martes, 5 de octubre de 2010

Los Picapìedra

.
.

(Artículo publicado el 5 de octubre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



El pasado día 30 de septiembre, esto es, el Día Después de la exitosa huelga general convocada por nuestros cavernícolas sindicatos de clase, una serie televisiva de dibujos animados cumplió cincuenta años. Estrenada en Estados Unidos el 30 de septiembre de 1960, la saga de Los Picapiedra (The Flintstones, en inglés) reflejaba las vivencias cotidianas de las familias norteamericanas de clase media, ingeniosamente trasladadas a la edad de piedra: la vivienda troglodita ajardinada con helechos y palmeras paleolíticas, naturalmente; el coche familiar era un troncomóvil, con tracción a los cuatro pies; la fábrica en la que trabajaban Pedro Picapiedra y Pablo Mármol era, cómo no, una floreciente cantera dirigida por el señor Rajuela, y la excavadora pilotada por Pedro era un enorme dinosaurio que extraía las rocas con los dientes; como su nombre indica, los piedrólares eran billetes de banco de piedra y, los aviones, enormes pterodáctilos que levantaban el vuelo desde el aeródromo de Piedradura; el servicio de bomberos contaba con el agua almacenada en la trompa de un mamut para apagar los incendios y el cuernófono, la costilla de brontosaurio en el auto cine, y los diferentes animalillos que sustituían a los electrodomésticos habituales de un hogar medio norteamericano, eran otros rasgos distintivos de los hogares de Wilma Picapiedra y de Betty Mármol, las sufridas esposas coprotagonistas de la serie.


La serie gozó de gran popularidad, no sólo en Estados Unidos, sino en todos los países en los que fue emitida. Si bien la vida de la clase media española en poco o nada se asemejaba en aquel entonces a la de su homóloga norteamericana, no es menos cierto que éste era justamente el modelo sociofamiliar al que quería parecerse y al que finalmente se asimiló. Todos los chavales soñaban con tener el día de mañana un chalet con jardín como el de Pedro Picapiedra, un trocomóvil como el de Pedro, una barbacoa como la de Pedro, con jugar al boliche los fines de semana como Pedro, con pertenecer a un club de viejos amigos como Pedro y con una esposa modelo Doris Day como Wilma Ábremelapuerta.


Hubo otra serie llamada Los Supersónicos que, siguiendo el mismo patrón, trasladaba las vicisitudes de otra familia media norteamericana al futuro lleno de naves siderales y de robots domésticos. Pero tal vez porque era reiterativa o porque a los españoles de boina y botijo nos pillaba más cerca la Edad de Piedra que la Era Espacial, lo cierto es que la que alcanzó el éxito en España fue la prehistórica familia Picapiedra.


En estos días de tribulación económica en los que nos ha sumido la crisis, cuando el fantasma de la regresión se materializa, sería justo y necesario que las televisiones todas, públicas y privadas, nacionales y autonómicas, decentes e indecentes, repusieran la serie de Los Picapiedras. No les quepa duda de que, de las aventuras de Pedro y Pablo, sacaríamos muchas ideas para afrontar las dificultades económicas que nos acogotan. Por ejemplo, los piedrólares, que duran mucho más que los billetes de papel. O las chuletas de brontosaurio, que con una sola se alimenta a toda la familia durante varias semanas. O, ya que no tenemos centrales nucleares gracias a la vista de águila del Gran Ilusionista, retomaríamos el uso de la energía animal en lugar de la eléctrica, que ha subido un tercio en los últimos meses: el buey rojo, el mulo y el asno, nuestros viejos animales de compañía. Para mover el coche sin necesidad de gasolina, bastaría con hacer un agujero en el suelo del auto y zapatear con los pinreles como hacía Pedro Picapiedra: zapa-zapa-zap-zap-zap-zapatap. Para divertirnos en forma barata y saludable, nada como los bolos huertanos, el equivalente al boliche de Picapiedra. Y así sucesivamente.


Además, todo ello tendría dos ventajas adicionales: una que nuestros sindicatos de clase se encontrarían como en casa en la Edad de Piedra. Otra, que al no llevar zapatos (recuerden los pies desnudos de Los Picapiedra), no necesitaríamos a Zapatero.


Y esto último, sí que no tiene precio.

.

.

martes, 28 de septiembre de 2010

Otra juerga general

.
.


(Artículo publicado el 28 de septiembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)





Hace unos años, en mayo de 2002, los sindicatos convocaron una huelga general contra el gobierno de Aznar. Decían que era contra las políticas de desempleo pero en realidad era contra toda política que emanara del gobierno del PP, de ahí su nombre de huelga general.



Eran otros tiempos y la economía española, no es que estuviera mejor que hoy, es que estaba muchísimo mejor que nunca lo había estado. Escribí entonces un artículo titulado “Juerga General” en el que Ignatius, aquel asesor mío en cuestiones de sindicatos y otras calamidades, echaba narices de la convocatoria de huelga en una España muy diferente a la de hoy. “España va bien”, decía Ignatius, “hay dieciséis millones de altas en la Seguridad Social, los salarios se están situando a la altura de los salarios europeos, hay más matriculaciones de coches que nunca y crece el consumo energético. España ha pasado de ser un país de emigrantes a convertirse en la meca de la inmigración. Ya no nos contentamos con compramos un pisito de protección oficial, sino que los dúplex y adosados en las urbanizaciones de la costa se venden mucho antes de ser construidos. La celebración de las comuniones de nuestros hijos, aunque comulguen por lo civil, dejan en mantillas la ceremonia de coronación de la Reina de Inglaterra”. Y, a pesar de todo ello, los sindicatos le hicieron huelga general al gobierno de PP.



Hoy tenemos cinco millones de parados; el pasado mes de agosto ha sido el de menos matriculaciones de automóviles de la historia; la crisis ha dejado casi un millón de viviendas sin vender aunque los jóvenes y los menos jóvenes no pueden acceder a una de ellas; seguimos siendo la meca de la inmigración pero casi un cincuenta por ciento de esos inmigrantes ya no encuentran trabajo; el consumo energético no sube sino que lo hace el precio de la energía eléctrica, un treinta y tres por ciento en tres años; y en lo que respecta a las comuniones, hemos vuelto al chocolate con churros. Todo ha cambiado, excepto nuestros entrañables sindicatos, que ajenos a cuanto acontece, han vuelto a convocar una huelga general contra el gobierno del PP, entonces contra el gobierno real de Aznar, hoy contra el gobierno presunto de Rajoy.



Muchos sospechamos que esta huelga no va a ayudar a los sindicatos a recobrar el crédito perdido, hoy bajo mínimos históricos, ni va a servir para provocar o acelerar en su caso la caída del gobierno, sino todo lo contrario. La simple convocatoria de huelga general ya ha sido usada por el gobierno para acreditar ante los estamentos internacionales, Obama incluido, que ha acometido las reformas económicas que éstos le exigieron que adoptara. Y el escaso seguimiento de la huelga (después de los videos de UGT, nadie del centro derecha se sumará a la huelga, aunque la huelga haya sido convocada aparentemente contra Zapatero) será utilizado por el gobierno para demostrar que nadie lo culpa de lo sucedido y que todos entienden y apoyan las medidas que ha adoptado contra la crisis, todo ello como paso previo a que sea reconocido como el gobierno que nos está sacando de ella y que el único culpable de todo cuanto ha ocurrido es, cómo no, el PP.



Decía Ignatius en aquel artículo que “huelga” y “juerga” son palabras que gozan de la misma raíz semántica y que, como yo debería saber si no hubiera dedicado mi adolescencia a ejercitarme en las más absolutas perversiones, decía, ambas palabras proceden, igual que “jolgorio” y “holganza”, del antiguo vocablo castellano “holgar” que, a su vez, lo hace del latín tardío “follicare”, así que la diferencia queda reducida a una simple cuestión de aspiración que, a él, a Ignatius, le traía al fresco. Pues eso es. Estamos de nuevo frente a otra juerga general que los sindicatos y el gobierno de Zapatero, y perdonen la redundancia, se quieren correr otra vez a cuenta del PP.



La diferencia es que esa cuenta, querido lector, no la va apagar solo el PP. En esta ocasión, el jolgorio lo pagaremos usted y yo. No se mueva del sillón. La solución, mañana mismo.

.

.

martes, 21 de septiembre de 2010

El faro del fin del mundo

.
.




(Artículo publicado el 21 de septiembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)





El penúltimo episodio de la Reconquista se ha librado en las costas de Águilas. Claro que no me refiero a la que inició Don Pelayo en Covadonga, sino a la que empezaron los moros al día siguiente de la caída de Granada, la reconquista de Al-Andalus, ya saben esa provincia sarracena que figura en el mapa de Eurabia que tiene colgado el rey de Marruecos en la cabecera de su cama. La Meca es ya La Isla y el minarete se ha convertido en faro, lo que en cierto modo me parece muy bien, pues nos hemos librado de que, en un exceso de corrección política, la discoteca fuera rebautizada como El Vaticano y el minarete se transformara en un campanario con su crucecita y todo. Tengo para mí que los signos religiosos son respetables sea cual sea la creencia a la que representen y que una discoteca es cualquier cosa menos un lugar que se caracterice por el respeto a algo que no sea el desmadre y el jolgorio. Lo triste de esta historia es que esta escaramuza no la ha ganado el sentido común o el respeto a los sentimientos religiosos de las gentes, sino el miedo a las amenazas del radicalismo islámico. Por eso, lo que pudo ser simplemente una cuestión de respeto se convirtió en el penúltimo episodio de una guerra perdida de antemano. La primera reconquista se ganó porque Don Pelayo desenvainó la espada y esta se perderá precisamente porque quienes la han desenvainado han sido los otros.





Suenan campanas electorales, pero no se engañen. No se trata de las elecciones autonómicas y locales, que esas ya están ganadas o perdidas por quienes las tienen que ganar o perder. A lo sumo, se pondrán en juego unos pocos concejales y diputados autonómicos que apenas influirán en el mapa político. La contienda política de verdad está planteada respecto al gobierno de España, hasta el punto de que cada voto será vital para que los socialistas conserven el poder o para que lo pierdan en favor de los populares, pues ya se sabe que las elecciones no las gana la oposición sino que las pierde el gobierno. Toda el esfuerzo político y no político de las dos grandes formaciones está dirigido desde anteayer, no a alcanzar el poder autonómico o local aquí o allá, sino a hacerse con el gobierno del estado, que ahí está la moya. Por eso, como dijo el Rey a Don Rodrigo, cosas tenedes, el Cid, que farán fablar las piedras.





Se acerca el otoño y se huele a libro. Eso es lo que tienen los libros tradicionales sobre los digitales, que satisfacen casi todos los sentidos, excepción hecha del gusto, aunque nunca se sabe. Hay quienes confunden el libro con la información que contiene. Ésta, la información, puede ser servida en soportes diferentes, tradicionales o o modernos y visuales o sonoros. Pero el libro es otra cosa. Cuando un libro carece de información se llama cuaderno y no es un libro y cuando una información no está impresa en un libro, pues tampoco es un libro, El libro, cada libro, tiene alma y vida propia, respira y enferma, huele a su propio perfume y se deja acariciar en forma diferente a otro libro. El libro puede que nazca igual a otro, pero al cabo de un tiempo cada libro es único. El libro te es fiel si le correspondes. El libro envejece contigo y te acompaña todo el camino y, cuando tú te vas, él se convierte en tu huella. Tengo muchos libros antiguos, de poco valor económico pero todos con cierto atractivo estético y literario, que he ido comprando en las ciudades que he visitado. Uno o dos en cada ciudad. Son libros usados, muchos de ellos firmados por uno e incluso dos de sus anteriores propietarios. Todos me cuentan alguna historia más allá de la que figura impresa en sus páginas, ésta, en ocasiones, incomprensible para mí pues están escritos en el idioma de la ciudad visitada. La otra historia es la que se esconde detrás de la firma manuscrita, de una dedicatoria, del ex libris que alguien imprimió o pegó con goma en la camisa del libro o en su portadilla. En ocasiones encuentro un billete de metro o de tranvía que alguien usó como señal. O una hoja seca de roble entre las secas hojas del libro. Y siempre encuentro en ellos un camino hacia alguna parte e, incluso, el título de mi artículo.


.


.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Me desespero y me desperezo

.
.
(Artículo publicado el 14 de septiembre de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Aún bajo los efectos de la dosis de europeína en vena que me he chutado este verano, me disponía a escribir un furibundo artículo cargado de improperios contra todo lo que se me antoja odioso de esta España festivalera y excesiva a la que, por finalizar mis vacaciones, vuelvo siempre arrastrando los pies, como tras un permiso carcelario. No les negaré que, tal vez porque no viva allí, añoro la Europa verde y silenciosa, húmeda y aburrida, de ciudades añejas y pueblos desiertos, casi invisibles entre los árboles, a los que se adivina por el afilado campanario de una iglesia; la Europa ordenada, trazada como a escuadra y cartabón y, al mismo tiempo, de formas suaves y redondeadas; de carreteras ajardinadas e intransitadas, por las que se llanea dulcemente a setenta por hora. Sólo las autopistas francesas e italianas parecen casi españolas, atestadas de coches, de estrés y de velocidad, calurosas y casi polvorientas.





Tal vez sea porque no vivo allí, porque paso únicamente cortas temporadas de vacaciones, que no echo de menos el vocinglerío que me aturde en cualquier espacio público de España, el ruido gratuito e innecesario, la trifulca política estéril, el papanatismo acomplejado de los políticos supervivientes. Será porque no me da tiempo a hartarme de ello que me sorprende que se pueda dormir en silencio; que los vecinos se muevan sobre algodones a partir de las nueve de la noche; que los coches no tengan pito; que nadie estacione su coche encima de las aceras o en los pasos de peatones; que nadie se cuele en las colas; que el que se cruza contigo en un camino del campo o en una acera solitaria de la ciudad te salude siempre con un bon jour o con un guten Tag y te sonría con la mejor de sus sonrisas; que no haya pintadas en las paredes; que usen las papeleras; que el mobiliario urbano no esté estropeado, pintarrajeado, carcomido por los monopatines o simplemente demolido; que la vida corriente sea más barata que en España y que lo superfluo sea más caro.





Será porque no vivo allí que no echo de menos el alegre bullicio de aquí, la incesante e improductiva actividad de la mosca, el eterno cantar de la cigarra, ora vestida de mora, ora de nazarena, el correr del vino y el repique constante de las campanas.





.........Decía que venía dispuesto a escribir un artículo airado cuando me ha asaltado la melancolía del otoño que ya está próximo. Y lo ha hecho de la mano de un artículo que leí en el periódico de ayer, firmado por Ramón Jiménez Madrid, titulado La Peña. En él nos cuenta a qué dedica parte de su tiempo libre, de ese tiempo otoñal de la jubilación en el que muchos días luce el sol y que tanto se parece a la primavera. Hace un repaso de las peñas y tertulias que se reúnen en diversos cafés de Murcia a las que asiste, y nombra a algunos contertulios, y habla de lo que hablan. Me ha gustado mucho el artículo y me ha recordado un cuento de Unamuno que casualmente leí hace pocos días. Se titulaba precisamente El contertulio. Redondo, tras veinte años en Argentina, vuelve al lugar de su tertulia habitual en la rinconera del café de la Unión, su patria, como él la considera, su auténtica patria, aún por encima de su pueblo o de la misma España. Ya no queda ninguno de sus viejos amigos, ni Henestrosa, ni Romualdo, ni el mentiroso de Manolito. Hasta los mozos del café “o eran o se habían vuelto otros; ni les conoció ni le conocieron”. Dos días después, cabizbajo y alicaído de corazón, se acercó de nuevo a la rinconera del café de la Unión y se sentó en la tercera mesa de mármol, “junto al suelo de la que fue su patria”. Allí escuchó sorprendido cómo los que ocupaban las mesas de la vieja tertulia citaban por su nombre y hechos a algunos de sus viejos amigos. Hasta se acordaban de él. Comprobó que la tertulia había sobrevivido a los contertulios y volvió a sentir que la sangre de su patria, de su patria auténtica, corría de nuevo por sus venas.





.........Tal vez la patria no sea ésa que enarbola una bandera que luego se convierte en sudario, o aquélla que nos esquilma los bolsillos para satisfacer las veleidades del visionario de turno, o la que nos hace cómplices de muchas decisiones que no entendemos. Tal vez la patria sea algo mucho más pequeño, algo que cabe en la rinconera de un pequeño café…


.


.

martes, 27 de julio de 2010

Canícula

.
.




(Artículo publicado el 27 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)





La palabra comparte sonoridades con el nombre de uno de los emperadores romanos más crueles, y con el patronímico del príncipe rumano Vlad Tepes, el Empalador, el hijo de Dracul, pero se trata simplemente de un palabra de origen latino (no, sudamericano no, hijos de la LOGSE, latino porque procede del latín, sí, esa lengua muerta pero insepulta que estudiaron vuestros padres y que los hizo algo más cultos), que significa “perrita” y que da nombre al período del año en que es más fuerte el calor. Pensaban los romanos que al caerles la canícula encima les dejaba como perros sin aliento, echados a la sombra. Curiosamente, el diccionario de la RAE dice que en astronomía la canícula es el tiempo del nacimiento helíaco de la estrella Sirio (el Can) que antiguamente coincidía con la época más calurosa del año, pero que hoy no se verifica hasta fines de agosto. Lo que vienen a decir estos padres de la Lengua metidos a hombres del tiempo es que agosto, cuando se verifica el nacimiento de la estrella, ya no es el momento más caluroso del año, sino que la canícula se sitúa antes o después.



Los de por aquí abajo, a los murcianos me refiero, sabemos bien que desde hace años la canícula se sitúa en el mes de julio, en el que las temperaturas superan fácilmente los cuarenta grados. Los más viejos del lugar nos recordarán, sin embargo, que hace unos cuantos años no era así y que agosto era con mucho el mes más caluroso del año, de ahí su mala fama. Pero ya saben lo que dice el refranero, que unos crían la fama y otros cardan la lana.



Canícula podría ser también el título de una película de terror de ciencia ficción, en el que el sol se desmadra y nos pone a cocer sin misericordia alguna. Es posible que ese argumento, un tanto vulgar, lo sea aún más por cuanto que está sucediendo realmente. Dicen los científicos del calentamiento global que la temperatura media del planeta subirá entre tres y cinco grados más según las fuentes a lo largo del siglo XXI.



Una de las conclusiones más beneficiosas que deberíamos extraer de la probada suplantación de agosto por julio en el escalafón de meses calurosos es que habría que hacer lo propio con las leyes para declarar inhábil el mes de julio en lugar de agosto. En este punto, lo sé, mi querido lector malasombra, que ya no se aguanta más, habrá saltado presa de la calentura canicular para vociferar al oído de su vecino de sombrilla algo así como ¡Pero qué leches ha escrito hoy este Megías…! Pues eso, que la calentura canicular afecta gravemente al cerebro, entre otras cosas, y que inhabilitar para la mayoría de los asuntos públicos y privados el mes más caluroso del año fue desde siempre una decisión acertada que nos ha librado de Dios sabe cuántos tropiezos. Pero, claro, si el más caluroso es desde hace unos años el mes de julio, es éste y no otro el que deberíamos inhabilitar. Sin ir más lejos, si julio hubiere sido el mes inhábil para los políticos nos habríamos ahorrado escuchar algunos disparates calenturientos como el que nos soltó la semana pasada la monísima señora Vicepresidenta del Gobierno sobre la Selección Española de fútbol. Hasta mi lector malasombra se habría ahorrado este artículo, fruto sin duda de las referidas calenturas.



De manera que, sin más circunloquios, me despido de todos ustedes con aquella frase de mi nunca bien ponderado amigo Luis Romero: Al César lo que es del César y adiós porque me voy de vacaciones.


.


.

martes, 20 de julio de 2010

El derecho a nacer

.
.

(Artículo publicado el 20 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Muchos de ustedes habrán visto esa película protagonizada por Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Montgomery Cliff y Maximilian Schell, entre otros, que en la versión original llevaba por título Judgement at Nüremberg y en la española el de Vencedores y Vencidos. El argumento se centra en uno de los juicios de Nüremberg, el conocido como el Juicio de los Jueces, en el que, una vez procesados y condenados los jerarcas nazis más destacados, fueron juzgados y hallados culpables varios jueces alemanes por su participación en los crímenes de estado, fundamentalmente mediante la aplicación de las leyes de esterilización y eugenesia del Tercer Reich. En este Juicio de los Jueces, a diferencia de los demás juicios de Nüremberg, los criminales eran expertos juristas, conocedores de la Ley que, incluso, habían participado en su elaboración. La otra gran diferencia estriba en que, mientras que en los demás casos los crímenes contra la humanidad fueron cometidos contra lege, es decir, violando las normas del derecho, escritas o no, en el caso de los jueces alemanes los crímenes fueron perpetrados mediante la estricta y jurídicamente impecable aplicación de las leyes alemanas que, por otra parte, no eran ajenas a las llamadas corrientes progresistas del derecho. Hay que recordar que la esterilización de los deficientes mentales era una práctica habitual en muchos estados, que fue ratificada en 1927 por la Corte Suprema de Estados Unidos, y que la eugenesia contaba entre sus partidarios a ilustres pensadores como Alexander Graham Bell, George Bernard Shaw y Winston Churchill. Durante la primera mitad del siglo XX fueron aplicados programas de esterilización masiva de enfermos hereditarios en países como Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Noruega, Francia, Finlandia, Dinamarca, Estonia, Islandia y Suiza.


Así las cosas, los jueces alemanes se encontraron ante el dilema de cumplir las leyes de su país o de incumplirlas dictando sentencias exculpatorias por entender que se trataba de leyes injustas. Aquellos alemanes que se negaron a cumplir las leyes nazis hoy son proclamados héroes y aquellos que las cumplieron fueron juzgados y condenados como criminales de Estado. Pudiera parecer que, hoy, setenta y cinco años después de que fueran aprobadas las Leyes de Nüremberg, este problema está resuelto en favor del incumplimiento de aquellas normas que el individuo considera injustas, la llamada cláusula u objección de conciencia. Pero nada más lejos de la realidad.


Por supuesto que todo esto viene a cuento de la entrada en vigor, y de su cumplimiento o rechazo, de la perversamente llamada Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, que permite a niñas que no pueden hacerse un tatuaje sin permiso de sus padres decidir que les sea practicado un aborto sin siquiera dar cuenta de ello a esos mismos padres. Aborto “sin interferencia de terceros” en cualquier caso hasta las catorce semanas de embarazo, dice la ley en uno de los ejemplos más cínicos de perversión del lenguaje.


Mientras que esto ocurre, el Tribunal Constitucional ha rechazado suspender la vigencia de la Ley durante la tramitación el recurso de inconstitucionalidad interpuesto contra la misma. Casualmente, el mismo Tribunal que afirmaba en su Sentencia 53/1985, de 11 de abril, que “La vida del nasciturus es un bien jurídico constitucionalmente protegido por el artículo 15 [el derecho a la vida] de nuestra norma fundamental”, el mismo que interpretó que la vida del feto prevalece sobre el derecho de la madre a interrumpir la gestación, ya que el tiempo del embarazo es “también un momento del desarrollo de la vida misma”. Algunos políticos conservadores han manifestado su intención de no aplicar la Ley para luego desdecirse antes de transcurridas veinticuatro horas. Por su parte, los políticos progresistas están dispuestos a llevar al cadalso político a aquél, no ya que incumpla, sino que intente obstaculizar la aplicación de la Ley del aborto. Hay algún imbécil, incluso, que ha negado la objección de conciencia en esta materia “porque no está recogida en la Ley”. Por cierto, son esos mismos políticos progresistas que anuncian la burla al Tribunal Constitucional, regulando por ley ordinaria aquellas cuestiones del Estatuto de Cataluña que el Tribunal ha declarado inconstitucionales.


¿Qué estoy comparando esta Ley con las Leyes de Nüremberg? Pues sí, mire usted.


¿Qué comparo estas políticas con las políticas eugenésicas nazis? Pues también.


Una ley injusta no deja de serlo por el hecho de que haya sido aprobada por un parlamento democrático. Una ley es injusta porque vulnera un principio del derecho. Y una ley es injusta cuando atenta contra el derecho a la vida, incluida la del no nacido. Tribunal Constitucional dixit.


Y, ahora, cierren los ojos y sigan durmiendo.

.

.

miércoles, 14 de julio de 2010

¡España, campeona!

.
.

(Artículo publicado el martes y 13 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Quien habla se equivoca y, si habla mucho, se equivoca mucho. Y si escribe, se equivoca por escrito y no le queda más remedio que desdecirse por el mismo medio, que es lo que voy a hacer yo ahora mismo. En mi artículo anterior daba a entender que el fútbol estaba propiciando un uso frívolo de la bandera española en ausencia de usos más respetuosos con nuestra historia y nuestras instituciones. Acertaba en lo del uso frívolo pero, al mismo tiempo, me equivocaba de medio a medio. Me dí cuenta de ello cuando, después de la victoria en semifinales, el diario oficial del madridismo rampante abrió edición al día siguiente con un ¡Visca España! en honor del autor del testarazo, el capitán del Barcelona y defensa central de la selección española Carles Puyol. Si el muy españolista diario AS usaba el catalán para felicitar a España, me dije, quién era yo para criticar el uso frívolo y futbolero de la bandera si el fútbol producía estos efectos. Por una vez en la historia de España, pensé, la bandera no había simbolizado la seriedad vestida de luto de una victoria o una derrota empapada en sangre roja, ni tampoco el triunfo de una idea sobre otra, o la exclusión de un español hacia otro. Por una vez, noté, la bandera no había sido sudario de nadie, sino que se había parecido más a la camiseta sudada por el esfuerzo deportivo de un español, de un sevillano, de un leridano o de uno de Fuenlabrada.


El domingo, un par de horas antes de la final, cuando me dirigía a casa abriéndome paso a manotadas entre el bochornazo veraniego, fui encontrando grupos de jóvenes y no tan jóvenes, envueltos en la bandera española, pintadas sus caras con los colores de la bandera española, familias completas ataviadas con la camiseta roja de la selección. Cientos de balcones lucían la bandera. Los coches que circulaban por la Gran Vía de Murcia llevaban banderas españolas ondeando en las ventanillas y en los parachoques. En la Plaza de Belluga había ya más de mil personas en torno a una pantalla gigante adornada con banderas de España.


Cuando llegué a casa para ver el partido con mi familia fui al armario de mi despacho. Allí, entre otras muchas cosas, encontré una cinta con la bandera española, recuerdo de alguna inauguración oficial. También tenía guardada una barrita de pintura roja, amarilla y roja y una caja con algunos petardos que sobraron de una Nochevieja pasada. Antes, al pasar por un chino, había comprado un par de banderitas pequeñas y otra grande. Unas cervezas y unas fantas de naranja, unas tapitas, las banderas, los colores, la camiseta roja de mi hija Pepa y la televisión. Y dio comienzo el partido.


La Reina Doña Sofía, soberbia. La ceremonia de clausura, espectacular. Nadal, patriótico. Gassol, altísimo, como el Príncipe. La Roja, vestida de azul, para variar. Los holandeses, mal fútbol y peores maneras. Los españoles, en su sitio. Del Bosque, siempre templado. Los minutos corriendo deseperadamente hacia los penaltis. Hasta que, por fin, llegó Fernado Torres y centró, y el balón rebotó a Cesc, y Cesc pasó a Iniesta, e Iniesta, en esa extraña mezcla de sangre fría y coraje que siempre pone en juego, batió al portero holandés por la fuerza de su disparo.


Luego vino el sueño cumplido de varias generaciones de españoles. España, campeona del mundo. El gol de Zarra cedió definitivamente su sitio en nuestra memoria al gol de Iniesta. El primer abrazo tras la victoria, el del capitán del Real Madrid, el madrileño Casillas, al capitán del Barcelona, el catalán Puyol. Otro símbolo. Mientras, miles de personas celebraban el triunfo de España en la Plaza Moyúa de Bilbao y otras muchas lo hacían en las Ramblas de Barcelona, en torno a la fuente de Canaletas, a pesar de cuatro, ahora sí se puede decir que son cuatro, desalmados.


La gigantesca bandera española de la Plaza de Colón ondeó orgullosa, esta vez sí.


Y con toda la razón.

.

.

martes, 6 de julio de 2010

Vuvuzelazos

.
.

(Artículo publicado el 6 de julio de 2010 en el diario La Opinión de Murcia)



Por los mentideros políticos y futboleros corre el rumor de que los brillantes resultados futbolísticos de la Roja vestida de azul se han debido fundamentalmente a una especie de prima con la que estaban incentivados los jugadores. Ya saben ustedes que la modelo Larissa Riquelme, musa deportiva de los paraguayos, había prometido a sus enfervorecidos jugadores que si ganaban el partido de cuartos contra España se desnudaría en la Plaza de la Democracia, suponemos que de Asunción. Para que luego digan que Paraguay no tenía delantera. Por su parte, el seleccionador argentino Diego Armando Maradona, que en su país levanta tantas pasiones como la modelo Riquelme, aunque de otro tipo, se comprometió también a desnudarse junto al obelisco de Buenos Aires si su selección ganaba el Mundial. Tanto la Larissa como el Pelusa se han visto libres de su compromiso, aunque la paraguaya ha dicho que va a desnudarse como premio de consolación, lo que me parece muy bien. Y Dieguito hará lo propio, si el tiempo, la autoridad y la Diosa del Buen Gusto no lo impiden. Pero dejemos a los perdedores y vayamos con los victoriosos. Por cierto, estoy de acuerdo con alguien que decía en un blog que debería estar prohibido jugar partidos de fútbol durante los conciertos de vuvuzelas.


No me creo, no, que los alemanes jugaran como jugaron ante Argentina espoleados por la presencia de Angela Merkel y mucho menos por promesa alguna de descubrirles sus abundantes encantos. La selección alemana juega así, simplemente porque está en el cuaderno de instrucciones. Siempre lo han hecho, lo que pasa es que unas veces les ha salido bien, como el otro día, y, otras, mal, como espero que les ocurra frente a España. El alemán se estimula llanamente con la idea de hacer lo ordenado y alcanza el clímax cuando además lo hace por Alemania. No hay más que verlos durante la interpretación del Deutschland über alles, firmes y con la mirada perdida en la infinitud.


España, digan lo que digan, es diferente. Aquí esas zarandajas del cumplimiento del deber, no solo no nos motivan para nada, sino que hay toda una filosofía montada para ridiculizar la idea. No me negarán que cuando yo mismo escribía hace un par de líneas que los alemanes se estimulan con la idea de hacer lo ordenado no han esgrimido casi todos ustedes, mis queridos lectores, una media sonrisa conmiserativa y displicente. No, aquí lo de cumplir con la obligación, no sólo no motiva, sino que deprime. Y lo de hacerlo por España, cuando no desata la risa más castiza, despierta el odio de la carcundia nacionalista. Puesto a pensar, la idea de España no motiva a nadie a hacer nada bueno. Todo lo que un buen españolito hace por España es berrear el himno sin letra cuando juega, no la Española, no, que eso es nombre de aceituna rellena con reminiscencias colombinas, sino la Roja, que es un apodo así como de miliciana del Frente Popular, con el que alguien, además, está haciendo su agosto. Sí, ahora con la Roja, se ven todas las banderas nacionales que no se verán jamás el Doce Octubre o que no se vieron en la festividad de Santiago, el todavía Patrón de España, ni se adivinaron siquiera cuando se perpetró el Estatuto de Cataluña. Si la Roja gana, ondean las banderas aunque sean a modo de capas de supermán. Si la Roja pierde, verán ustedes de nuevo por el suelo las banderas españolas, culpables de la derrota. Si ganamos, gana la Roja. Si perdemos, perderá España. Como si lo viera.


Pero, sabiendo ya no solo que España no es Alemania, sino que estamos mucho más cerca del patrioterismo paraguayo o argentino la pregunta que se hace todo el mundo es quién había prometido aquí que se desnudaría si España pasaba a semifinales y luego, vista la apatía con la que jugó la Roja durante tres cuartas partes del partido, quién o quiénes amenazaron con hacerlo si no ganaban.


Se admiten apuestas.

.

.