martes, 24 de noviembre de 2009

Todavía desde mi vieja pecera


Artículo publicado el 24 de noviembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Pues sí, he sobrevivido a la restauración del Casino, hoy más Real que nunca. A la anterior restauración en que me embarqué no sobreviví, no señor, o sea que morí en el intento. O, tal vez, no.

Lo han escrito antes que yo: el Casino luce lindo, que decían en los doblajes mejicanos. Está de nuevo en el Siglo XIX, tal y como augurara un epigramático columnista y esto lo pueden atestiguar las más de treinta mil personas que lo han visitado en estos primeros quince días de vida de ese bebé de ciento sesenta y dos años de edad. Estoy feliz por ello, qué quieren que les diga. Hasta he logrado hacerme dos carambolas seguidas en la mesa de billar…

Sentado de nuevo en la Pecera, retoñada y refrescada Pecera, observo el paso de las gentes y de las cosas en compañía de Ignatius Reilly, mi afamado asesor en cosas de peceras y acuarios. Tendrían ustedes que ver a Ignatius espatarrado en uno de los sillones orejeros de piel, mientras mordisquea distraida y cladestinamente cualquier cosa indescriptible que se ha sacado de los bolsillos. He logrado convencerle de que para estar cómodo no hace falta que se quite los zapatos ni que se ponga la bata de franela. Por su parte, anda él empeñado en convencerme de lo maravilloso que resultaría para mí en particular y para el público en general que el propio Ignatius ofreciera cada día un concierto de trompeta a la hora de la siesta, convencido, dice, de que la música de trompeta daría vida a las mustias Peceras del Casino. Dios me libre.

Mientras hablamos de una cosa o de otra, yo, y de las bondades del concierto de trompeta, él, vamos viendo pasar la vida por la calle Trapería. Se acerca la Navidad, más madrugadora que nunca y también más calurosa, y la calle se llena de gente mientras que los naranjos de las plazas murcianas, engañados por este otoño primaveral, entran en floración tardía. El perfume de los galanes de noche aún persiste en el jardín de Floridablanca, que atravieso en mis paseos nocturnos para combatir el azúcar y la hipertensión, y sólo falta el canto del grillo. La ropa de invierno languidece todavía entre bolas de naftalina y la gente se sigue bañando en las playas pero, para que vean que el tiempo pasa aunque el clima se estanque, Ignatius se marcha esta semana a celebrar el Día de Acción de Gracias con su madre y la señora Santa Battaglia en su vieja casa de la calle Constantinopla.

En Estados Unidos, ya saben, celebran en familia el Thanks Giving Day, mientras que aquí los telediarios hacen casi lo mismo con los sufridos ciudadanos, nos dan el día en familia: cuando no es con el esperpéntico rescate de los tripulantes del Alakrana, es con la crisis económica o con cualquier otra desgracia como, por ejemplo, la anunciada Ley de Economía Sostenible de Zapatero. Sí, ya lo sé. Como un resorte, como un muelle, como un fulminante matasuegras, ha saltado mi querido lector malasombra. “Qué boda sin la tía Juana”, ha exclamado al leer el apellido del Irrepetible. Y es que, querido lector malasombra −un día se me escapará tu nombre, lo sé−, con un gobierno de intervención nacional al más puro estilo de la izquierda española, casi todo lo que podría tocar en mi artículo lo ha trasteado antes el gobierno tentacular de Shoemaker, o Shuhmacher, o Cordonnier, que así se puede llamar al inmediato Presidente de turno de la Unión Europea, aunque él piensa que su presidencia se debe a una conjunción planetaria. Y yo también: es el Sino.

De cosas de casa no voy a escribir, no insistan. Mi reino ya no es de este mundo.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

Dos goticas



(Artículo publicado el 29 de septiembre de 2009 en el diario La Opinión de Murcia)




No, no le falta acento alguno, querido lector malasombra. No me refiero a las niñas de Zapatero, que ya sé yo que son góticas con acento en la o, sino a las dos goticas de agua en que se nos va a quedar la cosa del Tajo cuando se haya consumado el esperpento. También la derogación del Trasvase del Ebro y la caducidad del Tajo son hijas de Zapatero, como lo son la subida de impuestos, la liberalización del aborto y la política exterior de España. Todas son hijas del Presidente. Respecto de las niñas góticas y zapaterinas, no seré yo quien se meta con los atuendos que gasta la familia, que ya se han encargado otros de censurar su, digamos, escaso sentido del ridículo. Sin ir más lejos, mi obeso asesor en asuntos relacionados con la Casa Blanca, el bienamado Ignatius. A que lo echaban de menos...

―Realmente ―me decía―, este sí que ha sido un atentado contra las reglas del Buen Gusto, la Decencia y la Prosodia, que, sin duda, habrá removido en su tumba gótica a la Santa Monja Rosvita. Ir a Gotham vestido de gótico es como venir a España disfrazado de torero, visitar París acicalado como un sans-culotte o viajar a China vestido de Fu Manchú. Hay quienes dicen que la idea de que la familia entera vistiera de negro fue cosecha del propio ZP como muestra de solidaridad con la familia Obama. No me extrañaría. Otros opinan que el presidente interplanetario creyó que era la noche de Halloween. Nada más alejado de la realidad, pues he tenido acceso a una auténtica transcripción falsa de la conversación que mantuvieron Obama y Zapatero al día siguiente de la recepción en el Metropolitan que lo explica todo. Te la leo.

―Hosé Luis, qué pasó...
―Pues verás, Barack, que mis niñas, no obstante ser menores de edad, son ya muy dueñas de vestir como quieran, de calzarse sus botas Dr. Martens o sus muñequeras de clavos ante el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, es un decir, querido presidente, de comprar la píldora del día después en una farmacia española o de abortar sin tener siquiera que comentárselo a su padre, o sea, a mí. Ya quisiera yo que fueran así todas las niñas españolas de su edad, ya quisiera yo, y por eso lo intento, no te creas. Además, las niñas, al leer en la invitación lo de la recepción en el Metropolitan de Nueva York, pensaron que se trataba de una fiesta radical en el metro de Nueva York, ya sabes, con toda la panda esa que sale en las películas.
―¡Tá güeno, bródel!. No, no me refería al extraño atuendo de fiesta de tus hijas, Hosé Luis, pues nosotros respetamos las costumbres indígenas del país de origen y no nos asustamos de nada, ¡Qué bueno que viniste!, sino a la petición que hiciste a la Casa Blanca de censurar la publicación de la foto. Eso sí que luce extraño por acá. ¡Tá chin, calabazín!. Nuestras hijas, mihelmano, las de los Presidentes norteamericanos, las de los gobernadores y las de la mayoría de los altos mandatarios de este país, ¡Andele, córrele, apúrale!, no se ocultan de la prensa, o sea, de los ojos de los norteamericanos. Mis hijas, por ejemplo, viven en una residencia pagada con los impuestos de los norteamericanos; y comen de la comida que se cocina en la Casa Blanca y que pagan todos los norteamericanos con sus impuestos; y viajan, mi gringo, en el Air Force One que pagan los norteamericanos con sus impuestos; y son defendidas por los guardaespaldas que pagan los norteamericanos con sus impuestos; y pasan sus vacaciones en Camp David, la residencia de descanso del Presidente de los Estados Unidos de América, que pagan todos los norteamericanos con sus impuestos. ¡Ando filosón!. Por esa razón son personajes públicos y su imagen es pública y les luce lindo. ¿No ocurre así en España, manito?
―Ejem, verás, Barack, ya seguiremos hablando en mejicano de este tema tan interesante. Ahora te tengo que dejar porque me espera mi avión presidencial para llevarme a Pittsburgh a la cumbre del G-20. Por supuesto, me acompaña mi querida esposa que tiene que cantar con el coro de gospel de la Iglesia de Dialoguistas del Séptimo Día y, claro, mis niñas, que han quedado en Pittsburgh con unos amigos para no se qué fiesta del movimiento antiglobalización. ¡Qué ricas!

(Fin de la transcripción)


miércoles, 23 de septiembre de 2009

De vuelta




(Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia el 22 de septiembre de 2009)






Como solía ocurrir por estos pagos aún antes de que irrumpiera en nuestras vidas el calentamiento global del planeta, se han acabado las vacaciones antes que el verano. Yo pediría la Medalla de Oro de algo, el Premio Nobel de lo que fuera o el Rexona de Oro, por ejemplo, para aquel genio ilustre que consiguiera hacer coincidir vacaciones y verano. “¿Qué, cómo ha ido el verano?”, te preguntan el día uno de septiembre, como si el verano se hubiera ido. Tal vez sea así en Santander o en Logroño, qué se yo, pero lo que es en Murcia, no. Aquí, la canícula dura y dura, permanece, engulle el verano de los membrillos o de San Miguel y se cuela de rondón en Halloween, víspera del Día de todos los Santos. Será Navidad en el Corte Inglés y todavía andaremos remangándonos a mediodía y luciendo la sobaquera de Camacho. Es, como se dice por aquí, la calor, así, en femenino, si me lo permite el corrector automático de textos de mi ordenador.
Uno de los efectos que tiene la vuelta de vacaciones es que, quien durante ellas haya podido desconectarse de su entorno, se encontrará al regreso con algunas sorpresas y algunos disgustos.
En septiembre volvemos al tajo, al de la maldición bíblica, que este tajo no lo ha nacionalizado el Estatuto de Castilla La Mancha, ya quisiéramos más de uno, sino que castellanizaron el otro, el que lleva agua y no sudores. Lo que no deja de ser para los murcianos otra suerte de maldición.
Leo con perplejidad que el Gobierno de la Región no da peces a la Plataforma de Defensa del Trasvase Tajo-Segura, sino cañas de pescar en forma de sabios consejos financieros. No debe estar el horno para bollos, ni el económico, ni el político.
Me comentan en los mentideros que, en breve, alguien anunciará que sigue, como el calor, o que repite, como los pepinos. Por qué será que no me sorprende.
Durante mi agosto de nomadeo me he tenido que zampar muchas fiestas veraniegas, con berbena, bakalao y castillo de fuegos artificiales. Para mi desconsuelo, Murcia me recibe con su festivalero septiembre, multicultural y multiétnico, policromo y polireligioso, con huertos, con romería, con moros y con cristianos. Y con castillo de fuegos artificiales.
A la vuelta de vacaciones me encuentro con ausencias dolorosas, tanto más penosas por ignoradas. Se me han muerto amigos muy queridos. Pepe Celdrán, el Maestro Habichuela, se ha marchado con su guitarra. Demasiado pronto, querido Pepe, demasiado pronto. También se ha ido Mariano López Alarcón, mi catedrático de Canónico y amigo respetado. Y otro López Alarcón, Marcos el del Rambla, que estará junto a su hijo José Antonio, mi amigo del colegio. Y Evaristo, hermano del Pichuchi, reunidos en el cielo. Y Clemente Riera, al que veo montando a caballo sobre una nube. Y Alvaro Abadía, joven, muy joven y, sin embargo, profesional prestigioso y brillante que estaba trabajando en el rediseño del anagrama del Casino. Y Lorenzo Guirao, adversario político entrañable, que no enemigo, con quien, tras muchos rifirrafes, terminé compartiendo una cerveza y estrechándole la mano. A todos vosotros, amigos, mi recuerdo.
La vuelta al tajo y la vuelta al cole. Se acabaron las idas y venidas, las largas horas de siesta en manos de Stieg Larsson –quien no haya pecado, que tire la primera piedra-, la proscripción del despertador, los chapuzones, el chiringuito, la brisa del mar, los cuartos de la paga extraordinaria y el protector solar. Pero, como le decía Boggie a la Bergman en la célebre película, siempre nos quedará París. O sea, la calor.




martes, 21 de julio de 2009

Perdonen que les moleste




Artículo publicado el 21 de julio de 2009 en el diario La Opinión de Murcia









Un viejo estanque;
se zambulle una rana,
ruido de agua.




Que el verano es una época que ni pintada para leer ya lo saben ustedes, mis bienamados lectores. Hasta mi lector malasombra lo sabe, que por algo también es lector. Todos ustedes leen, de lo contrario no estarían aquí y ahora leyendo mi artículo. Por eso no les voy a aconsejar lectura alguna, pues ustedes tienen sus propias preferencias. Lo que voy a hacer es ofrecerles una especie de aperitivo refrescante a modo de despedida por vacaciones. Se trata de esos versos que han leído ustedes al comienzo. Son de un autor japonés del siglo XVII llamado Matsuo Bashoo y a esa forma de poesía se la conoce como haiku. El haiku es un poema breve de tres versos, de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente, cuya simplicidad hace que se asemeje a lo hablado. Suele haber una palabra clave, llamada kigo en japonés, que indica la estación del año a la que se refiere pero, fuera de ello, las reglas son muy sencillas y escasas: emplea mayoritariamente nombres, apenas usa las mayúsculas, se puede prescindir de la puntuación y de la rima; en definitiva, haiku o haikai es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento, aquí y ahora.

Han sido muchos los autores occidentales que han usado esta forma de poesía. Ezra Pound, D.H. Lawrence o James Joyce, en ingés, o Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges y Octavio Paz en castellano. Precisamente de Machado es este haiku veraniego y verbenero:

¡De amarillo calabaza,
en el azul, cómo sube
la luna sobre la plaza!

De Borges, este otro:

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido

Y aquél de Octavio Paz, titulado Alba:

Sobre la arena
escritura de pájaros;
memoria del viento

Mario Benedetti, recientemente fallecido, escribió el siguiente:

Una campana,
tan sólo una campana
se opone al viento

También un amigo poeta que me regaló un libro muy querido tiene algún haiku. Luis Alberto de Cuenca escribió:

En el silencio
de esa flor amarilla
perdura el canto

Y termino esta minúscula antología con otro haiku de Matsuo Bashoo, muy propio de la estación:

Quietud;
los cantos de las cigarras
penetran en las rocas

Claro que también puedo finalizar con un haiku más prosaico y, además, de mi propia cosecha:

Mediterráneo
dorado, azul y verde,
una cerveza


Feliz verano.




martes, 14 de julio de 2009

Un par de lecciones de economía


Artículo publicado el 14 de julio de 2008 en el diario La Opinión de Murcia


Como la crisis económica esta de moda, me propongo hoy ofrecerles completamente gratis dos lecciones sobre economía.

La primera lección consiste en la transcripción de un “emilio” titulado “Las Principales Teorías Económicas explicadas con vacas”, que me ha enviado mi hija María. Ahí va:
Socialismo: Tú tienes dos vacas. El estado te obliga a darle una a tu vecino.
Comunismo: Tú tienes dos vacas. El estado te las quita y te DA algo de leche.
Fascismo: Tú tienes dos vacas. El estado te las quita y te VENDE algo de leche.
Nazismo: Tú tienes dos vacas. El estado te las quita y te dispara en la cabeza.
Burocratismo: Tú tienes dos vacas. El estado te pierde una, ordeña la otra y luego tira la leche al suelo.
Capitalismo tradicional: Tú tienes dos vacas. Vendes una y te compras un toro. Haces más vacas. Vendes las vacas y ganas dinero. Luego te jubilas rico.
Neocapitalismo: Tú tienes dos vacas. Vendes tres de tus vacas a tu empresa que cotiza en bolsa mediante letras de crédito abiertas por tu cuñado en el banco de un amigo. Luego ejecutas un intercambio de participación de deuda con una oferta general asociada con lo que ya tienes las cuatro vacas de vuelta, con exención de impuestos por cinco vacas. La leche que hacen tus seis vacas es transferida mediante intermediario a una empresa con sede en las Islas Cayman que vuelve a vender los derechos de las siete vacas a tu compañía. El informe anual afirma que tu tienes ocho vacas con opción a una más. Coges tus nueve vacas y las cortas en trocitos. Luego vendes a la gente tus diez vacas troceadas. Curiosamente, durante todo el proceso nadie parece darse cuenta que, en realidad, tú sólo tienes dos vacas.
Economía japonesa: Tú tienes dos vacas. Las rediseñas a escala 1:10 y logras que te produzcan el doble de leche. Pero no te haces rico. Luego ruedas todo el proceso en dibujos animados. Los llamas “Vakimon” e, incomprensiblemente, te haces millonario.
Economía alemana: Tú tienes dos vacas. Mediante un proceso de reingeniería consigues que vivan cien años, que coman una vez al mes y que se ordeñen solas. Nadie cree que eso tenga mérito alguno.
Economía rusa: Tú tienes dos vacas. Cuentas y tienes cinco vacas. Vuelves a contar y te salen doscientas cincuenta y siete vacas. Vuelves a contar y te salen tres vacas. Dejas de contar vacas y abres otra botella de vodka.
Economía china: Tú tienes dos vacas. Tienes a trescientos chinos ordeñándolas. Explicas al mundo tu increíble ratio de productividad lechera. Disparas a un periodista que se dispone a contar la verdad.
Capitalismo americano: Tienes dos vacas. Vendes una y fuerzas a la otra a producir la leche de cuatro vacas. Te quedas sorprendido cuando ella muere.
Economía iraquí: Tú no tienes vacas. Nadie cree que no tengas vacas, te bombardean y te invaden el país. Tú sigues sin tener vacas.
Economía india: Tú tienes dos vacas. Las pones en un altar para adorarlas. Después sigues comiendo arroz al curry.
Economía suiza: Hay cincuenta millones de vacas Es obvio que tienen dueño pero nadie parece saber quién es.
Economía francesa: Tú tienes dos vacas. Entonces te declaras en huelga, organizas una revuelta violenta y cortas todas las carreteras del país, porque tú lo que quieres son tres vacas.
Economía neozelandesa: Tú tienes dos vacas. La de la izquierda te parece cada día más atractiva.
Capitalismo italiano: Tienes dos vacas. Una de ellas es tu madre, la otra tu suegra, ¡¡¡maledetto!!!
Capitalismo británico: Tienes dos vacas. Las dos están locas.
Economía española: Tú tienes dos vacas, pero no tienes ni puñetera idea de donde están. Pero como ya es viernes te bajas a desayunar al bar de la esquina mientras lees el Marca. Luego, como ya es viernes, enlazas con el aperitivo. Si acaso, ya te pondrás a buscarlas el miércoles después del puente de San Aniceto.

La segunda lección consiste en un ejemplo práctico de economía aplicada: El ahorro es uno de los pilares de una economía sana y, como el ahorro bien entendido empieza por uno mismo, hoy me he ahorrado escribir el artículo.

El próximo día, más.


martes, 23 de junio de 2009

Los cuentos de ZP: El sastrecillo valiente


Artículo publicado el 23 de junio de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Cuando Wilhelm Grimm escribió El sastrecillo valiente allá por el año de 1812, no podía siquiera imaginar que dos siglos después la hazaña del cuento sería emulada ni más ni menos que por el mismísimo presidente de los Estados Unidos. Obama ha matado una mosca de un golpe, pero ZP está dispuesto a matar siete. Como lo oyen.

VERSIÓN CLÁSICA: Había una vez un sastre que se ganaba la vida cortando y cosiendo. Un día compró un poco de mermelada de fresa a una mujer que pasaba por allí y, untándola en el pan, se preparó el almuerzo. Al poco, la dulce mermelada atrajo a varias moscas. El sastre intentó espantarlas, pero las moscas seguían zumbando sobre el pan con mermelada. Entonces agarró un trozo de tela y, de un trallazo, mató a siete moscas. Al ver su proeza, el sastrecillo exclamó orgulloso “¡Siete de un solo golpe! ¡El mundo debe enterarse de esto!”. Pensado y hecho, se hizo un cinturón en el que bordó la leyenda “Siete de un golpe” y se fue a recorrer el mundo para contar su hazaña. Muchas fueron sus aventuras, pues la gente, cuando leía la leyenda bordada en el cinturón, no pensaba en moscas, sino en hombres o gigantes muertos de un golpe a manos del sastrecillo.
En una de aquellas aventuras, el Rey del cuento ofreció al sastrecillo la mano de su hija y la mitad de su reino si lograba matar a dos gigantes que tenían atemorizada a la población. El sastrecillo aceptó y salió en busca de los gigantes a los que encontró en lo más profundo del bosque, dormitando al pie de un árbol. Entonces cogió dos piedras y, encaramándose a lo alto del árbol, les atizó una buena pedrada a cada uno de ellos. Despertáronse los durmientes y, echándose las culpas de la pedrada el uno al otro, se dieron tal suerte de palos que cayeron muertos al suelo. El sastrecillo bajó del árbol y, desenvainando la espada, les dio un par de tajos a cada uno en el pecho y se presentó ante el Rey para reclamar su recompensa. Sobra decir que, finalmente, el satrecillo se casó con la princesa y se convirtió en Rey, lo que no está nada mal para quien una vez matara a siete moscas de un solo golpe.

VERSIÓN ADAPTADA: Había una vez un zapatero que se ganaba buenamente la vida cortando cuero y cosiendo zapatos pero, en realidad, lo que él quería era ser sastre como su vecino Obama. Cuando vió que el sastre Obama, que había matado una mosca de un golpe, se ufanaba de su gesta en las televisiones del mundo y se disponía a ganar reinos y princesas, no quiso ser menos. Lo primero que hizo fue abandonar el noble oficio de zapatero para convertirse en sastre. Luego, tras mucho ensayar, logró matar siete moscas de un solo papirotazo. Entonces el sastre-zapatero se lanzó a conquistar el mundo al grito de “Siete de un golpe”, pero pasaban los años y, a pesar de que enzarzaba entre sí a cuantos encontraba, fueran enanos o gigantes, no lograba adquirir ni un palmo de tierra, ni mucho menos la mano de una princesa. Resolvió entonces consultar al sastre Obama, que era ahora el Rey Obama I, a fin de que le dijera qué era lo que había olvidado para conseguir un reino o una princesa. Obama I le preguntó si tenía dólares en abundancia, a lo que nuestro sastrecillo respondíó que qué eran los dólares. Luego el Rey Obama le preguntó si tenía Sexta Flota, y la respuesta se dibujó en la cara de estupefacción del sastrecillo. Finalmente, Obama I lo nombró Matamoscas Mayor del Reino, cosa que el sastrecillo-zapatero agradeció eternamente.

martes, 16 de junio de 2009

Los cuentos de ZP: El gato con botas


Artículo publicado el 16 de junio de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Este cuento fue escrito por alguien que, pese a apellidarse Perrault, no escribió de perros sino de gatos y, más concretamente, de un gato que supo ponerse las botas.

VERSIÓN CLÁSICA: Érase una vez un humilde molinero que, al morir, repartió sus escasas pertenencias entre sus hijos. Al menor no le dejó más que un gato. El heredero pensó en comérselo para no morir de hambre pero el gato, que era muy listo, lo convenció de que le sería más útil vivo que muerto y le pidió unas botas y una bolsa. Así calzado marchó al bosque, cazó un conejo, y fue a ofrecérselo al Rey en nombre de su amo, al que llamó el Marqués de Carabás. Otro día fueron un par de perdices y, luego, otros obsequios, pero siempre en nombre de su amo, el Marqués de Carabás. Un día, sabiendo el gato que que el Rey iba a salir a pasear con su hermosa hija, fingió que su amo se ahogaba en un estanque y que unos ladrones le habían robado la ropa. El Rey, agradecido al supuesto marqués, ordenó socorrerlo, lo cubrió con ricos vestidos y lo hizo subir a su carruaje. De inmediato, y como era de esperar, el hijo del molinero y la princesa se enamoraron perdidamente.
Mientras, el gato se adelantó a la comitiva y, llegando a unas tierras que pertenecían a un ogro muy rico, amenazó de muerte a los labriegos que allí laboraban si no respondían a quien les preguntase que las tierras eran del señor Marqués de Carabás. Así lo hicieron cuando, llegado el Rey, éste les preguntó. En tanto, el gato llegó al palacio del ogro y, fingiendo admiración, le dijo: “Me han dicho que tenéis el don de transformaros en cualquier animal, en un león, por ejemplo”. El ogro, halagado, se transformó en un rugiente león. Entonces el gato lo retó a transformarse en un animal muy pequeño, “en un ratón, por ejemplo”. Cegado por la vanidad, el ogro se transformó en ratón pero, tan pronto como lo hizo, el gato díó un salto y se lo comió de un bocado. Entonces reclamó el palacio para su señor, el Marqués de Carabás, y se dispuso a recibir a la comitiva real que llegaba. El Rey, viendo la riqueza del supuesto marqués, concedió la mano de su hija al hijo del molinero que, de esta forma, se convirtió en príncipe.
Por su parte, el gato llegó a ser un gran señor y ya no corrió tras de los ratones, sino para divertirse.

VERSIÓN ADAPTADA: Éranse una vez unos gobernantes que llevaban gobernando muchos años un país, antes llamado España. Tal y como habían prometido, transformaron aquel país en algo irreconocible hasta para la madre que lo parió. Pero el país, desagradecido, palpándose los bolsillos vacíos y olvidando las grandes juergas que se había corrido con ellos, les dió la espalda, los mandó a la oposición y se echó traidoramente en brazos de un insulso señor con bigote. En la oposición, ya se sabe, es el frío, el crujir y el castañear de dientes, pero también hay tiempo para maquinar engendros. Y uno de los prodigios que urdieron fue el de elegir secretario general del partido a un ingenioso gato de Valladolid, o de León, no me acuerdo, que antes trabajaba cazando ratones en una zapatería. Lo primero que hizo el gato al llegar al cargo no fue calzarse las botas, como pudiera parecer, sino cambiar el nombre del partido político al que pertenecía, que pasó a denominarse PMC, o sea, Partido del Marqués de Carabás. Luego, se dirigió con voz meliflua a las gentes del país, a quienes, enarcando las cejas y acariciándose los bigotes, les dijo lo siguiente: “Ya véis; todo lo que ha hecho el señor de los bigotes es poneros a trabajar y, a cambio de ello, os mata de aburrimiento. Os propongo una cosa más divertida. Sé que podéis transformaros en lo que queráis, pues ya lo habéis hecho antes. Os propongo que os transforméis en un pueblo de leones”. El pueblo, halagado, le hizo caso y comenzó a rugir y a rugir. Se enzarzó en mil y una rugientes manifestaciones: contra la guerra (qué guerra, se preguntaban algunos), contra la precariedad en el empleo (pero… si ahora tenemos empleo, decían tímidamente otros), contra la energía nuclear (pero si estamos comprando electricidad al país vecino, pensaban unos pocos), contra el cambio climático (nadie entendía la relación del tal cambio con el señor de los bigotes, pero daba igual), contra la Iglesia Católica (aunque todos eran cofrades de una u otra cofradía penitente, meterse con la Iglesia era casi un deporte nacional), contra los cedés piratas (lo que vino a estimular, paradójicamente, la solidaridad de los más pobres con los que más tenían)… y así sucesivamente.
Luego, la Voz Gatuna les propuso que, habiendo sido leones, se transformaran en un pueblo de animales más pequeños, “en un pueblo de ratones, por ejemplo”. El pueblo, enloquecido y delirante, se transformó de nuevo y, no bien lo hizo, el Gato saltó sobre ellos y los devoró de un bocado en nombre de su amo, el Marqués de Carabás.
Fue entonces, cuando el gato se puso las botas.


martes, 2 de junio de 2009

Los cuentos de ZP: La ostra y los litigantes


Artículo publicado del 2 de junio de 2009 en el diario La Opinión de Murcia


Otra fábula de La Fontaine, posiblemente inspirada en una sátira de Nicolás Boileau. ¿Que quién era Nicolás Boileau? ¿Y qué más da, querido lector? Lo que cuenta no es quien la escribiera, sino lo que escribió quienquiera que lo hiciese. Es decir, lo que importa es la ostra.

VERSIÓN CLÁSICA: Un día, dos peregrinos encontraron en la arena de la playa una ostra que acababan de traer las olas. Ambos con los ojos la devoraban, al tiempo que los índices de sus diestras se extendían hacia el apetecido molusco. Uno de ellos ya se disponía a atraparlo pero el otro le detuvo alegando que aquella propiedad había que ponerla en claro. Y añadió:
−Corresponde degustarla a quien la ha visto primero.
−En tal caso y si se aplica ese criterio −repuso el otro comensal− quiero que sepas que tengo ojos de lince.
−Pues si tú la has visto −terció su interlocutor− ¡yo la he oído!.
Estaban en estos dimes y diretes cuando apareció por el lugar Don Picapleitos, al que de inmediato nombraron juez del litigio. El tal Picapleitos, con semblante grave, abrió la ostra y, a través de su garganta, la introdujo tranquilamente en el estómago ante el asombro y desconcierto de los peregrinos. Después de haberla saboreado sentenció con tono doctoral:
−La Corte falla y os adjudica a cada uno de vosotros una de las conchas. Tomad y marchad en paz. El caso está cerrado.
Y diciendo esto, dióse la vuelta y marchó por donde había venido. Pensad, escribieron La Fontaine o Boileau, que “un mauvais accommodement vaut mieux qu'un bon procés”. Dicho en cristiano, que vale más un mal arreglo que un buen pleito.

VERSIÓN ADAPTADA: Como suele ser habitual, andaban a la gresca dos grandes líderes políticos acerca de la mejor solución de los graves problemas económicos y sociales que asolaban a su país. El uno, que había sido zapatero antes que fraile, decía que la solución era socialista o no era, y que cállate tú que ahora hablo yo. El otro, que era más fraile que zapatero, decía lo contrario: que la solución era liberal y que consistía básicamente en el quítate tú que me pongo yo. En esas estaban cuando acertó a pasar por allí un cierto personaje de grave y opulento aspecto. Los dos contendientes, al ver la riqueza de sus ropajes y atavíos, pensaron que el tal personaje debía conocer la solución de la crisis y, pensado y hecho, resolvieron nombrar árbitro de la controversia al recién llegado.
−Decidnos, buen hombre −dijeron los contendientes al unísono− ¿Cuál es la mejor solución para nuestras cuitas, la socialista o la liberal?
−Dadme primero vuestras bolsas −dijo el juez.
Así lo hicieron y el juez, vaciando el contenido en la suya propia, les devolvió las bolsas vacías y les dijo lo siguiente:
−La Corte falla y os adjudica a cada uno de vosotros vuestra bolsa vacía. Aquel que primero la llene de nuevo será el ganador y su solución, la correcta. Marchad en paz, pues el caso está cerrado.
Y diciendo esto, dióse la vuelta y marchóse por do había venido, con su misma gravedad, sus lujosos ropajes y la bolsa rebosante. De los líderes políticos, el uno volvió a sus zapatos y el otro al convento. El pueblo llano, sorprendentemente, salió por sí solo de la crisis económica que lo aquejaba.