martes, 21 de abril de 2009

Cosas de libros


Artículo publicado el 21 de abril de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


En medio de tanto bullicio festero −sardinonazareno, sardinohuertano y sardinosardinero−, una escalofriante noticia ha sacudido el alma atormentada de algo más de media docena de murcianos. Según el estudio de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en 2008, casi la mitad de los murcianos mayores de catorce años confiesa que no lee nunca un libro. Murcia, como en los viejos tiempos, se sitúa en el cuarto puesto por la cola del índice de lectores, por encima únicamente de Andalucía, Castilla La Mancha y Extremadura. Y esto ocurre en un país que lee muy poco. Según el barómetro European Cultural Values 2007, el 41 por ciento de los españoles confiesa no haber leido un libro en los últimos doce meses, lo que sitúa a España en el cuarto lugar por la cola de Europa, por delante tan sólo de Chipre, Portugal y Malta y empatada con Grecia y Bulgaria.
Alguien dirá que la cultura no consiste sólo en leer libros y que el bajo índice de lectura está compensado por otras actividades en las que España, primero, y Murcia, después, no quedan tan mal situadas. Después de mucho buscar he encontrado un índice cultural en el que no quedamos tan mal parados: el de asistencia a eventos deportivos. De manera que el que no se consuela es porque no quiere.
Les digo todo esto porque el próximo jueves 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro y con motivo de tan fausto acontecimiento, Ignatius, mi asesor plenipotenciario en materia de bibliofilia, ha parido lo que él denomina una feliz idea, en la que no obstante percibo un cierto tufo catalino. Se trata −dice Ignatius− de aprovechar este natural de los murcianos de celebrarlo todo regalando diversos objetos y golosinas, sean caramelos, monas con huevo, habas, ristras de morcillas, morcones, pitos, pines o juguetes, para convencer a nazarenos, huertanos y sardineros, de que también regalen libros. Y como Ignatius no acaba de ver a un andero sacándose del buche, por muy abultado que sea éste, un ejemplar de la Encyclopaedia Britannica o de la Espasa-Calpe, propone que los libros se escojan de una lista que, según el propio Ignatius, contiene los más livianos y menos voluminosos del mundo. Para que se hagan una idea, aquí tienen un extracto de la lista de títulos de Ignatius:


- Libro curricular de Pepiño Blanco, de Bibiana Aído.
- Los archivos secretos del programa espacial tibetano, de Dalai Lama.
- Albúm de fotos de Galicia soleada, de Harry Weatherman.
- Todas las mujeres de mi vida, de Pedro Zerolo
- La Guía Telefónica de la Antártida, de Giacomo Vodafone.
- Los usos domésticos del uranio 235, de Míster Proper.
- Todas mis buenas acciones, de Adolfo Hitler.
- Políglota, de J. L. Rodríguez Zapatero.
- Políglota II, versión inglesa, de J. L. Everybody Bonsai.
- La estrategia estremeña para dominar el mundo, de Rodríguez Bellotari.
- Cartas de amor a Hillary, del Sherpa Tensing.
- Nuevas Cartas de amor a Hillary, de Miguel Angel Moratinos.
- Los silencios de Fidel, de Antonio Machín.
- Con la música a otra parte, de Michael Acordeón.
- Libertad religiosa en Irán, de Mahmud Ahmadineyad.
- El negro que tenía el alma blanca, de Barack Obama.
- Cien años de honradez, de F. G. Márquez.
- Las claves de mi política estratégica global, de J. L. Zetapé.
- Ideas de futuro, de Joseph Lewis R. Shoemaker.
- Crisis, what crisis?, de Peter S. Solbes.
- Tiempos de engorde, de Tessy F. de la Plaine Fertile.
- Comentarios a Tiempos de engorde, de Elena Salgado.
- Resoluciones eficaces de la ONU, de Heinz Blaukopf.
- El tiro por la culata, de Fernández Bermejo.
- La muerte de Franco, esa incógnita, de Baltasar Garzón.
- Reflexiones en silencio, de Hugo Chávez.
- Mi colección de corbatas, de Evo Morales.

Mañana, más.



viernes, 17 de abril de 2009

Los cuentos de ZP: Los dos ciegos


Artículo publicado el 14 de abril de 2009 em el diario La Opinión de Murcia


“De lo que aconteció a un ciego con otro”. Así se subtitula el cuento XXXIV de El libro de los ejemplos del Conde Lucanor y su consejero Patronio, obra moralizante escrita en 1335 por un sobrino del Rey Sabio llamado Juan Manuel de Villena y Borgoña-Saboya, más conocido por el Infante Don Juan Manuel.

VERSIÓN CLÁSICA: Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta guisa:
−Patronio, un mi pariente y amigo, de quien yo fío mucho y estoy seguro de que me ama verdaderamente, me aconseja que vaya a un lugar del que me recelo yo mucho. Y díceme él que no haya recelo ninguno; que antes tomaría él la muerte que yo tome ningún daño. Y ahora, ruégoos que me aconsejéis en esto.
−Señor conde Lucanor −dijo Patronio−, para este consejo mucho querría que supieseis lo que aconteció a un ciego con otro.
Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.
−Señor conde −dijo Patronio−, un hombre moraba en una villa y perdió la vista de los ojos y fue ciego. Y estando así ciego y pobre, vino a él otro ciego que moraba en aquella villa, y díjole que fuesen ambos a otra villa cerca de aquella y que pedirían por Dios y que habrían de qué mantenerse y sustentarse.
Y aquel ciego le dijo que sabía que en aquel camino de aquella villa que había pozos y barrancos y muy fuertes pasadas: y que se recelaba mucho de aquella ida.
Y el otro ciego le dijo que no hubiese recelo porque él se iría con él y lo pondría a salvo. Y tanto le aseguró y tantas pros le mostró en la ida, que el ciego creyó al otro ciego y fuéronse.
Y desde que llegaron a los lugares fuertes y peligrosos cayó el ciego que guiaba al otro, y no dejó por eso de caer el ciego que recelaba el camino.
Y vos, señor conde, si recelo habéis con razón y el hecho es peligroso, no os metáis en peligro por lo que vuestro pariente y amigo os dice, que antes morirá que vos toméis daño; porque muy poco os aprovecharía a vos que él muriese y vos tomaseis daño y murieseis.
Y el conde tuvo éste por buen consejo e hízolo así y hallóse en ello bien.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era bueno, hízolo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Nunca te metas do hayas malandanza
aunque tu amigo te haga seguranza.

VERSIÓN ADAPTADA: El Rey no había leído El conde Lucanor. Pensaba, además, que el Infante Don Juan Manuel era un barrio o un instituto de enseñanza secundaria, del mismo modo que creía que fornicar era una agencia de alquiler de automóviles. Realmente había leído muy poco aquel Rey. Pero era un Rey valiente y temerario, como la Legión. Y, como la Legión, también tenía una cabra a la que bautizó con el nombre de Patronia. Tanto apreciaba a la cabra que, con el tiempo, Patronia se convirtió en su principal confidente.
Y aconteció que al Reino llegaron los malos tiempos y las hambrunas y, con ellos, los aires de rebelión. Y el Rey consultó a Patronia.
−Patronia, mis consejeros me dicen que los campos están secos y no producen grano, que los talleres están parados por falta de trabajo y que los comercios no venden una escoba. El pueblo anda intrigando. ¿Qué debo hacer?
−Naaada, mi seeeñor −contestó Patronia−, no veeeo yo que sean ciertas esas nueeeevas. A mí no me faaalta pienso ni alfaaalfa, trisco y retozo cuanto quieeero en los verdes y lujuriosos jardines de palaaaacio y veo a vuestros hijos feeelices y conteeentos. No hagáis caaaso a las maaalas lenguas que sólo quieeeren perdeeeros. Cesad a vuestros consejeeeros y nombradme Vos valida vuestra, pues este cargo me vieeene que ni pintaaado.
Y así lo hizo el Rey. Oyó a la cabra y desoyó al resto del mundo. La nombró su valida y subió los impuestos para comprar más pienso y alfalfa. Se solazó viendo a sus hijos jugar felices con la cabra en los verdes jardines de palacio. Y siguió sin hacer caso de los rumores de crisis y rebelión hasta que el verdugo llamó a su puerta.
Para entonces, la cabra se había echado al monte.

martes, 7 de abril de 2009

Zapatero en la cumbre


Artículo publicado el 7 de abril de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Zapatero estuvo en la cumbre. Lo que no nos cuentan los medios es lo que hoy nos va a narrar mi predilecto asesor Ignatius que, por una de esas casualidades de la vida, se encontraba la pasada semana de viaje en Londres. A Ignatius le encanta viajar, pues afirma que viajar ilustra. Y viajaría más si no le hubieran prohibido el acceso a los aviones de una treintena de compañías, discriminación que Ignatius achaca a su peso excesivo y a su empeño reiterado en colarse en la cabina del piloto para cerciorarse de que el avión vuela a una altura prudente, de que el piloto no va achispado, de que tiene licencia de vuelo, de que los mandos del avión funcionan, de que lleva suficiente combustible y de que su equipaje va debidamente instalado en la bodega del avión. Tampoco le ha ayudado su costumbre de tocar la trompeta para calmar los nervios en los despegues y aterrizajes o la de lanzar pequeños pero sonoros eructos durante el vuelo para facilitar la apertura de su válvula pilórica. Por no hablar de sus flatulencias.
Pero a lo que vamos. Durante su estancia en Londres, Ignatius presenció una escena que relata así. Le paso los trastos de escribir.
Me encontraba paseando por una céntrica calle londinense en la que esperaba encontarme de un momento a otro con Mary Poppins cuando a quien me encontré fue a Zapatero, ya saben, ese chico alto y espigado, de ojos llorosos y mentón flácido, que padece de ciática ante el paso de la bandera de Estados Unidos y que, por esas cosas inexplicables de la vida, preside el Gobierno de España. Iba ZP rodeado de una nube de asesores, unos setecientos cincuenta diría yo, a quienes el prócer comentaba en voz alta lo siguiente:
−Mi presencia en el G20, ese exclusivo club al que pertenecemos España y yo, gracias a mi especial denuedo, es un hecho histórico. España y yo estamos en el foro que va a decidir el futuro del mundo. Nuestra presencia, qué digo presencia, nuestra pertenencia al G20 no es más que el reconocimiento mundial del importantísimo papel que jugamos España y yo mismo en el concierto internacional. La exitosa Alianza de Civilizaciones, la aguerrida vocación pacifista de nuestras tropas, demostrada por el hecho de que son las últimas en llegar y las primeras en salir de los escenarios de batalla, nuestras estrechas relaciones con las potencias mundiales, mi amistad íntima con Obama, con el que me unen el footing, el jogging y el basket balling, la prestigiosa circunstancia de que nuestro Ministro de Asuntos Exteriores se pueda dirigir al mundo en lingala, que es el universal idioma del Congo, mi dilatada experiencia con el fenómeno del paro, pues no en vano somos los primeros productores de desempleo del mundo, mi férreo control sobre el sistema financiero español, en fin, todo ello y muchas cosa más, son los triunfos que nos permiten a España y a mí sentarnos a la mesa de los poderosos, en el centro de la gobernanza mundial.
En esto, un nutrido grupo de manifestantes antisistema, rastafaris ellos, armados de piedras y palos y con los rostros ocultos tras unos tupidos pañuelos rojo revolusión, apareció a la vuelta de una esquina. Al escuchar las triunfantes voces presidenciales, rodearon al exitoso presidente y a su cohorte de asesores y los rociaron con una lluvia de piedras al tiempo que agitaban los garrotes, mientras gritaban democráticamente: “¡Abajo los imperialistas! ¡Muera el G20! ¡Capitalistas! ¡Ellos son los culpables! ¡Que nos devuelvan los cuartos!
ZP, ante tamaña injusticia, se puso blanco, como Pepiño, y, cogiendo valientemente un megáfono, se dirigió a la multitud enfurecida y rastafari:
−¡Os equivocáis! ¡Estáis confundidos! Yo no pertenezco al G20. Estoy aquí porque Sarkozy, el malvado presidente francés, me ha obligado a ocupar media silla como invitado a cambio de favores inconfesables. Además, la comparto con dos tres paises más. Tampoco está España, pues esa silla es la silla de la Unión Europea. ¡Escuchadme y no tiréis piedras! Jamás he hablado con Obama, el imperialista, y además me quedé sentado al paso de la bandera de los odiosos Estados Unidos. ¿Cómo vamos a hablar si yo sólo hablo el idioma de la revolución cubana con acento vallisoletano y él no? ¿Cómo voy a dirigirle la palabra a quien, como tantas veces he dicho, representa al país culpable del paro que estrangula a mi país? Yo sólo me relaciono con Evo, con Hugo, con Fidel y con otros revolucionarios de confianza. ¡No alcéis contra mí las piedras y los garrotes, que soy un descamisado! ¡Dirigidlos contra los auténticos culpables de todo este desaguisado que son Aznar y Mariano de las Azores! ¡Abajo el PP! ¡Marchaos a Génova Trece!
Cuando la multitud de manifestantes antisistema se dirigió convencida y enfurecida a manifestarse ante el número trece de la calle Génova de Madrid, Zapatero y sus setecientos cincuenta asesores se marcharon tranquilamente a la reunión que el G20 celebraba en un viejo refugio de la Segunda Guerra Mundial sito en el recinto ferial de ExCel. “Allí estaremos seguros”, pensó.

martes, 31 de marzo de 2009

Los cuentos de ZP: La ejecución


Artículo publicado el 31 de marzo de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Hoy les traigo otro cuento corto de Hermann Hesse. Algo debía saber Hesse de lo que escribía cuando se atrevió a no ser nacionalista en la Alemania del primer tercio del siglo XX, allí donde se gestaron dos guerras mundiales. “Cuando odiamos a alguuien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”, escribió. En aquella atmósfera de belicismo enardecido, Hesse llegó a proclamar que “el amor es más fuerte que la violencia”.

VERSIÓN CÁSICA: En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.
-¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.
-Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza.
Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.
-Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!
Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
-¿Cómo lo adivinaste, maestro?
Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:
-No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.

VERSIÓN ADAPTADA: Se atrevió a condenar públicamente el aborto.
Primero, lo echaron de la procesión por llevar un lazo blanco prendido en la túnica. “No guardaba la debida uniformidad”, decían los unos, mientras se ajustaban las Ray-Ban de aviador que lucían, como cada año, en la procesión. “Iba provocando a derecha e izquierda, sobre todo a ésta última”, decían otros que, no obstante ser partidarios del aborto libre, aspiraban en secreto a presidir la Cofradía. “No hay que mezclar los festejos tradicionales con la política”, opinaban los más, cargados a rebosar de caramelos, chucherías, pitos y flautas, en una versión sardinera del nazareno. Alguno, en voz baja, se preguntó si lo del aborto era una cuestión política o moral. Incluso llegó a plantearse si eso que llamaban festejos tradicionales no habían sido en su origen desfiles penitenciales propios de la Semana Santa Católica. Pero, visto lo visto, no se atrevió a formular sus dudas en voz alta.
Luego, las voces progresistas lo tacharon de fundamentalista, de retrógrado y de machista. Dijeron que era un hipócrita, ya que las hijas de la derecha podían acercarse en el yate de papá para abortar en altamar a bordo del barco holandés de Mujeres sobre las Olas. Tanto se dijo de él que le prohibieron dar clase de Educación para la Ciudadanía en el colegio público del que era profesor. Finalmente, la gente temió saludarle y dejaron de hacerlo.
Todo esto ocurrió, como ya podrán imaginar, en un país muy, pero que muy lejano.

martes, 17 de marzo de 2009

Los cuentos de ZP: La fábula de los ciegos


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 17 de marzo de 2009


Hoy les traigo una fábula de Hermann Hesse. El escritor alemán, del que muchos de ustedes conocerán Peter Camenzind, Demian, Siddhartha o El lobo estepario, fue un icono de la juventud de mi tiempo y de mi tiempo de juventud. Convertido a su pensamiento, admiré su compromiso con la paz, el rechazo de los nacionalismos y su aversión por la politización de la vida, lo que determinó su alejamiento de la política, si bien les confieso que en esto último no le fui enteramente fiel. Hesse escribió: “Sigo sin compartir la opinión de que la vida y la humanidad enteras deben ser politizadas, y rechazaré hasta la muerte cualquier intento de politizarme. Tiene que haber también gente desarmada, a la que se pueda asesinar. A este sector de la humanidad pertenezco y, por lo tanto, nunca convendré […] en que la poesía pueda ser menos importante y necesaria que el partidismo y la guerra”. Lo que escribió ayer, continúa hoy vigente.

Pero vamos con la fábula.

VERSIÓN CLÁSICA: Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.
Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.
Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.
Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.
Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.

VERSIÓN ADAPTADA: ¿Comprenden ahora por qué Hermann Hesse despreciaba la política…?

martes, 10 de marzo de 2009

Los cuentos de ZP: Ante la Ley


Artículo publicado el 10 de marzo de 2009 en el diario La Opinión de Murcia.


Quienes hayan leído El Castillo, La Metamorfosis o, muy especialmente, El Proceso, reconocerán en Franz Kafka al autor del cuento que hoy les traigo. Me lo han recordado las imágenes de Paco Marqués. Detenido, esposado, escarnecido e imputado y, sin embargo, mi amigo.

VERSIÓN CLÁSICA: Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela-, pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

VERSIÓN ADAPTADA: Cien años después, sigue siendo exactamente igual que la clásica.

martes, 24 de febrero de 2009

Los cuentos de ZP: Los cabritillos y el lobo


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia, el 24 de febrero de 2009


VERSIÓN CLÁSICA: Érase una vez una cabra que tenía siete cabritillos. Un día salió al bosque en busca de comida, no sin antes advertir a sus hijitos que tuvieran mucho ciudado con el lobo y atrancaran la puerta. Al poco, llamaron a la puerta y una voz ronca les dijo: “Abrid, hijitos. Soy vuestra madre que estoy de vuelta”. Pero los cabritillos adivinaron por la voz ronca que no era su madre, sino el lobo, y no abrieron. Entonces el lobo corrió a un gallinero, se bebió la clara de un huevo para afinar la voz y, volviendo donde los cabritillos, llamó de nuevo a la puerta: “Abrid hijos, que soy vuestra madre”, les dijo con la voz atiplada. Los cabritillos, que aún desconfiaban, le pidieron que enseñara la pata por debajo de la puerta y, cuando la vieron negra y peluda y no blanca como la de su madre, descubrieron el engaño y tampoco abrieron la puerta. El lobo se fue a su casa, metió la pata en harina y, regresando a casa de los cabritillos, les enseñó la pata blanqueada por debajo de la puerta y les pidió que abrieran. Esta vez los cabritillos cayeron en el engaño y el lobo los devoró a todos de un bocado, menos al más pequeño, que se salvó escondiéndose en la caja del reloj.
Cuando la cabra volvió a casa y se enteró de lo ocurrido, cogió unas tijeras, aguja e hilo, y salió en busca del lobo. Lo encontró durmiendo junto al pozo y, sin hacer ruido para no despertarlo, le abrió la panza con las tijeras y de ella salieron los seis cabritillos vivitos y coleando. Luego, la rellenó con piedras y la cosió con la aguja y el hilo. Cuando el lobo despertó de su siesta sintió una pesadez y una sed muy grandes y, al abocarse al pozo para beber agua, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo donde se ahogó miserablemente.

VERSIÓN ADAPTADA: Érase una vez una cabra que tenía siete cabritillos. Un día salió al bosque de Nottingham en busca de comida y todo ocurrió como en el cuento clásico hasta que la cabra volvió a su casa y se enteró de lo ocurrido. A partir de ahí, y como no podía ser de otra manera, el cuento se transformó en una auténtica pesadilla.
La infeliz señora Cabra, a diferencia de la del cuento clásico, decidió no tomarse la justicia por su mano y acudió al Sheriff de Nottingham a denunciar al lobo por la desaparición de los cabritillos. El orondo y sonriente magistrado, después de escuchar la historia con el ojo guiñado, cursó la correspondiente orden de detención, pero no contra el honrado Lobo, no, que, en todo caso y de ser ciertos los hechos de los que era acusado, no habría hecho más que aquéllo a lo que era compelido por su naturaleza selvática, sino contra la pobre señora Cabra a la que acusó de incumplir los deberes legales de asistencia inherentes a la patria potestad o, lo que es lo mismo, de la comisión de un delito de abandono de familia al haber dejado sola a su prole para irse de compras. También la acusó de cometer un delito de denuncia injusta, pues había inculpado al lobo sin más pruebas que la declaración de un menor, víctima del abandono materno. Tras un registro efectuado en casa de la señora Cabra, el Sheriff de Nottigham encontró unas tijeras, una aguja e hilo, un montón de piedras y la evidencia criminal de una bolsa de la compra llena de alfalfa. En estos casos, el Código Penal Zapaterino, vigente en el bosque desde los tiempos en que el zapatero de Nottingham fue nombrado Sheriff, era muy severo: la señora Cabra fue cargada de cadenas y encarcelada; le fue retirada la patria potestad del cabritillo que se había escondido en la caja del reloj; el cabritillo fue dado en adopción al honesto señor Lobo que, muy precavido, se compró un frasco de Sal de Frutas Eno con la indemnización que hubo de pagarle la señora Cabra por la denuncia injusta. Finalmente, y como todos ustedes podrán imaginar, incluido mi lector malasombra, el Sheriff de Nottingham salió reelegido como Sheriff de Nottingham.

Y colorín, colorilla, el cuento acabó en pesadilla.

martes, 10 de febrero de 2009

Los cuentos de ZP: Las ranas pidiendo Rey


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 10 de febrero de 2009


VERSIÓN CLÁSICA: Cansáronse las ranas de vivir en desorden y anarquía y tanto clamaron que Júpiter hizo caer del cielo un Rey que, de tan pacífico como era, no podía serlo más. Pero este Rey, al caer en la charca, provocó tal estruendo que aquella gente anfibia, medrosa y asustadiza corrió a esconderse bajo el agua, entre los juncos y las cañas. Pasado un tiempo se acercaron al Rey y comprobaron que se trataba de un madero que flotaba mansamente en las aguas del estanque. Finalmente, perdieron el miedo y se subieron encima del Rey flotante. Al cabo de un rato, las ranas retomaron sus clamores. “Dános −decía el pueblo de la charca− un Rey que se mueva”. Y tanto importunaron a Júpiter con sus súplicas que les envió a una grulla tan voraz que, nada más posarse en la charca, comenzó a engullir a las ranas una tras otra. Las ranas, alarmadas, comenzaron de nuevo a quejarse a Júpiter, quien con voz de trueno les dijo lo siguiente:
−Basta ya de veleidades. ¿Ha de estar acaso mi voluntad pendiente de vuestro capricho? Debísteis conservar vuestro primer gobierno y, en caso de mudanza, daros por contentos de que vuestro rey fuese pacífico y manso. Puesto que a aquél no lo quisísteis, aguantad ahora a éste, aunque no sea mas que por miedo a que os envíe otro peor.”

VERSIÓN ADAPTADA: Cansáronse los vecinos del Burgomaestre que tenían. Era un Burgomaestre muy aburrido. Se levantaba cada día a la siete de la mañana y pretendía que los vecinos hiciesen lo mismo. Luego, se ponía a trabajar y, para pasmo de los ciudadanos, pretendía, además, que todos siguieran su ejemplo. El Burgomaestre había decidido que los escolares del municipio, para aprobar el curso, debían estudiar, pero esto de estudiar aburría soberanamente a los alumnos y desagradaba a sus padres puesto que, en lugar de irse a la taberna, debían quedarse en casa vigilando que sus hijos hicieran los deberes. El Burgomaestre congeló los sueldos del concejo y las plantillas de funcionarios municipales. Luego recortó el dinero destinado a las fiestas y vendió en el mercado la mitad de los caballos oficiales de sus concejales, ministros y regidores. El dinero así obtenido lo destinó a la construcción de acequias y canales, y el agua iba, de donde sobraba, a donde faltaba, de manera que todos tuvieron agua y pudieron trabajar sus tierras. Pronto se cansaron los vecinos de la monotonía de sus quehaceres: cavar, plantar, regar y recoger la cosecha, un día tras otro y otro también, les pareció de una pesadez extrema. Los escolares consideraban que estudiar era un martirio chino. Los padres seguían prefiriendo visitar la taberna a corregir los deberes de sus hijos. Los dueños de los pozos querían el agua para ellos solos. Los cofrades de la farándula querían más festejos y los concejales y ministrillos más caballos oficiales.
Los vecinos clamaron al Rey otra vez para que cambiara al Burgomaestre. “Queremos un Burgomaestre que se mueva”, decían. “Nos aburrimos mortalmente”, gritaban. Y tanto clamaron y tanto gritaron que el Rey perdió la cabeza y nombró burgomaestre al… ¿Cómo? ¿Que usted ya lo sabe, mi querido lector malasombra? Pues sí, en efecto, el Rey nombró burgomaestre al Zapatero.
Y la vida en el burgo se tornó mucho, pero que mucho más entretenida. Y el nuevo Burgomaestre se movió, vaya que si se movió. Para empezar se dedicó a resolver los problemas del mundo en lugar de los de su municipio, puso en marcha el observatorio concejil para la igualdad entre bosnios y eslovacos, cegó todos los canales y acequias por no sé qué razones medioambientales, subvencionó la compra de candados a los dueños de los pozos, prohibió los suspensos para erradicar el fracaso escolar, sustituyó los exámenes de fin de curso por un trabajo voluntario sobre la siesta como forma de expresión artística, nombró a la Bella Durmiente ministra concejil de Economía y dotó a cada uno de sus consejeros, ministrillos y regidores de dos caballos oficiales, un percherón y un pony de recambio. Finalmente, sustituyó el Día de la Romería por el Año de la Romería y declaró al burgo Capital Mundial del Acordeón.
Cuando los vecinos, hartos de tanta fiesta, sedientos por la sequía, embrutecidos por el nuevo sistema educativo y arrepentidos del experimento, suplicaron al Rey que cambiara nuevamente al Burgomaestre, comprobaron apenados que ya no había Rey, pues el reino se había transformado en República. Y ¿saben ustedes quién era el Presidente de la República?

Exacto.