martes, 4 de febrero de 2014

Diablos emplumados





El Infierno. Tabla del tríptico El jardín de las delicias. El Bosco
   

(Artículo publicado el 4 de febrero de 2014 en el diario La Opinión de Murcia)


Puedo afirmar con total seguridad que Hieronymus Bosch no conoció a la chicas de FEMEN, al menos en la dimensión de espacio y tiempo en la que vivo. Aclaro a las víctimas de la LOGSE (otro mérito que apuntar a Rubalcaba, por cierto), que este señor Bosch no es el dueño de la conocida y prestigiada  marca alemana de electrodomésticos, sino un pintor flamenco (nada que ver con La Pantoja, queridos míos) que vivió a caballo entre los siglos XV y XVI. Realmente se llamaba Jeroen Van Aeken pero, como su hermano mayor había heredado el derecho a usar el apellido para denominar al taller familiar de pintura, Jeroen latinizó su nombre y usó como apellido el nombre simplificado del pueblo donde nació, Hertogenbosch, operación que a los españoles, habida cuenta de su proverbial facilidad para los idiomas (vean, si no, a nuestros políticos, speculum societatis) les importó un pito porque, del mismo modo que al orgulloso Duque de Marlborough lo transformarían en Mambrú para poder saltar a la comba sin atragantarse, también simplificaron el de Hieronymus Bosch llamándolo simplemente El Bosco, y arreando.
Las pinturas de El Bosco, realizadas en un estilo gótico tardío, eran fiel reflejo de algo tan aceptado por la sociedad de su tiempo como el hambre, la peste o la muerte: que el mundo era un lugar impío que se revolcaba en el fango del pecado y cuya única esperanza de salvación era la fe. Su obra más conocida tal vez sea El jardín de las delicias, un tríptico en madera que forma parte de la excepcional colección del Museo del Prado. La tabla de la derecha (no, la de la derecha del cuadro no, la de mi derecha) está dedicada al infierno. En la parte alta de la tabla un sínúmero de pecadores son conducidos al Averno, apenas iluminado por los fuegos eternos, mientras que en la parte baja  diablos de mil formas y atavíos grotescos torturan de mil maneras diferentes a los condenados: unos son obligados por un diablo con cabeza de pájaro a pasear desnudos bajo una gaita gigantesca que toca otro diablillo, en un tormento que podemos entender fácilmente sólo con darnos una vuelta, incluso vestidos, por cualquiera de las calles céntricas de nuestra ciudad en las que nos asalta el sonido estridente de cientos de acordeones y decenas de instrumentos variopintos, desde la gaita gallega al extraño violín de una sola cuerda que toca en la plaza de Belluga un diablejo chino; algunos otros condenados están atados a diversos instrumentos musicales como arpas o mandolinas, y uno de ellos es obligado además a tocar la flauta con el trasero (con perdón); el uno, está embutido en un tambor, el otro, anda colgado de una llave, y otro más es el badajo de una campana; un diablo con alas de mariposa obliga a un pecador, que lleva una flecha clavada en el culo, a subir por una escala a una especie de pavo relleno donde le aguarda un triste banquete (debe ser el tormento de las almorranas, o “almorroides” que decía una señora que se las daba de muy fina y viajada); otro condenado en bolas sirve de asiento a un demonio vestido de fraile; más adelante hay un diablo en forma de conejo y, más allá, un enorme diablo azul con cabeza de pájaro devora a los condenados y los defeca en un pozo maloliente; perros que devoran, ratas que apuñalan y cerdos con toca de monja forman parte también del infierno avistado por El Bosco.
Pues bien, desde el pasado fin de semana, a estas escenas y a otras similares como las pintadas por Pieter Brueghel el Viejo en El triunfo de la muerte o en La caída de los ángeles rebeldes, o las recogidas en sus grabados de Los siete pecados capitales, les han salido unas firmes competidoras. Ni a El Bosco ni a Brueghel el Viejo se les ocurrió nunca pintar o grabar a seis o siete vociferantes energúmenas, con las tetas al aire serrano, intentando colocar unas bragas en la cabeza patricia de un cardenal de Roma. Ocurrió seguramente que ni uno ni otro habían bebido cerveza suficiente, de ésa de quince o veinte grados que, ya por aquel entonces, preparaban los frailes boticarios (cerevisa monacorum) en  los monasterios y abadías del viejo Flandes.
Llegados a este punto, y ya voy terminando, me pregunto lo siguiente: si por un tartazo a la presidenta de Navarra Yolanda Barcina el fiscal pidió cinco años de cárcel a los aprendices de reposteros, que al final se quedaron en dos, ¿qué va a pedir la fiscalía para estas chicas del bragazo a Rouco Varela? Ah, que aquéllo sí que era un delito, mientras que ésto es una muestra pacífica de la libertad de expresión, ya, ya…
Es lo que me lo temía.
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martes, 28 de enero de 2014

Auschwitz, el icono


En la foto, Heinrich Himmler con su familia
(Artículo publicado el 28 de nero de 2014 en el diario La Opinión de Murcia)


“Las primeras noticias sobre los campos nazis de exterminio empezaron a difundirse en el año crucial de 1942. Eran noticias vagas, pero acordes entre sí: perfilaban una matanza de proporciones tan vastas, de una crueldad tan exagerada, de motivos tan intrincados, que la gente tendía a rechazarla por su misma enormidad”.





Así comienza Primo Levi Los hundidos y los salvados, tercer libro de su Trilogía de Auschwitz. En enero de aquel año, cuando los ejércitos de Hitler continuaban su avance arrollador por Europa y África, se celebró una reunión en una villa situada a orillas del lago Wannsee, en el suroeste de Berlín, en la que un nutrido grupo de altos funcionarios nazis dirigidos por Reinhard Heydrich y asistidos por Adolf Eichmann trazaron un plan cuyo objetivo era la expulsión de los judíos del espacio vital alemán que incluía la propia Alemania y los territorios ocupados. Dicho plan, en el que fueron sentadas las bases de la deportación y  exterminio masivo de los judíos,  fue conocido con el eufemístico nombre de Endslösung der Jugendgrage, la Solución Final a la Cuestión Judía. Llama la atención la condición de tecnócratas de la mayor parte de los asistentes a la reunión, entre los que había  algunos conocidos juristas como el Dr. Wilhem Stuckart, abogado y coautor de las Leyes raciales de Nüremberg, o el Dr. Roland Freisler, Juez y Presidente del Tribunal Popular del Reich, que se encargó de juzgar y condenar a muerte a los jóvenes estudiantes muniqueses Sophie y Hans Schöll por su pertenencia a la organización universitaria disidente la “Rosa Blanca”, y que presidió igualmente los ignominiosos juicios contra los implicados en el fallido golpe de Von Stauffenberg, durante los cuales fueron terriblemente vejados y humillados. Más adelante comprenderán por qué cito a los participantes en la Conferencia de Wannsee.
Auschwitz es algo más que el mayor campo de extermino de la historia de la humanidad, Auschwitz es un icono que representa la maldad humana en su grado más alto. Auschwitz no es sólo Auschwitz, es también Treblinka y Sobibor; es el signo del Holocausto, el extermino de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, pero es también el símbolo del extermino de los armenios llevado a cabo por Turquía desde 1915 a 1923; de las purgas de Stalin y del espanto helado del Gulag; del autogenocidio perpetrado en Camboya por los Jemeres Rojos de Pol Pot;  de la limpieza étnica ejecutada entre 1992 y 1995 en Bosnia por los serbios de Radovan Karadzic; del intento de exterminio de los tutsis a manos de los hutus en Ruanda en 1994. Auschwitz es el sIgno del Mal.
Ayer, día 27 de enero,  se cumplieron sesenta y nueve años de la liberación del campo de Auschwit por el ejército soviético. Se calcula que fueron más de un millón cien mil las personas que fueron exterminadas en los tres campos principales (Auschwitz, Auschwitz-Birkenau y Buna-Monowitz ) y los treinta y  nueve campos subalternos que constituían el complejo de Auschwitz, entre ellos más de doscientos mil niños. Todos hemos visto alguna vez las montañas de zapatos, de gafas, de pelo, o de prótesis pertenecientes a la víctimas del campo que, con metódica precisión, eran clasificadas y almacenadas antes de su envío a Alemania. Todos hemos escuchado alguna vez  los testimonios de alguno de los escasos supervivientes del campo. Hemos visto en documentales los cadáveres apilados y desnudos, los hornos crematorios, las falsas duchas instaladas en las cámaras de gas, los pijamas de rayas y los números tatuados en los antebrazos de los prisioneros. Auschwitz fue todo eso y mucho más. Los restos del campo situados a cuarenta y cinco kilómetros de Cracovia fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979.
Y sin embargo lo más escalofriante de Auschwitz no es esta sucesión de imágenes de  horror y muerte, sino el hecho, magistralmente definido como la “banalidad del mal” por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalém, de que quienes hicieron todo aquello, quienes han cometido todas las matanzas espantosas en Armenia, en Ruanda o en Camboya, no son monstruos singulares e irrepetibles, sino gente corriente como usted o como yo, juristas, funcionarios, empresarios, amas de casa e incluso religiosos de una u otra creencia. No fueron diablos rojizos con cuernos y rabo, sino hombres comunes, vecinos del otro lado de la calle, antiguos compañeros de instituto, amantes padres de familia, hijos ejemplares y buenos ciudadanos alemanes, rusos o serbios, a quienes gustaba la cocina de su tierra y se emocionaban con la música de Schubert o de Smetana. Hombres que fueron capaces de escribir para tranquilizar tiernamente a su esposa “ Me voy a Auschwitz. Besos. Tu Heini.”, como hizo Heinrich Himmler.
En su libro, Hannah Arendt concluía lo siguiente: “Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terrorIficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas…”
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miércoles, 22 de enero de 2014

La piedra filosofal contra el escaparate


(Artículo publicado el 21 de enero de 2014 en el diario La Opinión de Murcia)





Anda la izquierda entusiasmada porque ha descubierto un nuevo icono al que ha bautizado con el nombre de un barrio de Burgos, Gamonal, palabreja de hondas resonancias explosivas con la que parecen sentirse encantados. Sin que se hayan apagado aún los rescoldos del primero, ya se han celebrado varios “gamonales” en algunas ciudades de España. Lo que empezó con la excusa de la solidaridad con los vecinos de Burgos, adquirió pronto características materiales propias. Omitían sin embargo que la solidaridad era con una muy pequeña parte de los vecinos de Burgos y con varios cientos de encapuchados llegados de todos los confines del reino, y no con el mayoritario resto de habitantes de la ciudad castellana que asistían impotentes al festival de vandalismo desatado.
Ya sé que mi lector malasombra, que suele leer mis artículos más políticos en busca de una descarga de adrenalina en forma de mala leche, dirá que lo que acabo de escribir es un disparate y una falacia, pues lo ocurrido en Burgos ha sido una de las páginas más bellas de la lucha democrática del pueblo contra el fascismo, o algo por el estilo. A este lector lo voy a dejar como un caso perdido, pues no hay peor sordo que el que no quiere oír. No, queridos lectores, Gamonal no es el símbolo de una lucha justa, sino la constatación de lo vulnerable que es la democracia. De cómo un puñado de individuos, que escondían tras la capa del idealismo indignado su desprecio a las reglas más elementales del juego democrático, tomaban la calle por la fuerza, incendiaban contenedores, apedreaban escaparates, destrozaban el mobiliario urbano, agredían a los policías, coartaban la libertad de los demás ciudadanos, impedían violentamente la continuidad de obras públicas legítimamente iniciadas, coaccionaban a los trabajadores, ignoraban la voluntad popular expresada en las urnas, y finalmente, para sorpresa de muchos, conseguían sus objetivos que no eran otros que torcer la voluntad de la mayoría democrática mediante la fuerza.
Alguien escribía el otro día que Gamonal ha demostrado que una piedra vale más que un voto, y me temo que tenía razón. Pero es que se trata además de la piedra filosofal de las políticas radicales de la izquierda más casposa: si las urnas nos dan la razón, vivan las urnas y nuestra victoria es un triunfo de la democracia; si las urnas no nos la dan, rompemos las urnas y nos echamos al monte en busca de la democracia real. Gamonal es el espejismo de la democracia asamblearia, de la democracia directa ejercida a través de Twitter. Con el efecto amplificador que proporcionan los medios de comunicación que les son afines, que son muchos más de los que parece, el mensaje de Gamonal es que la democracia real es la que se practica en la calle y no en los parlamentos, la que se manifiesta con la piedra y no con el voto, la que se conjura en las redes sociales y no en las urnas. Y sin embargo, Gamonal es  verdaderamente el fracaso de la política de componendas y rendiciones, de la política acomplejada, de la política utilitarista, de la política de apaciguamiento (policy of appeacement), que es la misma que dejó paso libre al monstruo.
Los gobiernos democráticos no pueden renunciar a su legitimidad porque con ello traicionan a todos los demócratas y renuncian a la propia democracia. Los gobiernos democráticos no se pueden plegar al chantaje de los violentos porque en eso consiste la peor de las felonías de que pueden ser objeto las víctimas de la violencia. Los gobiernos democráticos no pueden ser débiles, porque en su debilidad está el cáncer que los destruirá a ellos y a la democracia misma. Los gobiernos democráticos no pueden confundir el diálogo con la sumisión, el respeto a las minorías con la anulación de las mayorías y la legítima indignación con la violencia calculada.
Nada de lo ocurrido en Gamonal ha sido casual ni espontáneo, como no lo ha sido lo ocurrido en Madrid, en Barcelona, en Valencia o en Alcantarilla, sin ir más lejos. Alguien lo ha escrito en su página de Twitter:
Vamos a utilizar todos nuestros medios para parar a la derecha. No vamos a esperar a las próximas elecciones para hacerlo”.
El tuitero llama Alfredo Pérez Rubalcaba.
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martes, 14 de enero de 2014

Optimismo, dentro de lo que cabe


(Artículo publicado el 14 de diciembre de 2014 en el diario La Opinión de Murcia)





He comenzado el año como Dios manda, con menos dinero, con una leve esperanza de que todo mejore y con un amago de gripe que me ha tenido postrado unos días. Ya he comentado en alguna ocasión que, como me cuesta lo mismo ser optimista que pesimista, prefiero ser lo primero, o sea ver el vaso medio lleno y acostarme a dormir cada noche con la creencia de que al día siguiente las cosa irán mejor, eso sí, después de haber hecho todo lo posible por mejorar aquellas que estén a mi alcance.
Dicho esto, creo sinceramente que la economía nacional está mejorando mucho más rápidamente de que lo que esperábamos. Sí, ya sé, que la mejoría aún no se percibe en nuestros bolsillos y que para muchos pasará todavía un tiempo, largo incluso, antes de que eso ocurra, pero lo cierto es que indicadores económicos como la prima de riesgo que, cuando abría los informativos y encabezaba las primeras páginas de los periódicos porque estaba por encima de los setecientos puntos, nos asustaba (sí, sí, a usted y a mí, acuérdese, buen hombre, de todo aquello: que vienen los hombres de negro, que Obama nos manda el tercer aviso, que la señora Merkel se pone seria con España, que hemos de pagar los intereses más altos, que nos interviene Bruselas y que estamos peor aún que Portugal y Grecia), ahora ni siquiera son mencionados en la sección de efemérides, lo que revalida la vigencia de aquella cínica afirmación de que las buenas noticias no son noticia. La verdad es que al igual que nos estuvieron amargando el potaje y agriando el café  durante meses con la prima dichosa, ahora que no llega a los doscientos puntos y que casi todos los peligros están al parecer conjurados, los noticieros debieran abrir de nuevo con la prima de riesgo y repetir cada cinco minutos la letanía contraria: que quién teme a los hombres de negro, que Obama recibe a Rajoy en el Despacho Oval con un par de ovales, que Mariano reprende a la señora Merkel, que también tiene un par de ovales, que ahora nos pagan a nosotros por suscribir nuestra deuda, que España está a punto de intervenir a la Unión Europea y que estamos a esto nada más de alcanzar a Alemania en el ranking de las economías más sólidas de Europa.
Bueno, lo cierto es que eso es justamente lo que están haciendo los noticieros más o menos independientes, vocear los indicios, cada vez más firmes, de una mejora económica que todavía es más técnica que material o, al menos, que aún permanece alejada de las economías domésticas, pero que ha tenido no obstante el efecto de estimular la moral del personal e infundir un poco de optimismo. Estas Navidades pasadas se ha respirado un aire distinto al de las anteriores, más optimista, más esperanzado, con algo más de seguridad en que, a pesar de las luces y las sombras y sudando la gota gorda, el Gobierno y los ciudadanos estemos haciendo por fin los deberes que había que hacer. Hay también en esta percepción un mucho de confianza en que España es un país modernizado y bien dotado de medios e infraestructuras y que los españoles no nos chupamos el dedo frente al mundo.
Comprendo que este artículo, aunque escrito de buena fe y dirigido como no podía ser de otra manera a todos los lectores del periódico, no contente a muchos de ustedes, especialmente a quienes no quieren contentarse de ninguna de las maneras, pero también a aquellos cuya situación desesperada no deja espacio al optimismo. A unos y otros mi respeto y el deseo de que mi optimismo y el de muchos no sea gratuito e infundado.
Pero no todo el monte es orégano. Por más que busco indicios de ella no percibo la luz en el túnel negro de la crisis moral y política en que está sumida  la sociedad española. Nuestros valores y principios quebraron hace tiempo y los esfuerzos por reponerlos son claramente insuficientes. La convivencia política, el modelo de Estado, la Corona, los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos e, incluso, la Justicia, están enfermos y amenazados… pero ésa es otra historia y, con su permiso, la dejo para otro día.
Hoy me quedo con el optimismo.
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martes, 24 de diciembre de 2013

La Navidad es cosa de niños

(En la foto, el belén de la Pepa 2013)
Artículo publicado el 24 de diciembre de 2013 en el diario La Opinión de Murcia







Hace más de ochenta años, mi gordo amigo G.K. Chesterton, cuyos libros me acompañan desde hace mucho tiempo, escribió que “la Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad”. “La frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse”, decía para indicar que el principal peligro al que está siendo sometida la Navidad consiste en dejarla reducida a una mera fiesta desprovista de su significado cristiano. “Que se nos diga que nos alegremos un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para ser frívolo (…) El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo lo humano es que se exige demasiado de la naturaleza humana. Es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar; o por una que saben no es nada más que la mentira de algún periódico nacionalista o patriótico en exceso (…) Nuestra tarea, hoy día, consiste por tanto en rescatar la festividad de la frivolidad. Esa es la única manera de que volverá de nuevo a ser festiva.

Pero la Navidad se hace cada año más mundana, más comercial y menos cristiana. Nos deslumbran las luces de neón que la iluminan y los colores de las calles adornadas, y apenas alcanzamos a ver a Jesús, el Niño sin techo que nació en una cueva en lugar de un palacio, al que adoraron en primer lugar unos humildes pastores y no los gobernantes y las más altas jerarquías de la sociedad de su tiempo, el que fue envuelto primorosamente en unos sencillos pañales por su Madre y a quien acostó en un pesebre lleno de paja. El bullicio de la multitud en las calles y los sonidos estridentes de la música de fiesta no nos dejan oír el mensaje de Paz. Sin embargo hay quienes escapan casi indemnes de la ceguera y la sordera inducidas por el mundo: los niños. El propio Chesterton escribía que “los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces celebran con exceso lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre.” Y es que la Navidad, de siempre, es cosa de niños.

Los publicistas saben muy bien que para que un mensaje convenza a los niños, que de crédulos no tienen nada, tiene que ser un mensaje muy bien construido y muy sencillo, en el que no quepa doblez. Un niño entiende muy bien qué es el amor o qué es la amistad, pero no sabe ni le importa lo más mínimo saberlo qué es el amor heterosexual o qué es la amistad desinteresada. Un niño es complejo y sencillo a la vez, inocente e ingenuo pero no precisamente tonto, y la Navidad le gusta porque siempre ha entendido los mensajes navideños: la paz, la familia, las vacaciones del cole, los juguetes, el belén… Sólo los niños y quienes conservan su niñez atesorada son capaces de entender la Navidad en toda su sencilla plenitud.

El año pasado escribí por estas fechas un artículo publicado “El belén de la Pepa”, en referencia al belén que cada año hago con mis hijos y que dirige con mano firme la más pequeña. Se trata de un sencillo belén de figuras de terracota algo desportilladas, que con el paso de los años y con ocasión de algún viaje ha ido creciendo con nuevas incorporaciones. En el belén de la Pepa hay de casi todo. Por supuesto que detrás de San José, de María y del Niño están el buey y la mula. También hay un ángel que anuncia la Buena Nueva, y unos cuantos pastores que se acercan al pesebre con sus humildes obsequios. Y los Tres Reyes Magos. Y un río de agua pintada de azul, y un puente de corcho, y un aldeano pescando y una mujer lavando la ropa. Y patos, muchos patos, y gallinas y pavos. Y un Tío Cachirulo, que es como llamamos por aquí al Caganer, estratégicamente apostado junto a los gorrinillos. Y un Cascanueces de madera, y un montón de regalos para el Niño comprados cada año en el mercadillo de Navidad: frutas, quesos, panes, jarras diminutas de barro, y una ristra de ajos, y una cesta de huevos de la que ha caído uno al suelo y se ha roto. Y un caracol descansando sobre el musgo que un año recogimos en la umbría de un bosque alemán. Y rocas de corcho en las que se esconden conejillos y perdices de plástico. Y hasta un pamplonica que corre descarado los Sanfermines. Y este año, procedente de Sevilla, se ha incorporado una bailaora con su traje de lunares…

Y es que en el belén de la Pepa, como en todos los belenes del mundo hechos por un niño, cabe de todo y cabemos todos. Son los belenes que hacemos los adultos los que excluyen a la mula y al buey, o a los pobres o a los ricos, según se tercie. Son nuestros belenes adultos los que han dejado de ser belenes para convertirse en campos de concentración, en guetos, en ikastolas, en zonas marginales, en suburbios, en favelas, en campos de refugiados, en largas colas de parados…

Lo que les quiero decir de nuevo es que la Navidad, esa Navidad en la cabemos todos, la auténtica Navidad, es aquélla que solo se puede ver a través de los ojos de un niño.

Feliz Navidad.
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martes, 17 de diciembre de 2013

Perdone que le haga una pregunta



(Artículo publicado el 17 de diciembre de 2013 en el diario La Opinión de Murcia)
 




Quienes me conocen saben que, por más que lo diga la Constitución, en mi escala de valores no figura la unidad indisoluble de España, al menos no como valor absoluto e irrenunciable, como tampoco está ese nacionalismo patriotero y rojigualda, dentro de cuya estrechez me he sentido siempre agobiado. Tampoco se cuenta entre mis valores ningún localismo de esos que ciegan la vista y nublan el entendimiento a todo cuanto no huela a pastel de carne o suene a sardana. Que afirme todo esto no está reñido en modo alguno con que me gusten, ya que los cito, los pasteles de carne y las sardanas, unos más que las otras, o con que crea sinceramente que una España unida y cohesionada es mejor sitio para vivir que un rompecabezas de diecisiete piezas en desequilibrio permanente.
Ya he escrito antes acerca del nacionalismo, del que Stephan Zweig decía en El mundo de ayer. Memorias de un europeo que era la peor de las pestes, que envenena la flor de nuestra cultura europea. Preso de la nostalgia de aquel mundo que se fue, de hecho Zweig acabaría en el suicidio, escribía acerca de Viena que “sólo las décadas venideras demostrarán el crimen cometido contra Viena con el intento de nacionalizar y provincializar esta ciudad, cuyo sentido y cultura [se refería a la vieja Viena imperial] consistía precisamente en el encuentro de elementos de los más heterogéneo, en su supranacionalidad”. Yo, como Zweig, he visto demasiado mundo para que éste en el que vivo no me parezca extraordinariamente pequeño. He leído demasiados libros para no conocer a estas alturas de mi vida casi todas las causas, casi todas las razones y casi todos los credos que intentan vanamente justificar la exclusión de los unos por los otros. He visto demasiadas veces cómo las banderas nacionales se han convertido en sudarios y no necesito verlo más. Yo, como Zweig, no creo que la unidad o la disgregación de un país merezcan que nadie derrame una gota de su sangre o la de otro. Tampoco creo que una reacción violenta del Estado frente a los nacionalismos disgregadores sea la solución del problema, pues además de que los enfrentamientos no generan otra cosa más que confrontación, ello no sería sino oponer un nacionalismo a otro.
Artur Mas y su muchachada, como lo han venido haciendo en general casi todos los políticos catalanistas, llevan demasiados años sembrando el odio, el desprecio y el victimismo hacia España. Por su parte, los políticos españolistas, los de Ciutatans con la boca grande, los del PP con la boca mediana y los del PSOE con la boca pequeña, llevan haciendo lo propio hacia quienes reniegan de su españolidad, con razón o sin ella. Curiosamente, y a pesar de lo que digan unos y otros, esto viene ocurriendo en mayor medida desde que fuera aprobada en 1978 la Constitución Española, la misma que dotó a todas las regiones de las cotas más altas de autonomía y descentralización política y administrativa de la Historia. Sin embargo, todos estos años de autogobierno democrático no han servido para acallar al separatismo. El referéndum sobre la independencia de Cataluña será el 9 de noviembre de 2014, nos han anunciado; será sí o sí, dicen los herederos de aquel Lluis Companys que proclamó el Estado Catalán un 6 de octubre de 1934; y, a falta de una, ya tienen las dos preguntas de la consulta que catalanes y quienes pasen por allí deberán responder a "¿Quiere que Cataluña sea un Estado?" y "¿Quiere que sea independiente?", preguntas que, en cierto modo, son redundantes, pues no sabemos muy bien qué es eso de un Estado dependiente como no sea lo que hay ahora.
Hay quien dice, optimista recalcitrante, que todo esto se disolverá como se disuelve una pastilla de magnesia en un vaso de agua, que el nacionalismo separatista no tiene futuro en la Europa Unida, en la Europa de los mercaderes, añaden guiñando el ojo, pero olvidan que al igual que la unidad se puede comprar la unidad también se vende, y que en esta Europa de los intereses todo es cuestión de precio.
Hay quien opina lo contrario, que esto no hay quien lo pare como no sea suspendiendo el Estatuto de Autonomía de Cataluña en virtud del artículo 155 de la Constitución Española, sacando los tanques a la calle en cumplimiento del artículo 8 de la Constitución y encarcelando a Artur Mas y sus secuaces por la comisión de un delito de rebelión previsto en el artículo 472 del Código Penal, pero olvidan que no sabemos muy bien quiénes son los secuaces de Mas, si sus socios de gobierno de hoy o los socios de gobierno de ayer, si aquéllos a los que ayer apoyaba Más en Madrid o a los que apoyaba anteayer o apoyará mañana. Tampoco sabemos muy bien si estos aguerridos partidarios de los tanques pedirán que sean sus hijos y no los de otros quienes defiendan la unidad de la Patria en la primera línea  de combate.
Afortunadamente hay otros artículos en la Constitución Española. Por ejemplo, el artículo 92.1, que dice que “las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos”. Se me ocurre que, antes de que Mas convoque el suyo, el Rey podría anticiparse y, a propuesta del Presidente del Gobierno y previa autorización de las Cortes Generales, convocar un referéndum para que todos los españoles, los catalanes y los no catalanes, nos pronunciemos sobre la unidad de España. La pregunta podría ser sencillamente la siguiente: “España, ¿sí o no?”
Me da en la nariz que los partidarios de España ganarían por goleada.
Incluso en Cataluña.
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martes, 3 de diciembre de 2013

La memoria mentirosa




(Artículo publicado el 3 de diciembre de 2013 en el diario La Opinión de Murcia)


Hace unos días, Luis María Linde, gobernador del Banco de España, afirmó en el Real Casino de Murcia que, aunque los indicios son todavía poco perceptibles para el ciudadano corriente, estamos empezando a salir de la crisis económica. Y debe ser cierto porque lo dijo ante quienes, si la afirmación no fuera cierta, podrían haberlo contradicho en un santiamén. Estamos empezando a remontar la crisis económica, es cierto, pero aun tardaremos un tiempo en notarlo. El temor que me asalta hoy es que no estemos haciendo lo propio en relación con la crisis moral que ha precedido, y acompañado, a la económica y sobre la que ya he escrito en alguna ocasión, por lo que me ahorro hacerlo de nuevo.
            No me negarán que desde un punto de vista moral España está hecha unos zorros. No hay apenas un principio moral, básico para la convivencia, que no hayamos traicionado. Fíjense bien en que, en vez de emplear un sujeto indeterminado, un “no haya sido traicionado”, por ejemplo, he usado intencionadamente la primera persona del plural, nosotros, porque todos, es verdad que unos más que otros, hemos sido los autores de traición. Y muchos, no se ofendan y no se me levanten y se vayan, muchos continuamos aplaudiendo una u otra traición. Veamos algunos ejemplos.
            La excarcelación de asesinos. Que un delicuente salga de prisión una vez que ha cumplido su condena no es en modo alguno una violación de un principio moral, sino todo lo contrario. La inmoralidad consiste en que fueran condenados en su día a penas desproporcionadamente leves en relación con los crímenes cometidos. Fue entonces cuando debimos sentir vergüenza de nuestras leyes penales y de nosotros mismos. La inmoralidad consiste en que salgan de prisión todos al mismo tiempo, asesinos terroristas y asesinos comunes, en lo que se me antoja un truco para que una cosa tape a la otra. La inmoralidad consiste en que a todos les espere una indemnización del Estado, y una entrevista muy bien pagada en un medio de comunicación, a unos, o un homenaje de sus iguales, a otros; y que eso ocurra porque hemos consentido que haya unas leyes prestas a proteger los derechos del delincuente y remisas a hacer lo propio con sus deberes. La inmoralidad consiste en que, a este respecto, nadie nos haya dicho todavía la verdad, toda la verdad.
            Los más desfavorecidos. Con esta frase nos solemos despachar, tanto el político de turno como cada uno de nosotros, para referirnos a quienes sufren las peores consecuencias del sistema, agudizadas sin duda por la crisis económica, como si ambos fueran una especie de lotería que aleatoriamente favorece a unos y perjudica a otros, los agraciados y los desfavorecidos. La realidad es que somos los primeros los culpables del padecimiento de los segundos. La inmoralidad es pensar que todo esto ocurre por casualidad y que nadie tenemos la culpa de lo que pasa, excepto el Gobierno, claro. La inmoralidad consiste en lamentar esas situaciones y volver la vista a otro lado. La inmoralidad consiste en exigir que alguien lo remedie y disparar contra quien, como la Iglesia Católica, lo viene haciendo desde siempre.
            Las memorias mentirosas. Que los libros de memorias falsean la historia no es nada nuevo. Cada cual aprovecha para darle una mano de agua y jabón a sus recuerdos con el fin de que su huella en este mundo sea respetable. Albert Speer, arquitecto de Hitler y en los últimos años de la guerra su ministro de Armamento, fue condenado en Nüremberg a dieciseis años de cárcel, una pena extremadamente leve si la comparamos con la de otros jefes nazis que fueron condenados a muerte. Mientras cumplía su condena escribió los famosos Diarios de Spandau en los que relataba sus vivencias en la prisión berlinesa, pero fue al salir de la cárcel cuando escribió y publicó Erinnerungen, su libro de memorias, en el que cuenta cómo fue su estrecha relación personal con Hitler. Pudo haber dicho únicamente la verdad y, sin embargo, por un simple ánimo exculpatorio, mintió. En las últimas páginas, sin más pruebas que su palabra, afirmó que en los últimos días de la guerra había planeado un atentado contra Hitler que no llevó a cabo por no disponer de los medios necesarios.
Salvando las distancias y las comparaciones personales, me hago eco de que son muchos los que opinan que tanto Zapatero como Solbes han mentido en sus libros de memorias. Ninguno de ellos soporta la sentencia de la historia sobre la maldad, el sectarismo y la inepcia con las que fue abordada la crisis económica y moral de España, pues el vértigo y el insomnio no constituyen eximentes ni siquiera atenuantes de su responsabilidad. La inmoralidad consiste, no tanto en que  hayan mentido, que también, cuanto en que a nadie parezca importarle que lo hayan hecho.
La inmoralidad consiste, además, en que muchos les compraremos sus libros.

martes, 26 de noviembre de 2013

Susanita tiene un ratón



(Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia, el 26 de noviembre de 2013)


Cómo los echo de menos. Me refiero a los Payasos de la Tele, a los auténticos payasos, claro, a Gaby, a Fofó y a Miliki, a quienes luego se fueron sumando hijos y sobrinos, empezando por Fofito. Durante muchos años los payasos fueron la fuente de un humor sencillo, construido a base de atuendos grotescos, caidas y tropezones, tartas de merengue y diálogos llenos de equívocos y trabalenguas, amén de un poco de música; un humor que, dirigido fundamentalmente a los niños, prendía también entre los adultos, tal vez porque, aunque no queramos reconocerlo, jamás dejamos de ser niños. En el humor inocente de los payasos había siempre una nota trágica y triste, como los solos de saxofón que interpretaban los Hermanos Tonetti al término de su actuación, cuando no inquietante; acuérdense si no de Pennywise, aquel payaso terrorífico  de It, la novela de Stephen King, que fue encarnado en la serie de televisión por Tim Curry. Hoy, los auténticos payasos como Fofó y compañía, los Hermanos Tonetti o Charlie Rivel, han desaparecido prácticamente del gran escenario con algunas honrosas excepciones, eso sí, entre las que destacan los integrantes de Pupaclown, con Pepa Astillero a la cabeza, a quienes apoyé decididamente en los inicios de su maravillosa aventura de hacer sonreir a los niños que se encuentran, gravemente enfermos, internados en los hospitales.
Hoy, en lugar de los payasos tradicionales con su nariz roja y su risa fácil, predomina otro tipo de payasos que tienen mucha menos gracia y que, además, no lo disimulan. En lugar de estrafalarias vestimentas, visten la moda más cara y exclusiva. Suscitan algunas risas de complicidad pero las más de las veces hacen llorar al público con sus ingenios. No cuentan chistes, al menos no lo hacen habitualmente, pero todo lo que dicen suena a chiste aunque lo expresen sin música y con el más serio de los semblantes. Sin embargo, y aunque sé que el viejo periódico de papel no es sonoro, no me resisto a ponerles música a algunas de estas payasadas y payasos postizos y para ello me voy a valer del repertorio de mis añorados Gaby, Fofó y Miliki. De sus letras, porque de la música ya se encargarán ustedes.

Había una vez un circo (La escena política nacional):

Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón,
Lleno de color, mundo de ilusión, pleno de alegría y emoción
Siempre viajar, siempre cambiar, pasen a ver el circo
Otro país, otra ciudad, pasen a ver el circo.


                Susanita tiene un ratón (La lozana andaluza Susana Díaz):

Susanita tiene un ratón, un ratón chiquitín
Que come chocolate y turrón y bolitas de anís
Le gusta el cine, el fútbol y el teatro, baila tango y rock and roll
Y si llegamos y nota que observamos siempre nos canta esta canción.


                La Gallina Turuleca (Los gobiernos, partidos políticos y sindicatos):

La Gallina Turuleca ha puesto un huevo, ha puesto dos, ha puesto tres,
la Gallina Turuleca ha puesto cuatro, ha puesto cinco, ha puesto seis
la Gallina Turuleca ha puesto siete, ha puesto ocho, ha puesto nueve,
¿Dónde está esa gallinita? Déjala, la pobrecita, déjala que ponga diez.


                Barquito de Cáscara de Nuez (La aventura soberanista de Artur Mas):

Un barquito de cáscara de nuez, adornado con velas de papel,
Se hizo hoy a la mar, para lejos llevar gotitas doradas de miel
Un mosquito sin miedo va en él, muy seguro de ser buen timonel
Y subiendo y bajando las olas el barquito ya se fue…


Hola Don Pepito (La alternancia política):

Hola Don Pepito, hola Don José,
pasó usted ya por casa, por su casa yo pasé
Vió usted a mi abuela, a su abuela yo la 
Adiós Don Pepito, Adiós Don José.


                El coche nuevo (Los banqueros y la crisis económica):

El viajar es un placer, que nos suele suceder
En el auto de papá, nos iremos a pasear
Por el tunel pasarás, la bocina tocarás
La canción del pi pi pi, la canción del pa, pa, pa
Vamos de paseo, pi, pi, pi, en el auto feo, pi, pi, pi,
Pero no me importa, pi, pi, pi, porque llevo torta, pi, pi, pi.


                Tengo algunas canciones más muy sugerentes, como Dale, Ramón y Cómo me pica la nariz, pero se me ha acabado el espacio, de manera que sólo me resta despedir el artículo como corresponde:

¿Cómo están ustedes?
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