martes, 31 de marzo de 2009

Los cuentos de ZP: La ejecución


Artículo publicado el 31 de marzo de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Hoy les traigo otro cuento corto de Hermann Hesse. Algo debía saber Hesse de lo que escribía cuando se atrevió a no ser nacionalista en la Alemania del primer tercio del siglo XX, allí donde se gestaron dos guerras mundiales. “Cuando odiamos a alguuien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”, escribió. En aquella atmósfera de belicismo enardecido, Hesse llegó a proclamar que “el amor es más fuerte que la violencia”.

VERSIÓN CÁSICA: En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.
-¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.
-Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza.
Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.
-Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!
Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
-¿Cómo lo adivinaste, maestro?
Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:
-No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.

VERSIÓN ADAPTADA: Se atrevió a condenar públicamente el aborto.
Primero, lo echaron de la procesión por llevar un lazo blanco prendido en la túnica. “No guardaba la debida uniformidad”, decían los unos, mientras se ajustaban las Ray-Ban de aviador que lucían, como cada año, en la procesión. “Iba provocando a derecha e izquierda, sobre todo a ésta última”, decían otros que, no obstante ser partidarios del aborto libre, aspiraban en secreto a presidir la Cofradía. “No hay que mezclar los festejos tradicionales con la política”, opinaban los más, cargados a rebosar de caramelos, chucherías, pitos y flautas, en una versión sardinera del nazareno. Alguno, en voz baja, se preguntó si lo del aborto era una cuestión política o moral. Incluso llegó a plantearse si eso que llamaban festejos tradicionales no habían sido en su origen desfiles penitenciales propios de la Semana Santa Católica. Pero, visto lo visto, no se atrevió a formular sus dudas en voz alta.
Luego, las voces progresistas lo tacharon de fundamentalista, de retrógrado y de machista. Dijeron que era un hipócrita, ya que las hijas de la derecha podían acercarse en el yate de papá para abortar en altamar a bordo del barco holandés de Mujeres sobre las Olas. Tanto se dijo de él que le prohibieron dar clase de Educación para la Ciudadanía en el colegio público del que era profesor. Finalmente, la gente temió saludarle y dejaron de hacerlo.
Todo esto ocurrió, como ya podrán imaginar, en un país muy, pero que muy lejano.

martes, 17 de marzo de 2009

Los cuentos de ZP: La fábula de los ciegos


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 17 de marzo de 2009


Hoy les traigo una fábula de Hermann Hesse. El escritor alemán, del que muchos de ustedes conocerán Peter Camenzind, Demian, Siddhartha o El lobo estepario, fue un icono de la juventud de mi tiempo y de mi tiempo de juventud. Convertido a su pensamiento, admiré su compromiso con la paz, el rechazo de los nacionalismos y su aversión por la politización de la vida, lo que determinó su alejamiento de la política, si bien les confieso que en esto último no le fui enteramente fiel. Hesse escribió: “Sigo sin compartir la opinión de que la vida y la humanidad enteras deben ser politizadas, y rechazaré hasta la muerte cualquier intento de politizarme. Tiene que haber también gente desarmada, a la que se pueda asesinar. A este sector de la humanidad pertenezco y, por lo tanto, nunca convendré […] en que la poesía pueda ser menos importante y necesaria que el partidismo y la guerra”. Lo que escribió ayer, continúa hoy vigente.

Pero vamos con la fábula.

VERSIÓN CLÁSICA: Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.
Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.
Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.
Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.
Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.

VERSIÓN ADAPTADA: ¿Comprenden ahora por qué Hermann Hesse despreciaba la política…?

martes, 10 de marzo de 2009

Los cuentos de ZP: Ante la Ley


Artículo publicado el 10 de marzo de 2009 en el diario La Opinión de Murcia.


Quienes hayan leído El Castillo, La Metamorfosis o, muy especialmente, El Proceso, reconocerán en Franz Kafka al autor del cuento que hoy les traigo. Me lo han recordado las imágenes de Paco Marqués. Detenido, esposado, escarnecido e imputado y, sin embargo, mi amigo.

VERSIÓN CLÁSICA: Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela-, pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

VERSIÓN ADAPTADA: Cien años después, sigue siendo exactamente igual que la clásica.

martes, 24 de febrero de 2009

Los cuentos de ZP: Los cabritillos y el lobo


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia, el 24 de febrero de 2009


VERSIÓN CLÁSICA: Érase una vez una cabra que tenía siete cabritillos. Un día salió al bosque en busca de comida, no sin antes advertir a sus hijitos que tuvieran mucho ciudado con el lobo y atrancaran la puerta. Al poco, llamaron a la puerta y una voz ronca les dijo: “Abrid, hijitos. Soy vuestra madre que estoy de vuelta”. Pero los cabritillos adivinaron por la voz ronca que no era su madre, sino el lobo, y no abrieron. Entonces el lobo corrió a un gallinero, se bebió la clara de un huevo para afinar la voz y, volviendo donde los cabritillos, llamó de nuevo a la puerta: “Abrid hijos, que soy vuestra madre”, les dijo con la voz atiplada. Los cabritillos, que aún desconfiaban, le pidieron que enseñara la pata por debajo de la puerta y, cuando la vieron negra y peluda y no blanca como la de su madre, descubrieron el engaño y tampoco abrieron la puerta. El lobo se fue a su casa, metió la pata en harina y, regresando a casa de los cabritillos, les enseñó la pata blanqueada por debajo de la puerta y les pidió que abrieran. Esta vez los cabritillos cayeron en el engaño y el lobo los devoró a todos de un bocado, menos al más pequeño, que se salvó escondiéndose en la caja del reloj.
Cuando la cabra volvió a casa y se enteró de lo ocurrido, cogió unas tijeras, aguja e hilo, y salió en busca del lobo. Lo encontró durmiendo junto al pozo y, sin hacer ruido para no despertarlo, le abrió la panza con las tijeras y de ella salieron los seis cabritillos vivitos y coleando. Luego, la rellenó con piedras y la cosió con la aguja y el hilo. Cuando el lobo despertó de su siesta sintió una pesadez y una sed muy grandes y, al abocarse al pozo para beber agua, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo donde se ahogó miserablemente.

VERSIÓN ADAPTADA: Érase una vez una cabra que tenía siete cabritillos. Un día salió al bosque de Nottingham en busca de comida y todo ocurrió como en el cuento clásico hasta que la cabra volvió a su casa y se enteró de lo ocurrido. A partir de ahí, y como no podía ser de otra manera, el cuento se transformó en una auténtica pesadilla.
La infeliz señora Cabra, a diferencia de la del cuento clásico, decidió no tomarse la justicia por su mano y acudió al Sheriff de Nottingham a denunciar al lobo por la desaparición de los cabritillos. El orondo y sonriente magistrado, después de escuchar la historia con el ojo guiñado, cursó la correspondiente orden de detención, pero no contra el honrado Lobo, no, que, en todo caso y de ser ciertos los hechos de los que era acusado, no habría hecho más que aquéllo a lo que era compelido por su naturaleza selvática, sino contra la pobre señora Cabra a la que acusó de incumplir los deberes legales de asistencia inherentes a la patria potestad o, lo que es lo mismo, de la comisión de un delito de abandono de familia al haber dejado sola a su prole para irse de compras. También la acusó de cometer un delito de denuncia injusta, pues había inculpado al lobo sin más pruebas que la declaración de un menor, víctima del abandono materno. Tras un registro efectuado en casa de la señora Cabra, el Sheriff de Nottigham encontró unas tijeras, una aguja e hilo, un montón de piedras y la evidencia criminal de una bolsa de la compra llena de alfalfa. En estos casos, el Código Penal Zapaterino, vigente en el bosque desde los tiempos en que el zapatero de Nottingham fue nombrado Sheriff, era muy severo: la señora Cabra fue cargada de cadenas y encarcelada; le fue retirada la patria potestad del cabritillo que se había escondido en la caja del reloj; el cabritillo fue dado en adopción al honesto señor Lobo que, muy precavido, se compró un frasco de Sal de Frutas Eno con la indemnización que hubo de pagarle la señora Cabra por la denuncia injusta. Finalmente, y como todos ustedes podrán imaginar, incluido mi lector malasombra, el Sheriff de Nottingham salió reelegido como Sheriff de Nottingham.

Y colorín, colorilla, el cuento acabó en pesadilla.

martes, 10 de febrero de 2009

Los cuentos de ZP: Las ranas pidiendo Rey


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 10 de febrero de 2009


VERSIÓN CLÁSICA: Cansáronse las ranas de vivir en desorden y anarquía y tanto clamaron que Júpiter hizo caer del cielo un Rey que, de tan pacífico como era, no podía serlo más. Pero este Rey, al caer en la charca, provocó tal estruendo que aquella gente anfibia, medrosa y asustadiza corrió a esconderse bajo el agua, entre los juncos y las cañas. Pasado un tiempo se acercaron al Rey y comprobaron que se trataba de un madero que flotaba mansamente en las aguas del estanque. Finalmente, perdieron el miedo y se subieron encima del Rey flotante. Al cabo de un rato, las ranas retomaron sus clamores. “Dános −decía el pueblo de la charca− un Rey que se mueva”. Y tanto importunaron a Júpiter con sus súplicas que les envió a una grulla tan voraz que, nada más posarse en la charca, comenzó a engullir a las ranas una tras otra. Las ranas, alarmadas, comenzaron de nuevo a quejarse a Júpiter, quien con voz de trueno les dijo lo siguiente:
−Basta ya de veleidades. ¿Ha de estar acaso mi voluntad pendiente de vuestro capricho? Debísteis conservar vuestro primer gobierno y, en caso de mudanza, daros por contentos de que vuestro rey fuese pacífico y manso. Puesto que a aquél no lo quisísteis, aguantad ahora a éste, aunque no sea mas que por miedo a que os envíe otro peor.”

VERSIÓN ADAPTADA: Cansáronse los vecinos del Burgomaestre que tenían. Era un Burgomaestre muy aburrido. Se levantaba cada día a la siete de la mañana y pretendía que los vecinos hiciesen lo mismo. Luego, se ponía a trabajar y, para pasmo de los ciudadanos, pretendía, además, que todos siguieran su ejemplo. El Burgomaestre había decidido que los escolares del municipio, para aprobar el curso, debían estudiar, pero esto de estudiar aburría soberanamente a los alumnos y desagradaba a sus padres puesto que, en lugar de irse a la taberna, debían quedarse en casa vigilando que sus hijos hicieran los deberes. El Burgomaestre congeló los sueldos del concejo y las plantillas de funcionarios municipales. Luego recortó el dinero destinado a las fiestas y vendió en el mercado la mitad de los caballos oficiales de sus concejales, ministros y regidores. El dinero así obtenido lo destinó a la construcción de acequias y canales, y el agua iba, de donde sobraba, a donde faltaba, de manera que todos tuvieron agua y pudieron trabajar sus tierras. Pronto se cansaron los vecinos de la monotonía de sus quehaceres: cavar, plantar, regar y recoger la cosecha, un día tras otro y otro también, les pareció de una pesadez extrema. Los escolares consideraban que estudiar era un martirio chino. Los padres seguían prefiriendo visitar la taberna a corregir los deberes de sus hijos. Los dueños de los pozos querían el agua para ellos solos. Los cofrades de la farándula querían más festejos y los concejales y ministrillos más caballos oficiales.
Los vecinos clamaron al Rey otra vez para que cambiara al Burgomaestre. “Queremos un Burgomaestre que se mueva”, decían. “Nos aburrimos mortalmente”, gritaban. Y tanto clamaron y tanto gritaron que el Rey perdió la cabeza y nombró burgomaestre al… ¿Cómo? ¿Que usted ya lo sabe, mi querido lector malasombra? Pues sí, en efecto, el Rey nombró burgomaestre al Zapatero.
Y la vida en el burgo se tornó mucho, pero que mucho más entretenida. Y el nuevo Burgomaestre se movió, vaya que si se movió. Para empezar se dedicó a resolver los problemas del mundo en lugar de los de su municipio, puso en marcha el observatorio concejil para la igualdad entre bosnios y eslovacos, cegó todos los canales y acequias por no sé qué razones medioambientales, subvencionó la compra de candados a los dueños de los pozos, prohibió los suspensos para erradicar el fracaso escolar, sustituyó los exámenes de fin de curso por un trabajo voluntario sobre la siesta como forma de expresión artística, nombró a la Bella Durmiente ministra concejil de Economía y dotó a cada uno de sus consejeros, ministrillos y regidores de dos caballos oficiales, un percherón y un pony de recambio. Finalmente, sustituyó el Día de la Romería por el Año de la Romería y declaró al burgo Capital Mundial del Acordeón.
Cuando los vecinos, hartos de tanta fiesta, sedientos por la sequía, embrutecidos por el nuevo sistema educativo y arrepentidos del experimento, suplicaron al Rey que cambiara nuevamente al Burgomaestre, comprobaron apenados que ya no había Rey, pues el reino se había transformado en República. Y ¿saben ustedes quién era el Presidente de la República?

Exacto.

martes, 3 de febrero de 2009

Los cuentos de ZP: El mono y el delfín


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 3 de febrero de 2009


Otra fábula de La Fontaine, procedente de Esopo. Este hombre era una mina.

VERSIÓN CLÁSICA: Era costumbre entre los viajeros del pueblo griego, ya hace años, que se llevaran con ellos Monos y Perros para entretenerse. Una nave con tal carga naufragó no lejos de Grecia. Sin la ayuda de los Delfines nadie habría salvado la vida. Uno de los Delfines confundió a un mono con un hombre en plena tarea de salvamento y le dijo: “Siéntate encima de mí”. Conducía al simio rumbo a la costa cuando le preguntó: “¿Eres ciudadano ateniense?”, a lo que el mono repuso: “¡Vaya si lo soy! Y más que eso, un personaje importante. Si apartir de hoy se te presenta cualquier problema, no vaciles en acudir a mí”.
“Siendo tal como sois −dijo el Delfín convencido− hasta El Pireo debe honrarse con vuestra presencia. A propósito, ¿lo visitáis con frecuencia?”.
“Cada día” −exclamó el simio. Y, tras una breve pausa, añadió: “Somos muy amigos él y yo, amigos de siempre, para ser más exactos”.
El mono había confundido el nombre del puerto de Atenas con un nombre de pila. Gente así, aprovechada e ignorante, corre mucha por la vida, pero ellos no lo saben y se suponen muy listos. Pero el Delfín era demasiado inteligente. Sonriendo, captó el desliz del otro y, al volverse para mirarlo, descubrió que era un simio en lugar de un hombre. Sin pensárselo dos veces lanzó el mono a las olas, yendo de inmediato en busca de náufragos humanos.

VERSIÓN ADAPTADA: Érase una vez un gobernante que gustaba de hacer experimentos con las cosas de gobierno. Su pueblo estaba dividido. Había quienes, llevados de su fe ciega, creían que se trataba de un genio, de un revolucionario que habría de cambiar los destinos de su pueblo y del mundo conocido. Otros, convencidos de lo contrario, pensaban que, en cuestiones de gobierno, era mejor gobernar con prudencia y dejar los experimentos para la gaseosa, como dijo una vez un sabio. Pero ocurría, como siempre ocurre, que se escuchaba más fuerte el estruendo de las risas y el fragor del jolgorio que los consejos del sabio. Y el pueblo se fue deslizando con indolencia a lo largo de aquellos días de vino y rosas.
Llegó un día en que el horizonte económico se pobló de nubarrones, pero el gobernante, sordo a las advertencias y ciego a las señales, prometió a su pueblo el pleno empleo y afirmó que estaba más preparado que nunca para capear el temporal que, por otra parte, no existía. Pero el temporal llegó, y no en forma de simple tormenta, sino como la tempestad más grande y violenta que vieran los tiempos. Las empresas quebraron, el crecimiento económico se detuvo en seco y el paro devoró a un quinto de la población.
Entonces el gobernante se subió a lomos de un delfín, o dicho de otra manera, acudió en demanda de ayuda a los bancos y a los organismos económicos internacionales. El delfín le preguntó: “¿Es usted ciudadano ateniense?”, o lo que es igual: “¿Ha adoptado usted medidas de refuerzo y protección de su economía?”, a lo que el gobernante, muy ufano, contestó: “Pues claro que sí. Yo fui el primero en hacerlo. De hecho, somos campeones de Europa de fútbol, campeones del mundo de baloncesto y uno de nuestros ciudadanos es el número uno del tenis mundial. Además es muy posible que le den un Oscar a Penélope Glamour”.
El delfín, muy serio, le dijo: “Siendo tal como sois, seréis el país europeo que tenga el índice de desempleo más bajo”. El gobernante no respondió y, sin despedirse del delfín, se arrojó él mismo a las aguas turbulentas.

martes, 27 de enero de 2009

Los cuentos de ZP: La liebre y la tortuga


Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 27 de enero de 2009


VERSIÓN CLÁSICA: Érase una vez una liebre que presumía de ser la más veloz del bosque. Tanta era su vanidad que, cada vez que se cruzaba con la lenta tortuga, le hacía burla delante de los demás animalitos. Hasta que, un día, la sabia tortuga retó a la liebre a una carrera. La liebre, muy divertida, aceptó la apuesta.
Llegado el día de la carrera todos los habitantes del bosque se congregaron a lo largo del recorrido. El señor búho dió la salida pero la liebre, confiada en su ligereza y dispuesta a reirse una vez más de la tortuga, la dejó partir en solitario. Al cabo de un rato comenzó a correr y corrió tan rápido que rebasó a la tortuga en un minuto. Entonces se tumbó al borde del camino y, arropada por las risas y aplausos del público, contempló burlonamente cómo la tortuga la adelantaba lentamente. Al poco, la liebre corrió y corrió y volvió a adelantar a la tortuga, y se repitió la misma burla una y otra vez, mientras la tortuga continuaba su carrera sin detenerse. Confiada en su velocidad, la liebre, animada por su público, dio un paso más en su burla y se tumbó bajo un árbol a dormir la siesta. La tortuga, pasito a pasito, adelantó a la liebre que dormía a pierna suelta y se encaminó hacia la meta. Cuando la liebre despertó corrió y corrió a toda velocidad pero ya era tarde, pues la tortuga había cruzado la meta muy despacito. Todos los animales y la propia liebre aprendieron varias lecciones: que no hay que burlarse de los demás, que el exceso de confianza es perjudicial y que no siempre es el más veloz el que gana la carrera.

VERSIÓN ADAPTADA: Érase una vez una liebre que presumía de ser la más veloz del bosque. Tanta era su vanidad que se burlaba en público de la lenta tortuga. La tortuga, que además de ser lenta tenía pocas luces, retó a la liebre a una carrera por el bosque. Y la liebre, que se partía de risa, aceptó.
La tortuga se encaminó pausadamente a la Dirección de Carreteras del Bosque y pidió permiso para celebrar la carrera. La licencia le costó mil euros de vellón. Luego se trasladó a paso lento a las oficinas de la Federación de Competiciones Silvestres, que era el organismo que gobernaba el Bosque, donde tuvo que ingresar veinte euros de vellón para abonar los gastos del seguro obligatorio de deportistas, más otros quinientos para sufragar la instalación de la Tribuna de Autoridades, la Cena de Entrega del Trofeo Presidente Zapatero, la adquisición del Trofeo mismo y los gastos de un viaje federativo al Bosque de Sherwood para conocer de cerca sus famosas competiciones de Tiro con Arco y estudiar su singular gastronomía; y, por supuesto, un plus de cincuenta euros más para financiar la Campaña de Juego Limpio en el Bosque. A cambio, la Federación facilitó a la tortuga un ejemplar de quinientas páginas del Reglamento de Carreras Pedestres, cuyas previsiones debería cumplimentar. La tortuga, inasequible al desaliento, adquirió el maillot reglamentario, el caso protector y las cuatro zapatillas deportivas, que eran obligatorios según las normas federativas, todo lo cual, y gracias a que estaban de rebajas en Bosque-Markt, le costó solamente doscientos euros de vellón. Mientras tanto, la liebre seguía partiéndose de risa. Finalmente, la tortuga se acercó al viejo roble y, tal y como ordenaba el Reglamento, contrató al señor Búho por la módica cantidad de ciento cincuenta euros de vellón para que actuara como juez de la competición, y otros cien para los dos ayudantes de línea de salida y de línea de meta, el señor Grajo y la señora Urraca.
Llegado el día de la carrera todos los animalitos del bosque se congregaron a lo largo del recorrido y, de esta manera, fueron los primeros en observar que el trazado de la carrera estaba invadido en uno de sus tramos por una muchedumbre de animalitos de color rosa que celebraban el Día Bosquimano del Orgullo Gay. Otro tramo estaba ocupado por la romería que se disponía a celebrar la Agrupación de Zorros Romeros y Rocieros. Finalmente, un piquete de abejas en huelga por los bajos precios de la miel había cortado la carretera en varios sitios. En esto llegó la tortuguita y, dirigiéndose a un guardia del bosque, le recordó educadamente que era el día de la carrera y que tenía todos los permisos gubernativos y federativos. La multitud manifestante increpó a la tortuga y la acusó de inmovilismo, lo que no era del todo falso, de homofobia, lo que en modo alguno era cierto, y de atentar contra el libre ejercicio del derecho de huelga y de romería. El guardia detuvo a la tortuga, le confiscó el casco, el maillot y las zapatillas deportivas, la encerró en su caparazón y le impuso una multa de dos mil euros de vellón por provocar graves alteraciones del orden público.
Mientras tanto, en la línea de salida, la liebre se retorcía de la risa mientras el señor Búho la coronaba ganadora de la carrera por incomparecencia de la tortuga.
Todos los animalitos del Bosque, incluida la tortuga, aprendieron la siguiente moraleja: que, en tiempos de Zapatero, el que no se mueve llega primero.

jueves, 22 de enero de 2009

Los cuentos de ZP: El zapatero y el banquero



(Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 20 de enero de 2009)


Año nuevo, cuentos nuevos. Hoy les traigo una fábula, no tan fabulosa, de Jean de La Fontaine.

VERSIÓN CLÁSICA: Un zapatero cantaba al compás de la lezna con que recortaba la piel de unos zapatos. Era feliz con su trabajo. Por el contrario, su vecino, hombre opulento, nunca cantaba y dormía poco y mal. Si algún día conseguía dormirse le despertaban los gorgoritos del zapatero. Un día llamó a su vecino y le preguntó “¿Cuánto dinero gana usted al año, señor zapatero?”. El zapatero, tras encogerse de hombros y sonreír, repuso “Mis cuentas no van tan lejos, señor banquero, mi cabeza no alcanza a tanto. Me basta con llegar a fin de año sin deudas”. Rió el banquero ante tanta candidez y le dijo “Quiero que se lleve una grata sorpresa, señor zapatero. Tenga cien escudos y guárdelos en lugar seguro por si alguna vez necesita de ellos”. El zapatero abrió unos ojos como naranjas creyendo que se encontraba frente a un milagro. Regresó a su casa y escondió el dinero debajo de un ladrillo. Desde aquel día dormía poco ya que se despertaba frecuentemente con horribles pesadillas creyendo que le habían robado los cien escudos. Desaparecieron como por ensalmo sus ganas de cantar. ¡Desconfiaba hasta de su sombra!. Cuando la tensión estaba a punto de destrozarle, cayó en la cuenta y corrió a casa del banquero, que ahora podía dormir por las noches, diciéndole “Devuélvame mis canciones y mis sueños perdidos, porque yo le devuelvo, ya mismo, sus cien escudos”.

VERSIÓN ADAPTADA: Un zapatero cantaba al compás de la lezna con que recortaba la piel de unos zapatos. Era feliz con su trabajo y estaba encantado de haberse conocido. Tan era así que, arreglando zapatos y cambiando suelas y cordones, creía que podía arreglar el mundo. Por el contrario, su vecino, que era un hombre rico y acomodado, no cantaba y tampoco dormía, y no sólo por las preocupaciones de cada día, sino porque el coñazo del zapatero que vivía debajo de su casa no paraba de cantar. Ocurrió que se casó el zapatero, y su señora, que era aficionada como él al bel canto y, además, intérprete de acordeón, le acompañaba en sus trinos matutinos y vespertinos, porque lo cierto es que no paraban de cantar ni un solo segundo. El pobre banquero, casi enloquecido por la vigilia, concibió una idea desesperada. Llamó al zapatero y le propuso darle su apoyo para el cargo vacante de burgomaestre de la villa. “Así se trasladará a vivir al palacio burgomaestril y podré descansar en paz. De paso, agobiado con los problemas de la villa, el que no podrá dormir será el”, pensó el muy desquiciado banquero. El zapatero abrió unos ojos como naranjas, ya saben, y aceptó la propuesta entusiasmado. Así pues, el zapatero se convirtió en burgomaestre y el banquero se dispuso a dormir a pierna suelta.
Pero hete aquí que las aficiones canoras del nuevo burgomaestre no se quedaron en el taller de zapatero remendón sino que lo acompañaron a palacio. Lo primero que hizo fue ordenar la creación de un coro municipal, al frente del cual puso a su señora. Y como el orfeón no tenía donde ensayar les cedió su taller de zapatería para que ensayaran día y noche. Además, para poder pagar los sueldos de todos aquellos tenores, barítonos, bajos, sopranos, mezzo-sopranos y contraltos, así como los de los músicos acompañantes, acordeón incluido, estableció un impuesto especial que, en honor de su antiguo vecino al que reputaba melómano empedernido, no en vano aguantó sin rechistar los cánticos del zapatero durante años, deberían pagar los banqueros de la villa. Luego de esto, el zapatero-burgomaestre se dispuso a arreglar el mundo.

Pero eso, como diría Rudyard Kipling, eso ya son otras fábulas.