martes, 11 de enero de 2011

Señales de humo

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(Artículo publicado el 11 de enero de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Ya saben todos ustedes que la venida del Año Nuevo llegaba tradicionalmente preñada de buenos propósitos, entre los que destacaban los de dejar de fumar, hacer deporte y aprender inglés, propósitos que, por incumplidos, se repetían año tras año. Hoy seguimos en general sin hacer deporte y sin saber inglés, pese a ser campeones mundiales de casi todas las modalidades deportivas y a pesar de ser los únicos hispanoparlantes del planeta que, gracias a la publicidad, pronunciamos correctamente Níu York Cagolina Heguega. Pero, en lo de fumar, el Gobierno se ha propuesto que los españoles cumplamos nuestro propósito. Por cojones.


Gracias a la ley que, impulsada por el Gobierno-de-a-mí-plim-me-llamo-Leire-Pajín, han aprobado nuestros Padres de la Patria por consenso (no vaya a ser que el puro de Rajoy nos cueste un disgusto), muchos ciudadanos que habíamos logrado dejar de fumar voluntariamente en los últimos años experimentamos hoy un irresistible impulso de encender un cigarrillo e, incluso, un puro.


Gracias a la ley, hoy ya no se respira humo dentro de los bares y cafeterías, sino fuera de ellos, en la calle atestada de mesas, taburetes y estufas de interperie.


Gracias a la ley, algunos ciudadanos le han roto la cabeza a otros porque fuman o porque no fuman, o por ambas cosas a la vez.


Hoy, gracias a la ley, como si los españoles no tuviéramos suficientes cosas que nos separan, ya tenemos otra más.


Pero sobre todo, hoy, gracias a la ley, llevamos once días hablando y escribiendo ininterrumpidamente del tabaco para que no hablemos o escribamos de la ausencia del “cheque bebé”, el último de los cuales lo trajo debajo del brazo una niña riojana nacida en el último minuto del año pasado.


Hablamos del humo del tabaco para que no hablemos de que el próximo 15 de febrero finaliza la ayuda extraordinaria de 426 euros mensuales a los parados sin subsidio de paro.


Hablamos del tabaco para que no hablemos de los cinco millones de parados que siguen aumentando.


Hablamos del humo del cigarrillo para que no hablemos de la gente que no tiene qué comer y que se agolpa a las puertas de los escasos comedores sociales.


Hablamos del humo del tabaco para que no hablemos de la cuesta de enero, o sea de la cuesta que se inicia en enero y que va a duarar como poco hasta diciembre.


Hablamos de nicotina para que no hablemos de que Asia Bibi, la cristiana pakistaní, sigue en prisión condenada a muerte por decir en público que Jesucristo hizo más que Mahoma por las mujeres, lo que constituye en Pakistán un delito de blasfemia castigado con la horca, si bien en España aún no hemos llegado a tanto.


Hablamos de las muertes por tabaquismo para que no hablemos de las muertes por cristianismo que se están produciendo a cientos en los países islámicos.


Hablamos del cáncer de pulmón que hay que evitar para que no hablemos del cáncer de valores que, al parecer, es inevitable.


Lo han conseguido estos chicos y chicas, hoy ya no fumamos por ministerio de la Ley ni hablamos de incorrecciones políticas por ministerio de la Conjura de lo Políticamente Correcto. Pero lo que no conseguirán nunca, ni mediante leyes ni mediante falsas promesas, ni siquiera amenazándonos con que María Teresa Fernández de la Vega vuelva a alegrarnos los telediarios, es que los españoles hablemos inglés con fluidez o que hagamos un poco de ejercicio saludable de vez en cuando.


Como decía aquel santo varón, antes morir que perder la vida.

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martes, 28 de diciembre de 2010

Para todos y todas

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(Artículo publicado el 28 de diciembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Los dos o tres lectores habituales de mi columna saben de mi fijación con lo políticamente correcto. Como señala Vladimir Volkoff, un filósofo francés pariente de Tchaikowsky, “lo políticamente correcto consiste en la observación de la sociedad y la historia en términos maniqueos. Lo políticamente correcto representa el bien y lo políticamente incorrecto representa el mal. El summun del bien consiste en buscar en las opciones y la tolerancia en los demás, a menos que las opciones del otro no sean políticamente incorrectas; el summum del mal se encuentra en los datos que precederían a la opción, ya sean éstos de carácter étnico, histórico, social, moral e incluso sexual, e incluso en los avatares humanos. Lo políticamente correcto no atiende a igualdad de oportunidades alguna en el punto de partida, sino al igualitarismo en los resultados en el punto de llegada”. O dicho de manera más precisa, lo políticamente correcto se manifiesta en una tendencia compulsiva a dejarse esclavizar por la dictadura del relativismo, término acuñado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, según la cual no existe una verdad absoluta sino que la verdad la construye cada hombre para sí en cada momento y lugar, aquí y ahora.


Lo políticamente correcto ha dado lugar a una infinitud de esperpénticos engendros, de los que, por sobradamente conocidos, no haré más referencias. Excepto de uno. Se trata de una felicitación navideña que, sabedor de mi fobia y ejerciendo de Ignatius, me envía mi buen amigo Emilio del Valle desde Cantabria y que, como hoy es día de Inocentes, me permito reproducir en mi artículo, fotografía incluida, con permiso de mi dilecta directora:



“Hola a todos/todas:


Os ruego que aceptéis, sin obligación alguna por vuestra parte, tanto implícita como explícita, mis mejores deseos de unas vacaciones invernales medioambientalmente sostenibles, socialmente solidarias, genéricamente neutrales, nacionalmente plurales, políticamente correctas, ideológicamente transversales y civilizatoriamente equidistantes, practicadas según las tradiciones de vuestra opción religiosa, o de vuestra opción secular, con respeto absoluto por todas las tradiciones religiosas o seculares distintas, o por la ausencia de ellas, así como una entrada fiscalmente exitosa, personalmente satisfactoria y médicamente inalterada, en el período de tiempo conocido como año 2011 según el calendario generalmente aceptado en nuestro entorno cultural sin que ello signifique desatención hacia otros calendarios de otras culturas cuyas contribuciones a la sociedad han ayudado a construir la llamada Civilización Occidental, lo cual no quiere decir que se la considere mejor que otras civilizaciones, y sin que estos deseos establezcan distinción alguna por razón de color, credo, raza, opinión, edad u orientación sexual del felicitado o felicitada. Perdón, es que no quiero herir ninguna susceptibildad, de manera que tengamos la fiesta en paz. Y en prueba de ello os obsequio a todos y todas con una foto políticamente correcta del portal de Belén, de la que pueden disfrutar los ciudadanos y ciudadanas con credo o sin él.”



Lo curioso de esta broma es que habrá quien se la tome muy en serio y vea en la felicitación navideña una forma muy correcta de felicitar las fiestas. Muy políticamente correcta.

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martes, 21 de diciembre de 2010

El palacio y el pesebre

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(Artículo publicado el 21 de diciembre de 2011 en el diario La Opinión de Murcia)



Hace algo más de dos mil años nació un niño en un mísero establo del pueblecito judío de Belén. El hecho no habría tenido más trascendencia si no fuera porque el nacido en lugar tan humilde iba a protagonizar la revolución más grande que vieran los siglos. Para muchas personas de su tiempo Jesús de Nazareth encarnaba una promesa cumplida, la llegada del Mesías, el Esperado, al que se referían tanto las profecías de los textos bíblicos como muchas profecías y augurios de los gentiles. Sócrates, Platón y Aristóteles hablaban de un Hombre de Dios que bajará a redimir las ciudades. Hasta Cicerón, muerto cuarenta y tres años antes del nacimiento de Cristo, le escribe a Ático acerca de “la venida al Mundo de un ser divino, el Ser Sumo, que se haría carne mortal”. Incluso le contó de un sueño en el que veía un gran edificio en las colinas de Roma, con hombres vestidos de blanco, que mostraba en todas sus cúpulas las señal infame de los ajusticiados, la cruz. También Virgilio, muerto diecinueve años antes de que Jesús naciera, escribe en su cuarta égloga que nacerá un ser que salvará a la Humanidad de su condena y que “recibirá ese niño la vida de los dioses […] y a él mismo lo verán entre ellos y regirá el mundo apaciguado por los dones de su padre”.


Cuento todo esto porque el hecho corriente del nacimiento de un niño, tanto más corriente cuanto que nació en una cuna tan humilde como un pesebre, se convirtió en un acontecimiento de trascendencia universal por la sencilla razón de que con su nacimiento y con su vida, con su palabra y con su testimonio, con su muerte y, muy especialmente para quienes profesamos la fe cristiana, con su resurrección, cambió el mundo para siempre.


En Navidad se conmemora ese nacimiento y lo que ese nacimiento significa. No importa que haya quienes quieran celebrar otra cosa, la fiesta del pavo y del turrón, el solsticio de invierno, la fiesta del árbol, o una edición sardinera y congelada de moros y cristianos. No importa que haya quienes sólo vean en la Navidad una orgía de consumismo, o una excusa para desempolvar los esquíes o para tostarse en una de esas playas del hemisferio sur que se encuentran a menos de doscientos euros de distancia. Nada de eso importa, porque nada de ello puede alterar el mensaje de la Navidad cristiana, tan sencillo de entender y tan difícil de materializar. La Virgen, el Niño y San José, en su humilde pesebre representan la promesa de la Reconciliación del hombre con Dios y del hombre con el hombre. Como cada año, el saludo del ángel a los pastores resonará de nuevo en las alturas: Gloria a Dios en el cielo y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Y, como cada año también, muchos permanecerán sordos a él.


Verán ustedes, hay quienes pensamos que montar el belén o colocar un nacimiento no es sólo una forma de cumplir con una tradición muy española. Es por encima de todo una manera de proclamar el mensaje de Paz de la Navidad, el más universal de los mensajes. En el Real Casino de Murcia hemos instalado un bellísimo nacimiento, obra del escultor de Calasparra Juan José Páez Álvarez. Es un humilde pesebre dentro de un palacio. La paja dorada no es menos dorada que las sedas y oropeles del Salón del Baile. La pequeña cuna vestida con el forraje de los animales brilla aún más que las lámparas de cristal de roca que alumbran la escena y la vara de San José ha florecido bajo los cielos pintados. Es un palacio que alberga un pesebre. Y, aún así, el mensaje sigue siendo el mismo que el que se oyera hace más de dos mil años: Paz a todos los hombres de buena voluntad. Que así sea.

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martes, 14 de diciembre de 2010

Del caballo de Espartero a Pajín

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(Artículo publicado el 14 de diciembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)


Dedicado a un colega columnista, quintacolumnista diría yo, a cambio de que rece por mí.



Para destacar el valor casi temerario de alguien se suele decir que tiene más cojones que el caballo de Espartero. Y es que la estatua ecuestre del Príncipe de Vergara, el único militar español al que le fue concedido por el Rey el tratamiento de Alteza Real, llama la atención de los que pasen por la calle de Alcalá, frente a la puerta de Hernani que da acceso a los jardines del Retiro, no por la egregia figura del General Espartero, el Pacificador, sino por los atributos que atestiguan la masculinidad de su montura. Hay otra estatua similar en Logroño, en la que el General aparece cubierto con su sombrero, cuyo caballo tal vez tenga los testículos mayores, pero la que ha criado la fama es la de Madrid, si bien ha quedado recientemente nublada por la aparición interplanetaria y cósmica de unas nuevas gónadas masculinas de insospechada e imposible existencia.


Creo haber escrito antes que España es un país testicular en el que, por encima de las connotaciones machistas que tiene el destacar el valor superior de los genitales masculinos frente a los femeninos, hemos sido capaces de elevar los huevos a la categoría de razón de Estado. Eso es lo que ha hecho Leire Pajín, flamante ministra de Sanidad por sus muchos méritos, cuando en el curso de una comida informal una senadora del PP le preguntó por el nombramiento como Delegada del Gobierno para el Plan Nacional de Drogas de Nuria Espí, auxiliar administrativa y amiga personal, de quien dice la propia ministra que sabe muchísimo sobre drogas. Pajín, supongo que con los brazos en jarras aunque la pose no haya trascendido, respondió literalmente que “sólo faltaría que la ministra no pueda nombrar a quien le salga de los cojones”. Puestos a ganar el campeonato interplanetario de mala educación pudo haber empleado otras fórmulas de uso común a ambos sexos, tales como nombrar a quien le salga de las narices, a quien le parezca o a quien le dé la gana e, incluso, la real gana. Pero sorprendentemente eligió lo de los cataplines.


El diccionario de uso del español de María Moliner dice que el vulgarismo “salirle de los cojones” equivale a querer o dar la gana. En definitiva es hacer algo por antojo, sin una razón específica. Se sabía que Leire Pajín era capaz de decir algo por antojo, sin una razón específica, gratuitamente, de manera ocurrente, como por ejemplo llamar “cónyugue” al cónyuge; o afirmar con los ojos cerrados que “el Euribor ha bajado gracias a la gestión del Gobierno”; o proclamar confusamente que “ha aumentado el paro, pero es el tercer mes que deja de crecer”; o afirmar sin ton ni son que “el PIB es masculino”; o pregonar descaradamente que “los socialistas no acumulan sueldos sino que acumulan responsabilidades”; o escopetear a quien quisiera oírlo que “yo quiero que el poder sea más tía”; o, refiriéndose a su incorporación al gobierno, afirmar sin ruborizarse que “Zapatero me lo pidió mirándome a los ojos”… Lo que no sospechábamos es que, además de ser capaz de decir lo que le saliera a ella del alma, era además capaz de hacer lo propio y, de paso, intentar quitarle el puesto en el argot callejero al caballo de Espartero.


Lo que no sé es si a Espartero le hubiera gustado el cambio.

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martes, 7 de diciembre de 2010

Una propuesta ingenua

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(Artículo publicado el 7 de diciembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)


La prueba de que ya peino canas no son las canas mismas, sino las historias y vivencias que se me acumulan en el desván del recuerdo. Entre ellas, dos crisis económicas que con ésta suman tres. Es posible que viviera alguna más, pero de ésa no me acuerdo.


A comienzos de los setenta la OPEP puso el petróleo por las nubes, con el resultado de que los países industrializados o en vías de ello nos paramos en seco. Las ciudades se apagaron y, según recuerdo, aquellas Navidades fueron especialmente tristes. Los de mi quinta se acordarán de los escaparates de la Alegría de la Huerta y de Galerías Preciados, otrora resplandecientes, oscurecidos a partir de las siete de la tarde por órdenes de la autoridad competente (usted puede, España no); o las calles alumbradas por una farola de cada cinco; o los frigoríficos y neveras de cada hogar escasos de casi todo. Ese año no hubo pavos y hasta los pollos sucedáneos fueron más flacos que el año anterior. La crisis se combatió mejor o peor con la más estricta de las austeridades.


Luego, mediados los noventa, después de los fastos (las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla) llegaron los nefastos y la crisis económica volvió a entristecer el aspecto de las ciudades. Nuevamente, se apagaron cuatro de cada cinco farolas y las calles céntricas quedaron desiertas de tiendas y negocios. El que no cerraba era porque ya lo había hecho. Por la Platería de Murcia al atardecer sólo caminaba el sereno, y la Calle Mayor de Cartagena se vendía, se traspasaba o se alquilaba toda. La desaceleración económica, creo recordar, se combatió entonces con sucesivas depreciaciones de la peseta y con medidas de política financiera destinadas a animar el consumo y la inversión.


Pero en ninguna de ambas crisis se produjo el efecto venenoso que se ha producido en ésta y al que llamaremos en honor a su hacedor el efecto Zapatero. Se trata de un sentimiento depresivo que se ha adueñado de la población en general y de los agentes económicos en particular, como si el mundo, no es que se fuera a acabar, sino que se hubiera acabado ya. El temor a un futuro incierto propio de cualquier crisis ha dejado paso al miedo al presente cierto de ésta crisis en particular. Y esto es así por varias razones: primero porque, tras varios años de negaciones y de engaños continuados sobre la crisis y sus consecuencias, el gobierno de Zapatero, cualquier gobierno de Zapatero, no inspira un ápice de confianza, sino más bien todo lo contrario; luego, porque la oposición, atrincherada tras el deterioro progresivo del crédito del gobierno, ha quedado prisionera de su propia estrategia de acoso y derribo. Ocurre también que se percibe, cada vez con mayor nitidez, que el sistema social y político actual no nos sirve; que los bancos y cajas no han valido para afrontar las consecuencias de una crisis de la que, en buena parte, son culpables; que las pensiones y la asistencia social y sanitaria están en serio peligro; que las autonomías son un peso que nos lastra irremediablemente; que la totalidad de los ocho mil ayuntamientos españoles está prácticamente en bancarrota; que los sindicatos nos toman el pelo; y que hay un sálvese quien pueda, cuyos penúltimos protagonistas han sido los controladores aéreos.


Y ocurre por último que, frente al predicamento internacional de la crisis (mal de muchos, consuelo de tontos, insinuaban), hay países que están saliendo de ella. Entre ellos, Alemania, sí, la misma Alemania que hace cinco o seis años, cuando España crecía al tres por ciento y cantaba alegremente su liderato económico como la cigarra del cuento, ella crecía a la mitad, si bien, como la hormiga, se disponía a hacer paciente y calladamente sus deberes. Tras la elecciones de 2005, Merkel y Schroeder dieron un ejemplo de responsabilidad política y, con un paso atrás de éste último (una muestra de grandeza política), los dos grandes partidos nacionales pusieron en marcha un gobierno conjunto conocido como “Grosse Koalition” o “Gran Coalición”. Sin ruido y afrontando medidas tan impensables tanto en la España de entonces como en la de ahora, como la de trabajar más y ganar menos, Alemania comenzó a salir de la crisis aún antes de que Zapatero reconociera que existía crisis alguna. Y, de paso, Alemania nos marcó el camino de salida, justo en dirección contraria a la que seguía España.


Te propongo una cosa Mariano: exígele a Zapatero que convoque elecciones anticipadas y promete que, tanto si ganas las elecciones como si las pierdes, formarás con el PSOE un gobierno de coalición para afrontar entre los dos la salida de la crisis económica, que buscaréis el apoyo del resto de fuerzas políticas y que haréis lo imposible para reintegrarnos la confianza en nosotros mismos y en vosotros los políticos. Prométenos que entre los dos vais a reformar en profundidad las estructuras políticas y sociales de esta España nuestra para adaptarlas a los tiempos diferentes que se avecinan, en los que, como dice la gramática parda, lo superfluo sobra y cuando no hay, no hay.


Y a ti Zapatero te propongo otra cosa: hazle caso a Mariano y convoca elecciones anticipadas, sé grande y da un paso atrás como hizo Schroeder y facilita que tu sucesor, tanto si gana las elecciones como si las pierde, se comprometa a gobernar en coalición con el PP para sacar a España de la crisis y devolvernos la confianza en nosotros mismos y en vosotros mismos, los políticos.


¿Que esto te suena ingenuo, mi desencantado lector malasombra? Me lo temía pero, dicho en el idioma que habla la señora Merkel, Das ist mir schnuppe. O sea, me importa un pito.
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martes, 30 de noviembre de 2010

La visita

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(Artículo publicado el 30 de noviembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Se habrán dado ustedes cuenta de que poco a poco hemos incorporado a nuestras vidas ciertas rutinas que hace tan sólo unos años eran impensables. Antes de irnos a la cama comprobamos si el móvil tiene batería suficiente y, si no, lo ponemos a cargar. Por la mañana, para empezar la jornada, ponemos en marcha el ordenador y leemos por encima las ediciones digitales de algunos periódicos. Luego abrimos nuestra cuenta de correo electrónico, vemos su contenido, eliminamos los correos peligrosos o que no interesan, abrimos los demás y contestamos algunos de ellos. Entre los correos que se reciben a diario siempre hay alguno de esos que, tras contar una historia pretendidamente milagrosa, nos exige que lo reenviemos a diez amigos; si lo hacemos, nuestros deseos se verán cumplidos; si no lo hacemos, al cabo de unos días parecerá que nos ha picado la mosca, como se decía antigua pero más finamente. Otros correos, nos narran simplemente una historia, sin dar y sin pedir nada a cambio, probablemente con la única intención de hacernos reflexionar sobre el mensaje. A esta última categoría pertenece el que les transcribo a continuación. Puede que la historia sea un tanto lacrimosa y melodramática e, incluso, puede que no se trate de un hecho real, pero no me negarán que, en estos tiempos materialistas que corren, en los que cada cual va a lo suyo, si la historia no es real, merecería serlo.



«Eran las ocho y media de una mañana agitada cuando un anciano, de unos ochenta años de edad, llegó al hospital para que le quitaran los puntos de una herida que tenía en la mano. El anciano dijo que tenía mucha prisa, pues tenía una cita a la nueve en punto. Le pedí que se sentara a esperar su turno y le dije que trataríamos de ser rápidos. El hombre no paraba de consultar su reloj de pulsera y, como lo viera muy agobiado por la hora, decidí atenderlo en primer lugar.»


«Mientras realizaba la cura le pregunté si tenía cita esa mañana con otro médico, ya que lo veía tan apurado. Él me dijo que no, que tenia que ir al geriátrico para desayunar con su esposa como cada mañana. Le pregunté sobre la salud de ella. Él me respondió que llevaba varios años internada, pues padecía Alzheimer.Le pregunté si ella se enfadaría si llegaba un poco tarde. Me respondió que hacía tiempo que ella no sabía quien era él, que hacía cinco años que no lo reconocía y que, por tanto, no sabría si llegaba tarde o temprano.»


«Me sorprendió su respuesta y entonces le pregunté por qué seguía yendo cada mañana si ella ya no sabía quién era él. Sonrió, me acarició la mano y me contestó lo siguiente: “Ella no sabe quién soy yo, pero yo aún sé quién es ella.”»


«Cuando se marchó a su cita diaria con su esposa, su mirada era brillante e ilusionada, como la de un colegial enamorado.»



Coda: Pese a las primeras noticias acerca de que Asia Bibi, la cristiana pakistaní condenada a la horca por blasfema a quien dediqué mi artículo de la semana pasada, había sido indultada por el presidente de Pakistán, lo cierto es que el indulto ha sido prohibido por el Tribunal de Apelación de Lahore. Asia Bibi no ha sido indultada aún y continúa en prisión, en medio del estruendoso silencio de muchos gobiernos y organizaciones civiles autodenominados progresistas.

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martes, 23 de noviembre de 2010

Asia Bibi

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(Artículo publicado el 23 de noviembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



         Mírenla a los ojos. Tiene treinta y siete años y es madre de cinco hijos. Es cristiana y vive en Pakistán, un país de población mayoritariamente musulmana, cuyo Código Penal establece la pena de muerte por ahorcamiento para quienes blasfemen contra el Profeta Mahoma.

Mírenla a los ojos. Asia Bibi ha sido condenada a la horca por blasfema. Los hechos ocurrieron en junio de 2009. Asia Bibi trabajaba en el campo con varias mujeres musulmanas cuando fue enviada a buscar agua. Las demás mujeres se negaron a beber el agua impura tocada por una cristiana y exigieron que se convirtiera al Islam. Asia defendió su fe afirmando que “Jesús murió en la cruz por los pecados de la humanidad” y preguntó a las demás mujeres qué había hecho Mahoma por ellas. Fue denunciada por blasfema, detenida y sometida a juicio.

Mírenla a los ojos. Cuando el juez que la condenó a muerte le ofreció conmutar la pena si se convertía al Islam, Asia respondió que prefería morir como cristiana antes que salir de la prisión siendo musulmana. A su abogado le confesó lo siguiente: “Yo no soy una criminal, no hice nada malo. He sido juzgada por ser cristiana. Creo en Dios y en su enorme amor. Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por Él”.

Mírenla a los ojos. Cuando la dejaron ver a su familia tras ser condenada a muerte Asia Bibi rompió a llorar desconsoladamente. A pesar de que sus palabras revelan una fe firme y profunda, sus ojos reflejan el miedo de un ser humano ante la muerte, el miedo por sus hijos y su familia, el miedo ante el dolor y la tortura.

Ayer finalizó el plazo para presentar alegaciones contra la sentencia de muerte de Asia Bibi, sin que el gobierno pakistaní haya respondido a su petición de clemencia ni al llamamiento hecho por el Papa Benedicto XVI en nombre de millones de cristianos. También han pedido su indulto muchos pakistaníes musulmanes que no se cuentan entre los radicales y que comparten con los cristianos el ser objetivo del fundamentalismo islámico. Entre las voces no cristianas que se han alzado en defensa de Asia Bibi destaca la de Bernard-Henri Lévy, un pensador ateo al que algunos consideran una referencia intelectual de la llamada nueva izquierda francesa. En un artículo publicado en el diario italiano Corriere della Sera Lévy ha afirmado que es necesario defender a los cristianos perseguidos en todo el mundo, pues “hoy los cristianos constituyen, en escala planetaria, la comunidad más constante, violenta e impunemente perseguida”.

Son contados los países musulmanes, como Jordania, en los que existe plena libertad religiosa. En los demás, lo que incluye algunos tan cercanos a occidente como Egipto o Argelia, más de treinta millones de cristianos carecen de libertad de culto o encuentran serias restricciones para practicar su religión. En Arabia Saudí, país que financia la construcción de mezquitas en España y cuyo monarca posee una fastuosa residencia en Marbella, está prohibido llevar en público una Biblia en la mano o un crucifijo al cuello y no se permite la construcción de templos católicos. En algunos países como Irak, Nigeria o Sudán el terrorismo integrista ha asesinado a miles de cristianos por el simple hecho de serlo.

Pero no son éstos los únicos estados en los que el cristianismo está perseguido. Los regímenes comunistas de Cuba, China y Corea del Norte, tampoco reconocen la libertad de culto y en el caso de éste último se habla, incluso, de ejecuciones públicas mediante aplastamiento.

Tal vez el gobierno de Pakistán indulte a Asia Bibi o conmute su pena de muerte por otra de prisión. Y tal vez lo haga como consecuencia del llamamiento del Papa, o conmovido por la reflexión de un intelectual judío, francés, ateo y de izquierdas, o forzado por el temor a que la opinión pública contraria le prive de sustanciosas ayudas económicas. Ojalá que Asia Bibi salve su vida, sea por una u otra razón. Pero ocurra lo que ocurra, la persecución de los cristianos en muchos lugares del mundo, de forma más o menos violenta o más o menos soterrada, no deja de ser un hecho cierto ante el que nadie, cristiano o no, puede quedar indiferente.

Entre otras razones porque, cuando vengan a por él, tal vez no quede nadie para ayudarle.
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martes, 16 de noviembre de 2010

Las leyes del Papa

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(Artículo publicado el 16 de noviembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)






En su homilía laicista del pasado domingo Zapatero, el nuevo Atila, dijo una obviedad que, de tan obvia, es tramposa, pues nadie ha dicho lo contrario: que en España las leyes las hace el Parlamento y no el Papa. Quiso referirse, tal vez, a un hipotético parlamento en el que no estuviesen representados las decenas de millones de ciudadanos españoles que se declaran católicos, muchos de ellos votantes, simpatizantes e, incluso, militantes socialistas, o a un parlamento que viviese de espaldas al sentir de un amplio sector de la sociedad, precisamente el sector de creyentes católicos al que el Papa dirige sus mensajes apostólicos y no apostólicos, pero en cualquier caso morales. Como hoy no puedo escribir mucho, pues tengo cita con el médico, recurriré al viejo truco de citarme a mí mismo, por no decir que me dispongo a refreír un artículo publicado hace tres años, pero que conserva una extraña actualidad. Se titulaba Jesús de Nazaret, y en él ponía de manifiesto cuáles son, miren por dónde, las leyes del Papa.



Jesús de Nazaret. Así se titula el libro que tengo entre mis manos. Lo empezó a escribir el Cardenal Joseph Ratzinger y ha terminado de hacerlo el Papa Benedicto XVI. Es, por tanto, el último de uno y el primero del otro. Habla del hombre que fue Jesús a la luz de los textos históricos y lo hace para acreditar su naturaleza de Hijo de Dios, de Dios mismo. «Sólo si ocurrió algo realmente extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y expectativas de la época, se explica su crucifixión y su eficacia», escribe en el Prólogo. «¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, pensar que su grandeza resida en su origen, y que la figura de Jesús haya hecho saltar en la práctica todas las categorías disponibles y sólo se la haya podido entender a partir del misterio de Dios?», se pregunta más adelante. Ratzinger es un teólogo, un teólogo excepcional y un excelente escritor y, como tal, sus palabras gozan de una autoridad generalmente aceptada. Tal vez por ello ha querido dejar claro que el libro «no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal “del rostro del Señor”». Y añade que «por eso, cualquiera es libre de de contradecirme».



No seré yo quien haga un análisis exegético y teológico de sus palabras, que para eso tiene doctores la Iglesia, ni tampoco voy a hacer una crítica literaria del libro, pues las Letras también tienen doctores para ello. Me voy a limitar a destacar algunas frases recogidas en el capítulo dedicado a Las Tentaciones de Jesús, pues éste, el de las tentaciones que sufrió Jesús en el desierto, siempre fue un pasaje evangélico que me confortó en mi imperfecta condición humana: Jesús, el Hijo del Hombre, también fue tentado.



Escribe Ratzinger que en los Evangelios de Lucas y de Mateo «aparece claro el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras». Ratzinger es valiente y señala ejemplos de plena actualidad: «Las ayudas de Occidente a los países en vías de desarrollo, basadas en principios puramente técnico-materiales, que no sólo han dejado de lado a Dios, sino que, además, han apartado a los hombres de Él con su orgullo de sabelotodo, han hecho del Tercer Mundo el Tercer Mundo en sentido actual» Y añade: «Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan». Advierte Ratzinger que «la arrogancia que quiere convertir a Dios en un objeto e imponerle nuestras condiciones experimentales de laboratorio no puede encontrar a Dios». Y de esa tentación no exime Ratzinger a la propia Iglesia: «En el curso de los siglos, bajo distintas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el abrazo del poder». «El imperio cristiano o el papado mundano no son hoy una tentación, pero interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer el bienestar común como la auténtica finalidad de todas las religiones, también de la cristiana, es la nueva forma de la misma tentación». Hoy, «el tentador no es tan burdo como para proponernos directamente adorar al diablo. Sólo nos propone decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado, en el que Dios puede ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales». Y, así, «si quería ser el Mesías, debería haber traído la edad de oro», diría la tentación. «Pero Jesús nos dice también lo que objetó a Satanás, lo que dijo a Pedro y lo que explicó de nuevo a los discípulos de Emaús: ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación de la humanidad en absoluto».



«¿Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído?», se pregunta el hoy Papa Benedicto XVI. «La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios». «Ahora conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino: la fe, la esperanza y el amor». Con toda la claridad”.



Y éstas son las únicas leyes del Papa, añado hoy.


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