosa, y la calle se llena de gente mientras que los naranjos de las plazas murcianas, engañados por este otoño primaveral, entran en floración tardía. El perfume de los galanes de noche aún persiste en el jardín de Floridablanca, que atravieso en mis paseos nocturnos para combatir el azúcar y la hipertensión, y sólo falta el canto del grillo. La ropa de invierno languidece todavía entre bolas de naftalina y la gente se sigue bañando en las playas pero, para que vean que el tiempo pasa aunque el clima se estanque, Ignatius se marcha esta semana a celebrar el Día de Acción de Gracias con su madre y la señora Santa Battaglia en su vieja casa de la calle Constantinopla.

En Estados Unidos, ya saben, celebran en familia el Thanks Giving Day, mientras que aquí los telediarios hacen casi lo mismo con los sufridos ciudadanos, nos dan el día en familia: cuando no es con el esperpéntico rescate de los tripulantes del Alakrana, es con la crisis económica o con cualquier otra desgracia como, por ejemplo, la anunciada Ley de Economía Sostenible de Zapatero. Sí, ya lo sé. Como un resorte, como un muelle, como un fulminante matasuegras, ha saltado mi querido lector malasombra. “Qué boda sin la tía Juana”, ha exclamado al leer el apellido del Irrepetible. Y es que, querido lector malasombra −un día se me escapará tu nombre, lo sé−, con un gobierno de intervención nacional al más puro estilo de la izquierda española, casi todo lo que podría tocar en mi artículo lo ha trasteado antes el gobierno tentacular de Shoemaker, o Shuhmacher, o Cordonnier, que así se puede llamar al inmediato Presidente de turno de la Unión Europea, aunque él piensa que su presidencia se debe a una conjunción planetaria. Y yo también: es el Sino.

De cosas de casa no voy a escribir, no insistan. Mi reino ya no es de este mundo.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

Dos goticas



(Artículo publicado el 29 de septiembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia)




No, no le falta acento alguno, querido lector malasombra. No me refiero a las niñas de Zapatero, que ya sé yo que son góticas con acento en la o, sino a las dos goticas de agua en que se nos va a quedar la cosa del Tajo cuando se haya consumado el esperpento. También la derogación del Trasvase del Ebro y la caducidad del Tajo son hijas de Zapatero, como lo son la subida de impuestos, la liberalización del aborto y la política exterior de España. Todas son hijas del Presidente. Respecto de las niñas góticas y zapaterinas, no seré yo quien se meta con los atuendos que gasta la familia, que ya se han encargado otros de censurar su, digamos, escaso sentido del ridículo. Sin ir más lejos, mi obeso asesor en asuntos relacionados con la Casa Blanca, el bienamado Ignatius. A que lo echaban de menos...

―Realmente ―me decía―, este sí que ha sido un atentado contra las reglas del Buen Gusto, la Decencia y la Prosodia, que, sin duda, habrá removido en su tumba gótica a la Santa Monja Rosvita. Ir a Gotham vestido de gótico es como venir a España disfrazado de torero, visitar París acicalado como un sans-culotte o viajar a China vestido de Fu Manchú. Hay quienes dicen que la idea de que la familia entera vistiera de negro fue cosecha del propio ZP como muestra de solidaridad con la familia Obama. No me extrañaría. Otros opinan que el presidente interplanetario creyó que era la noche de Halloween. Nada más alejado de la realidad, pues he tenido acceso a una auténtica transcripción falsa de la conversación que mantuvieron Obama y Zapatero al día siguiente de la recepción en el Metropolitan que lo explica todo. Te la leo.

―Hosé Luis, qué pasó...
―Pues verás, Barack, que mis niñas, no obstante ser menores de edad, son ya muy dueñas de vestir como quieran, de calzarse sus botas Dr. Martens o sus muñequeras de clavos ante el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, es un decir, querido presidente, de comprar la píldora del día después en una farmacia española o de abortar sin tener siquiera que comentárselo a su padre, o sea, a mí. Ya quisiera yo que fueran así todas las niñas españolas de su edad, ya quisiera yo, y por eso lo intento, no te creas. Además, las niñas, al leer en la invitación lo de la recepción en el Metropolitan de Nueva York, pensaron que se trataba de una fiesta radical en el metro de Nueva York, ya sabes, con toda la panda esa que sale en las películas.
―¡Tá güeno, bródel!. No, no me refería al extraño atuendo de fiesta de tus hijas, Hosé Luis, pues nosotros respetamos las costumbres indígenas del país de origen y no nos asustamos de nada, ¡Qué bueno que viniste!, sino a la petición que hiciste a la Casa Blanca de censurar la publicación de la foto. Eso sí que luce extraño por acá. ¡Tá chin, calabazín!. Nuestras hijas, mihelmano, las de los Presidentes norteamericanos, las de los gobernadores y las de la mayoría de los altos mandatarios de este país, ¡Andele, córrele, apúrale!, no se ocultan de la prensa, o sea, de los ojos de los norteamericanos. Mis hijas, por ejemplo, viven en una residencia pagada con los impuestos de los norteamericanos; y comen de la comida que se cocina en la Casa Blanca y que pagan todos los norteamericanos con sus impuestos; y viajan, mi gringo, en el Air Force One que pagan los norteamericanos con sus impuestos; y son defendidas por los guardaespaldas que pagan los norteamericanos con sus impuestos; y pasan sus vacaciones en Camp David, la residencia de descanso del Presidente de los Estados Unidos de América, que pagan todos los norteamericanos con sus impuestos. ¡Ando filosón!. Por esa razón son personajes públicos y su imagen es pública y les luce lindo. ¿No ocurre así en España, manito?
―Ejem, verás, Barack, ya seguiremos hablando en mejicano de este tema tan interesante. Ahora te tengo que dejar porque me espera mi avión presidencial para llevarme a Pittsburgh a la cumbre del G-20. Por supuesto, me acompaña mi querida esposa que tiene que cantar con el coro de gospel de la Iglesia de Dialoguistas del Séptimo Día y, claro, mis niñas, que han quedado en Pittsburgh con unos amigos para no se qué fiesta del movimiento antiglobalización. ¡Qué ricas!

(Fin de la transcripción)


miércoles, 23 de septiembre de 2009

De vuelta




(Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 22 de septiembre de 2009)






Como solía ocurrir por estos pagos aún antes de que irrumpiera en nuestras vidas el calentamiento global del planeta, se han acabado las vacaciones antes que el verano. Yo pediría la Medalla de Oro de algo, el Premio Nobel de lo que fuera o el Rexona de Oro, por ejemplo, para aquel genio ilustre que consiguiera hacer coincidir vacaciones y verano. “¿Qué, cómo ha ido el verano?”, te preguntan el día uno de septiembre, como si el verano se hubiera ido. Tal vez sea así en Santander o en Logroño, qué se yo, pero lo que es en Murcia, no. Aquí, la canícula dura y dura, permanece, engulle el verano de los membrillos o de San Miguel y se cuela de rondón en Halloween, víspera del Día de todos los Santos. Será Navidad en el Corte Inglés y todavía andaremos remangándonos a mediodía y luciendo la sobaquera de Camacho. Es, como se dice por aquí, la calor, así, en femenino, si me lo permite el corrector automático de textos de mi ordenador.
Uno de los efectos que tiene la vuelta de vacaciones es que, quien durante ellas haya podido desconectarse de su entorno, se encontrará al regreso con algunas sorpresas y algunos disgustos.
En septiembre volvemos al tajo, al de la maldición bíblica, que este tajo no lo ha nacionalizado el Estatuto de Castilla La Mancha, ya quisiéramos más de uno, sino que castellanizaron el otro, el que lleva agua y no sudores. Lo que no deja de ser para los murcianos otra suerte de maldición.
Leo con perplejidad que el Gobierno de la Región no da peces a la Plataforma de Defensa del Trasvase Tajo-Segura, sino cañas de pescar en forma de sabios consejos financieros. No debe estar el horno para bollos, ni el económico, ni el político.
Me comentan en los mentideros que, en breve, alguien anunciará que sigue, como el calor, o que repite, como los pepinos. Por qué será que no me sorprende.
Durante mi agosto de nomadeo me he tenido que zampar muchas fiestas veraniegas, con berbena, bakalao y castillo de fuegos artificiales. Para mi desconsuelo, Murcia me recibe con su festivalero septiembre, multicultural y multiétnico, policromo y polireligioso, con huertos, con romería, con moros y con cristianos. Y con castillo de fuegos artificiales.
A la vuelta de vacaciones me encuentro con ausencias dolorosas, tanto más penosas por ignoradas. Se me han muerto amigos muy queridos. Pepe Celdrán, el Maestro Habichuela, se ha marchado con su guitarra. Demasiado pronto, querido Pepe, demasiado pronto. También se ha ido Mariano López Alarcón, mi catedrático de Canónico y amigo respetado. Y otro López Alarcón, Marcos el del Rambla, que estará junto a su hijo José Antonio, mi amigo del colegio. Y Evaristo, hermano del Pichuchi, reunidos en el cielo. Y Clemente Riera, al que veo montando a caballo sobre una nube. Y Alvaro Abadía, joven, muy joven y, sin embargo, profesional prestigioso y brillante que estaba trabajando en el rediseño del anagrama del Casino. Y Lorenzo Guirao, adversario político entrañable, que no enemigo, con quien, tras muchos rifirrafes, terminé compartiendo una cerveza y estrechándole la mano. A todos vosotros, amigos, mi recuerdo.
La vuelta al tajo y la vuelta al cole. Se acabaron las idas y venidas, las largas horas de siesta en manos de Stieg Larsson –quien no haya pecado, que tire la primera piedra-, la proscripción del despertador, los chapuzones, el chiringuito, la brisa del mar, los cuartos de la paga extraordinaria y el protector solar. Pero, como le decía Boggie a la Bergman en la célebre película, siempre nos quedará París. O sea, la calor.




martes, 21 de julio de 2009

Perdonen que les moleste




Artículo publicado el 21 de julio de 2009 en el diario La Opinión de Murcia









Un viejo estanque;
se zambulle una rana,
ruido de agua.




Que el verano es una época que ni pintada para leer ya lo saben ustedes, mis bienamados lectores. Hasta mi lector malasombra lo sabe, que por algo también es lector. Todos ustedes leen, de lo contrario no estarían aquí y ahora leyendo mi artículo. Por eso no les voy a aconsejar lectura alguna, pues ustedes tienen sus propias preferencias. Lo que voy a hacer es ofrecerles una especie de aperitivo refrescante a modo de despedida por vacaciones. Se trata de esos versos que han leído ustedes al comienzo. Son de un autor japonés del siglo XVII llamado Matsuo Bashoo y a esa forma de poesía se la conoce como haiku. El haiku es un poema breve de tres versos, de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente, cuya simplicidad hace que se asemeje a lo hablado. Suele haber una palabra clave, llamada kigo en japonés, que indica la estación del año a la que se refiere pero, fuera de ello, las reglas son muy sencillas y escasas: emplea mayoritariamente nombres, apenas usa las mayúsculas, se puede prescindir de la puntuación y de la rima; en definitiva, haiku o haikai es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento, aquí y ahora.

Han sido muchos los autores occidentales que han usado esta forma de poesía. Ezra Pound, D.H. Lawrence o James Joyce, en ingés, o Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges y Octavio Paz en castellano. Precisamente de Machado es este haiku veraniego y verbenero:

¡De amarillo calabaza,
en el azul, cómo sube
la luna sobre la plaza!

De Borges, este otro:

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido

Y aquél de Octavio Paz, titulado Alba:

Sobre la arena
escritura de pájaros;
memoria del viento

Mario Benedetti, recientemente fallecido, escribió el siguiente:

Una campana,
tan sólo una campana
se opone al viento

También un amigo poeta que me regaló un libro muy querido tiene algún haiku. Luis Alberto de Cuenca escribió:

En el silencio
de esa flor amarilla
perdura el canto

Y termino esta minúscula antología con otro haiku de Matsuo Bashoo, muy propio de la estación:

Quietud;
los cantos de las cigarras
penetran en las rocas

Claro que también puedo finalizar con un haiku más prosaico y, además, de mi propia cosecha:

Mediterráneo
dorado, azul y verde,
una cerveza


Feliz verano.